Del tercer mundo al club de los Jacobinos

05/12/2012

Por Martin Burgos

Sabemos que las instituciones no son más que la cristalización del estado de la disputa entre bloques sociales en un período dado. Así es como la hegemonía liberal de los años noventa creó la OMC, entre otras cosas, para administrar a nivel mundial un sistema de comercio que reafirma las desigualdades básicas entre centro y periferia: mientras se permitió proteger a los sectores agrícolas de los países centrales mediante subsidios, la industria de los países periféricos sufrió una apertura sin precedente, con fuertes limitaciones en el uso de las herramientas de protección.

La crisis económica mundial abre un escenario propicio para cambiar esa institución. Por un lado, porque la principal respuesta de todos los países frente al desempleo, a los problemas de balanza comercial y las fuertes turbulencias en el mercado monetario mundial, pasa por un incremento del proteccionismo. Su implementación responde a variedades de coyunturas: algunas medidas son tomadas con el único objetivo de un control social de la población, mientras en otras se toman para impulsar el desarrollo de una industria nacional. Pero la consecuencia para una institución como la OMC es similar: se disgrega su legitimidad, ya maltrecha desde las manifestaciones de Seattle en 1999. Sus últimos informes muestran indicadores que instalan una “tendencia inquietante” dada la cantidad de medidas que están tomando todos los países, y que incluso ya desbordan los límites que estaban permitidos en su marco. Frente a eso, la OMC aparece como mera gestora de las “diferencias” comerciales, cuando no simple espectadora, y solo puede llamar a los gobiernos a no “ceder al canto de las sirenas” de la protección y la substitución de importaciones.

Argentina es uno de los países que más intensamente utilizó esas herramientas de protección a la industria nacional desde que empezó la crisis. La razón principal es que, por el “conflicto del campo”, el gobierno quedó imposibilitado de utilizar una devaluación compensada por un aumento de las alícuotas a las retenciones a las exportaciones y tuvo que apelar a las licencias no automáticas, medidas antidumping y declaraciones juradas anticipadas de importaciones. Eso trae aparejado numerosas tensiones con nuestros socios comerciales, como el freno en la compra de aceite de soja de parte de China o de los limones de parte de Estados Unidos.

Pero debemos reconocer que esas tensiones no son una particularidad argentina: es el carácter que está tomando la crisis económica mundial, donde Brasil impugna a Estados Unidos por su política monetaria, la Unión Europea acusa al Mercosur de proteccionista y la campaña electoral estadounidense puso en el centro de la escena el nivel de importaciones de los automóviles de origen chino. Porque entre los países más proteccionistas encontramos también la Unión Europea y Estados Unidos, paladines del discurso liberal, cuyos principales socios afectados son los países de la periferia – y en esto China se lleva todos los premios. A eso le tenemos que agregar las dificultades existentes para que los países del Centro cumplan con las decisiones de la OMC, cuando los órganos de solución de controversia se definen en su contra. En suma: los dueños de la pelota no quieren perder, aún cuando surja un Messi en el otro equipo.

Porque de eso se trata: el ascenso de nuevas potencias como China, India, Brasil, Rusia y hasta el crecimiento económico de continentes que se pensaba condenados a la pobreza como África o América Latina, cambia el orden de las cosas. No es solo una coyuntura, el resultado de un buen contexto de precios de los commodities. El surgimiento de esos países es el resultado de políticas económicas acertadas, en la cual la relación sur-sur, sea mediante integración regional o mediante comercio inter-sectorial, fue un articulador de políticas heterodoxas a nivel nacional que modificaron la realidad de la periferia. Lejos quedaron los convidados de piedra de la OMC, esos países del “Tercer Mundo”, expresión que acuñó Alfred Sauvy en 1952 en referencia al “Tercer Estado” del Ancien Régime francés. Por el contenido ideológico de varios de los gobiernos de la periferia y su rechazo a cargar con las consecuencias de la crisis, podríamos identificarlos como “el club de los Jacobinos”, si seguimos con el simbolismo de la Revolución Francesa.

Así como las cuestiones económicas más importantes pasaron de debatirse en el G-7 a hacerlo en el G-20 - incorporando varios de los “jacobinos” en la mesa de discusión-, es necesario aprovechar la crisis mundial para reformar la OMC, y orientarla hacia reglas de comercio más justas que impidan la generación de abultados desequilibrios comerciales.

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