Conflicto y cambio

Autor/es: Juan Carlos Junio

Sección: Editorial

Edición: 8


No podemos empezar de otra manera que no sea expresando nuestro mayor sentido de humanidad y solidaridad para abrazar a los pueblos hermanos de Haití y Chile, que acaban de sufrir catástrofes naturales que ocasionaron la irreparable pérdida de vidas, secuelas de distinta gravedad en muchas víctimas y daños enormes en bienes, servicios e infraestructura.

Sabido es que poco se puede hacer cuando la energía telúrica pone en movimiento la estructura de un planeta que –bueno es recordarlo– continúa recorriendo un profundo y larguísimo proceso de cambios y adaptaciones. Esas ciegas fuerzas desatadas destruyen y matan con la inocencia de un enorme animal pisando hormigas a su paso. Se acepta que estos fenómenos, a los cuales la ciencia actual no puede anticiparse con eficacia, desnudan precariedades y abismos sociales que no son tan inocentes ni tan ciegos, pero el cataclismo y sus consecuencias escapan en gran parte a la voluntad humana.

Distinto es el caso en la puja que se da en el seno de nuestras sociedades para ver quién o qué sectores se quedan con la mejor parte del producto del trabajo colectivo, puja que recorre con distinta intensidad toda nuestra historia. Se viene desarrollando en nuestro país un feroz embate de las fuerzas de la reacción para frenar el proceso de cambios, muchos de ellos impensados hasta hace poco, impulsado por el gobierno.

En este caso todo depende de la voluntad humana. Voluntad expresada en la emergencia de clases que luchan denodadamente por mantener y acrecentar sus posesiones en contraposición a otras que intentan mayor participación en el reparto social partiendo siempre de situaciones desventajosas.

Esta puja a veces adquiere formas sangrientas de enfrentamientos o, a veces, se desliza por carriles institucionales y pacíficos. En cualquiera de sus formas la manera más alta de tratar esta cuestión es la política. La práctica política, aun en su aparente ausencia, marca los ritmos, los avances y retrocesos de cada sector en un momento histórico dado.

Decimos en aparente ausencia pues se advierte claramente que en los segmentos históricos de suspensión explícita (dictaduras) o tácitos (hegemonía reaccionaria como en los 90) los que “hacen política” en su beneficio son los explotadores.

Si algo definitivamente notable y auspicioso muestra el ciclo abierto en el 2003 y en plena vigencia hoy es la reinstalación de la política como método alzado del debate nacional y el reconocimiento connotado de que cualquier movimiento en un sentido distributivo generará un inevitable conflicto de intereses. Sumados como parte a este proceso, intentamos aportar con los artículos de nuestra revista, como lo hacemos a diario desde nuestros departamentos de investigación, al enriquecimientos de los debates, análisis y propuestas para construir un país más justo y solidario.

Los de abajo se moverán para exigir más participación para defender sus conquistas, los de arriba desplegarán todo su poderío para evitar su avance y retroceder todo lo posible.

Curiosamente los grupos de la riqueza concentrada y los medios monopólicos alzarán la voz por el mantenimiento de la armonía social, los canales cívicos y la baja de la “crispación” y clamarán por una decidida represión a toda manifestación popular por protestas o reclamos. Con la influencia de los monopolios mediáticos -que no son otra cosa que parte del poder concentrado- como único argumento, continuarán invirtiendo todo su arsenal simbólico, con más furia que creatividad, en el intento de imponer una mirada a la sociedad que sea acorde a sus intereses de poder. Esto hace que la lucha de ideas, ya sea desde la respuesta a los discursos dominantes, o desde la construcción de nuevas subjetividades, liberadas del discurso único de los medios, se vuelva uno de los aspectos más importantes a abordar en este momento histórico.

En este escenario se manifiestan claramente las intenciones de fondo, más allá de las declamaciones o la ausencia de programas. Si aceptamos que todo intento de modificar la distribución de la riqueza producirá conflictos inevitables, es de desear que estos se expresen en el debate político, que los poderes de la república no operen como obstáculos ni se presten a maniobras de golpismo solapado y se abra la posibilidad de profundizar los cambios en el sentido de devolver al Estado capacidad de intervención para fijar e instrumentar políticas públicas de afirmación de la defensa de los derechos humanos, de la promoción del crecimiento económico con inclusión social, de crecimiento del mercado interno y de defensa de la soberanía nacional.

Estos son los valores que el movimiento cooperativo levantó históricamente y que nuestro CCC afirma en la batalla de ideas en pos de una Argentina para todos.

En definitiva lo que está en juego es qué modelo de país los argentinos deciden lanzar para las próximas generaciones y qué lugar tendrán en él la solidaridad, la democracia sustantiva y la equidad social.

Los fundadores de la Patria que entregaron todo hace 200 años nos lo reclaman.

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