RECUERDO DE ARTURO ANDRÉS ROIG

21/05/2012

Por Jorge Núñez Sánchez




El reciente fallecimiento del filósofo argentino Arturo Andrés Roig debe ser una llamada de atención para los intelectuales de nuestra América, en esta agitada hora de la historia universal. Y ello porque, con su ejemplo vital y su obra intelectual, Roig dio testimonio de su compromiso con la historia y la cultura latinoamericanas, y marcó una ruta de aproximación al análisis de lo nuestro, especialmente en el campo de las ideas.

Formado en una escuela de pensamiento clásico, tanto en su Mendoza natal como en París, donde hizo un doctorado en La Sorbona, Arturo bien pudo ser un brillante intérprete y difusor del pensamiento de Platón, sobre el que hizo su tesis doctoral. Y con ello hubiera alcanzado prestigio intelectual en América y Europa, y,quizá hubiese vivido en paz y calma, condiciones tan importantes para la reflexión filosófica. Pero él optó por alejarse del camino trillado y cómodo del clasicismo, para adentrarse en el territorio casi incógnito del pensamiento latinoamericano.

Cuando él se lanzó a esa hermenéutica, era común pensar que América Latina había sido y era un continente poco apto para la filosofía y, en general, para las tareas emparentadas con el pensamiento reflexivo. Aún las gentes de cultura de este lado del mundo se acomodaban a la idea de que el nuestro era un continente apto para la acción y para la lucha, pero poco dado a pensar en profundidad. Y fue bogando contra ese prejuicio que Arturo Roig emprendió su tarea de navegación y búsqueda de lo todavía desconocido.

Para comenzar, encontró que el pensamiento latinoamericano, nacido bajo el dominio colonial y neocolonial, no transitó por rutas iguales o similares al europeo, sino que se constituyó bajo un impulso de auto reconocimiento y auto afirmación nacional. Luego, estableció que los pensadores latinoamericanos habían hecho su propia y particular lectura de las ideas clásicas, recreándolas y adaptándolas a los imperativos de su propio mundo. De ese esfuerzo de Roig surgieron sus propuestas de nueva orientación teórica y metodológica para comprender el pensamiento de nuestra América, mediante una rigurosa historia de las ideas.

Pero Roig no se quedó en la formulación de una metodología, cosa de por sí importante, sino que se empeñó en la búsqueda de los hitos de esa historia de nuestras ideas, analizando corrientes y pensadores representativos. A partir de su cátedra de Pensamiento Argentino, en la Universidad Nacional de Cuyo, inició el rescate y análisis de figuras poco conocidas, como Manuel Sáenz, Julio Leonidas Aguirre, Agustín Álvarez, Juan Llerena, Juan Gualberto Godoy, y de los krausistas y espiritualistas argentinos.

Luego, el trato y cruce de ideas con otros hermeneutas latinoamericanos, como el mexicano Leopoldo Zea y los peruanos Francisco Miró Quesada y Augusto Salazar Bondy, lo impulsaron a ir más allá de los horizontes intelectuales argentinos y emprender en una búsqueda mayor, de alcance continental.

Para los años setenta, era ya un pensador de prestigio continental y participaba en los Congresos de Filosofía de otros países. Y fue precisamente eso lo que lo salvó de la brutalidad represiva que por entonces se instaló en su país. Pudo ir a Europa, donde lo reclamaban amigos y colegas, pero según su propia declaración “optó por no salir de nuestro continente”. Esa decisión latinoamericanista y el afecto de su discípulo ecuatoriano Carlos Paladines terminaron por llevarlo a recalar en Ecuador, donde fue acogido entusiastamente por la Pontificia Universidad Católica y también por la Universidad Central. Más tarde colaboró también con la FLACSO sede Quito.

