Cursos PLED 2015

Nueva convocatoria
Cursos PLED 2015

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1. La transición geopolítica global y América Latina
Prof. Atilio Boron
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2. China y el Sudeste Asiático en el tablero de la política mundial.
Prof. María del Pilar Álvarez
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3. Epistemología de las Ciencias Sociales: Latinoamérica en el espejo de su pensamiento
Prof. Mercedes D’Alessandro
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4. Crisis y límites del desarrollo capitalista en América Latina
Prof. Plinio Arruda de Sampaio
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5. EEUU y América Latina: dos siglos de conflictos y resistencias.
Prof. Luis Suárez Salazar
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6. Teoría y praxis en el pensamiento de Antonio Gramsci a la luz de la realidad latinoamericana.
Prof. Mabel Thwaites Rey
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7. Teorías políticas de la revolución y la contrarrevolución
Profs. Atilio Boron y Daniel Kersffeld
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8. ¿Copyright o Copyleft? El debate actual sobre la propiedad intelectual
Prof. Lillian Alvarez Navarrete
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9. Curso de Formación en Derechos Humanos
Profs. Atilio Boron, Eduardo Barcesat, Graciela Rosenblum, José Ernesto Schulman, Gerardo Etcheverry y Carlos Zamorano.
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10. Extractivismo y resistencias sociales en Nuestra América: bienes comunes y luchas emancipatorias
Profs. Emilio Taddei, José Seoane y Clara Algranati.
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11. Pensamiento Social y Político Latinoamericano: pasado y presente.
Prof. Juan Francisco Martínez Pería
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12. Esfera pública, medios masivos y conflictividad social
Prof. Rodolfo Gómez
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13. Movimientos y luchas sociales en los gobiernos progresistas y de izquierda en América Latina
Prof. Paula Klachko
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Cronograma

  • Fin del período de inscripción a los cursos: 10 de febrero de 2015
  • Acceso al Campus: entre 1 y 12 de marzo de 2015.
  • Inicio del curso: 13 de marzo de 2015

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Modalidad del curso

El curso se realiza bajo la modalidad a distancia a través del campus virtual del PLED.

Cada participante recibirá un nombre de usuario y contraseña para ingresar al Campus, donde podrá consultar, acceder a los documentos y utilizar los espacios de comunicación e interacción con el/la tutor/a y otros/as participantes.

La comunicación puede realizarse en cualquier momento del día, a través de foros, correo electrónico, mensajes en el campus virtual: no es necesario conectarse en un día y horario determinado.

Podrán descargar las clases y el material de lectura en formato PDF desde el Campus.

Los tutores guiarán la cursada indicando las lecturas y actividades obligatorias, vía plataforma virtual. El rol tutorial consiste en guiar el aprendizaje, sugerir un cronograma de trabajo, promover el intercambio entre participantes, responder dudas sobre el contenido y evaluar el proceso de construcción de conocimiento a lo largo del curso.

Organización del curso

El dictado regular de los cursos tiene una duración trimestral. Se desarrolla a lo largo de 12 clases, a dictarse a razón de una por semana. Los materiales de estudio consisten en los siguientes:

  • La clase escrita que presenta y desarrolla los contenidos principales y anticipa y orienta la lectura de la bibliografía.
  • La bibliografía obligatoria correspondiente a cada clase. Se trata de documentos, artículos y selección de textos de diversos autores.

Una vez que los materiales han sido colocados en el Campus ( los días viernes de cada semana) los/as tutores/as a cargo de cada curso, colocarán las consignas pertinentes. Estas consignas se elaboran en función de establecer y reforzar parámetros de lecturas comunes sobre los materiales.

Titulación

Es preciso aclarar que para obtener el Certificado de Asistencia al curso es requisito indispensable haber completado la totalidad de las actividades sugeridas por los/as tutores/as.

Para obtener un Certificado de Aprobación, se requerirá además de las actividades completas la realización de un trabajo monográfico final pertinente a los temas desarrollados a lo largo de la cursada. El plazo para la entrega de este trabajo es de hasta cuatro meses posteriores a la finalización del dictado regular del seminario. Durante este plazo contará con el auxilio de su tutor/a.

El PLED es una iniciativa que intenta articular la dimensión académica con las múltiples formas de participación política que a lo largo de América Latina expresan búsquedas de caminos alternativos en pos de un horizonte emancipatorio. Es por esto que no se establece una barrera académica al ingreso a nuestros cursos, no es requisito acreditar título de grado para acceder a cualquiera de nuestros seminarios. Así conviven en nuestras aulas virtuales diversas trayectorias de vidas y experiencias que nutren ricos debates permitiendo articular la teoría con la praxis en el mismo proceso de enseñanza-aprendizaje conjunto.

Al momento de titular la Asistencia o Aprobación de nuestros cursos, sí solicitamos al estudiante, copia del título de grado si lo tuviese. Esto es para que en el proceso administrativo correspondiente dicha titulación resulte válida para cualquier programa de posgrado nacional y/o internacional.

Nuestra titulación es otorgada por la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Río Cuarto (UNRC) y reconocida por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ).

Costo de los cursos y becas

Estudiantes residentes en América Latina: u$s 150 (dólares ciento cincuenta) o su equivalente en pesos argentinos MÁS costos por comisiones de tarjetas de crédito u otras comisiones no percibidas por el PLED.

Estudiantes residentes en el resto del mundo: u$s 300 (dólares trescientos) o su equivalente en pesos argentinos MÁS costos por comisiones de tarjetas de crédito u otras comisiones no percibidas por el PLED.

Formas de pago

El PLED cuenta con una Plataforma de Pagos on line desarrollada específicamente para implementar los pagos de sus cursos. Sólo requiere una clave de usuario y contraseña para operar en ella, dicha información es enviada a través de correo electrónico.

Los medios de pagos son:

* Tarjeta de crédito

* Sistema de Imprimo Y Pago (sólo para los residentes en Argentina): a través de la plataforma de pagos se puede obtener el talón de pago del curso y abonarlo en cualquier ventanilla del Banco Credicoop o de sistemas como Pago Fácil o Pagos Link.

Consultas:

secretaria-pled@centrocultural.coop

Becas

Se otorgará un número limitado de becas (cobertura del 50% del costo total de cada curso) a aquellos estudiantes que justifiquen tal beneficio en el Formulario de Inscripción.

Se privilegiarán aquellos postulantes avalados por organizaciones no gubernamentales y movimientos sociales, militantes con responsabilidades de formación y/o dirección en dichos movimientos, sindicatos y/o partidos políticos.

Cada solicitud será tratada por la Comisión ad hoc reunida exclusivamente para el tratamiento de cada caso en particular. Este comisión emitirá un dictamen y la Secretaría académica comunicará a cada postulante si ha sido o no aceptada su solicitud.

El cupo es limitado y la postulación implica aceptar el dictamen de la Comisión ad hoc.

Estudiantes residentes en la República de Cuba: Beca Total.

Consultas: academica-pled@centrocultural.coop

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Dilma: Capitulación y después

(Por Atilio A. Boron)  ¡Dilma se entregó sin luchar! Con su lamentable decisión de entregar a los banqueros los resortes fundamentales del estado se vino abajo toda la mistificación del “posneoliberalismo” construida a lo largo de estos años por los publicistas del PT. ¿Tenía opciones Dilma? ¡Claro que sí! En momentos como éste es más que nunca necesario no ceder ante el chantaje tecnocrático y antipolítico de los resignados del PT y sus partidos aliados que, parafraseando lo que decía Margaret Thatcher, aseguran que “no había alternativas”, que esto es doloroso pero “era lo único que podíamos hacer”.

Dilma, detenida y torturada por la dictadura militar
Si en vísperas del balotaje propuse, en contra de quienes propiciaban el voto en blanco o nulo, votar por Dilma era por dos razones: primero, porque era imprescindible cerrarle el paso a Aecio, representante de la derecha neoliberal dura, neocolonial hasta la médula y sin el menor compromiso con ninguna causa o estructura popular, cosa que el PT tuvo y decidió arrojar por la borda; segundo, porque me parecía razonable apostar a que, ante el horror del abismo, Dilma y los petistas tendrían todavía una mínima capacidad de reacción y lucidez para, por lo menos, tratar de pasar a los anales de la historia con algo de dignidad. Reconozco haber sobreestimado la capacidad de Dilma y los petistas para conservar ese reflejo elemental sin el cual la vida política se convierte en un interminable calvario. Pero aún así sigo sosteniendo que la apuesta era válida; que el desperdicio de una oportunidad única no significa que ésta no existiera; y que de haber triunfado Aecio estaríamos ante una situación todavía peor que la que hoy debemos enfrentar.

Lula, dirigente metalúrgico detenido por la dictadura militar
Mi planteamiento se sustentaba, desde el punto de vista tanto epistemológico como práctico, en la tesis que  afirma que los procesos históricos no obedecen a un patrón determinista. Si así fuera el sólo desarrollo de las fuerzas productivas conduciría ineluctablemente a la revolución y a la abolición del capitalismo, cosa que todos los marxistas -desde Marx y Engels hasta nuestros días, pasando por supuesto por Lenin, Gramsci y Fidel- se encargaron de refutar por ser una creencia equivocada que alentaba la desmovilización y el quietismo de las clases y capas explotadas y desembocaba, en el mejor de los casos, en el tibio reformismo socialdemócrata. Como lo señaló cientos de veces Lenin, el capitalismo no caerá si no se lo hace caer, y para se requiere de un componente esencial: la voluntad política. Esto es, la firme decisión de combatir en todos los frentes de la lucha de clases, organizar al campo popular, promover la concientización y la batalla de ideas y, por supuesto, adoptar la estrategia general y la táctica puntual más apropiada para intervenir en la coyuntura sorteando los riesgos siempre presentes y simétricos del voluntarismo, que ignora los condicionamientos histórico-estructurales, y el triunfalismo fatalista que confía en que las ciegas fuerzas de la historia nos conducirán a la victoria final. Quienes adhieren al determinismo histórico no son los marxistas sino los economistas y gobernantes burgueses, siempre prestos a disimular sus opciones políticas como resultado de inexorables imperativos técnicos. Si para abatir la inflación se congelan los salarios, y no se controla la formación de los precios, es por un razonamiento despojado de todo vestigio de política e ideología, tan puro en su abstracción como un teorema de la geometría. Si para mejorar las cuentas fiscales se recortan los presupuestos de salud, educación y cultura en lugar de hacer una reforma tributaria para que las empresas y las grandes fortunas paguen lo que les corresponde, se dice que aquella alternativa es la que brota de un análisis puramente técnico de los ingresos y egresos del estado. ¡Otra impostura!

