Indignados israelíes: la protesta de las carpas, la lucha por la vivienda

Autor/es: Mónica Wengrowicz

Sección: Invitado

Edición: 13


Parecía se que rompían las reglas del juego entre la derecha y la izquierda. Por un breve lapso la protesta dejó a un lado el antiguo conflicto llamando a todos a participar

Siempre se dijo que los israelíes son apáticos, ahora se puede decir que comienzan a despertar. La protesta comenzó por los precios exorbitantes del alquiler de vivienda en Israel (pocos hablan de comprar vivienda), por la ausencia del Estado tanto en el control de precios como en la construcción de viviendas públicas y por el proceso de privatización en general. Los jóvenes acamparon en las plazas creando verdaderas ciudades de carpas, los médicos en huelga, los tamberos y hasta las madres de niños pequeños salieron a protestar. La protesta parecía romper las reglas del juego que los colonos en los Territorios Ocupados impusieron a la sociedad israelí, dejando de lado el conflicto israelí-palestino y la ocupación.

Acampando en Tel Aviv, You Tube

Por un momento pareció que estaba surgiendo una nueva política, que rehúsa cooperar con las dicotomías del pasado y llama a nuevos acuerdos. La protesta comenzó el 14 de julio en Tel Aviv demandando soluciones de vivienda, y se aceleró dispersándose por todo el país. Los manifestantes no se conformaron con acampar y bloquear rutas sino que también marcharon y llegaron hasta la Knesset (parlamento) y hasta llegaron a ocupar viviendas vacías (de las cuales fueron violentamente evacuados).

Al Primer Ministro le costó comprender que la ola de protesta era inusual y que de no detenerla su gobierno estaría en peligro; su respuesta inicial fue: diez mil viviendas (en alquiler) para estudiantes y reducir el precio del transporte público. Los líderes de la protesta rechazaron la propuesta acusándolo de tratar de separar a los estudiantes del resto de la sociedad que demanda derechos.

Los jóvenes que iniciaron la protesta –que parecía tener síntomas de una incipiente revuelta, y a la que ellos denominan revolución– demandan vivienda, planificación, políticas para el mercado laboral, salud y educación pública.

Además, tras 130 días de huelga, también los médicos profundizaron su lucha. Los médicos residentes firmaron cartas de renuncia, que no fueron aceptadas por el gobierno, y una delegación entregó al Primer Ministro un petitorio con decenas de miles de firmas.

El sábado 30 de julio más de 150.000 personas salieron a las calles en contra de Netanyahu y demandando justicia social. En once ciudades protestaron contra el constante aumento del costo de la vida gritando: “Queremos justicia, no caridad” y “Bibi (Benyamin Netanyahu) vete a casa”.

La protesta más grande fue el 6 de agosto, con banderas rojas y carteles que decían: “La gente antes que las ganancias” y “El gobierno contra el pueblo – el pueblo contra el gobierno”.

Prominentes músicos, entre ellos Hemi Rodner, Dan Toren, Yehuda Poliker, Barry Sakharov, Yishai Levi, Aviv Geffen se adhirieron a las protestas.

250 mil personas protestan en Tel Aviv. 6 de agosto, 2011. You Tube

La policía comenzó a dispersar por la fuerza a los manifestantes mediante una brutal represión mientras éstos contestaban gritando “No nos vamos” y “Estado policíaco”.

Videos de violencia policial en You Tube

La respuesta del Primer Ministro a las demandas fue: “La justicia social causará el colapso económico”, a lo cual los líderes de la protesta contestaron: “El Primer Ministro intenta asustar a la sociedad. Debe abrir los ojos y comprender que el colapso económico ya se instaló en toda su magnitud; este sistema colapsa y es el que saca a la gente a la calle acá y ahora. El pueblo demanda un cambio profundo y Netanyahu contesta con una propuesta manipuladora, carente de valores y de objetivos. El Primer Ministro no comprende lo que significa la responsabilidad”.

