La piel del cordero

30/11/2012

Por Alfredo García

En medio de la crisis de los países centrales, que tiene más probabilidades de agravarse que de solucionarse, la realidad se empecina cada vez más en contradecir a los manuales de la economía ortodoxa y a las propias recetas de la Troika (FMI, Banco Central Europeo y Comisión Europea), que es la que dirige los planes de ajuste en los hoy llamados «países de la periferia europea».
Hasta los principiantes que estudian economía observan que las políticas que recomienda la Troika, y que son idénticas a las impuestas por el FMI en América Latina en los 80 y 90, empeoran significativamente las economías de los países en los que se aplican.
Es tan abrumadora la evidencia, que hasta el propio FMI tuvo que salir a reconocer en su último informe Perspectivas de la Economía Mundial (PEM), que sus cálculos estaban mal afinados, dado que los resultados del ajuste fueron mucho más negativos que los previstos. Este reconocimiento llevó inevitablemente a una confesión de parte: la consolidación fiscal, el nuevo nombre que le puso el FMI al ajuste, genera recesión.
Un tema que siguen negando, ya que párrafos más adelante de esta involuntaria confesión, expresan que «a corto plazo, sin embargo, es preciso adoptar medidas más inmediatas. España e Italia deben llevar adelante planes de ajuste para restablecer su competitividad, sanear sus finanzas públicas y respaldar el crecimiento».
Es más fácil echarle la culpa a los cálculos que a las políticas aplicadas, dado que resulta extremadamente difícil presentar esas políticas como positivas. Y, entonces, puede leerse su preocupación por el desempleo, o por las políticas sociales, pero a no entusiasmarse, es sólo la piel del cordero que viste al lobo. A las pruebas me remito.
Dice el FMI en el informe comentado que «es posible que los gobiernos tengan que reforzar las medidas focalizadas en la red de protección social y adoptar otras medidas fiscales (como reducir los impuestos sobre los alimentos), si el espacio fiscal lo permite»; «las políticas macroeconómicas a corto plazo también deben incluir la ampliación de redes de protección social adecuadamente focalizadas y otras transferencias fiscales cuando se disponga de margen de acción para ello». Este es el viejo lobo que nos dice que es recomendable aplicar políticas sociales sólo si queda dinero después de pagar los intereses de la deuda pública.
No obstante, la pérdida de brújula por la divergencia entre realidad y teoría es tan grande, que terminan profetizando con gran liviandad sentencias que dejan atónito a quien las lee: «La evolución en el mundo real fácilmente podría ser mucho peor de lo que sugiere el modelo. La razón es que el modelo no considera las ramificaciones sociales y políticas del aumento del desempleo».
Estas duras observaciones no pueden leerse de otra forma que no indique que esos impactos sociales y políticos no les interesan en absoluto a los que formulan las teorías y las políticas que se apoyan en éstas. Es una cuestión de pura lógica que si se sugiere, como ha hecho la Troika, que Grecia reduzca en un 30% su planta de empleados públicos, esta medida generará empobrecimiento y un agudo malestar social.
Queda claro que no es sólo una batalla de ideas, sino una feroz contienda por ver quién gana y quién pierde en la actual crisis. Y en esta lucha el principal oponente es el que no sigue las recomendaciones de la ortodoxia. De allí que subestiman las políticas de los países en desarrollo como lo reconoce la introducción al PEM escrita por el economista jefe del FMI: «La baja tasa de crecimiento y la incertidumbre en las economías avanzadas están afectando a las economías de mercados emergentes y las economías en desarrollo, a través de los canales comerciales y financieros, que se suman a las debilidades idiosincrásicas». ¿A qué se debe la débil idiosincracia de los países emergentes? A que aplican políticas que están en las antípodas de las recomendadas por el Fondo, y no sólo tienen éxito, sino que el crecimiento mundial depende de estas economías «desobedientes». No es un mensaje que la Troika pueda tolerar.

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