Fue producto del rechazo a cualquier concepción fatalista o determinista que llegué a la conclusión, que ratifico el día de hoy, de que pese al fortalecimiento de la derecha  Dilma y el PT aún tenían una oportunidad; que les quedaba una bala en la recámara y que si tenían la lucidez y la voluntad de avanzar por izquierda todavía podrían salvar algo del proceso iniciado con la fundación del PT (y que tantas esperanzas había suscitado) y evitar un retroceso brutal que significara, para el movimiento popular brasileño, tener que subir una difícil cuesta para relanzar su proyecto emancipatorio.  Por eso me permito reproducir lo que escribí  después de la pírrica victoria de Dilma (y ahora sí se entiende porque fue pírrica, porque el triunfo hizo más daño al vencedor que al vencido, a Dilma y al PT que a Aecio). Decía en esa nota lo siguiente:
“Para no sucumbir ante estos grandes factores de poder se requiere, en primer lugar, la urgente reconstrucción del movimiento popular desmovilizado, desorganizado y desmoralizado por el PT, algo que no podrá hacerlo sin una reorientación del rumbo gubernamental que redefina el modelo económico, recorte los irritantes privilegios del capital y haga que las clases y capas populares sientan que el gobierno quiere ir más allá de un programa asistencialista y se propone modificar de raíz la injusta estructura económica y social del Brasil. En segundo término, luchar para llevar a cabo una auténtica reforma política que empodere de verdad a las masas populares y abra el camino largamente demorado de una profunda democratización.  … Pero para que el pueblo asuma su protagonismo y florezcan los movimientos sociales y las fuerzas políticas que motoricen el cambio –que ciertamente no vendrá ‘desde arriba’- se requerirá tomar decisiones que efectivamente los empoderen. Ergo, una reforma política es una necesidad vital para la gobernabilidad del nuevo período, introduciendo institutos tales como la iniciativa popular y el referendo revocatorio que permitirán, si es que el pueblo se organiza y concientiza, poner coto a la dictadura de caciques y coroneles que hacen del Congreso un baluarte de la reacción. ¿Será este el curso de acción en que se embarcará Dilma? Parece poco probable, salvo que la irrupción de una renovada dinámica de masas precipitada por el agravamiento de la crisis general del capitalismo y como respuesta ante la recargada ofensiva de la derecha (discreta pero resueltamente apoyada por Washington) altere profundamente la propensión del estado brasileño a gestionar los asuntos públicos de espalda a su pueblo. …  Nada podría ser más necesario para garantizar la gobernabilidad de este nuevo turno del PT que el vigoroso surgimiento de lo que Álvaro García Linera denominara como ‘la potencia plebeya’, aletargada por décadas sin que el petismo se atreviera a despertarla. Sin ese macizo protagonismo de las masas en el estado éste quedará prisionero de los poderes fácticos tradicionales que han venido rigiendo los destinos de Brasil desde tiempos inmemoriales.”

Lula y Bush Jr  durante la reunión en Brasil, al firmar acuerdo para aumentar la producción de etanol y biodiesel y reducir los precios del petróleo

Al anunciar la designación de Joaquim Levy como Ministro de Hacienda, un ‘Chicago boy’ y hombre de la banca brasileña e internacional, Dilma y el PT capitulan cobardemente de su responsabilidad histórica. En losCuadernos de la Cárcel hay una nota titulada “La fábula del castor” en la cual Gramsci dice lo siguiente a propósito de la incapacidad de las fuerzas de izquierda para resistir eficazmente al ascenso del fascismo: “El castor, perseguido por los cazadores que quieren arrancarle los testículos de los cuales se extraen sustancias medicinales, para salvar su vida se arranca por sí mismo los testículos. ¿Por qué no ha habido defensa? ¿Poco sentido de la dignidad humana y de la dignidad política de los partidos? Pero estos elementos no son dones naturales … son ‘hechos históricos’ que se explican con la historia pasada y con las condiciones sociales presentes.”  Al invitar a Levy y sus tenebrosos doctores de la ‘terapia del shock’ -Naomi Klein dixit- a tomar por asalto al estado (y especular con la posibilidad de que se le ofrezca a la senadora Katia Abreu, acérrima enemiga del Movimiento Sin Tierra y líder de la Confederación Nacional de la Agricultura, el lobby del agronegocios, el Ministerio de Agricultura) el gobierno petista obró como el castor de la fábula: se castró a sí mismo y traicionó el mandato popular, que había repudiado la propuesta de Aecio, al servirle el poder en bandeja a sus declarados enemigos perpetrando una gigantesca estafa postelectoral sin precedentes en la historia del Brasil. Esto explica el júbilo de los grandes capitalistas y sus representantes políticos y mediáticos, que celebraron este gesto de ‘sensatez’ de Dilma como una extraordinaria victoria. En efecto, perdieron en las elecciones porque el voto popular no los favoreció, pero la burguesía no sólo mide sus fuerzas y disputa el poder en el terreno electoral. Sería un alarde de cretinismo electoralista pensar de esa manera. Para corregir las erróneas decisiones del electorado están los ‘golpes de mercado’ y su fiel escudero: el ‘terrorismo mediático’ ejercido impunemente en Brasil en la reciente coyuntura electoral. Triunfadora en las urnas y derrotada y humillada fuera de ellas, Dilma asume como propio el paquete económico de sus enemigos, que ha hundido a Europa en su peor crisis desde la Gran Depresión y que tantos estragos ocasionó en América Latina. ¿Había alternativas? Claro: en línea con lo que observaba Gramsci, ¿por qué Dilma (y Lula) no denunciaron la maniobra de la burguesía y le dijeron al pueblo que se estaba a punto de cometer un verdadero desfalco de la voluntad popular?, ¿por qué no se convocó a los sectores populares a ocupar fábricas, parar los transportes, bloquear bancos, comercios, oficinas públicas y los medios de comunicación para detener el “golpe blando” en ciernes? En una palabra, ¿por qué tanta pasividad, tanta resignación? ¿Cómo explicar una derrota ideológica y política de esta magnitud?


Dilma y Obama, antes de descubrirse el espionaje
Lo que se viene ahora es la vieja receta para seducir a los mercados: ajuste fiscal ortodoxo; estímulos para acrecentar la rentabilidad empresarial, sobre todo del sector financiero; recorte de la inversión social (peyorativamente considerada como un ‘gasto’), todo para restaurar la confianza de los mercados lo que equivale a una imposible tarea de Sísifo porque estos jamás confían en otra cosa que no sea el crecimiento de sus ganancias. Pruebas al canto: jamás en la historia brasileña los bancos ganaron tanto dinero como durante la gestión de los gobiernos del PT. ¿Se apaciguaron por ello? Todo lo contrario. Se cebaron aún más, quieren más, quieren gobernar directamente sin el estorbo de una mediación política. Su adicción a la ganancia es incontrolable, y se comportan como adictos. La medicina que sin contrapeso alguno en el sistema político aplicaran estos hechiceros de las finanzas es un cocktail explosivo que no servirá para promover el crecimiento económico de Brasil pero que, sin dudas, potenciará el conflicto social hasta niveles pocas veces visto en ese país. La feroz respuesta represiva que tuvo lugar cuando las grandes movilizaciones desencadenadas por el aumento de la tarifa del transporte público en junio del 2013 puede ser un juego de niños por comparación a lo que podría suceder en el futuro inmediato una vez que Levy y los banqueros comiencen a aplicar sus políticas.

Si miramos el gráfico precedente veremos que al sector financiero no le basta con apropiarse nada menos que del 42.04 % del presupuesto federal de Brasil del año 2014 en concepto de intereses y amortizaciones de la deuda pública, contra el 4.11 % en salud, 3.49 % en educación y poco más del 1 % en Bolsa Familia. Para mejorar aún más su rentabilidad Levy trabajará con tesón para perpetuar la dependencia del estado de los préstamos de los banqueros, subir aún más las exorbitantes tasas de interés percibidas por éstos y aumentar su participación leonina en el presupuesto, todo esto dejando intacta la regresiva estructura tributaria y los privilegios y prerrogativas que el capital ha gozado en los últimos tiempos. Pero sería un error suponer que las andanzas de Levy y los suyos tienen como único objetivo acrecentar la riqueza de los capitalistas. El objetivo que se han impuesto las clases dominantes en Brasil -y que no encontró resistencia en el gobierno del PT- es fortalecer la posición del gran capital no sólo en el seno de los mercados sino también en la sociedad y la política, consolidando una correlación de fuerzas en la cual los movimientos  populares queden definitivamente supeditados al dominio de aquel. Se trata, en suma, de un proyecto refundacional del capitalismo brasileño montado sobre el fracaso del reformismo light del PT y en donde, como en el Chile refundado por la dictadura pinochetista, la alianza burguesa ejercerá el dominio político directo, sin la molesta intermediación de la vocinglera partidocracia que sólo produce ruidos que perturban la paz y la serenidad que necesitan los mercados. Con esta medida adoptada por el gobierno del PT, Brasil culmina un penoso tránsito desde una democracia de baja intensidad hacia una desvergonzada plutocracia que nada bueno podrá ofrecerle a su pueblo y, por extensión, a América Latina, acongojada y entristecida al ver a su ‘hermano mayor’ rendirse ante los capitalistas sin ofrecer la menor resistencia. Confiamos en que las fuerzas populares brasileñas más temprano que tarde iniciarán un proceso de recomposición para aventar la barbarie que se cierne sobre ellas.
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Disertación sobre México

México: ¿Estado fallido?


