El 2001

Autor/es: Adrián Piva

Sección: Especial

Edición: 13


“El 2001”, así, a secas. Pocos años tienen ese privilegio, dejar de ser adverbios para pasar a ser sujetos. Decir 2001 es decir crisis pero, al mismo tiempo, rebelión popular. Dar cuenta del significado histórico del 2001, de la ruptura histórica que le otorga ese raro privilegio, exige entonces concentrarse en ese vínculo, el establecido entre una crisis general del capitalismo argentino y la irrupción popular que determinó su desarrollo y resultados.

Un camino sería analizar cada elemento por separado. Por un lado, la crisis económica como resultado de la dinámica específica de la acumulación capitalista del período. Por otro lado, la creciente protesta social como síntoma de una crisis de representación que culminó en el estallido de diciembre de 2001. El 2001 sería, desde ese punto de vista, producto de la articulación y mutua determinación de ambos procesos. Una combinación de crisis económica profunda y conflicto social agudo.


¿Una crisis económica?

La transformación de las condiciones de acumulación no fue un proceso meramente económico. El programa de reformas neoliberales había sido rechazado en las calles y en las urnas hasta sólo unos meses antes de la asunción de Carlos Menem en 1989. La acelerada y profunda construcción de consenso en torno suyo tuvo como fundamento el disciplinamiento social producido por la hiperinflación entre mayo y julio de 1989. Fue durante esos meses de crisis y convulsión social, y a lo largo de los dos primeros años del gobierno menemista, que se gestó y consolidó una relación de fuerzas sociales que fue el sustento del crecimiento económico posterior. Una correlación de fuerzas caracterizada por la unidad profunda de las distintas fracciones burguesas y una clase obrera debilitada y fragmentada.

El programa de reformas neoliberales tuvo como grandes pilares la privatización de las empresas del estado –en el marco de un proceso de renegociación de la deuda externa en moratoria de pagos– la desregulación de los mercados y la apertura externa comercial y financiera. La convertibilidad monetaria dio coherencia al conjunto de medidas transformando la ofensiva capitalista contra la clase obrera en motor de crecimiento económico. Al fijar el tipo de cambio por ley e impedir la devaluación correctiva del peso como respuesta a desequilibrios de la balanza de pagos, la competencia externa actuaba como presión sobre los capitales individuales, obligándolos –so pena de perecer– a incorporar nuevas tecnologías, reorganizar los procesos de trabajo, precarizar las condiciones laborales, extender e intensificar la jornada laboral y reducir salarios. Si los aumentos de productividad resultaban insuficientes –cosa que comenzó a ocurrir desde 1995– o si países competidores devaluaban sus monedas –lo que ocurrió a partir de 1997– la presión para avanzar sobre condiciones de trabajo y salarios era mayor. La continuidad del crecimiento económico dependía de la capacidad de los capitalistas para continuar su ofensiva contra el trabajo. En el fondo de lo económico nos encontramos, entonces, con un problema político.


¿Una crisis política?

