El Búho y la Alondra

Una experiencia con el transformismo

Autor/es: Agustina Trupia

Sección: Editorial

Edición: Irrupciones, tramas, públicos


Fiesta en el Trabestia Drag Club: conjunción de masculinidades y feminidades; disfrute de corporalidades diversas; cuerpos que escapan a la catalogación, que eluden el binarismo, lo preconstruido; disfrute de lo particular; fiesta disidente; posibilidad de la fantasía, de lo que queda al margen de la sociedad heteronormativa. Más que ejes de un texto, son invitaciones que nos llegan aquí en forma de crónica.

Fiesta con espectáculos en vivo. Artistas transformistas. Boliche en Palermo. Performances. Estas eran algunas de las frases que recordaba en torno al evento de aquel sábado. Ir a bailar como forma de ir a participar, en tanto espectador, de una serie de presentaciones artísticas de drag queens, es decir, de artistas transformistas.

Ese era un sábado lluvioso en la ciudad de Buenos Aires. Uno de esos sábados helados que son corolario de toda una semana de frío, humedad y lluvia. Habíamos arreglado con dos amigos para ir ese día a una fiesta nocturna en un boliche de Palermo. Felipe nos había compartido a Pedro y a mí el evento por Facebook y nos convenció de que lo acompañáramos. Decía que sería una fiesta con la particularidad de que habría distintos espectáculos. Luego, también nos comentó que el evento estaba organizado por artistas transformistas y que eran ellos quienes brindaban los espectáculos.

Habíamos visto algunos episodios de la serie estadounidense RuPaul’s Drag Race, ese reality show en el cual distintos artistas transformistas competían entre sí para ver quién era el mejor. Todos los participantes eran hombres cisgénero, quienes usaban unos vestuarios impactantes y un maquillaje fantasioso. De esa forma, lograban trasladar sus cuerpos desde la masculinidad más normativa hacia el universo que culturalmente cualquiera asociaría con la feminidad. Era fascinante la creatividad de esos diseños confeccionados por ellos mismos a partir de una consigna dada y el humor con el que hablaban de sí y de otros. Las consignas propuestas para los vestuarios iban desde tomar el estilo de una mujer ejecutiva hasta inspirarse en la ropa apropiada para un día de playa o en la de una estrella del cine o de la música. Yo suponía que nos encontraríamos con algo similar en el boliche aquel sábado.

Luego de tomar algo en el departamento de Pedro en Villa Crespo, partimos. Nos tomamos la línea 140 de colectivo y fuimos para Beatflow, boliche ubicado en la avenida Córdoba al 5500. Llegamos cerca de las dos de la mañana. Felipe se había encargado de comprar las entradas por medio de una página de internet. Según nos comentó, era la primera vez que se abría esta posibilidad de adquirirlas de manera anticipada. También, nos contó que las fiestas de Trabestia Drag Club tenían pocos años de antigüedad.



Atravesamos los tres la pequeña puerta del lugar y nos saluda una mujer con una simpatía pocas veces usual en el personal de seguridad de los boliches. Me llama la atención que tenga brillantina en la cara. Parece como si estuviera un poco producida según el estilo del lugar y de los artistas que convocan a la fiesta. Mientras hacemos la fila para presentar las entradas en la ventanilla, al lado de la mujer de seguridad hay una persona que mide casi dos metros. Tiene unas botas negras que llegan hasta el muslo y con un taco altísimo, probablemente de más de veinte centímetros. Lleva un traje de cuerina muy ajustado al cuerpo con unas pequeñas flores estampadas. Está cerrado hasta el cuello al modo de un kimono y desde la cintura se abren dos tajos laterales que permiten ver los costados negros de la ropa interior. En el cuello lleva un collar, del cual salen unos conos rojos que apuntan hacia afuera. En su cabeza pelada tiene una cadena de bolas rojas que se unen entre sí haciendo las veces de un cabello de fantasía, como si estuviera llevando una colita alta de pelo. De esas bolas rojas se vierte una pintura negra sobre su rostro pintado de blanco pálido. Sus inmensos labios están coloreados de negro y presenta unas ojeras color violeta. En sus ojos, lleva lentes de contacto amarillos.