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“México tiene una oportunidad extraordinaria para mirar el rostro desnudo de un “Estado Fallido” que hoy, para colmo de males, asesina estudiantes, que los desaparece y que sólo atina a inventar “pactos” de cúpulas para asegurarse perdurabilidad con acuerdos mafiosos y con más militarización, espionaje y acoso contra el pueblo trabajador. México tiene una oportunidad magnífica para movilizarse organizado, para sumar fuerzas en la única fuerza que puede salvarnos que es su clase trabajadora, cada día más conciente de su independencia política y de sus tareas transformadoras, de cabo a rabo, en un país que no soporta más a las mafias PRIANRD TELEVISAque se adueñaron del poder y que hoy son protagonistas de ese “Estado Fallido” al que, si queremos sobrevivir, debemos extinguir y pronto” (Fernando Buen Abad, Rebelión 5-11).

Disertan:

  • Fernando Buen Abad (Doctor en Filosofía -UNAM- , Rector de la Universidad de la Filosofía)
  • Atilio Boron (Director del PLED)

Modera:

Horacio López (Sub Director CCC)

Jueves 4 de diciembre

Sala: Meyer Durbrovsky (3º Piso)

Horario: 19hs.

Invita

  • Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales (PLED-CCC)
  • Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini, Avda. Corrientes 1543, CABA.
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Histórico discurso de Putin

Nota de Atilio Boron sobre el notable discurso de Vladimir Putin del 24 de Octubre del corriente año.


Putin: un discurso histórico

(Por Atilio A. Boron) Hay discursos que sintetizan una época.  El que pronunciara Winston Churchill en el Westminster College, en Missouri,  en Marzo de 1946 es uno de ellos. Allí popularizó la expresión “cortina de hierro” para caracterizar a la política de la Unión Soviética en Europa y, según algunos historiadores, marcó con esa frase el inicio de la Guerra Fría. Antes, en Abril de 1917, un breve discurso de Lenin al llegar de su exilio suizo a la Estación Finlandia de San Petersburgo anunciaba, ante la sorpresa de su entusiasta audiencia animada por los acordes de La Marsellesa, que la humanidad estaba pariendo una nueva etapa histórica, pronóstico que habría de confirmarse en Octubre con el triunfo de la Revolución Rusa. En Nuestra América, un papel semejante cumplió “La historia me absolverá”, el célebre alegato con el que, en 1953, el joven Fidel Castro Ruz se defendió de las acusaciones del dictador cubano Fulgencio Batista por el asalto al Cuartel Moncada.

En esta línea habría que agregar el discurso pronunciado por Vladimir Putin el 24 de Octubre de este año en el marco del XIº Encuentro Internacional de Valdai, una asociación de políticos, intelectuales y gobernantes que anualmente se reúnen para discutir sobre la problemática rusa y, en esta ocasión, la preocupante situación mundial.   Las tres horas insumidas por el discurso de Putin y su amplio intercambio de opiniones con algunas personalidades de la política europea -entre ellos el ex primer ministro de Francia, Dominique de Villepin y el ex canciller de Austria Wolfgang Schuessel- o con académicos de primer nivel, como el gran biógrafo de Keynes, Robert Skidelsky, fue convenientemente ignorado por la prensa dominante. El líder ruso habló claro, sin medias tintas y abandonando de partida el lenguaje diplomático. Es más, al inicio de su discurso recordó la frase de uno de ellos que decía que “los diplomáticos tienen lenguas para no decir la verdad” y que él estaba allí para expresar sus opiniones  de manera franca y dura para, como ocurriera después, confrontarlas con las de sus incisivos interlocutores a quienes también les hizo unas cuantas preguntas . Discurso ignorado, decíamos, porque en él se traza un diagnóstico realista y privado de cualquier eufemismo para denunciar el aparentemente incontenible deterioro del orden mundial y los diferentes grados de responsabilidad que les cabe a los principales actores del sistema. Como de eso no se debe hablar, y como el mundo tiene un líder confiable y eficaz en los Estados Unidos piezas oratorias como las de Putin merecen ser silenciadas sin más trámites. Un breve comentario en el New York Times al día siguiente, con énfasis en algunos pasajes escogidos con escandalosa subjetividad; algunas notas más con las mismas características en el Washington Post y eso fue todo. El eco de ese discurso en América Latina, donde la prensa en todas sus variantes está fuertemente controlada por intereses norteamericanos,  fue inaudible. Por contraposición, cualquier discurso de un ocupante de la Casa Blanca que asegure que su país es una nación “excepcional” o “indispensable”, o que difame a líderes o gobiernos que no caen de rodillas ante el mandato estadounidense corre mucha mejor suerte y encuentra amplísima difusión en los medios del “mundo libre”.

¿Qué dijo Putin en su intervención? Imposible reseñar en pocas páginas su discurso y las respuestas a los cuestionamientos hechos por los participantes. Pero, con el ánimo de estimular una lectura de ese documento resumiríamos algunas de sus tesis como sigue a continuación. Primero,  ratificó sin pelos en la lengua que el sistema internacional atraviesa una profunda crisis y que contrariamente a relatos autocomplacientes -que en Occidente minimizan los desafíos del momento- la seguridad colectiva está en muy serio peligro y que el mundo se encamina hacia un caos global. Opositores políticos quemados vivos en el sótano del Partido de las Regiones por las hordas neonazis que se apoderaron del gobierno en Ucrania, el derribo del vuelo MH17 de Malasya Airlines por parte de la aviación ucraniana y el Estado Islámico decapitando prisioneros y blandiendo sus cabezas por la Internet son algunos de los síntomas más aberrantes de lo que según un internacionalista norteamericano, Richard N. Haass, es la descomposición del sistema internacional que otros, situados en una postura teórica y política alternativa, como Samir Amin, Immanuel Wallerstein, Chalmers Johnson y Pepe Escobar, prefieren denominar “imperio del caos.”  Esta ominosa realidad no se puede ocultar con bellos discursos y con los trucos publicitarios a los cuales son tan afectos Washington y sus aliados. El desafío es gravísimo y sólo podrá ser exitosamente enfrentado mediante la cooperación internacional, sin hegemonismos de ningún tipo.


Segundo, en su exposición Putin aportó un detallado análisis del decadente itinerario transitado desde la posguerra hasta el fin de la Guerra Fría, el surgimiento del fugaz unipolarismo norteamericano y, en su curva descendente después del 11-S,  las tentativas de mantener al actual (des)orden internacional por la fuerza o el chantaje de las sanciones económicas como las aplicadas en contra de Cuba por más de medio siglo, Irak, Irán, Corea del Norte, Siria, Costa de Marfil y ahora Rusia. Un orden que se cae a pedazos y, como lo anunciaba el título del Encuentro, que se debate entre la creación de nuevas reglas o la suicida aceptación de la fuerza bruta como único principio organizador del sistema internacional. De hecho nos hallamos ante un mundo sin reglas o con reglas que existen pero que son pisoteadas por los actores más poderosos del sistema, comenzando por Estados Unidos y sus aliados, que dan por desahuciada a las Naciones Unidas sin proponer nada a cambio.     La Carta de las Naciones Unidas y las decisiones del Consejo de Seguridad son violadas, según Putin, por el autoproclamado líder del mundo libre con la complicidad de sus amigos creando así una peligrosa “anomia legal” que se convierte en campo fértil para el terrorismo, la piratería y las actividades de mercenarios que ora sirven a uno y luego acuden a prestar sus servicios a quien le ofrece la mejor paga. Lo ocurrido con el Estado Islámico es paradigmático en este sentido.

Tercero, Putin recordó que las transiciones en el orden mundial “por regla general fueron acompañadas si no por una guerra global por una cadena de intensos conflictos de carácter local.” Si hay algo que se puede rescatar del período de la posguerra fue la voluntad de llegar a acuerdos y de evitar hasta donde fuese posible las confrontaciones armadas. Hubo, por cierto, muchas, pero la temida guerra termonuclear pudo ser evitada en las dos mayores crisis de la Guerra Fría: Berlín en 1961 y la de los misiles soviéticos instalados en Cuba en 1962. Posteriormente hubo importantes acuerdos para limitar el armamento nuclear. Pero esa voluntad negociadora ha desaparecido. Lo que hoy prevalece es una política de acoso, de bullying, favorecida por un  hipertrofiado orgullo nacional con el cual se manipula a la opinión pública que así justifica que el más fuerte –Estados Unidos- atropelle y someta a los más débiles. Si bien no menciona el dato, en el trasfondo de su discurso se perfila con claridad la preocupación por la desorbitada expansión del gasto militar estadounidense que, según los cálculos más rigurosos, supera el billón de dólares (o sea, un millón de millones de dólares) cuando al desintegrarse la Unión Soviética los publicistas del imperio aseguraron urbi et orbi que el gasto militar se reduciría y que los así llamados “dividendos de la paz” se derramarían en programas de ayuda al desarrollo y combate a la pobreza. Nada de eso tuvo lugar.

Cuarto, al declararse a sí mismos como vencedores de la Guerra Fría la dirigencia norteamericana pensó que todo el viejo sistema construido a la salida de la Segunda Guerra Mundial era un oneroso anacronismo. No propuso un “tratado de paz”, en donde se establecieran acuerdos y compromisos entre vencedores y vencidos, sino que Washington se comportó como un “nuevo rico” que, embriagado por la desintegración de la Unión Soviética y su acceso a una incontestada primacía mundial, actuó con prepotencia e  imprudencia y cometió un sinfín de disparates.  Ejemplo rotundo: su continuo apoyo a numerosos “combatientes de la libertad” reclutados como arietes para producir el “cambio de régimen” en gobiernos desafectos y que a poco andar se convirtieron en “terroristas” como los que el 11-S sembraron el horror en Estados Unidos o los que hoy devastan a Siria e Irak. Para invisibilizar tan gigantescos errores la Casa Blanca contó con “el control total de los medios de comunicación globales (que) ha permitido hacer pasar lo blanco por negro y lo negro por blanco.” Y, en un pasaje de su discurso Putin se pregunta: “¿Puede ser que la excepcionalidad de los Estados Unidos y la forma como ejerce su liderazgo sean realmente una bendición para todos nosotros, y que su continua injerencia en los asuntos de todo el mundo esté trayendo paz, prosperidad, progreso, crecimiento, democracia y simplemente tengamos que relajarnos y gozar? Me permito decir que no.”

