El Búho y la Alondra

La luz al final del túnel

Autor/es: Martín Burgos

Edición: Transiciones


La transición que el gobierno del presidente Mauricio Macri suele utilizar en sus discursos desde su asunción en diciembre 2015 fue uno de los justificativos de la falta de resultados económicos positivos. Las metáforas que suelen elegir hacen pensar en un tránsito (en avión, en barco, en un tren) desde un país populista hacia una economía integrada al mundo. Los puentes que suponen esa integración económica son los mercados, que nos permitiría acomodar nuestra productividad y nuestros precios a los parámetros internacionales.

Frente a esto los economistas heterodoxos solemos contestar que la mala coyuntura no se debe a una transición sino que se trata de las consecuencias del modelo económico implementado. No obstante, podría llamar la atención el concepto de “modelo” usado por la heterodoxia ya que retomaría la concepción neoclásica, en la cual por propiedades algebraicas los modelos “cierran”. También nos interesa discutir el concepto de “mercado” tan utilizado por el gobierno y tan bastardeado por la oposición, en un debate que termina en la dicotomía simplista entre intervención o no del Estado en la economía. Aceptar los términos de ese debate es aceptar las reglas del juego del adversario, y no permiten profundizar en las causas de la crisis económica.

El uso de los conceptos de “modelo” y “mercado” en el debate público debe entenderse como un modo coloquial, para facilitar la penetración en el público ya muy habituado al lenguaje mainstream, o utilizado en honor a la brevedad en debates televisivos. También es cierto que una parte de la heterodoxia trata de tener una coherencia algebraica y modeliza pretendiendo competir con el estilo neoclásico en sus propios términos. Más allá de esas estrategias de investigación o divulgación, en general la teoría heterodoxa, en particular el estructuralismo latinoamericano y el marxismo, no usan el “modelo” como herramienta metodológica sino suelen utilizar un concepto más cercano al régimen de acumulación en la cual se asumen los desequilibrios endógeno del capitalismo, sus ciclos y la necesidad de una regulación por parte del Estado.

En cuanto al “mercado”, la concepción walrasiana/espontaneísta de puente entre oferta y demanda prevaleciente en el gobierno también es la que rige en numerosas intervenciones de la oposición. Pueden aparecer algunas versiones institucionalistas/contractualista incluyendo un marco donde tercia el Estado, o la posibilidad de fallas de mercado que implican la intervención del Estado. Pero hay que entender el mercado como una construcción social con un andamiaje institucional que permite el comercio, en el cual los actores tienen influencia sobre las instituciones y las pueden usar como recursos torciendo decisiones a su favor. Eso implica una omnipresencia del Estado y su complementariedad en todos los mercados, de forma directa o indirecta, y en cualquier régimen de acumulación, sea este más “liberal” o “intervencionista”.

En esa perspectiva, la cuestión de la transición de un régimen de acumulación a otro implica construir institucionalmente esas modificaciones en todos los mercados importantes, ya que el riesgo de un vacío institucional es la pérdida de poder político. Esta nota introductoria a la temática pretende darle otro enfoque a la política económica llevada adelante por el gobierno de Cambiemos, que supere la discusión sobre los indicadores y la coyuntura económica y le pueda dar más volumen al debate.

La escuela de la regulación francesa es una de las corrientes que más aporte realizó en el entendimiento de los regímenes de acumulación, incorporando el análisis de otras disciplinas alrededor de su esquema de formas institucionales y modos de regulación. Si bien la formulación de “la transición” se origina en los debates marxistas sobre el paso del feudalismo al capitalismo, esta fue mutando hasta convertirse con los regulacionistas en una propuesta donde la transición es el pasaje de un sistema de instituciones a otro. El debate que permitió desarrollar ese concepto fue la transición de los países del socialismo real hacia el capitalismo durante los años noventa, en especial el caso ruso que resultó paradigmático del período.

