DISCRIMINACIÓN, RACISMO Y XENOFOBIA EN LAS AULAS. Pablo Frisch (Docente – Sociólogo)

22/09/2020

­Desde hace algunos años soy profesor de la materia Formación Ética y Ciudadana en quinto año de la EMEM 1 DE 14: “Federico García Lorca”, una escuela pública ubicada en el barrio porteño de La Paternal.

En nuestras aulas -pequeñas cajas de resonancia de todo lo que sucede en el resto de la sociedad- suele reproducirse el sentido común impuesto por las clases dominantes. En ciertas oportunidades, se presenta en algunas de sus manifestaciones más crueles: la xenofobia, el racismo y la discriminación. Ello nos sitúa como docentes en un lugar difícil, complejo y sobre todo, incómodo: ¿Cómo intervenir cuando un grupo de estudiantes afirma y sostiene vehementemente en clase que “para solucionar los problemas económicos del país deberíamos expulsar a todos los inmigrantes, ya que vienen a quitarle el trabajo a los argentinos”? ¿Cómo hacerlo cuando con tristeza advertimos que varios de sus compañeros, inmigrantes -o hijos de inmigrantes- de países limítrofes, bajan la cabeza apesadumbrados y permanecen en silencio frente a tales sentencias? ¿Qué tipo de inclusión estamos brindándoles a estos niños, hermanos de nuestros países vecinos, cuando advierten que algunos de sus compañeros los preferirían lejos? ¿Podemos hablar de una educación de calidad cuando nuestros estudiantes de quinto año reproducen de forma irreflexiva y vehemente aquello que el sentido común les dicta sobre lo social? Los sociólogos sabemos muy bien que las ciencias sociales tienen mucho que aportar en los procesos de desnaturalización, problematización y análisis crítico de la realidad. Pero como docentes, nunca sabemos bien qué hacer ante estos emergentes.

Se trata de situaciones cotidianas que reclaman una clara y contundente intervención pedagógica, pero… ¿de qué tipo? ¿Cómo proceder? ¿Sancionando y repudiando abiertamente el comentario del grupo de estudiantes por su carácter xenófobo y racista para luego dictar una clase magistral sobre la discriminación? Ello consistiría simplemente en un acto de censura: ningún estudiante volverá a opinar sobre estos temas en mis clases. Me consta que ello sucede en muchas otras aulas. ¿Qué hago entonces? ¿Les pido su opinión a los jóvenes inmigrantes o descendientes de inmigrantes que han optado por el silencio? Ello supondría un acto de exposición innecesario y violento que probablemente los haría sentir aún más incómodos. ¿Cómo intervenir pedagógicamente para transformar esa situación incómoda en un proceso de enseñanza y aprendizaje?

A la escuela venimos a aprender y a enseñar.

Fue entonces que decidí incorporar la temática de las migraciones como un eje problemático en el plan de estudios de mi materia. Me aboqué entonces al diseño y ensamblado de una secuencia didáctica que les brinde a los estudiantes algunas herramientas para abordar la problemática desde otro punto de vista. Fue así que comencé a trabajar en el armado de una breve secuencia de actividades concretas, puntuales, específicas y articuladas, procurando siempre generar las condiciones de posibilidad que ayuden a los estudiantes pasar de una lectura ingenua una lectura crítica de la realidad, tal como nos enseñó Paulo Freire. Me dispuse, por tanto, a encarar un proceso colectivo de desnaturalización, problematización y análisis crítico de todo aquello que el sentido común instalado por las clases dominantes nos dice acerca de los inmigrantes para luego comenzar a abrir y desplegar la complejidad que presenta la problemática.

En rigor, la secuencia didáctica ya había comenzado en el momento mismo en que los estudiantes expresaron todo lo que pensaban acerca de los inmigrantes sin ningún tipo de censura por mi parte. Simplemente me dediqué a moderar el debate para que todos quienes así lo deseen pudieran expresarse libremente. No estoy seguro si tomé esa decisión porque me pareció la más adecuada o simplemente porque no supe cómo responder ante el emergente en ese momento y decidí llevarme el problema a casa, para seguir pensando.

¿Es realmente posible el cambio conceptual en el marco de una propuesta pedagógica? ¿Puede el conocimiento modificar nuestras prácticas? ¿De qué factores depende que ello tenga lugar o no? ¿Qué función podría llegar a cumplir el ejercicio de la empatía en ese marco?

Todos somos hijos, nietos, bisnietos y tataranietos de inmigrantes.

