¿Es conveniente volver a los mercados?

21/01/2013

Por Martin Burgos

El ciclo económico fue siempre una de las principales preocupaciones de los gobiernos y generó numerosos estudios teóricos, desde Sismondi y Marx a nuestros días. La particularidad del ciclo para un país como Argentina es su estrecha relación con las divisas disponibles: la economía crece hasta llegar a la escasez de divisas, momento a partir del cual entra en recesión, constituyendo lo que se llamó el stop and go durante el período 1945-1975.

Luego, con la liberalización de los mercados de capitales a nivel internacional, la falta de divisas pudo ser compensada con deuda externa. Aunque en un principio se podía suponer que el proceso podía abrir nuevas perspectivas para financiar el desarrollo en el Tercer Mundo, la masa de capitales que llegaron a nuestros países hizo que los prestamistas se convirtieran en actores esenciales de las políticas económicas internas. El ciclo económico, como bien sabemos, se volvió más intenso, cayendo repetidamente en agujeros negros (años 1982, 1989 y 2001) que fueron desestructurando la economía, la sociedad y el propio sistema político.

La salida de la Convertibilidad resultó traumática para los sectores más vulnerables, pero el default parcial de los pagos de intereses de la deuda resultó una piedra angular del modelo de desarrollo con inclusión social que se implementó a partir de 2003, en el cual la cuenta capital tuvo una influencia casi nula. El proceso de desendeudamiento fue presentado como uno de los resultados más contundentes de la creciente independencia económica que adquirió nuestro país.

Los ciclos que vive la economía argentina desde 2008, aunque parecen ser del estilo stop and go más tradicional, tienen un componente exógeno muy importante. En efecto, la crisis internacional con epicentro en Estados Unidos y Europa trae caídas de demanda internacional que impacta sobre los países proveedores mediante caída de exportaciones (en América latina y Africa) y sobreproducción de bienes industriales (en Asia oriental). A su vez, las filiales instaladas en estos países remiten sus utilidades hacia las casas matrices para equilibrar sus cuentas. Por último, las políticas de subsidio al sistema financiero que se aplicaron en los países del Norte terminaron trastrocando las tasas de interés y ahuyentando los capitales especulativos, que se ven atraídos por las “nuevas mecas” latinoamericanas y asiáticas.

En este contexto se abren dos soluciones: abrir la cuenta capital para empezar a contraer nueva deuda externa que nos permita crecer sin restricción de divisas, o reducir el coeficiente de importaciones mediante un proceso de sustitución de importaciones. Hasta ahora, el gobierno argentino parece haber elegido la segunda opción: mientras las pérdidas de divisas fueron atendidas mediante restricción de importaciones y obstaculización de la salida de capital, se fue preparando el terreno para intensificar el desarrollo industrial y canalizar el ahorro hacia inversiones productivas, a través de la regulación de los mercados de capitales, la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central, la obligación impuesta a los bancos de prestar parte de los ahorros al sector productivo, y la desdolarización de los ahorros, desandando de esa manera parte de la maraña institucional creada para favorecer la hegemonía financiera de la economía.

La alternativa elegida requiere una vuelta del crecimiento que, según todos los pronósticos, pareciera concretarse en 2013. Pero, si no se vuelve a crecer o si la reducción del coeficiente de importaciones se hace muy dificultosa, ¿se podría habilitar la opción por un reendeudamiento externo?

Una vuelta a los mercados financieros internacionales compatible con el modelo de desarrollo con inclusión social se debería realizar en condiciones de tasas de interés, plazos, instrumentos, actores involucrados, jurisdicción y ley aplicable, que serían inaceptables para los prestamistas internacionales, más por cuestiones subjetivas y políticas que por cuestiones económicas y de rentabilidad.

Porque las políticas requeridas por los actores ligados al capital financiero no son más que una versión de lo vivido durante la década del noventa: apreciación cambiaria, aumento de la tasa de interés, ajuste de gasto público, pago de las deudas en default, nueva carta orgánica, etc. Claro que no faltarán los economistas neoclásicos que afirmen que esas políticas son las que impulsarían el crecimiento, cuando sabemos que llevan a la crisis y bloquean el crecimiento.

En esas condiciones, volver a los mercados financieros internacionales significaría habilitar un proyecto político distinto del que sigue el gobierno nacional, dado que las políticas que se exigen para abrir la cuenta capital colisionan con las políticas que se requieren para profundizar el modelo de desarrollo con inclusión social.

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