Rebautizar América (IV Parte) NUESTRA AMÉRICA Y NUESTROAMERICANOS

03/10/2011

(Horacio A. López) La definición “nuestra América” es la más apropiada para abarcar y delimitar el espacio y la identidad que nos pertenecen a los que haHosta ahora nos llaman y nos llamamos latinoamericanos y caribeños.

El psiquiatra y escritor Guillermo Cohen De Govia propuso en un taller, en el marco del III Congreso Anfictiónico Bolivariano desarrollado en la Universidad de Panamá en noviembre de 1999, la utilización del término “nuestroamericanos” para definirnos a nosotros mismos.

En la línea de Martí, quien en su famoso trabajo de 1891 nos aconsejaba: “La historia de América, de los incas a acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia”, Alejo Carpentier, en un discurso pronunciado en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela, el 15 de mayo de 1975, decía: “De ahí que la historia de nuestra América haya de ser estudiada como una gran unidad, como la de un conjunto de células inseparables unas de otras, para acabar de entender realmente lo que somos, quiénes somos, y qué papel es el que habremos de desempeñar en la realidad que nos circunda y da un sentido a nuestros destinos. Decía José Martí –agrega Carpentier- en 1893, dos años antes de su muerte: ‘Ni el libro europeo, ni el libro yanki, nos darán la clave del enigma hispanoamericano, añadiendo más adelante: Es preciso ser a la vez el hombre de su época y el de su pueblo, pero hay que ser ante todo el hombre de su pueblo.’ Y para entender ese pueblo –esos pueblos- es preciso conocer su historia a fondo, añadiría yo.”

Entender realmente lo que somos, quiénes somos, nos dice Carpentier, para darle un sentido a nuestro destino; y ese destino no es otro que el de resignificarnos en nuestra verdadera identidad para lograr la liberación definitiva. Aprehender nuestra verdadera historia –hasta ahora la de los vencidos, la que yace en los subterfugios de la memoria colectiva y de las promesas comprometidas-, pero no “con el fetichismo –como nos decía Julio Antonio Mella- de quien gusta adorar el pasado estérilmente, sino de quien sabe apreciar los hechos históricos y su importancia para el porvenir, es decir, para hoy.”

Sin fetichismos pues, para no confundirnos, proclamemos nuestro rebautismo. Sin adjetivos ni aditamentos que nos avergüencen con nuestra historia. No es la “América Hispánica” la nuestra, porque ni somos de España, ni descendientes en su totalidad de aquellos peninsulares. No es tampoco la “Amerindia” (desterremos el error histórico de Colón que nos ligaba con los asiáticos), porque si de los naturales de aquí se trata, tendría que ser “Amerpueblosoriginarios”, y así y todo quedamos los blancos y negros afuera.

Si al problema lo analizamos desde el punto de vista de los colonialistas de ayer y de hoy, tenemos que alertarnos sobre las denominaciones “iberoamérica” y “panamérica”.

La llamada “Comunidad Iberoamericana”, si bien nació como idea en España durante los primeros años de la transición democrática, iniciada tras la muerte del dictador Francisco Franco (1975) –aunque está el antecedente, según cuentan Guerra y Maldonado en su libro, de un Congreso Hispano- Americano realizado en Madrid en 1900 en donde se aprobó la creación de una Unión Iberoamericana-, se materializó al calor de los “festejos” por el quinto centenario, en la convocatoria de 1991 en Guadalajara, México, que núcleo a 19 países de nuestro continente más España y Portugal. A partir de entonces se han concretado varias Cumbres; detrás de los objetivos “de promover y coordinar la cooperación horizontal y multilateral entre los 21 países”, subyace la intencionalidad de los europeos de recuperar influencias sobre el Nuevo Mundo, en particular avanzando en una especie de neocolonialismo a partir de la compra de empresas estatales, como se dio en la Argentina.

A tal punto esta nueva identidad iberoamericana no cuajó que en la página web citada se lee: Hay un “factor inquietante que pervive en el seno de la Comunidad Iberoamericana... Se trata de la distinta percepción que los países tienen de la ‘iberoamericaneidad’ que los convoca y que se pone de manifiesto de manera indistinta, según pertenezcan a regiones de una u otra orilla del Atlántico. Esta diferencia se aprecia incluso en el uso que los diplomáticos y políticos de ambas regiones –en especial los españoles- hacen de los términos Latinoamérica, latinoamericano e iberoamericano.

