“RELACIONES ENTRE RUSIA Y LATINOAMÉRICA DENTRO DEL CONTEXTO GLOBAL” (Charla pública)

Charla pública

RELACIONES ENTRE RUSIA Y LATINOAMÉRICA
DENTRO DEL CONTEXTO GLOBAL”

A cargo del Profesor- Catedrático VLADIMIR  DAVYDOV
Moderación: Atilio A. Boron

vladimir-davydov

El disertante es economista y politólogo. Graduado en la Universidad Estatal de Moscú M. V. Lomonosov, es el más importante experto de Rusia sobre América Latina y el mundo ibérico.  Es Director del Instituto de Latinoamérica de la Academia de Ciencias de Rusia, Presidente de la Asociación de Estudios sobre el Mundo Iberoamericano y Miembro del Consejo Científico del Ministerio de Relaciones Exteriores de Rusia, cargo que desempeña desde el 2008. Además es Profesor en la Universidad Estatal de Moscú M. V. Lomonosov entre otros cargos de gran relevancia en la administración pública rusa. Autor de numerosos  libros y artículos, unas 320 en total entre los que se destacan los más recientes

Latinoamérica hoy. Una visión actualizada desde Rusia (México, 2007);

Las perspectivas de BRIC y la formación del mundo multipolar (Moscú, 2008);

Crisis, la política anticrisis y las perspectivas del desarrollo postcrisis (Moscú, 2010);

Editor  jefe y coautor del libro  Latinoamérica en el contexto de la crisis global (Moscú, 2012);

Editor jefe de la Enciclopedia “América Latina (Moscú, 2013); y su más reciente obra, en carácter de Editor y autor del libro  BRICS – América Latina: posicionamiento y interacción (Moscú, 2014)

Durante un homenaje realizado a Hugo Chávez en Moscú, poco después de su muerte, Davydov dijo que “Se trata de una persona notable, de un líder estatal de gran escala que fue una influencia enorme, no solamente en el desarrollo de la economía de su país sino también en el sistema de relaciones internacionales en el mundo. El investigador comentó que la humanidad está presenciando los finales de una época entera y los inicios de una nueva era de transición, de un mundo unipolar a uno pluripolar. En ese sentido, acotó que Latinoamérica es el mejor lugar del mundo para vivir estos cambios y aseveró que eso Hugo Chávez lo comprendió muy bien.

Pocos temas pueden ser más relevantes en la actual coyuntura internacional que el nuevo papel global de Rusia y su proyección sobre Nuestra América. Por eso los invito a todas y todos a asistir a la charla que tendrá lugar el próximo MIÉRCOLES 25 DE FEBRERO, a las 19 horas, en  la Sala Meyer Dubrovsky del 3er piso del CENTRO CULTURAL DE LA COOPERACIÓN, Corrientes 1543, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Entrada Libre y Gratuita.

ORGANIZA. PLED: Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales del Centro Cultural de la Cooperación.

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Cuba y la Internet ¿Quién bloquea a quien?

(Por Atilio A. Boron)  El nerviosismo que se ha apoderado de la derecha latinoamericana con la “normalización” de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba ha desatado una serie de manifestaciones que asombran por la impunidad con que se desfigura la realidad. Un ejemplo lo ofrece la columna de Andrés Oppenheimer en La Nación del Martes 2 de Febrero cuyo título lo dice todo: “La clave de la libertad en Cuba es el acceso a Internet.” El articulista, conocido por su visceral rechazo a toda la obra dela Revolución Cubana, se pregunta si “el régimen cubano aceptará la ayuda estadounidense para expandir el acceso a Internet.” Poco más adelante recuerda que en su discurso del 17 de Diciembre del 2014 Obama dijo que Washington eliminará varias regulaciones que impedían a las empresas estadounidenses exportar teléfonos inteligentes, software de Internet y otros equipos de telecomunicaciones, pero a juzgar por lo que me dicen varios visitantes que acaban de regresar de la isla, hay buenas razones para ser escépticos respecto de que el régimen cubano lo permita.” El remate de su artículo es de antología: “Washington debería centrarse en Internet. Y si Cuba no quiere hablar del tema, Estados Unidos y los países latinoamericanos deberían denunciar al régimen cubano por lo que es: una dictadura militar a la que ya se le acabaron las excusas para seguir prohibiendo el acceso a Internet en la isla.”