Lo primero que le presenté al grupo la clase siguiente fue una pregunta sencilla: ¿desde cuándo creen ustedes que hay inmigrantes en nuestro país? Las respuestas fueron variadas. Alguien recordó una clase de historia y afirmó que el proceso migratorio había comenzado hacia fines del siglo XIX, con las grandes oleadas provenientes de Europa. Luego de un rato, una estudiante advirtió que, en rigor, los primeros inmigrantes en llegar a estas tierras fueron los conquistadores que vinieron a colonizar y saquear América. Charlamos un rato sobre el tema y llegamos a una primera conclusión: con excepción de los integrantes de los pueblos originarios, todos somos inmigrantes o descendientes de inmigrantes en nuestro continente. Inmediatamente tomé el listado de alumnos y lo leí en voz alta. Al advertir que no había allí aymaras, mapuches, tobas ni quechuas, asumimos que todos seríamos descendientes de inmigrantes. Comencé a preguntarles entonces por el origen de sus apellidos: “¿Sabés quién fue el primer inmigrante en tu familia y de dónde venía?” Algunos lo sabían, la mayoría no. Les propuse a todos que al llegar a casa charlasen con sus familias e investigaran sobre sus orígenes. Para ello les dicté una consigna breve, clara y sencilla:

  1. ¿Quién fue el primer inmigrante en llegar a nuestro país en tu familia?

  2. ¿Por qué motivos decidió venir a vivir a la Argentina?

  3. ¿Cómo fue recibido en nuestro país?

Nuestro siguiente encuentro fue rico en historias de amor, aventura, misterio, peligro, abandono, tragedia, soledad, miseria, esfuerzo, fracaso, éxito, movilidades sociales ascendentes y descendentes. En su enorme mayoría, las narraciones se encontraban atravesadas de cabo a rabo por los aguijones del desempleo, la guerra, la pobreza, la enfermedad. Así fuimos arribando a nuestra segunda conclusión: Muy poca gente se va de su país si allí tiene trabajo, se encuentra cómodo, y se siente a gusto. Llamamos inmigrantes a personas que lo dejan todo atrás, procurando escapar de distintas tragedias en búsqueda de un presente y un futuro mejor.

Ya no estoy solo. Hay otro… Hay el reflejo.

En nuestro tercer encuentro analizamos una versión editada –comprimida en 33 minutos- del documental “Nos Otros”, de Daniel Raichjik yAnaliaAlvarezi. Allí, los realizadores presentan una interesante genealogía de los prejuicios vinculados a la xenofobia, el racismo y la discriminación en nuestro país desde la década de 1880, estableciendo un interesante y permanente diálogo con la actualidad. El ejercicio consistió en buscar continuidades y rupturas entre, por caso, el sangriento episodio que tuvo lugar el 1 de enero de 1872 en Tandil-cuando un grupo de gauchos armados con tacuaras y lanzas asesinó a 47 inmigrantes al grito de “¡viva la religión, mueran los gringos y los masones!”-, y el caso de Beimar Mamani -un joven boliviano de 24 años que fue asesinado a golpes a la salida de un local bailable frente a la mirada complaciente de los policías que se negaron a llamar a una ambulancia-.

A medida que el video avanzaba íbamos deteniéndolo para conversar sobre lo que habíamos visto. En un determinado momento, la reproducción de distintos cantos e insultos xenófobos y antisemitas en estadios de fútbol suscitó un acalorado debate, en el que participaron casi todos. Fue entonces que nos preguntamos si habría alguna relación entre la utilización sistemática y generalizada de determinados gentilicios como método de insulto y otras formas de violencia menos simbólicas. Varios estudiantes reconocieron que suelen entonar algunas de esas estrofas cuando van a la cancha pero afirmaron que nunca habían advertido esa conexión. Me dijeron que seguramente lo seguirían haciendo “para no quedar mal con la hinchada, profe”, pero ahora que comprendían el significado de lo que estaban cantando, ya no les parecía tan gracioso.

Así arribamos a nuestra tercera conclusión: la discriminación y la xenofobia en nuestro país son tan viejas como los inmigrantes…

La gran macro.

Para el siguiente encuentro subí a nuestro grupo de Facebook un artículo con series estadísticas históricas sobre las migraciones en nuestro país de INDECii y les solicité que lo trajeran impreso. Analizamos el documento entre todos y encontramos algunos datos que parecieron llamarles más la atención que otros. Les sorprendió, por ejemplo, la progresiva caída que presenta la población inmigrante entre 1914 –cuando abarcaba casi un 30% de la población- y 2010 – cuando ya había descendido hasta el 4,5%-; la invariabilidad de la tasa de población migrante proveniente de países limítrofes a lo largo de todo ese período -fluctúa entre un 2,4 y un 3,1%- y el enorme peso de población joven o en edad de trabajar–que comprende el 71% de los inmigrantes tiene entre 15 y 64 años-. A medida que la información estadística iba refutando sus primeras impresiones sobre las migraciones, comenzaba a instalarse en el aula la idea de que la realidad es algo más complejo que lo que se nos presenta a primera vista. Exactamente lo mismo había sucedido con ese curso el año anterior, cuando en el marco de otra materia, trabajábamos la problemática de la inseguridad: el haber comprobado que en nuestro país las muertes en ocasión de accidentes de tránsito superaban en más de diez veces los homicidios en ocasión de robo les abrió un nuevo panorama sobre una realidad que había sido construida mediáticamente a contramano de la realidad.

