China y la nueva división internacional del trabajo

22/04/2013

Por Martin Burgos

La consolidación de la posición de China en el escenario internacional puede explicarse en gran medida por el fuerte crecimiento económico que logró durante la última década, convirtiéndola en un aspirante a ser la próxima potencia económica dominante. Ese crecimiento se realizó en el marco de una regulación estatal muy estricta pero con una economía muy abierta al comercio exterior, favoreciendo de esa manera la constitución de una nueva división internacional del trabajo alrededor del gigante asiático. En este esquema, el intercambio de bienes industriales con sus vecinos de la región asiática son muy intensos, y los países como Japón, Corea del Sur, Taiwán o mismo Tailandia, Malasia y Singapur son los principales proveedores de las partes y piezas que requiere la industria china para su desarrollo. Por otra parte, desde lugares más alejados como África, América Latina y Medio Oriente, provienen los recursos naturales y las materias primas necesarias para su industria y la alimentación de su numerosa población. Por último, los bienes finales fabricados en China son vendidos al resto del mundo, principalmente en Estados Unidos y Europa.

El cambio de los flujos comerciales que implica la implantación de esta nueva división internacional del trabajo no está exento de tensiones con los nuevos socios y con los competidores. A nivel industrial, la productividad que logró la economía china genera una presión sobre los precios que obligan a los demás países a buscar esquemas de defensa comercial, más en un contexto de crisis. En consecuencia, no puede sorprendernos que China lidere en ranking de los países más denunciados ante la OMC por dumping, o contra el cual más herramientas de política comercial se aplican, si tomamos la base de datos de los militantes liberales del Global Trade Alert.

Este proteccionismo se agrega al bajo o nulo crecimiento de países como Estados Unidos y Europa, para sembrar dudas respecto de la evolución futura de las exportaciones chinas. Frente a esa situación, se dice que el desafío del nuevo gobierno chino consiste en incrementar el mercado interno. Esta solución contiene dos complejidades: por un lado, dado el gran componente importado de la producción industrial china, un aumento de su consumo interno podría conllevar a un déficit comercial, con consecuencias imprevisibles sobre la economía mundial. Por otro lado, esa opción implicaría la adopción de pautas de consumo europeo de parte de la población china urbana, que podrían tensar el equilibrio entre lo político y lo económico, al llevar a aspiraciones de mayores libertades civiles.

China aparece como un país de grandes contrastes, con gran disparidad en la distribución del ingreso, una desigualdad regional marcada, a lo que podríamos agregar conflictos independentistas más o menos abiertos (Tibet). Esos desafíos internos se suman al escenario internacional cambiante, con distintos conflictos en África y Medio Oriente que ponen en riesgo el suministro de materias primas valiosas. En efecto, la relación de China con sus proveedores de materia prima se traduce en aumentos de precios que generan dificultades para otros importadores de esas mismas materias primas, pero también para los países proveedores, tanto por sus consecuencias ecológicas como por las disputas generadas alrededor de la distribución de la renta extraordinaria.

En el caso argentino, apuntamos en nuestro último artículo publicado en la Revista de Estudios de Economía Política y Sistema Mundial del CCC, que la relación bilateral es más compleja que parecería a primera vista. Por un lado Argentina logró una fuerte presencia en la provisión de alimentos, especialmente a través de la soja y sus derivados, en la cual se posiciona entre los 3 principales y casi únicos proveedores, junto a Brasil y Estados Unidos. De esa manera podemos calificar la relación de Argentina con China como de “doble dependencia”, que ubican a nuestro país en una posición más cómoda que muchos de los países que exportan petróleo a China, ya que los proveedores de ese producto se encuentran muy atomizados.

Sin embargo la debilidad de nuestra posición radica en que más de 75% de los productos exportados por Argentina a China son alimentos, y la mitad soja y sus derivados. Estos datos implican que es necesario tratar de exportar otros productos con mayor valor agregado. Si bien la tarea resulta difícil, no es imposible dado que el acceso al mercado chino está lejos de estar acotado, tanto por producto como por origen. La mayoría de sus importaciones son de productos industriales y muchas provienen de orígenes que no son los tradicionales del rubro. La oportunidad que supieron aprovechar otros países “emergentes” debe ser un ejemplo para mejorar la inserción por producto de nuestro país en la nueva división del trabajo internacional.

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