El nombre de Fela Tylbor

09/10/2014

El mundo es un lugar habitado por millones de personas. Cada una de esas personas tiene un nombre. Zulema también. El mundo es un lugar lleno de países. En los países vive la gente. A veces la gente se va del país donde nació a vivir a otro. Como Zulema. Las personas que habitan este planeta pueden nacer en países como Dinamarca, India, Bolivia, Canadá, Francia y muchísimos más. Zulema nació en Bolivia. Cuando la gente se va del país donde nació, elige otro donde vivir. La madre y el padre de Zulema eligieron la Argentina. Y de Argentina, optaron por una ciudad costera al sur del mapa, llamada Puerto Madryn. Todo esto sucedió en el año 2008. Entonces un día de marzo de 2008, Zulema se sentó en el segundo banco de la fila que estaba contra la pared del aula de 8o año EGB de un colegio de la ciudad de Puerto Madryn. En ese milimétrico punto del planeta Tierra, Zulema fue nombrada al pasar lista y yo empecé a darle clase de Lengua.

Zulema tiene pelo oscuro, piel oscura, sonrisa blanca con unos bordes de oro rodeando los dientes. Es boliviana. Quienes vienen de Bolivia hablan muy bajo en el aula. Quizás para evitar burlas, quizás para pasar en forma desapercibida. Pero Zulema habla más bajo todavía. A Zulema casi ni se la escucha. Durante todo ese 2008, nunca se animó a levantar la mano para decir o preguntar algo. Por eso me senté cada día, sistemáticamente, al lado de ella y acerqué mi cabeza a la suya para poder escuchar lo que decía. Monosílabos, frases cortas que terminaban cuando Zulema clavaba la vista en el banco. Yo le hacía  chistes, cosquillas, dibujos... Ella casi no me miraba. Así transcurrieron los meses. Sus trabajos siempre estuvieron bien hechos y sus evaluaciones escritas fueron aprobadas. Entonces, mi silenciosa alumna pasó de año. Cuando comienzan el 9o año de EGB (el actual 3er año de la Educación Secundaria), chicos y chicas aparecen con transformaciones varias. Hay quien deja entrever en el brillo de su mirada que ya conoció el amor; hay quien emerge desde el anonimato de 8o año, cortando el aire con los pechos que florecen bajo el guardapolvo; hay quien se esconde bajo la visera, inexplicablemente, después de haber sido el líder indiscutible del año anterior. Ese 2009, en esa aula de esa escuela de Puerto Madryn, Zulema también apareció con un cambio: se mudó desde la fila de la pared a la tercera, ese lugar sin muro de contención. Aire hacia la izquierda, aire hacia la derecha. Menos protección de sus compañeros y compañeras. Algo estaba pasando. Así las cosas con Zulema, las clases de Lengua, las palabras, las lecturas. Los libros, ese universo donde otras historias nos provocan, pasaron a ocupar un lugar de importancia en este milimétrico punto del tiempo y el espacio. Vaya a saber por qué, a medida que Zulema pasaba por las distintas novelas que debía leer en noveno, cada que vez que yo me sentaba a hablar con ella, sus sonrisas y sus palabras aumentaban. Yo le pedía que me explicara lo que había escrito o dibujado con respecto a sus lecturas. Y Zulema me hablaba. Cada vez más: alguna frase acerca de Ana Frank, la chica que se escondió durante la Segunda Guerra; algún comentario acerca de Zezé, el niño golpeado que amaba una planta de naranja lima; preguntas acerca de los personajes y sus vidas.  Las historias escritas hacían que Zulema se animara a hablar. Y hasta - de a ratitos -, me miraba a los ojos. Hacia mediados de año, la actividad para una de las novelas consistía en dar un oral. Un día, cuando se aproximaba la fecha de hablar en público, Zulema se acercó y me dijo: “Yo no voy a dar el oral.” Yo supe por qué: el pánico escénico, exponerse, la timidez. Entonces le propuse: “¿Y si me lo das a mí sola?” Ella asintió sin pronunciar palabra. El oral. Yo sentada en el escritorio, Zulema en una silla, frotándose las manos. - Contame, Zulema, ¿qué parte de la novela te gustó más y qué parte menos? Y Zulema me contó. Habló, habló del amor, de la bronca y de la tristeza que sentían los personajes. Se enojó con los malos y defendió a los buenos. Opinó sobre los personajes tontos y suspiró con los heroicos. Y mientras hablaba, pude verla hacer movimientos con las manos acompañando lo que decía, por primera vez en los dos años que hacía que yo la conocía. - Pero qué bien, Zulema, qué bien, ¿viste que podías? Capaz que la próxima te animás y le contás todo lo que leíste  al resto del curso. Tenés un nueve. Con las mejillas coloradas y la sonrisa blanca y dorada, Zulema miró cómo yo escribía un nueve en mi libreta de notas. Allí donde durante muchos meses del año 2008 y el 2009 había evaluado sus trabajos. Después de mirar su nota, se levantó y caminó hacia su lugar en la tercera fila. Pero a mitad de camino se detuvo, giró hacia donde estaba yo y se dirigió hacia mi escritorio. Se inclinó un poco, apoyó un dedo sobre su nombre escrito en mi libreta y me dijo: - Sulema se escribe con ese. El mundo es un lugar habitado por millones de personas. Cada una de esas personas tiene un nombre. Cada una de esas personas necesita ser nombrada de una única manera, entre todas las maneras. Sulema también.

Fela Tylbor

Soy Fela Tylbor, docente en Puerto Madryn, Chubut. Trabajo como Profesora de Lengua en la Escuela Provincial N°786 y el Instituto Superior Docente N° 803. Me gusta escribir. En el año 2011 publiqué el libro Decir ellas, en coautoría con Liliana Arroyo y con ilustraciones de Gisela Odriozola. En 2012, publiqué: Cosas que nos pasan y en 2014, Estrategias para estudiar, en la Editorial Novedades educativas.

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