Stav Shapir, una joven líder, volvió a presentar los reclamos: el Estado debe intervenir inmediatamente en el mercado para proteger a los ciudadanos. “Exigimos vivienda digna para todos mediante construcción pública. El Estado debe controlar los alquileres.” También hay exigencias relacionadas con la educación: un sistema de educación primaria y secundaria pública y gratuita y ayuda para estudios universitarios (la universidad pública es paga). Además dijo: “Nos identificamos plenamente con la lucha de los médicos y nos adherimos a sus justas demandas”. El siguiente paso del Primer Ministro fue la creación de un comité compuesto por funcionarios del Ministerio de Finanzas y otros funcionarios del gobierno. El Comité Trajtenberg (Comité para el cambio socioeconómico, encabezado por el profesor Emanuel Trajtenberg) entregó sus recomendaciones el último 26 de septiembre, y el 9 de octubre el gobierno aprobó el informe. Las propuestas del gobierno no dan respuesta a los problemas e ignoran las necesidades de la gente. En las localidades periféricas a las grandes ciudades el 45 por ciento de los habitantes no percibe más que el salario mínimo y no calificarán para recibir los pocos beneficios propuestos por el Comité, a los cuales accederá tan sólo un ínfimo porcentaje de la población.

La respuesta de Ytzik Shmuli, presidente de la Asociación Nacional de Estudiantes, al informe del Comité fue: “Deseo comenzar agradeciendo al profesor Emanuel Trajtenberg por haberse dedicado al cometido nacional para el cambio de prioridades; deseamos agradecer la sincera atención a los reclamos del público, y por haber incluido parte de los reclamos en las conclusiones del Comité. No obstante, el Comité contó con una oportunidad histórica para generar un cambio, oportunidad que fue desperdiciada. Tras haber estudiado el informe y a pesar del hecho de que también contiene elementos positivos, la calificación que damos al informe es ‘insuficiente’. Es posible celebrar partes del informe, pero cientos de miles de israelíes han salido con nosotros a las calles demandando justicia social, un cambio sustancial y un cambio de valores en el Estado. Cuando observamos el informe en su totalidad, me pregunto si así se ve el Israel en el cual yo y mis compañeros deseamos vivir”.

La cortés y respetuosa respuesta de los estudiantes deja en claro que no hay revolución en Israel. La protesta social en Israel resultó ser un multitudinario acto de autocomplacencia, sirviendo como válvula para liberar presión, no para traer un verdadero cambio.

Israel colapsa, pero Netanyahu es un malabarista en el arte de la supervivencia política. El 18 de agosto fueron asesinadas siete personas y decenas resultaron heridas como resultado de un ataque terrorista. La respuesta israelí fue un ataque aéreo a la Franja de Gaza, lo cual generó más ataques palestinos. Se reinició el bien conocido círculo vicioso de violencia, desviando la atención y la preocupación pública de la protesta social al eterno problema de seguridad. Al apaciguarse la situación fue necesario crear otra distracción, y era imperioso que esta vez la solución fuera capaz de restituir la ya inexistente popularidad del premier.

El 25 de junio del 2006 Gilad Shalit, un muchacho de 20 años cumpliendo el servicio militar obligatorio, fue secuestrado y llevado a Gaza por la organización Hammas. La organización palestina demandó liberar a más de 1.000 palestinos reclusos en Israel a cambio de la liberación del soldado Shalit, a lo cual se negó el gobierno de Israel. La familia de Shalit comenzó una intensa campaña internacional para liberar al joven, convirtiendo el reclamo por su liberación prácticamente en el único asunto en el cual no hay discrepancia en la sociedad israelí. Todos se sumaron a la campaña y Gilad pasó a ser el hijo de todos. Un hijo que no gozó del derecho a recibir la visita de la Cruz Roja, y al cual en cinco años y cuatro meses de cautiverio le permitieron enviar sólo tres cartas y un video; la falta de noticias sobre su estado sumada a la negativa del gobierno a liberar prisioneros palestinos a modo de cambio crearon en el imaginario colectivo una suerte de meta común: liberar a Gilad Shalit.