“En España, la mayoría de sus líderes políticos, diplomáticos, empresarios y medios de comunicación, confunden conceptualmente los términos Iberoamérica y Latinoamérica, utilizándolos de forma indistinta, como sinónimos, cuando se refieren a los países de habla hispana y portuguesa ubicados al otro lado del Atlántico.”

A confesión de partes, relevo de pruebas, como dice el refrán. Este sello de identidad no marcha.

El otro término sobre el que debemos cuidarnos, “panamérica” deviene del panamericanismo, modelo construido por los Estados Unidos, de inspiración “monroista”, con objetivos hegemónicos hacia los países de nuestra América, que surge hacia fines del siglo XIX con la clara intención de sumergir en el olvido los ideales de verdadera integración por los que bregaran los patriotas de nuestra primera independencia. El origen del panamericanismo se puede ubicar en la circular convocando la Primera Conferencia Panamericana por parte del Secretario de Estado norteamericano Blaine, el 29 de noviembre de 1881, para que se desarrollara a partir de 1882. En este año el término “panamericanismo” apareció por primera vez en The Evening Post de Nueva York. Debido al asesinato del presidente James Garfield la iniciativa se vio postergada, y recién pudo concretarse en 1889.

El panamericanismo dio origen a la Unión Panamericana y se desplegó durante gran parte del siglo XX. Posteriormente a la Segunda Guerra Mundial, y preocupado Estados Unidos por las consecuencias de la llamada Guerra Fría y, en particular, lo que consideraba el avance del comunismo en América latina y el Caribe, este método de dominación se transformó en la Organización de Estados Americanos (OEA). Las llamadas Cumbres Americanas podrían considerarse la nueva etapa, presidida por la iniciativa de negociar la instauración del Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA) –enterrado definitivamente en la Cumbre de Mar del Plata-, en realidad, el viejo objetivo buscado desde 1889.

Éstos fueron y son intentos de bautizarnos con nombres funcionales a las apetencias dominadoras.

Volviendo a nuestro intento por rebautizarnos, ni pensar en alguna combinación con los términos “aborígenes” y “naturales”. “El primero –dice Heinz Dieterich- despierta inevitablemente asociaciones de entes paleontológicos o antropoides prehistóricos. El segundo está peor todavía. La differentia specifica entre el hombre y los animales radica precisamente en el hecho de que el hombre está dotado de la razón y del trabajo consciente. Al denominarlo como ‘natural’, se le hace parte del reino animal: se le asigna a la clase lógica de los infrahumanos.”

Según la enciclopedia libre Wikipedia, “Abya Yala es el nombre dado al continente americano por las etnias kuna de Panamá y Colombia antes de la llegada de Cristóbal Colón y los europeos. Aparentemente, el nombre también fue adoptado por otras etnias americanas, como los antiguos mayas. Hoy, diferentes representantes de etnias indígenas insisten en su uso para referirse al continente, en vez del término ‘América’. Quiere decir ‘tierra madura’, o según algunos ‘tierra viva’ o ‘tierra en florecimiento’. El uso de este nombre es asumido como una posición ideológica por quienes lo usan, argumentando que el nombre ‘América’ o la expresión ‘Nuevo Mundo’ serían propias de los colonos europeos y no de los pueblos originarios del continente”. Evidentemente es una denominación con todo el valor de provenir de los orígenes precolombinos, pero por eso mismo limitada, además de ser usada como una posición ideológica.

También afuera se posicionarían obligatoriamente muchos si habláramos de América morena o “Afroamérica”. Y una combinación de todos los aditivos señalados, como por ejemplo “Afroindohispanoamérica”, pierde sentido como nombre, por no tener la capacidad de sintetizar un fenómeno y caer en la sumatoria de definiciones parciales, las que a su vez poseen componentes diferenciados entre sí.

América a secas estaría muy bien si pudiéramos erradicar de su contenido a los rubios norteños.

Proclamemos entonces el rebautismo, y llamemos a nuestra hermosa geografía “nuestra América”, sabiendo muy bien a quiénes estamos excluyendo. Y sintiéndonos los que habitamos esta tierra de color verde esperanza, los “nuestroamericanos”. Así haremos justicia con nuestra historia, con nuestra identidad y, sobre todo, con nuestra dignidad.-


”. M. Benedetti y otros . Ob. Cit., p. 52

Julio Antonio Mella. Glosas al pensamiento de José Martí. Documento en el archivo del Comité Central del P. Comunista de Cuba. Escrito en 1926.

Página web: Cumbres Iberoamericanas de Jefes de Estado y de Gobierno.

Página web citada.

Emancipación e Identidad... Ob. Cit. p. 66.

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