El proceso de reformas neoliberales fue refrendado electoralmente en 1991, 1993, 1994 (elecciones constituyentes) y 1995 (reelección de Menem). Y volvió a serlo en 1997 y 1999, ya que la oposición al menemismo sólo pudo saborear la victoria cuando alejó cualquier duda sobre su fe en las reformas y sobre su apoyo a la convertibilidad. Las luchas contra la reforma del estado y las privatizaciones fueron derrotadas y si bien durante la primera mitad de los 90 hubo importantes conflictos en las provincias, sobre todo en el norte, estos resultaron exitosamente aislados y provincializados. Sin embargo, desde 1996, los cortes de rutas y puebladas, aunque descoordinados y asincrónicos, demostraron un alto grado de generalización territorial, de universalización y nacionalización de las demandas y, fundamentalmente, pusieron de manifiesto los límites de la hegemonía neoconservadora. Los cortes y puebladas produjeron un cambio en las formas y los sujetos de las luchas. Progresivamente el trabajador desocupado se recortó como protagonista y los llamados “piqueteros” crecieron en organización y centralización. En el año 2001 las asambleas nacionales piqueteras permitieron por primera vez la coordinación de las luchas de la enorme mayoría de las organizaciones. Desde 1996 también se asistió a una creciente movilización de los “sectores medios urbanos”. Este complejo sociocultural incluye a la pequeño burguesía tradicional pero está compuesto mayoritariamente por asalariados, asimilados a la pequeña burguesía por sus representaciones y hábitos. Como “Vecinos”, “comerciantes”, “ciudadanos” o simplemente “la gente” intervendrían crecientemente en marchas, bocinazos, cacerolazos, cortes de calle, etc. Si bien sus demandas e identidades serían inestables demostrarían una gran capacidad de universalización y masificación. En este contexto de aumento del conflicto social y de agrietamiento del consenso, el sindicalismo disidente tendría una mayor capacidad de acción. Sin embargo, los trabajadores ocupados mantendrían mayoritariamente su repliegue aun atrapados entre la fragmentación de sus luchas y la amenaza del desempleo.

Este aumento de la protesta social fue constituyendo un límite a la ofensiva del capital. Con el inicio de la depresión económica tendió a configurar un bloqueo a la vía de salida de la crisis que imponía el régimen de convertibilidad: una caída general de precios (deflación) y una, aun mayor, rebaja salarial. El fracaso de los sucesivos ajustes fiscales ensayados por el gobierno de la Alianza se inscribieron en esa lógica de enfrentamiento social.

En el fondo de lo político encontramos, entonces, lo económico.


El 2001 como crisis de la dominación capitalista

El gobierno de la Alianza, que asumiera en 1999, expresó y padeció la contradicción entre las necesidades del proceso de acumulación en un marco de convertibilidad monetaria y las necesidades de legitimación de dicho proceso, que exigían la satisfacción de un conjunto de demandas sociales incompatible con las políticas de ajuste fiscal. Esa contradicción estallaría en las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001.

Durante el año 2001 un conjunto heterogéneo de actores con demandas diversas protagonizaron un ciclo de luchas que alcanzó su pico durante el mes de diciembre. Después de un mes de intensa movilización, los días 19 y 20 una combinación de saqueos de alimentos protagonizados por multitudes de pobres de Buenos Aires y otras importantes ciudades, de acciones de protesta de movimientos de trabajadores desocupados y de trabajadores organizados sindicalmente y, fundamentalmente, de la movilización a la Plaza de Mayo de una masa policlasista e indiferenciada de ciudadanos y vecinos terminó con el gobierno aliancista en medio de enfrentamientos callejeros entre los manifestantes y la policía que asesinó, sólo en las inmediaciones de Plaza de Mayo, a cinco personas.

Si la convertibilidad era un mecanismo de subordinación del trabajo al capital, que transformaba la continuidad de la ofensiva del capital en motor del crecimiento económico, la crisis de la convertibilidad debió ser, simultáneamente, la crisis de la acumulación y de la dominación política.

El bloqueo popular al ajuste y a la deflación tendió a profundizar la crisis y, junto con ello, a erosionar los mecanismos que sostenían el consenso neoliberal. Los principales protagonistas de las jornadas de diciembre fueron las capas medias, los desocupados organizados y los sectores más pauperizados de la clase obrera. La larga depresión, el proceso de ajuste, la deflación y la desmonetización de la economía, agravada por la crisis bancaria y el “corralito”, tendieron a producir procesos de disolución social entre los sectores más empobrecidos y de profundización de la expropiación y empobrecimiento de las capas medias. Frente a tales procesos que pusieron en juego la reproducción de esos grupos sociales, la amenaza de retorno de la hiperinflación perdió su carácter coercitivo.



El contenido de este artículo se basa en Alberto Bonnet, La hegemonía menemista, Prometeo, Buenos Aires, 2008 y en mi tesis doctoral Acumulación de capital y hegemonía en Argentina (1989 – 2001) de próxima publicación.

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