Prefiero no perder tiempo en rebatir la inaudita caracterización de Cuba como una dictadura militar, que en un examen de Introducción a la Ciencia Política merecería el fulminante aplazo del estudiante que osara manifestar una ocurrencia (que no es lo mismo que una idea, más respeto a Hegel, ¡por favor!) de ese tipo. Oppenheimer no es uno de los energúmenos que pululan en la televisión norteamericana, violadores seriales de las más elementales normas del oficio periodístico. Pero el nerviosismo y la desesperación que se ha apoderado de los grupos anticastristas de Miami -cada vez más reducidos y desprestigiados- lo deben haber contagiado e impulsado a escribir una nota pletórica de falsedades. Me limitaré a señalar tres.

Red de cables submarinos de telecomunicaciones e Internet: México, Centro América y el Caribe conectados, salvo Cuba, sólo enlazada físicamente por el cable que parte de Venezuela

Primero, no puede ignorar que a causa del bloqueo Cuba ingresó parcial y tardíamente al ciberespacio, y cuando se produjo la vertiginosa expansión de la banda ancha y de la Internet la Casa Blanca presionó brutalmente a quienes le ofrecían esos servicios a la isla para que los interrumpieran de inmediato, orden que por supuesto no pudo ser desobedecida por los pequeños países de la cuenca del Caribe. Por eso, hasta la llegada del cable submarino procedente de Venezuela, hace poco más de un año, la conexión de Internet en Cuba se hacía exclusivamente por satélite. Ahora existe ese enlace físico, pero desgraciadamente el grueso del creciente tráfico cubano todavía debe transitar a través de lentos y muy costosos enlaces satelitales, y con un ancho de banda absolutamente insuficiente. Problemas que no se deben a una decisión deLa Habana sino a la obcecación de Washington.

Segundo, antes de preguntarse si La Habana  aceptará la ayuda que promete Obama convendría que Oppenheimer averiguase si Washington aceptará poner fin al cerco informático dispuesto en contra de Cuba. Su argumento parece salido de una canción para niños de María E. Walsh: “El reino del revés”.  No fue Cuba quien ante el advenimiento de la revolución de las comunicaciones decidió hacerse un harakiri informático sino que fue el imperio quien, consciente de la importancia de esas nuevas tecnologías, extendió los alcances de su criminal bloqueo para incluir también a la Internet. Cualquiera que haya visitado ese país sabe que no se puede acceder a muchísimos sitios de la red ni disponer de los principales instrumentos de navegación en el ciberespacio. Si lo intenta casi invariablemente aparecerá un fatídico mensaje de “Error 403”diciendo algo así como “Desde el lugar en que se encuentra no podrá acceder a este URL” u otro más elocuente: “El país en el que se encuentra tiene prohibido acceder a esta página”. No se puede utilizar el Skype, el Google Earth, o  las plataformas de desarrollo colaborativo Google Code y Source Force, o descargar libremente las aplicaciones del Android. Y cuando se puede, el reducido ancho de banda hace prácticamente imposible trabajar con un mínimo de rapidez y eficiencia. Todo esto, ¿por culpa del gobierno cubano? A mediados del año pasado el CEO de Google,Eric Schmidt, encabezó una delegación que visitó a Cuba como respuesta a las acusaciones de que el gigante informático bloqueaba el acceso a sus servicios. Después de comprobar que  varios productos de Google no estaban disponibles Schmidt señaló oblicuamente al responsable al decir que “las sanciones estadounidenses en contra de Cuba desafiaban a la razón.”

