El Búho y la Alondra

La insolencia obrera. Desde el mar hasta Buenos Aires

Autor/es: Julieta Grinspan

Edición: Confines y fronteras


Este texto poético alude, a su modo, a los modos de configuración práctica, discursiva e imaginaria de los espacios y territorios de acción política; a la espacialidad de la protesta y de la resistencia. Pisando el centenario de la Semana Trágica, imaginamos, citamos y reformulamos palabras de bocas propias y ajenas. Si la historia acompaña, serán personajes en un escenario; mientras tanto, hablan desde el papel.

 

Dicen en el mar: –Querida: Viajamos hace un mes. El ánimo no nos deja caer. A veces sí, preferimos cerrar los ojos a ver. Pero la esperanza es grande. Para cuando llegues, ya tendremos todo resuelto. Hemos pensado hasta el lugar para que tengas tu jardín. Serán días de sol, porque allí la niebla no existe. Y nos veremos reír. Caminar será pasear del brazo tomados. Y al final de los días, descansar sin sobresaltos. No te desalientes. Tendrás noticias nuestras al llegar. Durante el viaje, practicamos amistades. Eso dará frutos. Incluso dicen que hoy habrá una fiesta. No logro imaginar cómo, pero, sin dudas, nos haría bien bailar, aunque más no sea un poco. El frío es terrible por momentos, nada que no hayamos visto antes. Te preguntarás por la salud de todos. Todos bien. Somos acero.

Dijo otro con cara de: –Nosotros, contra los enemigos de Dios y de la Patria. Nosotros, quienes encarnamos la reacción civil contra el levantamiento apátrida. Nosotros, expresión cabal de la auténtica argentina. Nosotros, que con una labor sagaz e infatigable e inclaudicable, impedimos con nuestra sangre que la Nación fuera esclavizada por las fuerzas anarco-marxistas… Nuestro sacrificio no fue en vano. Lo diremos cuantas veces sea necesario. ¡Nuestro esfuerzo no fue en vano! ¡No fue en vano! Nuestros enemigos son, en su mayoría, sujetos de malos antecedentes, lo sabemos. Y sumamente peligrosos, bajo todo concepto, lo sabemos también. Este asunto, sepan las autoridades, reviste una importancia tal que, de no proceder con enérgica prontitud, sería dar paso a que el mal, circunscripto hasta el momento por un núcleo pequeño de sujetos, se propague hasta el elemento obrero que constituye la colectividad rusa. Y, como elocuente demostración del peligro que ofrecen estos nuevos huéspedes, le diré que no solo tengo conocimiento de que abandonaron la Rusia natal perseguidos por sus autoridades como sujetos de malos antecedentes, sino también por haberme cerciorado de que piensan seguir actuando de acuerdo a sus obsesiones sectarias, como lo prueba el hecho de que rechazaban proposiciones de trabajo bajo el pretexto del largo horario y la mala retribución, mostrándose así, como verdaderos parásitos (como explica Federico Rivanera Carlés en El judaísmo y la Semana Trágica. La verdadera historia de los sucesos de enero de 1919). Urge, pues, un temperamento radical para extirpar el mal e impedir que prosiga su curso en detrimento del orden social. Opino que el superior gobierno debe interesarse en el asunto, antes que el virus anarquista se propague por toda la República. Dios guarde a Ud.

Y este dijo: –Me gusta el amanecer. Por eso me duermo temprano. Abro los ojos al despuntar el alba y sé, como siempre, que me espera un gran día. Es emotivo el amanecer. El tiempo para la emoción es breve. Y no es por el sol que asoma veloz, sino por mí, que debo marchar. La jornada espera. El mundo no se hace solo. Necesita de mí. Lo primero es el aseo, será el agua toda para mí. Más tarde habrá mate, ¡mierda!, porque así lo dije ayer y anteayer. ¡Y si lo digo, es, mierda! Salgo de la casa y entro en la casa. Hago a mi parecer. Es el orgullo de quien se hizo de abajo, y el que se anime al contrario que venga cuantas veces quiera. Tengo un muro en mi espalda. El muro y yo protegemos el oro negro. El dulce metal que todo lo construye. No tomo tren hacia el muro. Tomo coche. Que es mío. Bien podría manejar. Hoy no. Ayer tampoco. ¡Que me lleven, carajo! Porque así lo dije. Salvaje el que no pueda mirar hacia afuera al andar. Ahí están. Son míos. Hacia el muro van. Todos hemos visto el mismo amanecer, con mayor o peor fortuna. Yo dije y fue. No sé qué habrán dicho ellos. ¡Bien por mi mierda! El mismo muro nos protege. Alto. Rojizo, ladrillo sobre ladrillo, lo vi nacer. Por dentro, la fortaleza; por fuera, la fortaleza. El muro y yo somos uno.

–¡Buenos días! –¡Buenos días!, todo muy cordial. Hordas de zapatos caminan muy cercanos entre ellos. Susurran. ¿Cómo se oyen? El bullicio de la cuidad al alba lo embrolla todo. ¿Cómo se oyen, carajo? ¿Qué dicen? Anoto: enmudecer mi coche. Anoto: prontamente. Hacen gestos a mi alrededor. ¿Qué dicen? ¿Qué dicen? Me hablan a mí. No. Caminan rápido, pero sin apuro. Gesticulan con las manos y hablan. No puedo distinguir una sola palabra. Palabras al viento serán. No es posible. Al llegar, gano. Yo, tirado por mi coche. Ellos, por sus pies. ¡Vamos, carajo! Los miro. Vuelan grandes abrazos, todos los días es igual. Vuelan abrazos y, a cada palmada, polvo. No estoy ahí. Yo soy el muro y ellos, ellos, nada.