En particular, se utilizó para criticar la concepción errónea que tenían los economistas ortodoxos respecto de que el sistema de precios derivado de la libertad de mercado iba a lograr resolver los problemas que la planificación no había podido. Lejos del falso debate entre gradualismo y shock macroeconómico, el regulacionismo desde el derrumbe de la URSS hizo hincapié en la falta de una reflexión de la teoría estándar sobre las instituciones en la cual se iba a desarrollar el nuevo sistema de precios poniendo en el centro de la discusión el concepto de transición y de mercado.

La transición rusa

En primer lugar, el caso ruso resulta de interés teniendo en cuenta que se lo consideró como una transición desde una economía regulada hacia una economía desregulada. En efecto, era común entre los académicos concebir a la Unión Soviética como una forma especial del capitalismo con sus luchas de clases, sus ciclos económicos y su relación salarial. Por lo tanto, el análisis de la transición rusa podría tener una acepción más general tomando en cuenta la distancia con otros casos de desregulación. La segunda consideración es que la teoría neoclásica no entiende de diferencias entre países y, aunque pasaron casi 30 años, las recetas del FMI siguen siendo las mismas y las políticas que tomó entonces Rusia tienen enormes puntos en común con la adoptada por el gobierno argentino actual.

En efecto, las políticas económicas llevadas adelante por el gobierno de Yeltsin entre 1991 y 1999 fueron la privatización de las empresas, la apertura con reducción de aranceles, la eliminación de las retenciones a las exportaciones, el aumento de la tasas de interés, la convertibilidad plena del rublo con integración financiera (apertura de cuenta capital) y un fuerte ajuste de la obra pública, en los gastos de defensa y en los subsidios a los sectores populares. La consecuencia principal de ese programa fue una inflación galopante y desempleo generalizado en un contexto de caída de la mitad del PBI entre 1989 y 1998. Ese “genocidio económico” realizado bajo la tutela del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial terminó en crisis abierta, durante el verano de 1998, con el default de la deuda y la devaluación del rublo. Nada de estas políticas económicas y de sus resultados podría sorprender a un analista de la realidad argentina actual, salvo las magnitudes del descalabro.

La moneda

En una perspectiva de transición, las formas institucionales y su relación con las prácticas de los actores se tornan muy relevantes. Si nos centramos en la cuestión monetaria de la transición en Rusia, siguiendo el análisis que realiza Jacques Sapir en distintos escritos, veremos que no se sustituyó el marco monetario para cambiar las prácticas financieras existentes por otra institucionalidad, y eso implicó que las prácticas del período anterior siguieron ante el derrumbe de todo marco institucional.

La caída de la recaudación debido a la recesión y la eliminación de impuestos agravó el déficit que se financió con la GKO, una letra en rublo de corto plazo (1 a 3 meses) cuyo interés fue creciendo por encima de una inflación descontrolada, fomentando la especulación. Asimismo, la posibilidad para los inversores extranjeros de invertir en esas letras implicó que grandes volúmenes de divisas llegaran atraídas por la “bicicleta financiera”, hasta el punto en que estas GKO alcanzaron a ser superiores a la suma de billetes y monedas circulando en Rusia.

La tasa de interés llegó a 95% anual en 1996, generando enormes ganancias especulativas, a costa del financiamiento de la economía real. Las empresas productoras y comerciales, al quedarse sin liquidez, empezaron a sustituir el rublo por instrumentos financieros no convertible (los weksel) y el trueque entre empresas. En paralelo, la falta de disciplina por el pago fue creciendo, tanto en el sector privado como en el sector público, que conoció varios conflictos gremiales por el pago de sueldos atrasados. La incertidumbre intrínseca del mercado sin duda generó conductas tendientes a la aversión al riesgo, como la dolarización y la fuga de capitales, y el regreso de ciertos reflejos del sistema soviético (como el trueque). El contraste con la planificación del período soviético es fuerte, ya que este implicaba una demanda asegurada, una garantía de pagos por parte del Gosbank y, por ende, la inexistencia de problemas financieros.

