INFLUENCIAS DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA EN LOS MOVIMIENTOS OBREROS Y SINDICALES EN COLOMBIA (I Parte).

07/03/2011

INFLUENCIAS DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA EN LOS MOVIMIENTOS OBREROS Y SINDICALES EN COLOMBIA

Por: JORGE ENRIQUE ELÍAS CARO

A manera de Introducción.

La segunda década del siglo XX en América Latina –al margen de las oscilaciones coyunturales que se originaron en esta centuria producto de la primera postguerra, la gran depresión y del panorama político internacional con la entrada de Estados Unidos como el centro del capitalismo mundial– no sólo fue un periodo de relativa prosperidad económica, sino también de estabilidad política. Dicha condición en ciertos países latinoamericanos y caribeños fue asegurada utilizando formas e instrumentos de gobierno tradicional. En estos mecanismos –ya fuera por dictaduras militares– las habituales oligarquías influenciadas en parte por la iglesia, ejercían total control sobre la vida pública a espaldas de un institucionalismo aparentemente democrático. Brasil, Bolivia y Colombia son los casos más representativos de esta situación. Para el caso colombiano, la condición sine quanum de estos hechos fue la hegemonía conservadora que durante más de cuarenta años mantuvo el poder.

Mientras que en Colombia había un estancamiento político, en Uruguay, Argentina y Chile, después de 1916 se respiraba un ambiente diferente. En estos países se presentó una renovación que matizó posteriormente un periodo de normalidad constitucional, pese a los constantes cambios bruscos que se suscitaron. Esta relativa estabilidad representó una ocasión perfecta para emprender y desarrollar políticas de modernización del sistema y de reformas sociales. Por tanto, América Latina desde el punto de vista social y político resulta un escenario variado y de contrastes. Por un lado, los gobiernos de tendencia conservadora arraigados a las tradiciones y por otro, los de pensamiento liberal, quienes permanentemente promovían los cambios.

No obstante, para los años veinte había un tercer grupo, aquellos considerados por Procacci como “sin dirección”, los cuales no presentaban ningún tipo de progreso desde el punto de vista político y social y estaban basados en una economía de monocultivos y de regímenes autoritarios y personalistas, es el caso de los países centroamericanos con el banano –bananas republic– y las islas del Caribe con la caña de azúcar.

Ante este panorama, el lugar de honor le corresponde a México, que después de su revolución iniciada en 1910 alecciona como modelo a los demás países de América Latina un proceso progresista, democrático y popular. La constitución mexicana de 1917, surgida precisamente de tal revolución, hizo que en parte las brechas y los contrastes sociales encontraran su punto de equilibrio. Asimismo, la Iglesia y el Estado debían estar separados, como también para que se legislara en función de instituir medidas que mejoraran las condiciones de calidad de vida de los trabajadores y de los movimientos obreros. Así con ello, nacen las jornadas laborales de ocho horas, la garantía de un salario mínimo mensual y el reconocimiento de la personalidad jurídica de los sindicatos.

Ante tales circunstancias, en los países que replicaron inmediatamente este modelo político, como ocurrió en Argentina y Uruguay, se da un ascenso vertiginoso de las clases urbanas y emergentes en los poderes y partidos políticos más representativos, esto hizo posible una dialéctica política y social que no estaba limitada por los contrastes de intereses personalistas y/o de oligarquías tradicionales, por el contrario, generó un mayor dinamismo a la sociedad. Verbigracia de ello, fuera de las medidas promovidas por la Constitución mexicana hacia el beneficio de la clase trabajadora, también incluyeron el derecho a la huelga, la generación de un sistema de prevención y asistencia y el apoyo al nacimiento de nuevos partidos políticos y de movimientos obreros, estudiantiles y campesinos. Es el caso de los partidos socialistas y las confederaciones de trabajadores, los cuales aunado también por las influencias de la revolución rusa de 1905-1917 (Bolcheviques) conformaron las Alianzas Populares Revolucionarias en América, organizaciones que como objetivo primario tenían el de contrarrestar el poder que durante décadas las oligarquías y élites criollas mantenían sobre los sectores productivos, es decir sirvieron de motor ideológico y político para hacer resistencia a los gobiernos segregacionistas o represivos. Como se podrá notar con estos acontecimientos se genera una explosión de pensamiento que propugnaba la formación de un vasto frente revolucionario sobre toda América Latina.