 

 

La producción de ese vestuario me resulta impactante. No encuentro similitud con el vestuario convencionalmente asociado a lo femenino. Aunque tal vez ahí está: en los tacos, el maquillaje, el pequeño vestido... Sin embargo, me parece que es algo más que una imitación de los rasgos vinculados a la feminidad. Mi amigo, Felipe, enseguida saluda a esta persona, quien de manera muy simpática le devuelve el saludo y nos da la bienvenida. Felipe nos la presenta: se llama Lest Skeleton. Nos comenta, luego, que es uno de los personajes drag o transformistas que está en estas fiestas desde hace años.

Finalmente llegamos a la ventanilla donde presentamos nuestra entrada impresa. Pasamos a través de unas cortinas de terciopelo pesadas y negras al espacio interior del boliche donde está la pista de baile. Hay bastante gente. En su gran mayoría, son grupos de amigos y amigas bailando. Entre la gente, hay algunas personas que destacan a causa de su altura: bailan sobre tacos y con pelucas que son impactantes. Nos sumamos a la marea de gente luego de comprar una cerveza más. Sobre el escenario, está el DJ que lleva un vestido y un sombrero. Bailamos las distintas canciones pop que van pasando: desde algunos clásicos de Madonna o Britney Spears hasta algunos temas de la gran RuPaul, el/la host del programa de televisión que conocíamos. También suena algún tema de Scissor Sisters o de Las Bistecs, un dúo de mujeres españolas que tienen un estilo de música más bien ligado a la ironía.

 

 

En un momento determinado, se frena la música. Son alrededor de las tres de la mañana y aparece sobre el escenario, quien después me enteraré que es Le Brujx, la creadora de las fiestas de Trabestia Drag Club. Ella o él (o tal vez sería más fácil decirle “elle”) nos da a todes la bienvenida a la fiesta. Es impactante verle. Lleva un traje plateado entero de piernas y mangas largas, del cual salen conos del mismo material que apuntan hacia todas las direcciones. Luce su cabeza pelada cubierta completamente de brillos plateados al igual que la zona de barba. De su cabeza salen algunos conos más. Tiene unas botas plateadas que acompañan el traje ¿intergaláctico? Lleva los labios violetas y el contorno de los ojos delineado junto con unas pestañas inmensas. Me parece alucinante el modo en que presenta su cuerpo. La presencia de Le Brujx y el recibimiento de Lest Skeleton al llegar me dan la sensación de haberme trasladado a otro espacio. O tal vez elles provienen de allí y vienen a visitarnos por un momento.

 

 

Le Brujx tiene una figura sumamente delgada y se maneja por el escenario con seguridad. Se le ve a gusto. Juega con los ángulos que forman las diversas posiciones de su cuerpo y con los conos que sobresalen de su traje. Nos da la bienvenida y enseguida pasa a mencionar el accionar actual de la policía en la ciudad. Me alucina la yuxtaposición que se presentan entre la ropa de calle de los espectadores que gritan, alientan y el vestuario deslumbrante de quienes están sobre el escenario. Me encuentro con una conjunción de masculinidades y feminidades; con una aproximación entre la fiesta disidente y la convocada realidad que se menciona sobre el escenario. Se habla del cuerpo policial que en las calles nos persigue, de los militares que se sumarán pronto a dicha persecución y de la policía en nuestras cabezas. Le Brujx nos invita a despojarnos de toda policía mental, de todo prejuicio, y a bailar libres en la pista, a disfrutar de nuestras corporalidades diversas, a ser quienes deseamos ser. Los espectadores aplaudimos y celebramos la consigna. Se siente una cierta libertad en la pista. Podemos movernos como deseamos.