Cerramos el encuentro con una breve tarea para el hogar, en la que se les planteaba la escritura de un breve texto orientado a fortalecer el sentimiento empático con la población migrante:

Imaginá por un momento que la situación económica en la Argentina realmente no da para más y toda tu familia decide mudarse a otro país para buscar nuevas oportunidades laborales y un futuro mejor. Luego respondé las siguientes dos preguntas:

1) ¿Cómo te gustaría que te traten en tu nuevo hogar?

2) ¿Tratamos nosotros así a los inmigrantes?

 

Nosotros, los extranjeros.

El martes siguiente abrimos la clase leyendo algunos de los textos que habían producido como tarea. Algunos de ellos me increparon: “Profe, la tarea era re pava… ¿quién va a querer que lo traten mal? “A lo que simplemente respondí “Ustedes, ¿qué piensan?” Entonces se abrió un interesantísimo debate en el que, nuevamente, sólo me limité a moderar sus intervenciones. Luego de un rato, todos coincidieron en que, efectivamente, no tratamos a los inmigrantes de la misma forma que nos gustaría que nos traten a nosotros. Una estudiante que había viajado a Europa enumeró las distintas modalidades de maltrato que sufren los argentinos apenas aterrizan en el aeropuerto de Barajas, en Madrid. Eso pareció indignarlos a todos. Uno de ellos gritó: “¡¿Cómo nos van a tratar así a nosotros?!” e inmediatamente otro respondió: “eso no es nada comparado con lo que les hacemos acá a los bolivianos”. Les pregunté entonces si los argentinos tratábamos igual a todos los inmigrantes y luego de debatir un rato más, fuimos llegando a la conclusión de que los europeos y norteamericanos no suelen ser discriminados ni tratados como los bolivianos, paraguayos, peruanos y chilenos.

Los otros extranjeros.

El último viernes abrí la clase con una pregunta: “Entonces… luego de haber estudiado durante varias semanas el tema de las migraciones, y habiendo aprendido tanto: ¿Estamos en condiciones de afirmar que no hay extranjeros que vienen a nuestro país a complicarnos la vida?” Las primeras respuestas fueron contundentes: “Profe, son personas que vienen a buscar laburo porque en sus países la pasan mal”. Un estudiante respondió que, si bien todo lo que habíamos aprendido es cierto, hay extranjeros que vienen al país a robar. Acordamos que eso puede ser cierto ya que, de la misma manera en que algunos argentinos delinquen, algunos inmigrantes también lo hacen. Me dio el pie perfecto para la actividad que tenía programada, como si me hubiera tirado un centro. Inmediatamente nos dispusimos a ver un video del programa televisivo “Caiga quien caiga” en el que el periodista intenta ingresar al lago patagónico que ha sido confiscado por el magnate inglés Joe Lewis, quien no permite el acceso público a la costa del lago. Una vez que el cronista logra ingresar por vía aérea, es retenido en la propiedad por la seguridad privada del millonarioiii. El video produjo indignación entre los estudiantes. No podían creer que una persona pudiese construir una mansión en un terreno que contiene un lago, que debería ser público. Una estudiante que había viajado a El Bolsón nos contó que, luego de la emisión del programa, el empresario se vio obligado a abrir una senda para uso público. Conversamos un rato sobre el agua potable, lo que significa para la supervivencia del hombre y su carácter de recurso natural no renovable. Alguien se refirió a la invasión de EE. UU a Irak, otro país con un recurso natural no renovable y se avivó el debate nuevamente.

Luego vimos un informe del programa “Economía Política” en el que el periodista Roberto Navarro analiza las cadenas de valor de diversos productos, desglosando los costos y ganancias de cada uno de los actores –productores, distribuidores e hipermercados-, en el que hace foco en las extraordinarias ganancias del supermercado Carrefouriv. Nuevamente, los estudiantes no podían creer los exorbitantes márgenes de ganancias del supermercado ni lo poco que éstos pagaban por ciertos productos. Por caso, vimos cómo mientras al productor de tomates se le pagan solamente $0,85 por 500 gr de puré de tomate, Arcor lo vende a $4,93 y Carrefour a $8,02. Conversamos un rato sobre la inflación y fundamentalmente, sobre las empresas multinacionales. Entonces les pregunté qué responderían si volviera a hacerles la misma pregunta que al inicio de la clase: “¿Hay extranjeros que vienen al país a robarnos?”. Esta vez, la respuesta fue un contundente “¡¡Si, claro, pero no son los que pensábamos!!” Conversamos brevemente acerca de la conquista de América, el colonialismo y el imperialismo.