Como bien lo definiría Marcos Kaplan, en América Latina estos procesos revolucionarios para 1930 marcan el cierre del crecimiento dependiente, de la indiscutida hegemonía oligárquica, de viejos conflictos agravados y de la construcción del Estado nacional a partir de intereses partidistas, poseyendo a la revolución mexicana como la gran oleada que generó un enérgico impulso a la economía, la sociedad, los sistemas políticos y las transformaciones estructurales de los mismos Estados latinoamericanos.

Alejo Maldonado Gallardo, Sergio Guerra Vilaboy y Roberto González Arana en el libro Revoluciones Latinoamericanas del Siglo XX. Síntesis histórica y análisis historiográfico, dejan claro que esta revolución impuso un cambio de mentalidad y dejó su impronta a nivel continental. En esos términos manifiestan:

Produjo un gran impacto por sus consignas agraristas y de reivindicación nacional. Como primera medida por el modelo inspirado en reformas agrarias y después por la nacionalización del petróleo, concitando grandes expectativas en el hemisferio y una ola de solidaridad y de sentimientos revolucionarios en vastos sectores populares. Al calor de la Revolución se fundaron organizaciones de pretensión continental, en cuyo programa inicial aparecía muy claramente la huella del imaginario mexicano de justicia, libertad e igualdad.

Entre esas organizaciones creadas y acciones desarrolladas están las luchas estudiantiles, la fundación de ligas antiimperialistas y por supuesto, la de movimientos agraristas, obreros y sindicales, es el caso de la Casa del Obrero Mundial, creada en 1912. La Casa Obrera tuvo como finalidad constituir redes territoriales para promover mediante el concurso y amparo de las organizaciones obreras nacionales las ideas anarcosindicalista y de la misma revolución.

En pocas palabras, su fin primario era el de crear vínculos sólidos de forma territorial, pero con impacto nacional e internacional. Fuera de lo anterior, también buscaba la educación de los trabajadores y su núcleo familiar, como la organización más formal de grupos en sindicatos que defendieran los intereses del proletariado, en aras de mejorar no sólo las condiciones laborales sino de calidad de vida.

Igualmente, con la conformación de las Casas Obreras Mundial por todo el territorio mexicano, permitía de acuerdo con los ideales anarcosindicalistas luchar por la transformación de la sociedad; para ello, se debía eliminar el capital, el clero y el Estado. Lo anterior obedece a que, para dichos ideales anarcosindicalistas, cualquier tipo de gobierno, sin importar los hechos, es perjudicial. Con el apoyo militar derivado de la revolución y del implante de gobiernos regionales basados en discursos constitucionalistas, después de 1915, en todo México se propaga como un incendio la “Fiebre del Sindicalismo”, hechos que después de pasado más de una década ya se habían irradiado para todo el continente americano.

La historiografía latinoamericana con relación a los estudios sobre las revoluciones en América Latina y el Caribe es prolífera, pero sólo si se dimensiona a estudios de casos particulares; ejemplo de ellas, las revoluciones mexicana, haitiana, cubana, nicaragüense, boliviana, etc. No obstante, si se analiza desde el punto de vista comparativo y de las influencias o repercusiones que éstas tuvieron en otros escenarios, es bastante escasa y fuera de eso, dichos estudios específicos pasan por alto las conexiones históricas existentes entre estos procesos y otros contextos, que por sus condiciones y características comunes –en el marco de los acercamientos o aproximaciones que permiten los estudios en ciencias sociales ofrecen amplias posibilidades de análisis comparativo y experimental, sin olvidar y sacrificar, claro está, los parámetros que los hacen a su vez, únicos, semejantes y diferenciadores. Por eso, este trabajo busca analizar ¿cuál fue el impacto que tuvo la revolución mexicana en los movimientos obreros y sindicales en Colombia?.

Docente e Investigador de la Facultad de Ciencias Empresariales y Económicas de la Universidad del Magdalena (Colombia). Secretario Ejecutivo Internacional de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC).

Giulano Procacci. Historia General del Siglo XX. Barcelona. Editorial Crítica. 2005. p. 147.

