Recordar a Héctor P. Agosti

Autor/es: Alexia Massholder

Sección: Opinión

Edición: 13


El 20 de agosto de 1911 nacía en Buenos Aires Héctor P. Agosti, uno de los más altos ejemplos de “intelectual orgánico” que tuvo el comunismo argentino. Y no es azaroso el uso de la palabra “recordar” que utilizamos en el título. En primer lugar porque Agosti ha sido víctima de muchos olvidos, determinados, creemos, por varios motivos. Uno de ellos es el histórico anticomunismo que ha primado en la historia argentina (aunque no sólo en ella) materializado en situaciones de persecución, ilegalidad, clausuras y torturas. Recordemos, además, que las décadas del 40, 50 y 60, que concentraron la mayor parte de los escritos de Agosti, fueron los años signados por la llamada “Guerra Fría”, en los que las batallas ideológicas contra el “fantasma rojo del comunismo” primó en nuestra bien afirmada “cultura occidental, democrática y cristiana”. A esto debemos sumar un segundo factor, que no es totalmente desvinculable del primero, que tiene que ver con el carácter de los estudios históricos sobre el comunismo argentino. La gran mayoría de los trabajos históricos han centrado su atención en la relación del Partido Comunista con la clase obrera, a las posiciones políticas de la dirección partidaria, pero no abundan los trabajos que hayan rescatado, con justicia, los abundantes aportes de los escritores, músicos, pintores y escultores que pertenecieron al partido, y que marcaron con sus trabajos buena parte de la historia cultural de nuestro país.

Recordar a Agosti significa, entonces, una primera operación de “rescate histórico”, teniendo siempre presente que la obra de un pensador no es sólo lo que nos ha dejado escrito, sino también las acciones y conductas que constituyen parte de su obra como militante. Un de esas conductas se vincula a su propia condición de intelectual. En tanto “intelectual orgánico”, dejó de lado buena parte de ese “ego intelectual” individual y autorreferencial para sumarse a un proyecto de conjunto. Como parte de ese proyecto, representado por el partido al que perteneció (ese “intelectual orgánico” definido por Gramsci),  sufrió también todas las críticas por los errores cometidos, que no fueron pocos, y que son siempre protagonistas de los trabajos históricos sobre el comunismo. Agosti fue parte de todo eso y nunca renegó de su pertenencia partidaria. Supo contribuir a los aciertos y asumir los desaciertos con una altura ejemplar, pero sobre todo con la convicción de que el camino era el marxismo. Que nunca ha tenido “una” lectura. Pero que indudablemente une a todos aquellos que aportaron a la construcción histórica de una tradición marxista en la Argentina.

Su trayectoria ejemplifica sin duda todas las contradicciones generadas por la relación entre intelectuales y política, que tantos estudios ha generado desde las ciencias sociales y que raramente permiten dar cuenta de la complejidad de aquel vínculo en la realidad. Fue consciente de que muchos políticos desconfiaban de él por su condición de escritor, y que muchos escritores no veían con buenos ojos su condición de político. Prejuicio basado en esa insistencia en no querer ver que toda obra intelectual tiene siempre, más o menos explícitamente, un contenido político. Resulta imposible comprender en profundidad el pensamiento de Agosti prescindiendo de alguno de estos dos aspectos. No sólo por ese carácter indefectiblemente político de toda intervención intelectual, sino porque él mismo consideraba el trabajo intelectual como una forma de operar sobre la realidad política, en pos de la construcción de una nueva hegemonía.

La obra de Agosti implica además recorrer buena parte de las discusiones intelectuales del siglo XX. Desde sus tempranas prisiones en la década del 30, sus intervenciones en los temas y las polémicas que marcaban la “agenda intelectual” nos obligan a mirar también las reflexiones de los tantos interlocutores que Agosti tuvo a lo largo de su vida.

Pero recordarlo no implica simplemente desempolvar viejos papeles y detenerse simplemente en un perfil biográfico conmemorando el centenario de su  nacimiento. El verdadero sentido de recordarlo es político, es ideológico, y no simplemente histórico. Implica recuperar críticamente su pensamiento, vivo, actual, militante, profundo, a través del rico legado que nos ha dejado. Implica darle verdadero sentido a sus reflexiones buscando aquellos nudos que aún nos pueden servir para problematizar nuestro presente. La sola introducción de Gramsci al español es en sí misma mérito suficiente como para que este recuerdo se llene de sentido. Pero Agosti nos dejó mucho más. Sus estudios sobre  la nación en relación a la cultura anticiparon no pocas polémicas desarrolladas a lo largo de los años 60.  Sus estudios críticos sobre nuestra tradición liberal permitieron comprender más profundamente los alcances y los límites de aquella corriente política. Las críticas a la democracia burguesa, cuyas formalidades procedimentales dejan intactas las realidades materiales, cuentan todavía con escandalosa vigencia, al igual que sus escritos sobre el papel de la ideología en la configuración de una cultura. Su rescate del pensamiento echeverriano, en sus aspectos más revolucionarios, y sus estudios sobre José Ingenieros y Aníbal Ponce constituyen valiosos aportes para la comprensión de la historia política e intelectual de la Argentina. Y también la centralidad del humanismo en el pensamiento marxista, frente a aquellas visiones mecánicas que deforman la verdadera esencia de un pensamiento que busca enaltecer la condición humana frente a la creciente explotación capitalista. Estos son sólo algunos de los aportes que hoy podemos retomar para volver a poner en discusión. Retomar su legado para utilizarlo como herramienta para escarbar nuestra realidad, volver a discutir sus tesis centrales poniendo en vigencia aquellos nudos que contribuyan hoy a la “batalla de ideas”, desenmascarando aquellas realidades que no se han modificado sustancialmente desde que Agosti pensó el país, he ahí el verdadero sentido de volver a leer sus trabajos. Esta es, sin duda, la mejor forma de recordarlo.

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