En Ecuador vivió diez largos y fértiles años. Fue impulsor del Departamento de Filosofía de la PUCE y promotor de la “Biblioteca del Pensamiento Ecuatoriano”, iniciativas todas ellas compartidas con Hernán Malo González, el creativo rector de la PUCE, y algunos otros intelectuales del continente exiliados en el Ecuador, tales como Rodolfo Agoglia y Enzo Mella, También estimuló toda una escuela de historia de las ideas y formó a varios discípulos de gran nivel.  Con todos ellos, organizó de un Equipo de Investigación del Pensamiento Ecuatoriano, y con el principal, Carlos Paladines, fundó la Revista Ecuatoriana de Historia de las Ideas, auspiciada por la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Además, promovió Congresos Nacionales y Encuentros Internacionales de Filosofía, contando con la presencia de otros destacados pensadores latinoamericanos.

Como parte de ese trascendental aporte suyo a la cultura ecuatoriana, debemos registrar los varios libros y muchos artículos que escribió sobre el pensamiento y los pensadores ecuatorianos. Citaremos al menos los títulos de algunas de sus obras redactadas en Quito o vinculadas a su vida en el Ecuador: Teoría y crítica del pensamiento latinoamericano (1981); Filosofía, universidad y filósofos en América Latina (1981); Andrés Bello y los orígenes de la semiótica en América Latina (1982); El pensamiento social de Juan Montalvo. Sus lecciones al pueblo (1984 y 1995); El humanismo ecuatoriano de la segunda mitad del siglo XVIII (1984); Bolivarismo y filosofía latinoamericana (1984); La utopía en el Ecuador (1987) y Pensamiento filosófico de Hernán Malo González (1989).

Los gobiernos del Ecuador supieron reconocer el notable aporte de Arturo Andrés Roig a la cultura ecuatoriana. El Ministerio de Educación y Cultura le confirió la Condecoración Nacional Al Mérito Cultural, en 1983, y la Presidencia de la República le otorgó la Orden Nacional “Honorato Vásquez”, en 1992, preseas que vinieron a sumarse a otras innumerables recibidas por Arturo en otros rincones de su querida América Latina.

El maestro Roig volvió en 1984 a la Argentina, donde le fueron reconocidos y devueltos su cátedra y derechos profesionales. Otra vez en su terruño, siguió estimulando los estudios latinoamericanos y formando brillantes discípulos, a lo cual agregó un renovado interés por la democracia, la pedagogía universitaria y los temas de la ética del poder y la moral social. De este último tiempo fueron sus obras: Narrativa y cotidianidad (1984); El pensamiento latinoamericano del siglo XIX (1986); Historia de las ideas, teoría del discurso y pensamiento latinoamericano (1991); Rostro y filosofía de América Latina (1993); El pensamiento latinoamericano y su aventura (1994); La Universidad hacia la Democracia. Bases doctrinarias e históricas para la constitución de una pedagogía participativa (1998); Ética del poder y moralidad de la protesta (1996) y La universidad hacia la democracia (1998).

Pero el perfil de este gran hombre estaría incompleto si se limitara a señalar sus pautas y realizaciones intelectuales. En su caso, es necesario mencionar, al menos, los rasgos sensibles de su personalidad. Bondadoso, generoso, abierto, siempre dispuesto a estimular los esfuerzos ajenos con una palabra amable o un consejo preciso, Arturo Roig poseía el carácter de un verdadero y sabio maestro. Además de esas cualidades, hay que destacar su permanente buen humor, que hacía que su amistad fuera un grato espacio de humanidad.

Ahora que Arturo se ha ido, debemos apropiarnos de su ejemplo vital y teórico, que nos compromete con las realidades de nuestra América, con la problemática de nuestro mundo y con los retos de nuestro tiempo. Y debemos esforzarnos también en imitar su bonhomía y su generosidad humana, para entendernos mejor con las gentes de nuestra edad y estimular positivamente a las generaciones más jóvenes.

¡Honor a su ilustre memoria!

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