La que habla soy yo: –No queremos recordar, por eso lo hemos olvidado. Los muertos se nos escurren como agua entre las manos. Pensábamos de glorias el final, sentimos que inventamos algo. ¿Qué es un cosaco? ¿Y los sospechosos quiénes son? No hay problemas en el frente. Ya todo se ha acabado. Después de una semana sangrienta, los ricos han organizado una gran colecta nacional. Por nuestros muertos no. Por los de ellos. Cada quien se ocupa de lo suyo en estos menesteres. De mi hijo, me ocupé yo. En un gran pequeño cajón de madera, lo puse yo. Un poco quebrado, un poco ladeado, allá fue en lo alto, llevado junto a otros como él, llevado por otros como él. Miles como él. A su lado, yo. Desfilando por Buenos Aires, rodeado de lindas y rápidas balas, esquivando caballos. Cada quién se va ocupando de lo suyo. Llegaremos, llegaremos a la Chacarita que antes estaba mucho más lejana que hoy. Cómo te duele, pienso mientras camino, cómo te duele todavía lo que Simón le hizo a Falcón. Estás con la sangre en el ojo. Se ve a kilómetros la vena del cogote hinchada hasta explotar de odio. Y a su lado, yo.

Soy mis valijas, la que recién se bajó del barco. Recién bajada del barco estaba yo. Lejos quedarían los malos días, las persecuciones y el hambre de nosotros. Pronto llegarían los malos días, las persecuciones y el hambre para nosotros. Lejos, el hogar y la lengua. No entender una sola palabra es bueno, a veces, pero los palos tienen idioma universal. Y se da el salto inmediatamente. Y se comprende todo, inmediatamente. Porque qué es una si no la misma de siempre.

Dicen en el mar: –Querida: Estarás a puras preguntas sobre nuestra ausencia. Lo imaginamos. No fue falta de voluntad para escribir y, por supuesto, no te hemos olvidado. El mar es cosa grande y abundan las tareas por el día, mas por las noches caemos en profundo sueño. Allí nomás, en el lugar en donde nos encuentra. Lo primero que debieras saber es que te recordamos a cada momento. Es para mí especialmente importante que lo sepas y recuerdes. Luego, puedo decirte vagamente que nos hemos retrasado. Algún problema que desconocemos, nada de qué preocuparse seguramente. Preguntabas que si comemos bien. Lo cierto es que aprendimos a rehuir de la abundancia en caso de haberla y a disfrutar del paisaje. El mar es cosa grande.

Alguien habló: –En la calle Azcuénaga 415, se efectuó ayer, a las 8 AM, la anunciada asamblea de Ebanistas similares y anexos, ante una concurrencia de 214 personas aproximadamente. Acto seguido se reunieron en el mismo salón 20 súbditos, todos rusos, cuyo acuerdo no puedo comunicar, por cuanto el agente que presenció el acto no comprendió nada de nada de lo que se trataba, por desconocer el idioma –ruso– de referencia.

El otro mismo de siempre: –Cinco de la mañana. Vienen barcos de lejos. Vienen a pie. Y yo, yo estoy dentro. Me asomo prolijo a la ventana y corro frágil el paño para ver. Son miles. Miles que vienen hacia mí. Les he ganado la carrera. Bravo, mierda. Siempre un paso adelante. Retiro mis dedos del paño. Mi aliento lo roza. Son miles, pienso. Bravo. La fábrica es mi muro. Todo lo que soy es esto. Estoy tentado de volver a mirar porque los oigo. No se callan jamás. Debería sentarme y esperar. Hoy es igual al resto de los días. Yo, en mi lugar. Ellos, allá. Abriendo sus grandes bocas. Abriendo sus grandes brazos que son míos. Preciso mirar. Son como una ola que viene directo a mi ventana. La fábrica tiene una ventana y es mía. La fábrica tiene puertas y portones. Son míos. Vengan, entren. Vamos. Dejen ya esos sonidos de animales y entren, agachados, por la puerta pequeña que es suya. La volverán a ver al anochecer. No resisto la tentación. Apoyo mis dedos en el paño. Voy a mirar. Ahí están. Ellos que son miles y yo, en la ventana. Soy uno. La ventana no me devuelve mi cálido aliento de verano. Es frío y conoce mi cuerpo porque lo recorre del todo. Ellos que son miles y yo, en la ventana. Soy uno. Ellos son pichones. No vuelan. ¡Bravo, mierda!

 

Nota: los textos que se presentan atienden a la estructura de monólogos para su futura puesta en escena. Son el proceso de investigación de los diferentes actores de La Semana Trágica atendiendo las características propias del lenguaje de ese momento.

 

 


Cómo citar este artículo:
Julieta Grinspan. "La insolencia obrera. Desde el mar hasta Buenos Aires". El búho y la alondra [en línea]  Julio / Diciembre 2018, n° Confines y fronteras. Actualizado:  2018-08-14 [citado 2018-11-17].
Disponible en Internet: http://www.centrocultural.coop/revista/confines-y-fronteras/la-insolencia-obrera-desde-el-mar-hasta-buenos-aires. ISSN en trámite.

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