El 6 de octubre último se rubricó un acuerdo entre Israel y Hammas, para liberar a Shalit a cambio de la liberación de 1.027 palestinos presos en cárceles de Israel. El 12 de octubre el Gobierno de Israel ratificó el acuerdo, con 26 ministros a favor y tres en contra y el 18 del mismo mes retornó a su hogar y familia.

Netanyahu sacó un conejo de su galera. El acuerdo lo convierte en héroe nacional, le entrega en bandeja la victoria en las próximas elecciones acallando toda voz de protesta u oposición. Una maniobra cínica, adoptada después de cinco años de innecesario sufrimiento. En realidad quien logró el acuerdo con Hammas no fue Netanyahu, fueron los líderes de la protesta social. El costo de su liberación no serán los 1.027 palestinos sino la protesta social misma, que queda huérfana de interés mediático y de todo poder político. La opinión pública ya no se ocupará de los médicos, de los desempleados, de los jubilados, del déficit en la educación, de la falta de vivienda. Un pueblo unido admira la “valentía” del Primer Ministro que accedió a lo que se debía haber accedido cinco años atrás. Gilad Shalit fue la mejor carta de Netanyahu, y él supo jugar la mano de manera brillante.

Netanyahu estaba entre el yunque y el martillo, se le exigían respuestas tanto en el ámbito interno como en la arena internacional. Pero él hizo lo que sabe hacer tan bien: tergiversar la realidad y zafar del inminente golpe del martillo.

Mahmud Abbas, presidente de la Autoridad Palestina y líder de El Fatah, cosechó la estima y la aprobación palestina por lograr apoyo internacional al reconocimiento del Estado Palestino. El próximo y lógico paso sería retomar las negociaciones de paz.

La derecha israelí en general, y Netanyahu en particular, instauraron la idea de que “no hay socios para la paz, no hay con quién hablar”, desestimando la posibilidad de llegar a un acuerdo con los palestinos. Ciertamente sería mucho más fácil fundamentar esta idea con el radical Hammas fortalecido y el moderado El Fatah debilitado.

Por un lado Netanyahu enmudece a la incómoda protesta social en el país, y por el otro libera a más de mil palestinos otorgándole a Hammas un logro que no le fue concedido a El Fatah en negociaciones de paz.

El acuerdo es una apabullante victoria para Hammas, la calle palestina se viste de fiesta con el retorno de sus 1.027 hijos liberados, entre los que no se encuentra Marwan Barguti, líder de El Fatah.

Tras una victoria de tal envergadura registrada en el haber de Hammas, ¿quién representaría a los palestinos en una eventual negociación de paz? ¿Mahmud Abbas de El Fatah o Haled Ma’shal de Hammas? La lógica indica que el Gobierno de Israel no debería fortalecer a las fuerzas palestinas más radicales, sino a las más moderadas, facilitando el fin de la ocupación y un acuerdo de paz. Pero en el Medio Oriente la lógica es uno de los condimentos que no se acostumbra agregar al menjunje de la política.

Los asentamientos y la ocupación siguen siendo una espina en la garganta de la democracia israelí y son una de las principales causas del derrumbe del “estado de bienestar”. De todas formas, nadie dice abiertamente lo que todos saben: las sumas astronómicas invertidas en “seguridad”, en mantener la ocupación de territorios conquistados, en la guerra y en los asentamientos (que tarde o temprano deberán ser evacuados) son causantes de la falta de vivienda y de todas las otras falencias que oscurecen las perspectivas de futuro del ciudadano israelí. Obviamente, también el gobierno israelí sabe que inmediatamente después de un acuerdo de paz con los palestinos se harán evidentes y surgirán todos los problemas de la sociedad israelí; la pregunta es a qué teme más el gobierno: a la continuación del conflicto que le permite evadir responsabilidades sociales, o a la paz y la consecuente necesidad de hacer frente y dar respuesta a los asuntos internos.

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