Quinto, en diversos tramos de su alocución y del intercambio de preguntas y respuestas con los participantes Putin dejó sentado muy claramente que Rusia no se cruzará de brazos ante las amenazas que se ciernen sobre su seguridad nacional. Utilizó para transmitir ese mensaje una elocuente metáfora para referirse, indirectamente, a los planes de la NATO de rodear a Rusia con bases militares y para responder a las inquietudes manifestadas por algunos de los presentes acerca de una eventual expansión imperialista rusa. Dijo que en su país se le tiene gran respeto al oso “amo y señor de la inmensidad de la taiga siberiana, y que para actuar en su territorio ni se molesta en pedirle permiso a nadie. Puedo asegurar que no tiene intenciones de trasladarse hacia otras zonas climáticas porque no se sentiría cómodo en ellas. Pero jamás permitiría que alguien se apropie de su taiga. Creo que esto está claro.” Esta observación fue también una respuesta a una caracterización muy extendida en Estados Unidos y Europa que menosprecia a Rusia -y antes a la Unión Soviética- como “un Alto Volta (uno de los países más pobres y atrasados de África) con misiles”. Sin dudas que el mensaje fue muy claro y despojado de eufemismos diplomáticos, en línea con su confianza en la fortaleza de Rusia y su capacidad para sobrellevar con patriotismo los mayores sacrificios, como quedó demostrado en la Segunda Guerra Mundial.  Dijo textualmente: “Rusia no se doblegará antes las sanciones, ni será lastimada por ellas, ni la verán llegar a la puerta de alguien para mendigar ayuda. Rusia es un país autosuficiente.”

En síntesis: se trata de uno de los discursos más importantes sobre el tema pronunciado por un jefe de estado en mucho tiempo y esto por muchas razones. Por su documentado y descarnado realismo en el análisis de la crisis del orden mundial, en donde se nota un exhaustivo conocimiento de la literatura más importante sobre el tema producida  en Estados Unidos y Europa, refutando en los hechos las reiteradas acusaciones acerca del “provincianismo” del líder ruso y su falta de contacto con el pensamiento occidental. Por su valentía al llamar las cosas por su nombre e identificar a los principales responsables de la situación actual. Ejemplo: ¿quién arma, financia y recluta a los mercenarios del EI? ¿Quién compra su petróleo robado de Irak y Siria, y así contribuye a financiar al terrorismo que dicen combatir? Preguntas estas que ni el saber convencional de las ciencias sociales ni los administradores imperiales jamás se las formulan, al menos en público. Y que son fundamentales para entender la naturaleza de la crisis actual y los posibles caminos de salida. Y por las claras advertencias que hizo llegar a quienes piensan que podrán doblegar a Rusia con sanciones o cercos militares, como nos referíamos más arriba. Pero, a diferencia del célebre discurso de Churchill, al no contar con el favor del imperio y su inmenso aparato propagandístico camuflado bajo los ropajes del periodismo el notable discurso de Putin ha pasado desapercibido, por ahora. A cien años del estallido de la Primera Guerra Mundial y a veinticinco de la caída del Muro de Berlín Putin arrojó el guante y propuso un debate y esbozó los lineamientos de lo que podría ser una salida de la crisis. Ha pasado algo más de un mes y la respuesta de los centros dominantes del imperio y su mandarinato ha sido un silencio total. Es que no tienen palabras ni razones, sólo armas. Y van a continuar tensando las cuerdas del sistema internacional hasta que el caos que están sembrando revierta sobre sus propios países. Nuestra América deberá estar preparada para esa contingencia.

Desgraciadamente ese discurso está sólo disponible en ruso y en inglés en el sitio web de la presidencia de Rusia. Una traducción al castellano fue realizada por Iñaki para el blog

http://salsarusa.blogspot.com.ar/2014/11/discurso-de-putin-en-valdai.htm

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Aniversario de la caída del muro de Berlín

Cambio de época: a 25 años de la caída del Muro de Berlín
Atilio A. Boron

(publicado en la Revista Acción del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, Nº 1158, Segunda Quincena de Noviembre 2014)
Lejos del fin de la historia, el poder mundial atraviesa una crisis compleja: entre la decadencia de la hegemonía estadounidense y un incipiente multilateralismo.

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El 9 de noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín. Poco después el contagio o efecto dominó derrumbaría ya no muros sino a los regímenes supuestamente socialistas erigidos como resultado de la nueva constelación geopolítica emergente a fines de la Segunda Guerra Mundial hasta que, entre fines de 1991 y comienzos de 1992, el proceso culminaría con la desintegración de la Unión Soviética. Estos acontecimientos dieron lugar a eufóricas declaraciones por parte de gobernantes, políticos, periodistas e intelectuales del mal llamado «mundo libre»: fervientes promesas de paz y prosperidad se escuchaban en Washington, Bonn, Londres y París, las que en el asfixiante clima neoliberal de los 90 se repetían hasta el hartazgo en América Latina y el Caribe.
En esta fragorosa batalla de ideas pocos textos pudieron captar el clima ideológico imperante en las metrópolis del capitalismo con más precisión que el libro de Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre, originalmente publicado en 1992. En esa obra se argumentaba que la Guerra Fría había terminado, y que su resultado final marcaba el triunfo definitivo de la democracia liberal y el capitalismo de libre mercado a lo largo y a lo ancho del planeta.
Un cuarto de siglo después las tesis centrales del libro fueron impiadosamente refutadas por la historia: primero, ésta no terminó sino que se aceleró, tornándose a la vez más compleja y truculenta. La Guerra Fría, luego de un paréntesis, retomó impulso con la renovada virulencia que vemos en estos días; y ni la democracia liberal ni el capitalismo de libre mercado han triunfado. Por el contrario, atraviesan una crisis que no pocos se atreven a calificar de terminal. Surgen teorizaciones y prácticas que hablan de nuevas formas de democracia que superan las limitaciones de su versión liberal (plasmadas, por ejemplo, en las constituciones de Bolivia, Ecuador y Venezuela) a la vez que proliferan los análisis que demuestran que el capitalismo ha chocado contra una frontera ecológica insuperable.
¿Qué ocurrió después de la caída del Muro? En el plano estrictamente doméstico, Alemania Federal anexó a la República Democrática Alemana y, menos de un año más tarde, el 3 de octubre de 1990, el canciller Helmut Kohl proclamó la reunificación. Ésta se llevó a cabo con un apenas solapado ánimo de venganza. En los demás países, una vez desaparecida la Unión Soviética, sus pueblos pudieron preservar su identidad nacional. En el caso alemán, en cambio, la reunificación intentó borrar hasta las más insignificantes huellas de la RDA.
Como comenta Maxim Leo, un joven periodista que creció en la RDA, «nuestro país dejó de existir y nosotros también». Lo que vino después fue una satanización de toda aquella experiencia, simbolizada en dos detestables rasgos del viejo sistema: la Stasi, temible policía secreta, el Muro de Berlín, y la rusticidad de los automóviles Trabant. ¿Hubo algo más? Sin duda, y eso es lo que hoy en Alemania se describe como «Ostalgia», porque «Ost» significa «Este» en alemán. ¿Nostalgia de qué? De varias cosas: había trabajo para todos, la vivienda era barata, la atención médica era gratuita y de calidad y existía un muy buen sistema educacional accesible para todos.
Como recuerda el periodista Wolfgang Herr, «no todo era tan malo antes y no todo es tan bueno ahora». Pese a los «paisajes floridos» que demagógicamente prometiera el canciller Kohl (producto de la euforia del momento, según lo reconoció años después) aquellos paisajes todavía hoy no se divisan. La brecha que separaba las dos regiones antes de la reunificación apenas si se ha atenuado en algunos aspectos, pero se ha acentuado en otros. El ingreso per cápita de las cinco provincias orientales equivale a las dos terceras partes de sus congéneres occidentales, un aumento si se considera que antes de la reunificación eran el 43%, pero hace varios años que esta brecha ha dejado de cerrarse y parece haberse cristalizado en aquella proporción. Y la tasa de desempleo en el este es casi el doble que la registrada en el oeste.
Un año después de la caída del Muro, el 61% de los alemanes orientales se consideraban a sí mismos simplemente como alemanes; cuatro años más tarde este porcentaje se redujo al 35% a causa de la desilusión causada por la unificación. Brechas que se acentuaron en relación con los derechos de la mujer, el escaso apoyo en términos de guarderías y jardines infantiles, acceso a la salud y educación. Una encuesta revelaba, en 2009, que solo el 12% de los alemanes orientales creía que se había alcanzado el mismo nivel de vida que en las provincias occidentales, mientras que el 86% decía que no. Sin duda, ahora gozan de libertades que antes no tenían pero en el capitalismo alemán, como en cualquier otro, esas libertades tropiezan con enormes dificultades a la hora de ser realizadas.
Pueden salir a voluntad de Alemania, porque ya no está el Muro, pero sus ingresos no se lo permiten. Pueden ir todos los días al KDW, la famosa tienda de departamentos que relumbraba como un sol del otro lado del Muro, pero no tienen dinero para adquirir lo que allí está a la venta.