Entonces se abrió otro debate en torno a la invisibilización de estas prácticas empresariales en los grandes medios de comunicación y el odio desproporcionado que muchas veces esos mismos medios fomentan contra los inmigrantes de países limítrofes. Recuerdo que en aquel entonces circulaba un proyecto del ministro de seguridad de la nación para expulsar a los inmigrantes que cometían delitos. De a poco fuimos recordando entre todos lo que habíamos aprendido el año pasado sobre el tratamiento mediático de los delitos y así llegamos a la conclusión de que, de la misma forma que los medios masivos de comunicación no parecen fomentar los mismos niveles de indignación cuando los delitos o los abusos son cometidos por poderosos, parecieran estar instalando la idea de que los inmigrantes pobres molestan más que los ricos. Una estudiante recordó lo que habíamos conversado la clase anterior sobre la forma en que nuestra sociedad parece ser mucho más abierta, cordial y hospitalaria con los inmigrantes europeos y estadounidenses que con nuestros hermanos de los países vecinos. Fue así como llegamos a la conclusión de que la condición de clase, que también habíamos estudiado en otra materia, atraviesa la problemática de las migraciones de cabo a rabo.

¿Qué hacemos ahora con todo esto?

Llegados a este punto, decidí que era tiempo de que pudieran elaborar, organizar, articular y volcar toda la información que habían recibido en una monografía en la que pudieran condensar sus conocimientos sobre el tema, utilizando todos los materiales con los que habíamos trabajado, y escribiendo una conclusión personal al respecto. Allí me encontré con algunas frases como las que siguen:

Lo que yo creo es que es ridículo discriminar en general, pero la gente que lo hace lo hace por ignorancia, yo al conocer las cifras en relación histórica, y diferenciando a los países limítrofes del resto, no puedo creer que esto sea así y que se le dé tanta bola y se le tenga tanta bronca, solo un 4,5% de la gente que vive EN TODA la Argentina es inmigrante de países limítrofes”.

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En cuanto a nuestra actitud frente a estas situaciones me parece muy deplorable, sin embargo hay que tener en cuenta que en muchos de otros países pasa. Esto no quiere decir que lo tengamos que seguir haciendo ni mucho menos. Hay que ver las cosas desde un punto mas crítico, y ponernos en el lugar del otro también. Cuando hicimos el trabajo “¿Cómo te gustaría que te traten en otro país?” no escuche a ninguno de mis compañeros decir que les gustaría que los traten mal o menos que los ciudadanos del mismo. Entonces ¿Por qué lo hacemos? ¿Para sentirnos superiores respecto los de los que no son de la misma clase que nosotros? Para que esto cambie, hay que empezar por uno y no fijarnos en lo que hace el resto, si bien nos debería de interesar, no podremos cambiar la situación si no nos fijamos en lo que hacemos mal cada uno de nosotros”.

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Los derechos y obligaciones se cumplen o no dependiendo de la clase social a la que pertenezcamos. A los inmigrantes se les dificulta todo un poco o mucho más. Las inmigraciones se producen desde las regiones menos favorecidas hacia las más beneficiadas en fuentes de trabajo, mejores niveles de ingreso, mejores condiciones educativas y otras condiciones de desarrollo. El problema de la discriminación a los inmigrantes es en todo el mundo. […] También, al no poder ver la clase alta actuar en su día a día, en lo cotidiano, y al estar más cerca a la clase baja, notamos que a esta última le va mal y vemos un reflejo imaginario en el cual nosotros somos la clase “perdedora” y eso nos asusta, nos desequilibra y para perder ese miedo, esa incomodidad existencial la única forma que se encuentra es distinguir, marcar, diferenciar y poner en evidencia esta estructura social y económica para subir el orgullo y autoestima”.

 En cuanto a mí, el proceso descripto confirma la validez del propósito que asigno a la enseñanza de las ciencias sociales: Ayudar a otros a desplegar la complejidad del mundo social para observarlo con otra mirada a partir de la formulación de preguntas, intentando que las ciencias sociales produzcan en los estudiantes un cambio conceptual profundo, significativo y duradero, tal como me sucedió al cursar la carrera de Sociología.

 

 

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