“Revolución es más que una palabra. Fidel Castro en la tribuna” por Silvia Giraudo. Buenos Aires, Biblos, 2010.

Autor/es: Ana María Ramb

Sección: Comentarios

Edición: 13


No cabe duda de que, más allá de la inconmensurable dimensión de su figura política, Fidel Castro es uno de los oradores más brillantes de la Historia. Silvia Giraudo, Doctora en Letras por la UNT, y catedrática de Semiótica en la carrera de Arqueología de esa universidad, eligió el análisis de varios discursos de Fidel como eje de análisis e investigación, una empresa apasionante y, a la vez, de gran compromiso científico. Su libro Revolución es más que una palabra. Fidel Castro en la tribuna, publicado en las postrimerías de 2010, es el resultado de una labor que ella considera todavía abierta: “Una tesis no se termina, se interrumpe”, dice la autora en el prólogo.

En el marco de la restringida democracia griega del siglo V, se entendía por Retórica el arte de “hablar con propiedad”, de modo de lograr un efecto persuasivo sobre el receptor del discurso; los sofistas hicieron uso y abuso de ese poder, mientras Aristóteles rescataba su dignidad en El Arte de la Retórica. Más prestigioso fue y es todavía el arte de discutir o debatir en público: es la Dialéctica, la que apela, ante todo, a la capacidad crítica y reflexiva del interlocutor, y aun lo invita al diálogo. El discurso de Fidel Castro es fidelísimamente dialéctico porque descarta de plano los recursos de palabra simulada o ficticia del sofismo, sin desdeñar la elegancia de una enunciación marcada por la influencia del poeta, periodista y revolucionario cubano José Martí. Se trata de un discurso transparente al carecer de otro en paralelo o entre líneas; un discurso que convoca a la respuesta y participación del pueblo como sucedía en el ágora, tantas veces rediviva en la Plaza de la Revolución de La Habana, o en otras plazas públicas de Cuba. Un discurso que se hace espada de fuego en foros internacionales, o desmenuza en notas periodísticas los más graves e intrincados hechos y situaciones de la política mundial en las “Reflexiones del Comandante” donde, desde que se alejó de los cargos públicos, Fidel Castro sigue en contacto con su pueblo y la comunidad internacional.

El trabajo de Silvia Giraudo analiza los textos de estos discursos que, no obstante su transparencia, no dejan de ser, en cada caso, una estructura compleja con varios planos de organización. Con “La Historia me absolverá” se inicia, como era de esperar, el análisis. El alegato del prisionero político, al fracasar en 1953 la toma del Cuartel de Moncada, se convierte a poco de avanzar, en una altercatio que abre la dimensión polémica del discurso argumentativo, y en la línea del Yo acuso de Émile Zola ante el famoso caso Dreyfus.

A propósito de esta conversión, Silvia Giraudo dice:

La condición de acusado, a lo largo del discurso, será puesta en tela de juicio o revertida: muy pronto, Castro se convertirá en acusador. Lejos de intentar defenderse o atenuar la pena que pudieran imponerle, dedicará la mayor parte de su alegato a señalar a Batista y a su régimen como el verdadero criminal. (…) El texto apunta con toda claridad al análisis de las difíciles condiciones sociales, políticas y sociales que imperaban en la isla en ese entonces y propone asimismo, en el fragmento que luego se conocería como el “Programa Revolucionario del Moncada”, las medidas que los revolucionarios hubieran tomado para modificarlas, de haber logrado sus propósitos iniciales.

Acerca del yo de la enunciación, Giraudo señala el abandono de la primera persona individual del enunciante, para usar un “nosotros”, sujeto colectivo que incluye a todos los combatientes del Moncada:

Y es que Fidel Castro tiene muy presente su pertenencia a un grupo, en nombre del cual habla. Su salvación individual no es (…) el objeto de su mayor preocupación: constantemente repite en el texto su propósito de luchar por la libertad de Cuba, propósito que anima a todos los revolucionarios.