Gasto militar
En el terreno internacional la caída del Muro fue el preludio del derrumbe de la Unión Soviética y el inicio del breve y turbulento «unipolarismo» estadounidense. Lo ocurrido en Berlín fue exaltado por los tanques de pensamiento y los intelectuales orgánicos del imperio como el alumbramiento de un nuevo orden mundial que, aseguraban, duraría todo un siglo. Eso pensaban los integrantes del Proyecto del Nuevo Siglo Americano, que habrían de sufrir un rudo despertar la mañana del 11 de setiembre de 2001 cuando todas sus ocurrencias, que no ideas, se derrumbaron junto con las Torres Gemelas de Nueva York.
La caída del Muro y todo lo que se precipitó después modificó radicalmente la realidad internacional. Los famosos «dividendos de la paz» prometidos por George Bush padre y Margaret Thatcher, gracias al fin de la Guerra Fría y la presunta disminución del gasto militar, se esfumaron de la noche a la mañana.
Cuando se produce la implosión soviética, en 1992, el presupuesto militar de Estados Unidos equivalía al de los 12 países que le seguían en la carrera armamentista. Cuando en 2003 se decide la invasión y posterior ocupación de Irak el gasto norteamericano ya era equivalente al de los 21 países que le seguían en ese rubro.
Las complicaciones de esa guerra, sumadas a la intensificación de las operaciones en Afganistán, hicieron que, para 2008, el gasto militar de los Estados Unidos sólo pudiera ser igualado si se sumaban los presupuestos militares de 191 países. En 2010 la erogación estadounidense en armas y pertrechos ya superaba al gasto militar de todos los países del planeta, quebrando la barrera psicológica del billón de dólares. Otra consecuencia de la caída del Muro, en el plano internacional, fue desencadenar la expansión de la OTAN hacia el Este, desde las nuevas provincias alemanas y también desde países como Polonia y la ex Checoslovaquia y, en general, de todos los que tenían fronteras con Rusia. Proceso, vale aclarar, que en días recientes se acentuó con la instalación de nuevas bases militares en Letonia, Lituania, Estonia, Rumania y Polonia, países altamente dependientes del suministro del gas ruso.
El Muro de Berlín fue caracterizado por la crítica del «mundo libre» como el «muro de la infamia». A lo largo de su historia (13 de agosto 1961 - 9 de noviembre 1989) murieron al intentar cruzarlo 136 alemanes. Es el único muro del cual se habla, soslayando la presencia de otros que demostraron, y demuestran todavía, ser mucho más letales que el alemán. Piénsese que en el que separa Estados Unidos de México mueren cada año cerca de 500 personas. Que hay otro muro de la infamia en la Ribera Occidental, erigido por Israel para contener a los palestinos y cuyas víctimas también se cuentan por cientos. El gigantesco Muro del Sahara Occidental, construido por Marruecos, un incondicional aliado de Occidente, para aislar a la región controlada por el Frente Polisario, y el alambrado construido en Melilla para impedir que desde ese enclave español los africanos puedan ingresar a Europa, son otros tantos ejemplos de una infamia que es ocultada ante los ojos de la opinión pública internacional. Sí, cayó el Muro de Berlín y se acabó su ignominia, pero quedan varios en pie, solo que blindados por el silencio cómplice del pensamiento dominante y su enorme aparato propagandístico al servicio del capital.

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Nota sobre las recientes elecciones en Estados Unidos

Hay un consenso general entre politólogos y sociólogos críticos norteamericanos acerca de la creciente irrelevancia de los procesos electorales en Estados Unidos, habida cuenta de la demostrada incapacidad tanto del Congreso como de la Casa Blanca para adoptar decisiones que siquiera marginalmente lesionen –o intenten afectar– los intereses o las preferencias de las clases dominantes.
Nota sobre las recientes elecciones en Estados Unidos

Por eso algunos de los más distinguidos estudiosos de ese país han acuñado algunas expresiones para dar cuenta de esta realidad no siempre adecuadamente tenida en cuenta en los análisis más convencionales sobre la vida política estadounidense. Tal es el caso de Robert Dole Scott, quien en sus escritos habla del “Estado americano profundo”, o el “totalitarismo invertido”, término acuñado por el profesor emérito de Princeton Sheldon Wolin precisamente para referirse a la involución democrática en curso en el país del norte.

En una lista que sería muy larga de enumerar habría que incluir también a un economista otrora del mainstream como Jeffrey Sachs que sin embargo participa de ese consenso. A propósito de las recientes elecciones de medio término escribió en su columna del Huffington Post que la pasada “fue una elección de multimillonarios […], multimillonarios de ambos partidos” y que como ya es sabido, “los ricos pagan los costos del sistema político al destinar miles de millones de dólares a fondos de campaña y financiamiento de lobbies para luego obtener billones de dólares de ganancias como contrapartida.”[1]Esta deplorable realidad dista de ser un rayo en un día sereno sino que es la maduración de una ominosa tendencia denunciada nada menos que por el ex presidente Dwight Eisenhower en su “Discurso de Despedida” del 17 de enero de 1961, ocasión en la que señaló los graves peligros que para el futuro de la democracia estadounidense entrañaba la constitución de un irresistible “complejo militar-industrial”.

Con estos recaudos in mente procedamos a elaborar algunas interpretaciones que surgen del análisis de las elecciones del pasado martes. La primera tiene relación con el carácter paradojal de su resultado. ¿Por qué? Porque el saber convencional y la práctica cotidiana de la política en todos los países insiste en señalar la importancia decisiva de la vida económica sobre el estado de ánimo y las preferencias del electorado. Ninguno lo manifestó con tan brutal sinceridad como el candidato Bill Clinton cuando, en la campaña electoral de 1992, le dijo a su contrincante, el por entonces presidente George H. W. Bush (padre): “¡es la economía, estúpido!”. Siendo esto así, ¿cómo explicar la aplastante derrota de los demócratas en un contexto económico como el actual, cuando la economía norteamericana estaba dando signos de recuperación? En el tercer trimestre del 2014, por ejemplo, el crecimiento del PIB fue del 3,5% y en el anterior había sido de 4,5%, guarismos estos que habrían provocado una jubilosa celebración en la mayoría de los gobiernos europeos.

Claro está que este crecimiento macroeconómico no se reflejó en los ingresos de la masa asalariada que, según la Oficina de Estadísticas Laborales del gobierno de Estados Unidos, no quebraron el estancamiento (en precios constantes) que los afecta desde hace dos décadas y registraron en el mes de septiembre una caída de 0,2%. Esta incapacidad estructural de distribuir con un mínimo de equidad los frutos del crecimiento económico es una de las marcas permanentes del capitalismo norteamericano, y por supuesto grávida de consecuencias políticas. Entre ellas, las grandes manifestaciones del “Ocupemos Wall Street” y la lenta reaparición de una conciencia anticapitalista que hacía casi un siglo había desaparecido de la escena pública norteamericana.

Retomando el hilo de nuestra argumentación, en anteriores oportunidades logros tales como la importante disminución del precio de la gasolina (que el año pasado se vendía a un precio promedio por galón de 3,94 dólares contra unos 3 dólares, e inclusive algunos centavos menos en algunas ciudades estadounidenses en las últimas semanas); o el descenso del desempleo hasta llegar al 5,9% de la PEA, el nivel más bajo de los últimos seis años; o la reducción del déficit fiscal y el mantenimiento de una baja tasa de inflación, por debajo del 2% anual, los que sumados al boom petrolero originado en la expansión de la explotación de yacimientos de gas y petróleo no convencionales hubieran ocasionado una respuesta favorable al gobierno de turno en las elecciones pasadas, pero esta vez no fue así. Esta extraña reacción explica la perplejidad de Obama en algunas de sus declaraciones antes y sobre todo después de conocerse el voto de castigo sufrido en las urnas.

Lo anterior pone en cuestión la relación mecánica entre economía y política, y obliga a abrir una segunda pista de indagación, a saber: ¿cuál es el papel ideológico que cumple el financiamiento privado de las campañas políticas? Como es sabido, la insólita –por ser profundamente antidemocrática– decisión de la Corte Suprema de los Estados Unidos de enero del 2010 legalizó la ilimitada financiación de las campañas electorales por parte de las corporaciones y las grandes fortunas a través de los llamados Comités de Acción Política. Estos no pueden hacer contribuciones directas a los partidos o a los candidatos pero sí pueden asignar todos los fondos que deseen, sin límite ni control alguno, para financiar la promoción de ciertos temas en sus campañas: anuncios en la radio, televisión y prensa; redes sociales; correos electrónicos o mensajes de texto masivos concebidos para apoyar o derrotar a un candidato en sintonía con los intereses y preferencias de los donantes en relación con asuntos de su especial preocupación, tales como regulación ambiental, control de armas, desregulación financiera, reducción de impuestos, gasto público, aborto, etcétera. Si bien los datos no están disponibles con un adecuado grado de desagregación lo que puede afirmarse sin duda alguna que esta ha sido la elección de medio término más cara de la historia de Estados Unidos, con un costo formalmente establecido de 3.600 millones de dólares pero que, algunos observadores como el propio Jeffrey Sachs, estiman que la cifra real se ubica por encima de esa marca.

En su artículo del Huffington Post escribe que los Hermanos Koch, los dueños de Koch Industries –la segunda mayor compañía privada de Estados Unidos, con ingresos anuales de 115.000 millones de dólares en 2013 por su actividad en el sector petrolero– aportó por lo menos 100 millones de dólares para favorecer candidaturas complacientes con la generalización del fracking. Es sabido también que varias empresas asociadas a los “fondos buitre” apoyaron con fuertes sumas de dinero a algunos candidatos republicanos en ciertos distritos clave. Tal como lo anotaran algunos analistas, el papel corruptor y distorsionador del dinero se ha dejado sentir fuertemente en esta elección creando, con la ayuda de los medios hegemónicos en ese país, un “clima de opinión” hipercrítico y de generalizado descontento que no parece tener mucho que ver con la realidad, y esto es lo que, a nuestro juicio, constituye una de las paradojales sorpresas de esta elección en donde el poder del dinero se manifestó como nunca antes. No hay muchos ejemplos anteriores en donde con una situación económica como la señalada más arriba el gobierno de turno hubiese recibido una paliza electoral como le fuera propinada a Obama. Conviene tomar nota de esta lección porque procesos de “deformación” de la opinión pública están también operando en los países de Nuestra América.

Tercero: sin duda que la victoria republicana fue arrolladora, haciendo estragos inclusive en tradicionales baluartes demócratas, como Massachusetts, Maryland o Illinois. Pero si se observa la traducción de sus votos en escaños se nota que, en el Senado, obtuvo una mayoría relativamente ajustada (52 sobre 100) que sólo podría estirarse a 54 si los resultados favorecieran a los republicanos en el balotaje que tendría lugar a fines de año y comienzos del próximo en dos estados (Alaska y Louisiana). Sin duda se trata de la peor derrota sufrida por un mandatario demócrata desde los tiempos de Harry S. Truman, quien en su primer turno presidencial perdió la elección de medio término de 1946. Allí también se produjo una avalancha conservadora que hizo que los republicanos accedieran al control de ambas cámaras del Congreso por primera vez desde 1928. Tal vez sirva de consuelo a los demócratas de hoy recordar que dos años más tarde y contra todos los pronósticos –que daban como seguro ganador al candidato republicano Thomas Dewey– Truman sería reelecto para un nuevo mandato.