La Hegemonía Conservadora en Colombia comenzó en 1886 y terminó el 9 de febrero de 1930 cuando el liberal Enrique Olaya Herrera, ganaba la presidencia, derrotando a un partido político agobiado y cargado de trágicas decisiones. Para comprender mejor las condiciones y decisiones políticas en Colombia durante ese lapso, ver el trabajo de Eduardo Posada Carbó, “Limits Of Power: Elections Unders the Conservative Hegemony, 1886-1930”, en Hispanic American Historical Review, 77:2, 1997. En ese mismo sentido ver el trabajo de Jorge Orlando Melo, “La República Conservadora (1880-1930)”, en Colombia Hoy, Bogotá. Siglo XXI Editores, 5ª Edición, 1980. pp. 52-101.

En estos escenarios es cuando el concepto de revolución social empleado por Carlos Marx tiene asidero, pues una revolución se presenta cuando se dan unos acontecimientos excepcionales de cambios bruscos y radicales sobre las estructuras de dominación económica y políticas establecidas en una sociedad, la cual se obtiene mediante un amplia movilización social que busca transformaciones progresistas de manera rápida, siempre acompañadas de la participación directa y activa de las masas populares. Carlos Marx: “Prólogo a la contribución de la crítica de la Economía Política”, en Obras Escogidas. Moscú, Editorial Progreso, 1969, p. 188.

Giulano Procacci: Historia… op. cit. p. 148.

El término revolución desde el punto de vista político nace en el siglo XVIII y ocurre después de la revolución francesa, cuando se le acuña el concepto a los procesos aplicados de movimientos de masas populares y de luchas de clases existentes en una sociedad determinada, pues, desde la época de los griegos el concepto estaba destinado a la astronomía y la física; de ahí que, Nicolás Copérnico lo usara en el siglo XVI para referirse a las revoluciones de las orbitas celestes. Como el término fue aplicado según el contexto, en el siglo XIX, a partir del sentido que se le diera, dio origen para que se le agregaran adjetivos a la palabra y así con ello, dependiendo del sentido que posea la situación, existe la revolución política, social, educativa, industrial, etc. El ámbito político y social del concepto revolución lo inicia Carlos Marx en 1844 cuando escribió: “Cada revolución derroca al antiguo poder, y por eso tiene carácter político. Cada Revolución destruye una vieja sociedad, y por ese motivo es social”. Carlos Marx: “Notas críticas al artículo de prusiano”. En J. S Drabkin: Las revoluciones sociales, México. Ediciones de Cultura Popular, 1975.

Eugene Kamenka: “The concept of a political revolution”, en Carl J. Friedrich (editor): Revolution, New York, 1966; ver también el trabajo de Lawrence Stone: “Theories of Revolution, en World Politics 18, Núm. 2, enero 1966.

En América Latina para la década del veinte se consolida la clase media urbana y los partidos socialistas. Como ejemplo, en Argentina se robustece el Partido Socialista Argentino, creado en 1896 y la Unión Radical. En Uruguay se da la Unión Liberal (Partido Colorado). En Perú se constituye el APRA. Después de 1916 en Brasil se crea el Partido Socialista y la Organización Sindical Unitaria.

Estas ideas no sólo buscaban igualdad política, sino también buscar unidad entre etnias y dar una voz común a todos los pueblos de América Latina.

Marcos Kaplan: Formación del Estado Nacional en América Latina. Buenos Aires. Amorrortu Editores. Segunda Edición. 1983. p. 346.

Alejo Maldonado Gallardo, Sergio Guerra Vilaboy y Roberto González Arana. Revoluciones Latinoamericanas del Siglo XX. Síntesis histórica y análisis historiográfico. Morelia-México. Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. 2006. pp. 419-438; Ver también el trabajo de Roberto González Arana. “Las revoluciones latinoamericanas del siglo XX. Tras las huellas del pasado”. Santa Marta. Clío América Vol. 2. Nro. 4. Julio-Diciembre 2008. Universidad del Magdalena. pp. 259-272.

Anna Ribera Carbó: “El territorio obrero. Los sindicatos y la reestructuración de la Nación Mexicana durante la Revolución de 1910”. Scripta Nova. Revista Electrónica de Geografía y Ciencias Sociales. Universidad de Barcelona. Vol. X, núm. 218 (74), 1 de agosto de 2006. p. 1

Para comprender mejor las ideas anarcosindicalista es necesario leer los trabajos de Alfredo Gómez: Anarquismo y anarco-sindicalismo en América Latina. Madrid. Editorial Ruedo Ibérico. 1980. p. 29; Luís Vitale: Contribución a una historia del anarquismo en América Latina. Santiago de Chile. Instituto de Investigación de Movimientos Sociales “Pedro Vuskovik”. 1998. pp. 22-25. Asimismo, Sergio Grez Toso. Los anarquistas y el movimiento obrero: La alborada de “la idea” en Chile, 1893-1915. Santiago de Chile. LOM Ediciones. 2007.