Silvia Giraudo utiliza no sólo las herramientas de la Lingüística, sino también –y como corresponde– las de la Historia y la Política, al reseñar el largo y consecuente vuelo del águila yanqui sobre Cuba, a partir de las tempranas intenciones del presidente Thomas Jefferson, uno de los firmantes de la Declaración de la Independencia, cuando en 1802 hizo explícitas sus intenciones de anexar la isla como una estrella más en la bandera estadounidense. Un planear de ave de rapiña que más de un siglo y medio después incluirá el desembarco en Playa Girón (1961), la Ley de Ajuste Cubano, las leyes Torricelli y Helms–Burton que acentuaron el inconcebible y genocida embargo económico y comercial sobre Cuba socialista, a lo que se agregan varios atentados terroristas con víctimas fatales, más de seiscientos intentos de matar al Comandante. En este ensayo, hasta la letra chica de las notas al pie de página resultan esclarecedoras desde lo político:

“Embargo”, como prefiere definirlo oficialmente en gobierno de los Estados Unidos, es apenas un eufemismo. Para otros, como Roberto Fernández Retamar (2004), se trata claramente de una guerra económica, expresión que, según este mismo autor, apareció en fecha tan temprana como el 24 de junio de 1959, en un memorándum que Christian Herter, entonces Secretario de Estado de aquel país, enviara a su Presidente, Eisenhower.

Sobre la relación Cuba–EEUU, la autora apela a un semiólogo y lingüista de prestigio mundial que devino en los últimos tiempos en unos de los mayores intelectuales norteamericanos de la resistencia: Noam Chomsky (digamos que, a partir de su toma de posición, Chomsky es silenciado por los grandes medios de comunicación que lo tenían como columnista privilegiado). En cuanto a la política exterior norteamericana, opina Chomsky con sencillez de hombre común: “Somos el tipo más fuerte, el matón del barrio. Hacemos lo que se nos da la gana”.

Volvemos a señalar que, afortunadamente, la autora no disuelve su posición ante Cuba en el limbo de las incumbencias académicas, lo que no se contrapone a mantener el rigor de análisis lingüístico:

El imaginario social de cada pueblo o nación construye su propia identidad a partir de una estructura ideológica, de una cosmovisión compartida. Mucho le aportan la historia vivida o, deberíamos decir mejor, la percepción que el colectivo ha elaborado de esa historia, así como las expectativas en lo porvenir.

En el caso de la Cuba contemporánea, como se infiere de los discursos de quien fuera jefe de Estado por casi cincuenta años, su identidad está vertebrada por el mito revolucionario: Cuba es la Revolución. El mito explica sus orígenes, sus luchas, sus sufrimientos; ordena y da sentido a sus vivencias; marca las pautas para el futuro. Cuba no sólo le debe a la revolución su libertad y su dignidad, sino su existencia misma como nación soberana. Ella es, para el pueblo cubano, el espacio vital donde respira, se mueve y crece.

Conocimos la escritura de Silvia Giraudo en su ensayo ¿Qué significa terrorismo? Análisis de un contrapunto discursivo e ideológico (Revista Casa de las Américas Nº 231, abril–junio 2003), que comienza precisamente con una cita de Chomsky, tomada de su libro El terror como política exterior de los Estados Unidos. En este breve ensayo, Giraudo enfrenta dos corpus antitéticos: treintaitrés discursos de George W. Bush y veintiséis de Fidel Castro, centrando el análisis semiótico en la isotopía explicitada en el título, tomada como eje de estudio: el terrorismo. Tales discursos fueron emitidos con motivo del atentado a las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001. Al cabo de emplear en forma impecable las herramientas académicas, poco antes de llegar a las “Conclusiones”, dice Giraudo:

Que Bush amenace con usar todas las fuerzas disponibles para combatir el terrorismo y exija de todas las naciones del mundo una toma de posición a favor o en contra de los Estados Unidos es –a juicio del comandante–, harto preocupante. Pero que lo haga en nombre de la libertad y de la paz, o que lo acuse de haber usado la tortura o de haberse enriquecido, ya no causa alarma: causa indignación.

Ciframos grandes expectativas en una nueva producción ensayística de Silvia Giraudo, brillante escritora y académica nacida en Tucumán.

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