De todos modos hay que decir que el control de ambas cámaras no significa gran cosa toda vez que la Casa Blanca dispone de un poder de veto que impide que una ley entre en vigor si no es refrendada por el presidente. Es cierto que esta prerrogativa puede ser neutralizada por una insistencia del congreso, pero para ello se requiere contar con los dos tercios de los votos de representantes y senadores, una situación imposible dada la presente correlación de fuerzas partidarias surgida de la pasada elección. Por ejemplo, se ha escuchado en estos días a muchos representantes y senadores republicanos amenazar con derogar la reforma del sistema de salud –moderada sin duda– aprobada por iniciativa de la Casa Blanca. Ante ello Obama ha declarado que jamás firmaría una ley que acote o limite los alcances de aquella reforma. En todo caso, y más allá de esta referencia histórica, lo cierto es que Obama recibió un durísimo golpe que lo obligará a tomar una decisión crucial para enfrentar los dos últimos años de su mandato y evitar ser “el pato rengo” que usualmente describen los politólogos en casos como este. ¿Seguir con sus ambigüedades y vacilaciones, exhibidas in extremis en la legislación migratoria, o relanzar con firmeza su agenda política original para recuperar la lealtad del electorado demócrata?

Cuarto: el éxito de los republicanos tiene otra arista que es imprescindible examinar. A diferencia del pasado reciente, los candidatos de ese partido se beneficiaron por la pérdida de impulso del Tea Partyy pudieron, por lo tanto, atenuar algunas de sus posturas más extremas proyectando una imagen de cierta moderación que antaño había sido arrojada por la borda, muy en su detrimento. En todo caso fueron capaces de capitalizar para sí el desprestigio que rodea a la clase política en Estados Unidos. Contrariamente a una creencia muy difundida la aprobación popular del Congreso es muy inferior a la del presidente: 12,7% contra un 42,2% del ocupante de la Casa Blanca. Obviamente, hay allí una disonancia muy llamativa en esas orientaciones actitudinales, misma que se agrava cuando se tiene en cuenta que el 66,0% de los entrevistados declaran que el país “marcha por el rumbo incorrecto” –a pesar de los datos macroeconómicos arriba señalados– e hicieron saber de su desilusión y disgusto con la gestión de la Casa Blanca votando a sus tradicionales oponentes. Lo curioso del caso es que los republicanos no explicitaron para nada cual sería el rumbo que seguirían en caso de llegar a la presidencia, si bien hay razones para suponer –como lo hace Sachs– que su proyecto insistiría en reducir los impuestos a las corporaciones y los ricos, y desregular aún más el mercado laboral y el sistema financiero y debilitar los controles medioambientales. Es decir, agravando el hiato que separa el 1% más rico del resto de la población norteamericana.

Para concluir, una breve referencia a la gravitación que el resultado del martes podría tener en el ámbito hemisférico. Tal como lo señala Angel Guerra, Obama podría hacer uso de sus “inmensas facultades ejecutivas en materias que no está obligado a pedir la autorización del Congreso”[2]. Una es el tema migratorio, y en el cual su indecisión le ha costado muy caro en el electorado latino que no le perdona esa actitud y su indiferencia ante la deportación de unos 2 millones de inmigrantes indocumentados durante sus años en la Casa Blanca, una cifra cercana al total de deportaciones efectuadas en los veinte años anteriores a su llegada a la presidencia. Otro tema es la normalización de las relaciones con Cuba, tal como ha sido exigida por numerosos sectores dentro de Estados Unidos y en diversos editoriales por el mismo New York Times. Un elemento crucial en esta agenda sería el canje de los tres luchadores antiterroristas cubanos que aún permanecen injustamente presos en las cárceles estadounidenses por el “contratista” norteamericano Alan Gross, detenido en Cuba por realizar actividades de carácter sedicioso en la isla.

El periódico neoyorquino recuerda que pese a su retórica de intransigencia Washington canjeó cinco talibanes presos en el país por un soldado norteamericano secuestrado en Afganistán de modo que ¿por qué no hacerlo con La Habana? Otra área sería la flexibilización del bloqueo, aun cuando su levantamiento sólo lo puede decidir el Congreso. Pero está en manos de Obama impedir la aplicación de sanciones de una severidad sin precedentes a instituciones comerciales y bancarias de terceros países que tramitan los negocios de importación y exportación de Cuba. Otro tema podría ser el abandono de la política de “exportación de la subversión” seguida en contra de los gobiernos de izquierda de la región, principalmente Bolivia, Ecuador y Venezuela aparte de Cuba, y acabar con los proyectos desestabilizadores viabilizados por agencias tales como la USAID, la NED y, por supuesto, el “terrorismo mediático” apadrinado por la Casa Blanca. En poco tiempo más podrá juzgarse si Obama tenía o no las agallas para encauzar las relaciones hemisféricas en consonancia con la legalidad internacional. Mientras tanto los países de América Latina y el Caribe deberían profundizar los procesos de integración supranacional en curso porque nada autoriza a pensar que en un futuro cercano las relaciones entre el imperio y nuestros países podrían instalarse en un horizonte de respeto y mutua colaboración. Recordar que no sólo el capitalismo es incorregible; el imperialismo también.

Fuente:

[1] Cf. Sheldon Wolin, Democracia S. A. La democracia dirigida y el fantasma del totalitarismo invertido (Buenos Aires: Katz Editores, 2008). Peter Dale Scott, The American Deep State Wall Street, Big Oil, and the Attack on U.S. Democracy (Washington, D.C. : Rowman & Littlefield Publishers, 2014). La nota de Jeffrey Sachs, “Understanding and overcoming America’s plutocracy” apareció en el Huffington Post del 6 de Noviembre. Disponible en:http://www.huffingtonpost.com/jeffrey-sachs/understanding-and-overcom_b_6113618.html

[2]Angel Guerra Cabrera, “Elecciones en Estados Unidos: ¿y América Latina qué?, en La Jornada (México), 6 de Noviembre 2014. Disponible en:http://www.jornada.unam.mx/2014/11/06/opinion/024a1mun

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“Crónicas de Turín” de Antonio Gramsci

Presentación y Debate

Si bien Antonio Gramsci fue uno de los autores más citados del siglo XX y su influencia en las ciencias sociales y políticas todavía persiste, muchos de los artículos aparecidos en sus primeros años de militancia socialista en periódicos como Il Grido del Popolo y el Avanti! aún no han sido traducidos al español. Las Crónicas de Turín recogen justamente estos artículos. Se trata de una obra históricamente clave pues puede ser concebida como el testimonio de una época en la que Italia transita el camino de la neutralidad a la beligerancia.

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Crónicas de Turín de Antonio Gramsci (Editorial Gorla)

El lunes 17 de noviembre, a las 19 hs en la sala Osvaldo Pugliese del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini (Av. Corrientes 1543, CABA) el Programa Latinoamericano de Educación a Distancia (PLED-CCC) invita a una conferencia sobre este libro.

Comentan:

Atilio Boron (Director del PLED)

Patricia Carina Dip (Dra. En Filosofía, CONICET-UNGS. Traductora de las Crónicas de Turín)

Modera:

Pablo Uriel Rodríguez (UBA, CONICET-UNGS)

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La izquierda y el balotaje en Brasil

Artículo de Atilio Boron acerca de la trascendental elección presidencial en Brasil el próximo domingo, en la cual mediante un ballotage se definirá si Dilma Rousseff tendrá un segundo mandato o si será en cambio Aecio Neves quien llegue a la presidencia.
ballotage en brasil entre dilma y aecio
(Por Atilio A. Boron) Obedeciendo a un orden directa de Adolf Hitler, el 18 de Agosto de 1944 Ernst Thälmann moría fusilado por las SS en el campo de concentración de Buchenwald. Su cuerpo fue inmediatamente cremado para que no quedara vestigio alguno de su paso por este mundo. Thälmann había llegado a este tétrico lugar luego de transcurrir los anteriores once años de su vida en la prisión de Bautzen,  donde fuera enviado cuando la Gestapo lo detuvo –al igual que a miles de sus camaradas- poco después del ascenso de Hitler al poder, en 1933. En esa prisión fue sometido a un régimen de confinamiento solitario cumpliendo la pena que le fuera impuesta por el imperdonable delito de haber sido fundador y máximo dirigente del Partido Comunista Alemán. Thälmann era además uno de los líderes de la Tercera Internacional, que en su VIº congreso -celebrado en Moscú en 1928- había aprobado una línea política ultraizquierdista de “clase contra clase”. Esta se traducía en la absoluta prohibición de establecer acuerdos con los partidos socialdemócratas o reformistas, fulminados con el mote de “socialfascistas” y caracterizados sin más como el ala izquierda de la burguesía.  Ni siquiera el mortal peligro que representaban el irresistible ascenso del nazismo en Alemania y la estabilización del régimen fascista en Italia lograron torcer esta directiva. León Trotsky se opuso a la misma y no tardó en condenarla. Y desde la cárcel Antonio Gramsci le confesaba a un recluso socialista, Sandro Pertini, que esa consigna que debilitaba la resistencia al fascismo “era una estupidez”. Tanto el revolucionario ruso como el fundador del PCI eran conscientes de que el sectarismo de esa táctica expresaba un temerario desprecio por el riesgo que presentaba la coyuntura y que su implementación terminaría por abrir la puerta a los horrores del nazismo, clausurando por mucho tiempo las perspectivas de la revolución socialista en Europa. La Tercera Internacional abandonó esa postura en su VIIº y último congreso, en 1935, para adoptar la tesis de los frentes populares o frentes únicos antifascistas. Pero ya era demasiado tarde y el fascismo se había enseñoreado de buena parte de Europa.
El supuesto que subyacía a la tesis del “socialfascismo” era que todos los partidos, a excepción de los comunistas, constituían una masa reaccionaria y que no había distinciones significativas entre ellos. Llama la atención el profundo desconocimiento que esta doctrina evidenciaba en relación a lo que Marx y Engels habían escrito en el Manifiesto Comunista. En su capítulo II dicen, por ejemplo, que “los comunistas no forman un partido aparte, opuesto a los otros partidos obreros.  …. Los comunistas sólo se distinguen de los demás partidos proletarios en que, por una parte, en las diferentes luchas nacionales de los proletarios, destacan y hacen valer los intereses comunes a todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad; y, por otra parte, en que, en las diferentes fases de desarrollo por que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre los intereses del movimiento en su conjunto.”  Y Lenin, a su vez, durante el curso de la Revolución Rusa reiteradamente subrayó la necesidad de que los bolcheviques elaborasen una política de alianzas con otras fuerzas políticas que preservando la autonomía e identidad política de los comunistas pudiese, en dadas ocasiones, llevar a la práctica acciones e iniciativas concretas que hicieran avanzar el proceso revolucionario. Había, tanto en los fundadores del materialismo histórico como en el  líder ruso una clara idea de que podía haber partidos obreros, o representantes de otras clases o grupos sociales (la pequeña burguesía es el ejemplo más corriente) con los cuales podían forjarse alianzas transitorias y puntuales y que nada podría ser más perjudicial para los intereses de los trabajadores que desestimar esa posibilidad y, de ese modo, abrir la puerta a la victoria de las expresiones más recalcitrantes y violentas de la burguesía. Volveremos sobre este tema más adelante.