Le Brujx continúa con el micrófono en mano y presenta al resto de les transformistas que componen el centro de atención en la fiesta y que realizarán una presentación artística sobre el escenario en el devenir de la noche. Luego de introducir formalmente a Lest Skeleton, presenta a Santamaría, quien lleva un abultado traje de época, tal vez del 1700, al modo de María Antonieta. Lleva un vestido azul claro, con una gran peluca rubia peinada al estilo de una dama antigua, con una pluma violeta y un pequeño paraguas en su mano. Tiene un maquillaje un poco más recatado que las anteriores dragas y se muestra con movimientos más delicados. A continuación, se introduce a Asia Argenta, quien lleva un diminuto vestido de cuero negro con medias de red y guantes negros que hacen juego. Sobre su rostro y su cabellera rubia, se halla una especie de red, como la protección que podría llevar una arquera de hockey. Tiene unos ojos claros impresionantes. Luego me contará Felipe que ella es una bio queen o femme queen, pues es una mujer, si lo pensamos desde el binomio de género, que se produce al modo de una drag queen.

 

 

Bailamos un rato más. Nos mezclamos en la multitud de la pista de baile. Nos perdemos y nos reencontramos. Nos agotamos, nos reímos, transpiramos y seguimos bailando.

Se interrumpe la música nuevamente y, en esta ocasión, Le Brujx introduce a una de las invitadas de la noche: Sónica Satana. Se hace presente sobre el escenario con su cuerpo completamente cubierto por brillos dorados. Lleva una cinta negra a modo de conchero y dos pequeños fragmentos de aquella cinta cubren sus pezones. Usa tacos negros y tiene unas piernas eternas. Aparece con una bata de seda negra. Cuando se la quita, queda toda su desnudez y sensualidad expuesta. Hace un número de lypsinc, es decir, mientras baila, mueve sus labios para que coincidan con las palabras de la canción, pero sin intención de disimular que no se está cantando realmente (como sucede en el caso del playback).

Sónica Satana se adueña con su andar del escenario, mientras una luz tenue la sigue. Nos muestra toda su piel, se abre de piernas y con un golpe seco cae al piso. El público grita, aplaude, baila. Ella nos mira y nos baila. Los espectadores parecemos formar parte del espectáculo. Hay una retroalimentación: más cantamos y aplaudimos, con mayor ímpetu se mueve Sónica Satana. Se juega al deseo. El deseo circula entre los espectadores y ella. Quienes miramos, participamos de su presentación y deseamos seguir viendo el modo en que es capaz de moverse, de circular por el escenario, de bailar, de pisar firme con los tacos.

Ese cuerpo parece desafiar cualquier intento de catalogación. Tiene una sensualidad que podría decirse que se inscribe en la que convencionalmente se asocia a la femenina. A la vez, presenta su cuerpo sin senos. La intersección de feminidad y masculinidad parece conjugar un nuevo erotismo, que se desprende de las etiquetas de género binarias y nos permite a los espectadores bucear en el deseo por ese cuerpo en particular. Desborda sensualidad. Su caminar hipnotiza al público. Se siente la desfachatez y valentía de mostrarse desafiante frente a las normas sociales. Como espectadores, sentimos en nuestros cuerpos esa libertad de autopercepción que ella muestra. Parece autoconstruirse al tomar atributos de distintos géneros y formar una identidad nueva. Con el maquillaje, vestuario, movimiento escénico se escabulle de cualquier definición. Nos presenta de frente este modo de vivir el cuerpo como una posibilidad de ser en el mundo. A mí me presenta esta opción: la autopercepción como nueva norma para uno y para el resto.

