Los piquetes en la city

Autor/es: Alberto Bonnet

Sección: Especial

Edición: 13


Cuando los piquetes alcanzaron la city porteña, en aquellos días de diciembre de 2001, trajeron consigo la mejor fiesta de nuestras vidas y la más parecida a las grandes fiestas que estamos organizando para el porvenir. Los piquetes decretaron asueto en la ciudad. Los cascotazos derrotaron los gases y las balas de la policía. El fuego iluminó cada esquina. Los grises edificios públicos se colorearon gracias a los aerosoles. Los cajeros automáticos, los macdonalds y los supermercados abrieron o, más precisamente, perdieron sus puertas. Nosotros, las mujeres y los hombres de a pié, ganamos las calles; ellos, los ministros, diputados, militares, curas y demás yerbas, debieron quedarse en casa. Las calles eran nuestras y el que no se había enterado debía volver a su casa en helicóptero. Y, para colmo, con un estado de sitio en el culo. Los que después vinieron a desalojarnos de las calles insisten desde entonces en que aquellos días fueron un infierno, un caos, una anarquía. Pero no podemos permitir que los partidarios del cielo, del orden y del gobierno nos roben el recuerdo de nuestra fiesta.

Esos piquetes, naturalmente, no cayeron a la city porteña del cielo. Venían de las provincias. En efecto, los acontecimientos de diciembre de 2001 fueron la culminación de un ascenso de las luchas sociales que se había iniciado hacia 1996-97 en una serie de conflictos registrados en el interior del país, entre los cuales se habían destacado los cortes de rutas y las puebladas de Cutral-Có y Plaza Huincul. Este ascenso había involucrado, no sólo una intensificación, una multiplicación y una radicalización de las luchas sociales, sino también una modificación en el modo en que se desenvolvían esas luchas. Sucede que, durante la década de los noventa, se registraron dos grandes ciclos de luchas sociales: un primer ciclo, dominado por la resistencia a la reestructuración capitalista que estaba implementando el menemismo (cuyo punto culminante acaso se encuentre en las grandes huelgas ferroviarias de 1990-92) y, derrota mediante, un segundo ciclo, dominado por las luchas que enfrentaron los resultados sociales de esa reestructuración (cuyo punto culminante se encuentra, precisamente, en la rebelión de fines de 2001). Y entre ambos tuvo lugar un cambio en el modo de desenvolvimiento de la lucha de clases: ganaron protagonismo otros sujetos (sectores de la clase trabajadora como los desocupados y los empleados públicos de distintos niveles, aliados con parte de los sectores medios) y otros modos de organización y acción (organizaciones de corte asambleario y modos de acción directa como los piquetes y las puebladas). Mucho se discutiría después acerca del carácter espontáneo o no de los acontecimientos de diciembre de 2001. Pero la palabra espontaneidad esconde diversos significados. A veces se la empleó adecuadamente en el sentido de que esos acontecimientos no habían resultado del arte de la insurrección de un pequeño partido de izquierda o de las malas artes de unos cuantos punteros del PJ bonaerense. A veces, en cambio, se la empleó en el sentido de que habían surgido ex nihilo, erróneamente, pues esos acontecimientos fueron el resultado de aquel prolongado y complejo proceso de ascenso y de cambio de las luchas sociales.

Los piquetes trajeron a la city porteña una fiesta, decíamos, que es como decir que trajeron una insurrección. Las masas, mediante su irrupción en las calles, lograron que renunciara el presidente y sus ministros. Nunca, en la historia argentina previa, la movilización de las masas había derribado una administración democráticamente electa. Pero, junto con la administración aliancista, las masas derribaron algo más importante aún, puesto que esa administración aliancista no era a su vez sino una mera continuidad de las dos administraciones menemistas anteriores. Las masas, mediante su irrupción en las calles, desarticularon la hegemonía neoliberal que había regido la política argentina durante la década entera. Y tan inédita en la historia argentina había sido esa hegemonía y la profunda reestructuración capitalista implementada en su marco como inédita fue su desarticulación en medio de la movilización de las masas. Tampoco podemos permitir que le roben el nombre, insurrección, a nuestra fiesta. Mucho se discutió y un poco se sigue discutiendo también este carácter insurreccional de los acontecimientos de fines de 2001. Aunque a una movilización de masas que, al grito de que se vayan todos!, acaba con un gobierno y una década de consenso neoliberal, parece poco razonable pedirle más credenciales para reconocerle su carácter insurreccional. La insurrección en cuestión, naturalmente, no se acomodaba a los modelos que conocíamos. El movimiento obrero sindicalmente organizado no había desempeñado el papel protagónico, mientras que el movimiento estudiantil prácticamente no había desempeñado papel alguno. Pero las fiestas no se organizan siempre de la misma manera.

Ya no hay piquetes en la city porteña. Los partidarios del cielo, del orden y del gobierno desalojaron sus calles. Pero esto no significa que de la fiesta hayan quedado apenas unas pocas quemaduras en el asfalto (y, ciertamente, unos cuantos muertos de los nuestros, cuyos asesinos siguen impunes). Aunque parezca mentira, la insurrección de diciembre sigue viviendo, viviendo en verdad una suerte de doble vida. Una vida muerta en vida, en cada una de las concesiones que aquellos partidarios del cielo, del orden y del gobierno se vieron obligados a realizar para preservar su cielo, su orden y su gobierno. Y una vida plena de vida, en cada una de las luchas que siguen desvelando, cotidianamente, a esos partidarios del cielo, del orden y del gobierno. ¿O usted cree que en los piquetes petroleros santacruceños de febrero de 2006 y abril-junio de 2011, en los incendios de vagones del Sarmiento de noviembre de 2005, septiembre de 2008 y mayo de 2011 o en el conflicto minero de Esquel de 2002-03 y la posterior proliferación de asambleas ambientalistas, no sigue la fiesta?

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