Cabeza tronco y extremidades, de Marcos Silber. Buenos Aires, Editorial El mono armado, 2010.

Autor/es: Ana María Ramb

Sección: Comentarios

Edición: 12


La sigla NN y su cuerpo es palabra oculta en un atajo o encrucijada, o en una opacidad –los “blancos” de los que hablaba Tinianov –. Pero la palabra en cuerpo presente evoca y provoca dolor: el de la ausencia de lo no nombrado y, erizo vuelto sobre sí mismo, conjura el olvido y repone al ausente en primer plano. “Único en sus riesgos, este cuerpo diseccionado por uno de los mejores bisturíes de la poesía, resucitará a pedazos como toda la gloria natural, sólo que para siempre, por pura calidad poética, Don Marcos, para siempre”, augura Teuco Castilla.

Cabeza tronco y extremidades es, según Jorge Ariel Madrazo, “un libro duro, alto y valiente de un autor insoslayable, a quien se deberá recurrir cada vez que se quiera saber por dónde pasa lo mejor de nuestra lírica”.

Los poetas son, ante todo y según la confesión de Gabriel Celaya, sospechosos portadores de un arma. Mucho antes, el venerable Platón los había expulsado de su soñada República, de la ciudad, de la vida cívica. Habrá sido acaso porque entonces, como hoy en este caso, el poeta se apodera de la palabra, y gracias a ella se vuelve poderoso; quizá la pierde después y al fin la reinventa para decir lo indecible, para contar lo incontable: lo que el dolor, la maravilla, el estupor o el miedo no nos permite decir en voz alta. En este sentido, qué duda cabe, la voz de Marcos Silber es altamente sospechosa; más adelante leerán opiniones mucho más autorizadas que la mía, y que no me desmienten. En este libro suyo, Cabeza tronco y extremidades, en acto de audacia, Marcos elige un objeto poético de ruda hostilidad: el cuerpo. Objeto tan hostil y tan rudo que pocos poetas se atreven con él, salvo cuando cantan al cuerpo de la mujer.

En la obra de Silber el discurso poético es en sí mismo un cuerpo humano, extraño, portador y provocador de la ostranenie, el “extrañamiento” que ponderaban los formalistas rusos. El objeto extraño que, sin embargo, a veces se reconoce como algo propio; en otras, se contempla con la fría mirada de los personajes de la Lección de anatomía de Rembrandt, y en las más se pierde y se recupera a cada paso. Dice el poema “Informe del forense”:

Es cierto, los cuerpos hablan.

Éste relata historias de complejas travesías;

cuenta días de zozobra y días de zozobra cuenta…

¿Un cuadro que Max Ernst no pintó? ¿Una escena no filmada por Luis Buñuel? ¿La mesa de disección de Lautréamont? No; simplemente, la vida. La vida que se enfrenta con su finitud, pero que no olvida sus esplendores y urgencias. El poeta dice en “Torácica”:

(…) No se cae del asombro el bisturí;

rojo el bombeador cardíaco

el bolchevique de la familia –

que pregunta: ‘¿y las flechas,

qué se hizo de las flechas?’

¡Cómo quedó, así, abatida la pasión…!

(…)

Es la vida que corre. Que corre y se escurre. Y nadie corre sin un cuerpo. Tampoco las palabras. El verbo latino discurrêre remite a la acción ir de un punto a otro; de ahí deriva el participio pasado discurso. Las palabras, en su discurso, nos trazan un camino, en ocasiones con un sitio de llegada pautado en forma previa; en otras, a la deriva. Los poemas de Cabeza tronco y extremidades siguen un derrotero marcado por Silber con precisión. Nada más ajeno a “lo íntimo” o al léxico lírico convencional que el discurso institucionalizado. En estos poemas, el lenguaje coloquial incorpora el discurso de la Medicina en un desplazamiento que no quiebra ni interrumpe el discurso poético, sino que se engarza en él otorgándole mayor intensidad:

La viera usted a la madre dura,

disparada la socorrista, loca incesante

siempre lista la guardia

por si desborda el río cerebral

o derrumbe sucede o estalla incendio.

La viera usted, alzada,

vigila que nada maltrate al cuarto del ensueño.

(…)

“Duramadre”

No faltan en estos poemas los recursos de vanguardia, como la limadura final de la elipsis en “Craneana”:

Una fortaleza el casco óseo,

poderosos los muros,

imbatible el vallado.

Todo, para proteger la caja soñadora

y no perturbar las historias que allí.

