Parquet para el asado

16/12/2010

Por Andrés Asiain

Tras la extensión de las asignaciones por hijo a las familias que no tienen empleo formal se ha desatado una fuerte campaña mediática de desprestigio a las políticas sociales llevadas adelante por la actual administración. Programas televisivos de denuncia descubren madres ponedoras en afán de cobrar asignaciones, intendentes chorros y cooperativas inexistentes; senadores que hablan de que las asignaciones se gastan en el juego y la droga; economistas “serios” afirman que el sector privado mantiene de su bolsillo incluso a los empleados estatales, y parece que ya no se habla del parquet para el asado por el precio al que está la carne y el uso extendido del cerámico.

Un camino interesante para abordar estas peligrosas ideas sociales es deteniéndose en algunas cuestiones metodológicas. “Para muestra basta un botón” puede ser cierto en ciertos casos, pero como técnica de muestreo es realmente deficiente. Una chica embarazada, una cooperativa, un intendente, ¿basta para estudiar el impacto de una política social? ¿Cuántas familias trabajadoras que logran un respiro económico gracias a la asignación, cuántos chicos que vuelven a la escuela, cuántas cooperativas que trabajan desde el reciclado de cartón, la producción de algodón o la construcción de viviendas quedan afuera de la muestra? El periodismo de investigación no nos lo informa. Pero si para muestra vale un botón, ¿cómo se escoge el botón? ¿Por qué al elegir un intendente no se detienen en la gestión del ex intendente de Morón Martín Sabbatella o del “Barba” Gutiérrez en Quilmes?

Un párrafo aparte requiere la aritmética del economista “serio” Orlando Ferreres conocido por recopilar estadísticas económicas argentinas. En un programa televisivo sostuvo que si los subsidios son del orden de los u$s20.000 millones anuales y los que trabajan en el sector privado son casi 12 millones, cada uno se pone con algo más de u$s1.500 al año.

Empecemos por lo que él llama subsidios, que incluye desde el subsidio del gas y el colectivo, las asignaciones y jubilaciones para no aportantes hasta los empleados estatales, que según sus cálculos en un 50% están demás. En que se apoya para decir que la mitad de los empleados estatales son prescindibles, en que fue al interior y vio que trabajaban hasta la una, según sus palabras. La rigurosidad metodológica del cálculo vuelve poco fiables sus difundidas estadísticas de la economía argentina. Pero volvamos a su cuenta: ¿los trabajadores del sector privado son los que pagan los subsidios? El gasto público se financia con impuestos, deudas interna, externa y emisión. Tomando sólo la recaudación impositiva, casi el 30% de ella se explica por el IVA que pagan tanto el empleado del sector privado como la madre desocupada que compra un litro de leche para su hijo.

Pero el análisis económico no se puede reducir a sumas, restas y divisiones que si bien puede servir para gestionar un almacén, no alcanza para administrar un país. El gasto público cuyo monto suele aparecer escritos con birome roja, no es sólo una resta –aunque así deba contabilizarse al cerrar el presupuesto–. El gasto genera demanda y ésta incita a la producción, porque ningún empresario invierte y produce si no espera que le compren. Si se les hace caso a los paladines de la austeridad, como lo hacía la Argentina en los ’90 o Europa hoy en día, la reducción del gasto lleva a una caída del consumo y de las ventas de las empresas que despiden a sus trabajadores. Y así los que se veían financiando a “los que viven del subsidio” descubren el significado económico de “dar para recibir”.

En ciencias sociales, si bien no puede utilizarse el microscopio suele ser útil para la comprensión de ciertos fenómenos analizarlos en una escala menor. Así que vayamos a algún pueblo de los Valles Calchaquíes y escuchemos a un comerciante de la zona. En los últimos años su negocio mejoró gracias al creciente turismo que en gran parte es el resultado de la política cambiaria del Gobierno que financian todos los argentinos. Sin embargo, le parece que su prosperidad es por su exclusivo mérito y no pierde ocasión de quejarse de los impuestos que tiene que pagar.

En los últimos años el turismo bajó por la crisis económica y la gripe A, pero sus ventas se recuperaron gracias a la inyección de poder de compra que le significó a la región la ampliación de las jubilaciones y de la asignación por hijo. Y ahora, se queja de que su empleado le pide un aumento porque si no prefiere vivir del subsidio. Ahora bien: si vuelven los revaluadores y recortadores y su negocio va a la quiebra, la culpa no es suya sino de este país de m.....

Pero no nos agarremos con nuestro comerciante del valle, ni siquiera con nuestros grandes empresarios nacionales. El neoliberalismo que ha dominado el mundo en las últimas décadas no es más que la expresión a escala global de las ideas pueblerinas de aquel comerciante. En lugar de aprovechar los nuevos desarrollos técnico-productivos para mejorar la calidad de vida de los seres humanos reduciendo las jornadas laborales, mejorando los salarios y expandiendo el consumo, han hecho lo contrario.

Despidos, bajos salarios, ampliación de las jornadas de trabajo hasta descubrir que una pequeña elite planetaria no es un mercado lo suficientemente amplio como para colocar la creciente producción. Y así, tras patear para adelante el problema dándole al crédito y la especulación, han llevado la economía mundial al abismo de la crisis actual.

Y si bien, como vimos, los países más ricos no son siempre un ejemplo a seguir, vale la pena a veces compararnos con ellos. Veamos cómo estamos en términos de gasto público, que tanto parece asustar a quienes siempre tienen un ojo en el Hemisferio Norte. Según las estadísticas de la OCDE para el 2008, Suecia y Francia tenían un gasto público por encima del 50% de su producto. Italia y el Reino Unido les seguían por poco con el 49 y 48%, respectivamente. Algo rezagado aparece Alemania con el 44%; los Estados Unidos, Brasil y Japón gastaban alrededor del 38% de su producto. ¿Cuál es el porcentaje en la Argentina? Para el 2009, último dato disponible, la relación gasto-producto andaba arañando el 30 por ciento. Todavía nos falta mucho por andar…

Andrés Asiain, economista UBA, investigador del CEMOP y del CCC.

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