 

 

 La mutabilidad identitaria de Sónica Satana, como de Lest Sekeleton, de Le Brujx y de les demás dragas tiene rienda suelta esa noche. Estamos de frente a la posibilidad de construir como posible aquella fantasía de lo que se quiere ser. La fantasía de tomar lo que se desea y volverlo carne, volverlo identidad. Tal vez a esto se había referido Le Brujx cuando en la presentación nos habló de sacarnos la policía de la cabeza. Debíamos quitarnos la policía del buen gusto, de la normatividad sexual, del binomio de género instaurado en la matriz heterosexista. Por esa noche, en ese boliche, con esos otros cuerpos, podíamos ser lo que quisiéramos ser. Incluso podíamos constituir corporalidades que no pudieran ser identificadas con las categorías propias de la sociedad que rodeaba al boliche. Éramos todes dragas, solo que algunes se habían permitido plasmarlo en el cuerpo, se habían animado a mostrarse así, mientras que la mayoría del público se hallaba limitado al disfrute a partir del cuerpo ajeno transformado.

Un tiempo después, pude pensar que ese espacio de fiesta y de placer había sido creado por las mismas dragas. Le Brujx y todo el resto habían constituido aquel espacio a partir de la autogestión. Nos habían habilitado un espacio físico para el disfrute de la diversidad sexual, de la multiplicidad de identidades, de la variedad de deseo, de la disidencia. Aquel espacio se abría también como uno interno: dentro de mí se hacía lugar para entender la posibilidad de la fantasía, la posibilidad de lo que quedaba al margen de la sociedad heteronormativa como una variable factible de concretarse. Al menos en aquella fiesta, yo podía ser lo que deseara sin tener que definir qué era aquello que quería. La autogestión del deseo por la disidencia, por los brillos, por la libertad me seducían aquella noche. A partir de las diferentes manifestaciones artísticas sobre el escenario de aquel sábado, comprendí en mi propia carnalidad la potencia subversiva que tenían.

Se celebraba la libertad y el goce. Se luchaba también. Se hablaba de romper con las normas impuestas, de la situación política del momento. Se presentaba pelea desde el taconeo y el baile. La música pop que sonaba durante horas nos daba el ritmo al cual nos movíamos y levantábamos nuestros brazos. Les artistas transformistas desde el escenario se nutrían de aquellos movimientos del público y nos marcaban un camino diferente. Un camino ligado a la mutabilidad, a la variabilidad identitaria. El camino de la transformación. Una transformación audaz, escurridiza, irreverente que, en aquella noche de lluvia, parecía burlarse de todos los estereotipos impuestos por la división binaria de género.

Los cuerpos de las dragas nos mostraban que los tacos, las barbas, los largos del pelo, los tipos de ropa, los colores, las genitalidades eran para todes. No había un dueño o un género que presuntamente debiera usarlos. Cualquier cuerpo, mi cuerpo, podía tenerlos y construirse a partir de esa apropiación. Trabestia Drag Club se me presentó como una fractura colorida, ruidosa, brillante en la sociedad heteronormativa que me constituyó.

El transformismo apareció en vivo aquel sábado. El transformismo estaba en los cuerpos de artistas sobre el escenario, pero también aparecía como posibilidad para todes les espectadores que constituíamos una parte central de aquellas prácticas artísticas. Incomodarnos a nosotres mismes, en primer lugar, para incomodar las normas sociales y abrir así nuevos espacios para la celebración de la diversidad y la multiplicidad de cuerpos.

 

 

Todas las fotografías que acompañan este artículo son de la autoría de Mica Garate instagram.com/mica.garate/

 


Cómo citar este artículo:
Agustina Trupia. "Una experiencia con el transformismo". El búho y la alondra [en línea]  Enero / Julio 2019, n° Irrupciones, tramas, públicos. Actualizado:  2019-01-07 [citado 2019-05-25].
Disponible en Internet: https://www.centrocultural.coop/revista/irrupciones-tramas-publicos/una-experiencia-con-el-transformismo. ISSN 2618-2343 .

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