Estos análisis llevaron a una conclusión muy importante para la teoría económica heterodoxa: no puede haber institución monetaria sin las demás instituciones. Pensar una economía de mercado sin instituciones generó una desmonetización creciente, aun cuando volvieron tasas de inflación más bajas. Como lo confesó el criticado director del FMI Michel Camdessus luego de la crisis rusa, “se creó un desierto institucional en un océano de mentiras”.

La teoría de la regulación siguió trabajando en esa línea y empezó a mirar al mercado como una institución que se construye, madura, se modifica y perece. En los trabajos más recientes de Benjamin Coriat al respecto, las creaciones institucionales van más allá de un marco general, sino que los actores pueden usarlas y modificarlas como recursos para poder mejorar su posición en el mercado.

Lecciones para Argentina

A través del concepto de transición, la crisis rusa puede tener muchas enseñanzas para Argentina. En primer lugar, nos enseña que el tránsito de un orden a otro requiere de un andamiaje institucional para evitar que el cambio social implementado se convierta en desorden económico, tal como ocurrió en la transición rusa. En efecto, la destrucción del Estado como objetivo per se sólo permitió el desarrollo de la especulación financiera y la colusión. En ese sentido, la creciente presencia de la mafia rusa y el traslado de la provisión de bienes y servicios hacia grupos empresarios cercanos al gobierno en procesos de privatizaciones oscuros es uno de los resultados de aquel proceso. Pero además, la catástrofe económica y social de Rusia se acompañó de una hecatombe del sistema político. De esta crisis surgió la primera presidencia de Putin que pudo volver al orden político y social y al crecimiento económico.

El lector habrá podido hacer el paralelo en varios pasajes de la nota de la experiencia rusa con la que vivimos en Argentina. El caso de la GKO, similar a la de las LEBAC, las altas tasas de interés, los ajustes presupuestarios, que si bien fueron más virulentos, no dejan de emparentarse con la política económica de Cambiemos. En cuanto a sus resultados, la caída del PBI, el aumento de la inflación y del desempleo sólo son la consecuencia del aumentado desorden económico vivido, expresado en la creciente dolarización de activos y la pérdida de valor de la moneda. La actual política monetaria más restrictiva que las anteriores puede verse acompañado por una vuelta de los clubes de trueque y tal vez de las cuasimonedas provinciales.

La pérdida de valor de la moneda es consecuencia de, y retroalimenta, la destrucción de las instituciones no monetarias. En efecto, el progresivo desmantelamiento del Estado, favoreciendo a empresarios amigos de Cambiemos (o a ellos mismos), produce una pérdida de poder del gobierno y de legitimidad ante la opinión pública. Estado y mercado, política y moneda, se relacionan complementariamente, no competitivamente.

Por tanto entendemos que la mejor formulación del presente programa de gobierno fue la del propio presidente: se trata de un programa de transición. Y si bien no le da la densidad teórica que debería tener el concepto, la crisis que se abrió en 2018 –y tiene riesgos de espiralizarse en 2019– surge de una total incomprensión de la necesidad de construir los mercados sobre la base de nuevas instituciones, y que estas convivan con las instituciones que se pretenden abandonar si el objetivo es lograr un cambio social duradero. A falta de ese andamiaje institucional y de cierta perspectiva “espontaneísta”, se provoca la desconexión entre las distintas formas institucionales (empezando por la moneda) y una incoherencia económica que genera prácticas indeseables como la fuga de capitales, la falta de inversión y la crisis de la moneda. Al fin y al cabo, retomando una formulación de la vicepresidenta, para llegar al otro lado del túnel, alguien tiene que fabricar ese túnel.


Cómo citar este artículo:
Martín Burgos. "La luz al final del túnel". El búho y la alondra [en línea]  Julio / Diciembre 2019, n° Transiciones. Actualizado:  2019-06-24 [citado 2019-08-21].
Disponible en Internet: https://www.centrocultural.coop/revista/transiciones/la-luz-al-final-del-tunel. ISSN 2618-2343 .

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