(…)

Cuando se lee un texto, es ineludible intentar establecer la coordenada de espacio y tiempo donde recaló su escritura. Por otra parte, es propio de la poesía expresar lo inexpresable, decir lo no dicho, aunque no se diga todo. Según Héctor Freyre, en Cabeza tronco y extremidades, la imaginación poética “intenta sacar a plena luz la toma de conciencia de un pasado siniestro. Imágenes poéticas que nos obligan a cumplir un regreso sistemático sobre nosotros mismos, y sobre nuestra historia más reciente como sociedad”. Como en el poema “30.000”:

Baja de la horca del dedo gordo del pie

El tarjetón.

Desnudo. Vacante.

¡Y el nombre, las iniciales al menos?

¿Quién fue/es el de este cuerpo?

¿De dónde proviene?

¿Qué historia lo trajo hasta aquí?

Estrellado el cielo de la frente

y un parpadeo de faro en cada ojo.

Camisa subcutánea el azul de mar

que le ocupa el pecho

y roja la correntada de las rutas vasculares

que suben y bajan

en cada brazo, arriba;

abajo, en cada pie.

¿Quién fue/es el de este cuerpo?

¿Cómo lo llamaban los vecinos,

en la escuela, en la calle,

cómo lo llamaba la mamá?

Baja de la horca del dedo gordo del pie

El tarjetón.

Desnudo. Vacante.

El tarjetón.

Desnudo. Vacante.

¿En qué lengua dice?

¿El número de qué habla?

Si hubiese que inscribir la obra de Silber en una genealogía, nos decidimos a instalarla en la línea que, partiendo de Raúl González Tuñón incluye también a Juan Gelman, Y, de reconocerla en una serie, la ubicamos dentro de la poesía conversacional en Hispanoamérica, tal como la analiza Roberto Fernández Retamar en Para una teoría de la literatura hispanoamericana y otras aproximaciones (La Habana, Cuba, Casa de las Américas, 1975). Grandes poetas jalonan esta constelación: César Fernández Moreno, Roque Dalton, Ernesto Cardenal, Mario Benedetti, Jorge Boccanera, José Emilio Pacheco, Jaime Sabines; el mismo Fernández Retamar y una pléyade de poetas cubanos, como Cintio Vitier, Luis Suardíaz y Nancy Morejón. En esta Vía Láctea, la obra de Marcos Silber tiene su esplendor.

Poesía coloquial o conversacional –jamás retórica, nunca convencional– que César Fernández Moreno quiso llamar poesía existencial, donde “se diluyen las fronteras entre la lírica, la épica y la dramática; el ensayo y hasta la filosofía vuelven a aproximarse al poema…” Una poesía cuyo acercamiento a las definiciones políticas tiende a sacarla “de sus casillas, a sacarla de sí misma para convertirla en otra cosa”. (Revista Espacios de crítica y producción, Nº 2, julio – agosto 1985, Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras.).

Marcos Silber es Miembro Honorable de la SADE, entidad que en 1968 le había concedido la Faja de Honor en Poesía. Siguieron otros galardones: Primer Premio en Mérida, España, por el poemario Preposiciones y buenos modales. Con Thrillers fue finalista en el Premio Casa de las Amétricas, Cuba. Primer y Segundo Premio del Certamen Nacional de Poesía organizado por la APDH. Primer Premio del Concurso Casa de la Amistad Argentino – Cubana y Primer Premio de la Editorial La Luna Que. En mayo de 2010 la Editorial Monte Ávila de Venezuela publicó Convocados, selección de poemas de su obra. Es autor de la versión argentina de Raíces, del dramaturgo inglés Arnold Whesker, versión publicada por la editorial Nueva Visión. Ha participado en antologías nacionales y extranjeras, y asistió invitado a Festivales Internacionales de Poesía en Medellín y Bogotá, Colombia, Cajamarca, Perú, y Caracas, Venezuela. Colabora con publicaciones del país y del exterior.

Opina Ivonne Bordelois:

En la poesía de Marcos Silber hay un desván donde se guardan fugaces gestos y objetos cotidianos recortados desde una perspectiva sorprendente, en encantadoras instantáneas de minuciosa ternura.

Pero es también un desván por donde se cuela el viento de la memoria de lo atroz, el viento del desasosiego y la derrota de lo exterior y lo interior, sin melosidades redentoras ni complicidades siniestras. Una poesía sin abstracciones ni hermetismos, de una sencillez trágica, iluminada por los colores candorosos de un Chagall que hubiera prorrumpido en un indetenible canto de lágrimas. Sin pretensiones ni retóricas, una poesía que se atreve a ser ella misma: humildemente distinta, claramente original y solitaria. La firme poesía de un poeta cierto.

Marcos Silber es cofundador de la Sociedad de los Poetas Vivos, que integran Eugenio Mandrini, Carlos Carbone, Carlos Levy y Santiago Espel.

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