Lo anterior viene a cuento porque en los últimos días muchos compañeros y amigos del Brasil me hicieron llegar mensajes o artículos en donde anunciaban su intención de abstenerse en el ballotage del 26 de Octubre, o de votar en blanco o nulo, con el argumento de que tanto Aécio como Dilma eran lo mismo, y que para la causa popular daba igual la victoria de uno u otro. El pueblo brasileño, decían, sufrirá los rigores de un gobierno que, en cualquier caso, estará al servicio del gran capital y en contra de los intereses populares. El motivo de estas líneas es demostrar el grave error en que se incurriría si se obrara de esa manera. Al igual que la desastrosa política del “socialfascismo”, que pavimentó el camino de Hitler al poder, la tesis de que Aécio y Dilma “son lo mismo” va a tener, en caso de que triunfe el primero, funestas consecuencias para las clases populares del Brasil y de toda América Latina, más allá de la obviedad de que Aécio no es Hitler y que el PSDB no es el Partido Nacional Socialista Alemán.

El análisis marxista enseña que, en primer lugar, resolver los desafíos de la coyuntura exige como tantas veces lo dijera Lenin, un “análisis concreto de la situación concreta” y no tan sólo una manipulación abstracta de categorías teóricas. Decir que Aécio y Dilma son políticos burgueses es una caracterización tan grosera como sostener que el capitalismo brasileño es igual al que existe en Finlandia o Noruega -los dos países más igualitarios del planeta y con mayores índices de desarrollo humano según diversos informes producidos por las Naciones Unidas. A partir de una interpretación tan genérica como esa será imposible extraer una lúcida “guía para la acción” que oriente la política de las fuerzas populares. Ningún análisis serio del capitalismo, al menos desde el marxismo, puede limitar su examen al plano de las determinaciones esenciales que lo caracterizan como un modo de producción específico. Mucho menos cuando se trata de analizar una coyuntura política en donde los fundamentos estructurales se combinan con factores y condicionamientos de carácter histórico, cultural, idiosincráticos y, por supuesto, políticos e internacionales. Al hacer caso omiso del papel que juegan estos factores concretos se cae en lo que Gramsci criticó como “doctrinarismo pedante”, prevaleciente en el infantilismo izquierdista que proliferó en Europa en los años veinte y treinta del siglo pasado. Por esta misma razón decir que Hitler y León Blum eran dos políticos burgueses no hizo posible avanzar siquiera un milímetro en la comprensión de la dinámica política desencadenada por la crisis general del capitalismo en Europa, para ni hablar de la capacidad para enfrentar eficazmente la amenaza fascista. En un caso había un déspota sanguinario, fervientemente anticomunista, que sumiría a su país y a toda Europa en un baño de sangre; en el otro, a un primer ministro socialista de Francia, líder del Frente Popular, que acogía a los alemanes e italianos que huían del fascismo y que se opuso, infructuosamente para desgracia de la humanidad, a los planes de Hitler. Era evidente que ambos no eran lo mismo, a pesar de su condición de políticos burgueses. Pero el sectarismo ultraizquierdista pasó por alto estas supuestas nimiedades y, con su miopía política, facilitó la consolidación de los regímenes fascistas en Europa.
Segundo, cualquiera mínimamente informado sabe muy bien que por sus convicciones ideológicas, por su inserción en un partido como el PSDB y por su trayectoria política Aécio representa la versión dura del neoliberalismo: imperio irrestricto de los mercados, desmantelamiento del nefasto “intervencionismo estatal”, reducción de la inversión social, “permisividad” medioambiental y apelación a la fuerza represiva del estado para mantener el orden y contener a los revoltosos. Fue por eso que nada menos que el Club Militar -un antro de golpistas reaccionarios, nostálgicos de la brutal dictadura de 1964- decidió brindarle su apoyo dado que según sus integrantes el ex gobernador de Minas Gerais posee “las  credenciales necesarias para interrumpir el proyecto de poder del PT, que marcha hacia la sovietización del país”. Más allá del desvarío que manifiestan los proponentes de este disparate sería un gesto de imprudencia que la izquierda no tomara nota del creciente proceso de fascistización de amplios sectores de las capas medias y el clima macartista que satura diversos ambientes sociales y que, en consecuencia,  desestimara la trascendencia de lo que significa el explícito apoyo a Aécio de parte de los militares golpistas, el sector más reaccionario (y muy poderoso) de la sociedad brasileña. Que tras la vergonzosa capitulación de Marina, Aécio haya prometido asumir como propia la “agenda social y ecológica” de aquella es apenas una maniobra propagandística que sólo espíritus incurablemente ingenuos pueden creer.
Tercero, la indiferencia de un sector de la izquierda brasileña ante el resultado del ballotage re-edita el suicida optimismo con que Thälmann enfrentó, ya desde la cárcel, la estabilización del régimen nazi: “después de Hitler” –decía a sus compañeros de infortunio, tratando de consolarlos- “venimos nosotros”.  Se equivocó, trágicamente. ¿Alguien puede pensar que después de Aécio florecerá la revolución en Brasil? Lo más seguro es que se inicie un ciclo de larga duración en donde las alternativas de izquierda, inclusive de un progresismo “light” como el del PT, desaparezcan del horizonte histórico por largos años, como ocurriera después del golpe de 1964. Es ilusorio pensar que bajo Aécio las clases y capas populares dispondrán de condiciones mínimas como para reorganizarse después de la debacle experimentada por las suicidas políticas del PT; que nuevos movimientos sociales podrán aparecer y actuar con un cierto grado de libertad en una escena pública cada vez más controlada y acotada por los aparatos represivos del estado y las tendencias fascistizantes arriba anotadas; o que nuevas fuerzas partidarias podrán irrumpir para disputar, desde la calle o desde las urnas, la supremacía de la derecha.
Cuarto, va de suyo que la opción que enfrentará el pueblo brasileño el próximo 26 de Octubre no es entre reacción y revolución. Es entre la restauración conservadora que representa Neves y la continuidad de un neodesarrollismo surcado por profundas contradicciones pero proyectado al Planalto por lo que en su momento fue el más importante partido de masas de izquierda de América Latina.  Pese a su deplorable capitulación ante las clases dominantes del Brasil, su incapacidad para comprender la gravedad de la amenaza imperialista que se cierne sobre su país -¡el más rodeado de bases militares norteamericanas de toda América Latina!- y el abandono de su programa original, el PT conserva todavía la fidelidad de un segmento mayoritario de los condenados de la tierra en Brasil y un cierto compromiso, pocas veces honrado pero aun así presente, con las aspiraciones emancipatorias de las clases populares que en 1980 le dieron nacimiento. Por eso, ante la ralentización de la reforma agraria en Brasil Dilma al menos siente que tiene que salir y explicar al MST las razones de comportamiento y prometer la adopción de algunas medidas para modificar esa situación. Aécio, en cambio, no tiene nada que ver con el MST ni con los campesinos brasileños, y ante sus reclamos responderá con la policía militarizada.
Quinto, lo anterior no implica exaltación alguna del PT, que en su triste involución pasó de ser una organización política moderadamente progresista a un típico “partido del orden” al cual el adjetivo de “reformista” le queda grande. Tampoco se desprende de nuestro razonamiento la necesidad o conveniencia de que las fuerzas de izquierda establezcan una alianza con el PT o sellen acuerdos
programáticos con él de cara al futuro. Pero en la actual coyuntura, definida por el hecho institucional de las elecciones presidenciales y no por la inminencia de una insurrección popular revolucionaria, el voto por Dilma es el único instrumento disponible en el Brasil para evitar un mal mayor, mucho mayor. Los compañeros que abogan por la neutralidad o la indiferencia deberían, para ser honestos, señalar cuál es la otra fuerza política que podría impedir la victoria de Aécio, y cuál es la estrategia política a utilizar para tal efecto, sea electoral (que no la hay) o extra-institucional o insurreccional, que nadie logra atisbar en el horizonte. Si no hay otra arma la izquierda no puede refugiarse en una pretendida neutralidad.  Y si se logra derrotar la reacción conservadora liderada por el PSDB (como muchos en América Latina y el Caribe fervientemente esperamos) habrá que aprovechar los cuatro años restantes para reorganizar el campo popular desorganizado, desmoralizado y desmovilizado por las políticas del PT. Y someter al segundo gobierno de Dilma a una crítica implacable, empujándola “desde abajo”, desde los movimientos sociales y las nuevas fuerzas partidarias, a adoptar las políticas necesarias para un ataque a fondo contra la pobreza y la desigualdad, contra la prepotencia de los oligopolios y los chantajes de las clases dominantes aliadas al imperialismo.
En el plano internacional el triunfo de los tucanos tendría gravísimas consecuencias porque entronizaría en el Planalto a una fuerza política sometida por completo a los dictados de la Casa Blanca;  sabotearía los procesos de integración supranacional en marcha como el Mercosur, la UNASUR y la CELAC; serviría como cabecera de playa para atacar a la Revolución Bolivariana y los gobiernos de izquierda y progresistas de la región; para aislar a la Revolución Cubana y para ofrecer el apoyo material y personal de Brasil para las infinitas guerras del imperio. No es que el imperio sea omnisciente, pero se equivoca muy poco a la hora de identificar a quienes no se pliegan incondicionalmente ante sus mandatos. Por algo ha lanzado, junto con sus aliados locales, una tremenda campaña internacional para que su candidato, Aécio, triunfe el próximo domingo. Nadie en la izquierda puede ignorar que, si tal cosa llegara a ocurrir, una larga noche se cerniría sobre América Latina y el Caribe, abriendo un paréntesis ominoso que quien sabe cuánto tiempo tardaríamos en cerrar. Sin extremar las analogías históricas convendría meditar sobre la suerte corrida por Thälmann y sus camaradas comunistas gracias a la adopción de una tesis que sostenía la esencial igualdad de todos los partidos políticos burgueses.
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Presentación de libro