Anna Ribera Carbó: El territorio… op. cit. p. 1.

Steven Lief Adleson Gruber, Historia social de los obreros industriales de Tampico, 1906-1919, (Tesis de Doctorado), México, El Colegio de México, Centro de Estudios Históricos, 1982, pp.350-352 y 378; en Anna Ribera Carbó: El territorio… op. cit. p. 2.

Las obras más importantes sobre este aspecto son las que se detallan en la cita anterior. Así mismo ver los trabajos de Theda Skocpol: Los Estados y las Revoluciones Sociales. Un análisis comparativo de Francia, Rusia y China. México, Fondo de Cultura Económica, 1984; así mismo, Social revolutions in the modern world, Cambridge, Cambridge Universty Press, 1994; Charles Tilly: Grandes Estructuras, Procesos Amplios, Comparaciones Enormes, Madrid, Alianza Editorial, 1991; J. H. Eliot: Revoluciones y Rebeliones de la Europa Moderna; Madrid. Alianza editorial. 1995; Manfred Kossok: La revolución en la historia de América Latina. Estudios Comparativos. La Habana. Editorial Ciencias Sociales, 1989.

Para esto me baso en los preceptos de la lógica de John Stuart Mill y de los estudios comparativos de historia de March Bloch, los cuales se pueden vislumbrar siguiendo la corriente de las revistas de los Annales y de la Comparative Studies in Society and History (CSSH), como una metodología válida y confiable para el desarrollo de investigaciones en ciencias sociales. En Methodolgy of History, Hingahn, Boston, Mass., 1976. p. 471. Veáse también los trabajos de Amitai Etzioni y F. Dubow (editores): Compartive Perspective. Theories and Methods, Boston, Little Brown and Co. 1970. Tomado de Alejo Maldonado Gallardo, Sergio Guerra Vilaboy y Roberto González Arana. Revoluciones Latinoamericanas del Siglo XX. Síntesis histórica y análisis historiográfico. Morelia-México. Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. 2006. p. 21.

No hay que olvidar que los países latinoamericanos tienen un sustrato muy similar, surgido de un mismo pasado de explotación colonial, de amplios nexos socioculturales, étnicos y lingüísticos, de formación nacional semejante, y de una larga historia compartida, forjada sobre la base de varios siglos de lucha contra la opresión extranjera y oligárquica.

Para este trabajo, me baso de igual manera, en la metodología empleada por Chalmers Johnson para estudiar de forma comparada las revoluciones y sus incidencias en otros contextos. Método que a pesar de que fue propuesto hace más de 40 años aún se mantiene vigente, primordialmente por la presentación de un resultado de gran espectro espacial, incluyente y tipológico. Chalmers Johnson: Revolution and the social System, Stanford, California. The Hoover Institution, Stanford University, 1964. Ver también el trabajo de Little Brown: Revolutionary Change, 1966. En tiempos más recientes, los únicos trabajos que se han escrito sobre una dialéctica internacional que muestra el desarrollo y los influjos de la revolución mexicana a nivel hispanoamericano, es el publicado en el año 2003 por Pablo Yankelevich, en el que este autor denota claramente que hay una ausencia total de trabajos sobre el papel jugado por el movimiento revolucionario mexicano en los países iberoamericanos, y a su vez, como estos se llevaron a cabo al interior de los mismos, inclusive sin analizar las conexiones de retorno o posteriores que se originan entre las partes. Pablo Yankalevich. La revolución mexicana en América Latina. Intereses políticos e itinerarios intelectuales. México D.F. Instituto Mora, 2003. El otro trabajo de suma importancia es el escrito por Adalberto Santana en al año de 2007, “La Revolución mexicana y su repercusión en América Latina”, en Latinoamérica. Revista de Estudios Latinoamericanos Nro. 44. México D.F. UNAM. pp. 103-127.

Compartir en

Añadir nuevo comentario

Image CAPTCHA