Ediciones Luxemburg invita:
Miércoles 8 de octubre / 19 hs
Presentación del libro
El liberalismo en su laberinto
Renovación y límites en la obra de John Rawls
Atilio Boron y Fernando Lizárraga
[compiladores]

Rawls
Participan junto a los compiladores Migue Ángel Rossi y Cecilia Abdo Ferez
Los esperamos en
Badaraco Libros
Entre Ríos 932
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Consideraciones sobre el rumbo de Latinoamérica

ARTÍCULO DE ATILIO BORON
http://www.atilioboron.com.ar/2014/10/america-latina-entre-la-profundizacion.html
A continuación comparto una reflexión inicial sobre las ponencias y discusiones sostenidas en el Encuentro que las fuerzas de izquierda y progresistas tuvieron en Quito los días 29 y 30 de Septiembre sobre el tema “Las revoluciones de la Patria Grande: retos y desafíos”.

Primero, la constatación de que el ciclo de ascenso del movimiento popular en América Latina y el Caribe se ha detenido. Por supuesto, la dinámica de la lucha de clases sigue su curso en los distintos países, y en algunos casos con mucha intensidad, en donde se puede observar un archipiélago de resistencias a los acelerados procesos de desposesión y saqueo perpetrados por las grandes transnacionales del “agronegocios” y la minería, principalmente. Ciclo que, sin duda, podrá renacer en no demasiado tiempo, pero no en la inmediatez de la coyuntura actual. En otras palabras, la formidable marea de carácter continental desatada a finales del siglo veinte con el triunfo de Hugo Chávez en las elecciones presidenciales venezolanas de 1998 se ha estancado.
Podría decirse que el punto más elevado de este ciclo ascendente fue la derrota del ALCA en Mar del Plata en Noviembre del 2005, y que el estallido de la nueva crisis general del capitalismo en 2008 fue la que marcó el principio del fin de aquella fase. Un ejemplo elocuente de este proceso lo proporciona el auge y decadencia del Foro Social Mundial de Porto Alegre, importantísimo en los primeros años del siglo y reducido a la irrelevancia en los últimos tiempos. Otro ejemplo lo aporta la constatación de la “corrida hacia la derecha” del centro de gravedad del espectro político en países como la Argentina, Brasil, Uruguay, otrora puntales de la “centroizquierda” latinoamericana; o las crecientes presiones ejercidas por el bloque oligárquico-imperialista sobre los gobiernos bolivarianos de Bolivia, Ecuador y Venezuela.

Segundo, y como corolario de lo anterior, luego del desconcierto inicial y el retroceso experimentado por la derecha latinoamericana ante el avance del movimiento popular se desencadenó un proceso de reorganización y reacomodo de las fuerzas conservadoras. En línea con lo que observara Antonio Gramsci, en período de crisis estas mudan nombres, agendas, estrategias, tácticas, organizaciones y liderazgos para enfrentar, en nuestro caso bajo la dirección general de Washington, los desafíos planteados por la nueva situación. Las opciones son varias: apuesta al golpe de estado en Bolivia (2008) y Ecuador (2010) y fracasa, no por casualidad en dos países que habían experimentado vigorosos procesos de auge de masas. Ya antes, en una movida premonitoria, lo había intentado en Venezuela en el 2002 para derrocar a Hugo Chávez, pero la impresionante respuesta popular frustró esos propósitos esos propósitos.  Pero triunfó en dos eslabones más débiles de la cadena imperialista apelando a nuevas tácticas: los “golpes institucionales” en Honduras (2009) y Paraguay (2012). Esta “derecha recargada” se monta sobre el proyecto de recuperación y disciplinamiento de América Latina y el Caribe diseñada por la Casa Blanca a partir de las crecientes dificultades que su primacía encuentra en Medio Oriente, Asia Central y el Extremo Oriente, lo que la lleva a privilegiar el control de su “retaguardia estratégica” a cualquier precio. En este nuevo escenario, esa derecha patrocinada, financiada, organizada y aconsejada por Washington lanza un proyecto de “restauración conservadora” que combina estrategias institucionales (como la creación -o recreación- de partidos de una derecha neocolonial que opere falaz y provisoriamente dentro de las reglas del juego de la democracia) con otras de carácter francamente insurreccionales y sediciosas, como lo retrata con total claridad la agresión perpetrada en contra de la República Bolivariana de Venezuela con sus guarimbas que ocasionaron casi medio centenar de muertos una vez que la derecha volvió a morder el polvo de la derrota en las elecciones de fines del 2013. Entre ambas estrategias, las institucionales y las insurreccionales, se despliega un amplio abanico de opciones  intermedias, aunque todas ellas con un común denominador: reemplazar por cualquier medio a los gobiernos que no se alinean incondicionalmente con Washington. Por ejemplo, los que no admiten la instalación de bases militares norteamericanas en sus territorios. Esto los convierte automáticamente en enemigos a ser derrocados apelando a cualquier recurso.

Tercero, tener en cuenta los impactos fuertemente negativos que la actual crisis general del capitalismo ejerce, a través de múltiples conductos, sobre las economías latinoamericanas y sus implicaciones en los diversos esquemas regionales de integración como el Mercosur, la UNASUR, Petrocaribe, la CELAC, etcétera. La interminable recesión, que ya se prolonga por más de seis años, provocó la disminución de la demanda y de los precios de la mayoría de las commodities producidas en la región, crecientes restricciones y condicionamientos impuestos por los grandes capitales para realizar inversiones en países de la periferias y, en algunos casos, una caída en el volumen de las remesas de los emigrados, todo lo cual ha creado una situación fiscal cada vez más comprometida para los gobiernos del área. Esta combinación de factores afecta con mayor intensidad a países como Bolivia, Ecuador y Venezuela que en los últimos años se embarcaron en ambiciosos programas de reforma social, combate a la pobreza y la desigualdad y cuantiosas inversiones en infraestructura. El desequilibrio en las cuentas públicas agudiza la vulnerabilidad de las economías latinoamericanas, acrecienta su dependencia externa y debilita el impulso integracionista al tener que hacer frente a las tensiones comerciales y financieras de la coyuntura abriéndose a los influjos de la economía mundial, lo que va en desmedro de los acuerdos regionales de cooperación económica y política. Un ejemplo: si los países del ALBA necesitan cada vez más dólares para importar bienes esenciales para su aparato productivo tenderán inevitablemente a orientar sus relaciones económicas hacia países que puedan pagar en esa moneda por sus exportaciones en detrimento de los intercambios económicos pagaderos con el SUCRE o con monedas locales. El estancamiento del Mercosur tiene como una de sus causas precisamente esta misma situación. Y las restricciones en materia de integración económica poco tardan en proyectarse sobre la escena política. No sorprende, por lo tanto, que la UNASUR se haya visto negativamente afectada por el clima económico recesivo imperante en la economía mundial, clima que, con unos años de retraso en relación a su irrupción en los capitalismos metropolitanos, terminó por agobiar a los países del área.

Cuarto y último (por ahora, como decía el Comandante): consenso muy grande en el Encuentro acerca de que la sustentabilidad de los procesos de reformas no descansa sobre pactos o acuerdos con el establishment local o internacional (que la historia enseña que invariablemente terminan con la derrota del campo popular) sino sobre la ininterrumpida extensión y profundización de las reformas. No hay consolidación de lo ganado si la marcha se detiene, o si se cae en la trampa del falso realismo del  “posibilismo.” Claro que para continuar el avance no basta con apelaciones retóricas o  el culto al voluntarismo. Es necesario perfeccionar la organización de los movimientos sociales y fuerzas políticas identificadas con el proceso de transformaciones y trabajar incansablemente en eso que Fidel llama “la batalla de ideas”, la concientización del campo popular. En suma: la fórmula de la sustentabilidad de estos procesos que cambiaron el mapa sociopolítico latinoamericano desde comienzos de siglo es “organización + concientización”. A sabiendas, va de suyo, que cada avance hacia un horizonte revolucionario -hacia la construcción de una sociedad no sólo posneoliberal sino poscapitalista- desencadenará las más feroces reacciones de la derecha vernácula y sus amos imperialistas como desgraciadamente lo prueba el asesinato perpetrado en el día de ayer en Caracas  del joven diputado chavista Robert Serra. Algunos sectores del progresismo (e inclusive de una cierta izquierda) pueden caer en un eclecticismo teórico en relación al carácter omnipresente y permanente de la lucha de clases, cosa que jamás ocurre con nuestros enemigos, demasiado acostumbrados al ejercicio del poder como para distraerse en esas tonterías. La derecha, la burguesía imperial y sus aliados en la periferia saben que la lucha de clases es tan real e inexorable como la ley de la gravedad, y llevan esta creencia hasta sus últimas consecuencias en el terreno de la praxis. Si para prevalecer en el conflicto tienen que matar van a matar; si tienen que torturar van a torturar; si tienen que desaparecer a sus enemigos los harán desaparecer. Avanzar resueltamente es la única manera de desbaratar sus planes.
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