Tercero, tal vez Oppenheimer tiene razón en su escepticismo, pero no por causa de Cuba sino de Estados Unidos. Porque, ¿cómo olvidar que a comienzos de su primer mandato Obama ya había prometido lo que volvió a prometer hace poco más de un mes: “suavizar” algunas sanciones contempladas para las empresas informáticas que tengan negocios con Cuba? ¿Qué fue lo que ocurrió? Poco y nada. Ojalá que ahora sea diferente. La Ley Torricelli, de 1992, había permitido la conexión a Internet por vía satelital pero con una decisiva restricción: que cada prestación fuese contratada con empresas norteamericanas o sus subsidiarias previa aprobación del Departamento del Tesoro. Este impuso estrictos límites y estableció sanciones extraordinarias –por ejemplo, multas de 50 000 dólares por cada violación- para quienes favorecieran, dentro o fuera de los Estados Unidos, el acceso de los cubanos a la red. Lo que hizo Obama, en Marzo del 2010, fue eliminar algunas de estas  sanciones, especialmente para las empresas que faciliten gratuitamente aplicaciones de correo electrónico, chat y similares. Pese a ello, en 2012, la sucursal en Panamá de la compañía Ericsson tuvo que pagar una multa de casi dos millones de dólares al Departamento de Comercio de Estados Unidos por violar las restricciones de exportación de equipos de comunicación a Cuba. Como siempre: una de cal, otra de arena. Por eso la accesibilidad sin restricciones a la red continúa tropezando con los grilletes del bloqueo. La “ciberguerra” que Washington le ha declarado a Cuba, un país que sigue estando escandalosamente incluido en la lista de los “patrocinadores del terrorismo”, continúa su curso. ¿Cumplirá esta vez Obama con su promesa? ¿Quién es el que “prohíbe” el acceso a la Interneten Cuba?
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EEUU y Cuba: un denso diálogo

(Por Atilio Boron) Comenzaron este miércoles en el Palacio de Convenciones de La Habana las conversaciones para normalizar las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba, dando así cumplimiento a lo anunciado conjuntamente por los presidentes Barack Obama y Raúl Castro el 17 de Diciembre pasado. El jueves se incorporó a la reunión Roberta Jacobson, subsecretaria de Estado para el Hemisferio Occidental. Con su llegada la agenda temática se ampliará considerablemente haciendo lugar a un nutrido listado de asuntos pendientes, producto de largas décadas de confrontaciones.

El inicio de estos intercambios será apenas el primer paso de un largo y dificultoso trayecto, erizado de acechanzas. Hay quienes en Cuba y fuera de ella sostienen que la reanudación de las relaciones diplomáticas pondrá en peligro la continuidad de la Revolución al abrir la Isla a los aplastantes influjos económicos, políticos e ideológicos del imperio. Pero se equivocan: primero porque aquellos ya se hacen sentir, y bajo sus formas más perversas. ¿O es que el bloqueo no ejerce una influencia crucial, y enormemente perniciosa, sobre la economía cubana? La condición insular de Cuba, por otra parte, no la pone a salvo de las nefastas influencias de las corrientes políticas e ideológicas prevalecientes en el país del Norte o en Europa, o de las modas de diverso tipo, desde la música hasta la literatura, pasando por los gustos estéticos, los estilos de vida, la indumentaria y el arreglo personal. Y se equivocan también porque si hay algo que con certeza puede dañar irreparablemente a la Revolución Cubana es la prolongación indefinida del bloqueo, sobre todo teniendo en cuenta la lenta pero inexorable desaparición de los cubanos que nacieron poco antes o en los primeros años de la Revolución y el inevitable recambio generacional que más pronto que tarde tendrá que llevarse a cabo en su núcleo dirigente. Es menester recordar que la fortaleza de la Revolución Cubana no radica en su economía, sino en su cultura y su política; y que si resistió sin desmoronarse luego de la desintegración de la Unión Soviética y más de medio siglo de bloqueo no fue por la salud de su economía sino por la formidable solidez de una tradición político-ideológica que hunde sus raíces en la guerra de la independencia contra España, en el luminoso magisterio de Martí y en la extraordinaria obra político-pedagógica de Fidel. Para resumir: no se trata de minimizar el daño realizado por el bloqueo más prolongado de que se tenga noticia en la historia universal, y sin el cual los logros de la Revolución habrían sido aún mayores de lo que fueron. Si ahora Washington está dispuesto a ponerle fin es porque resultó ser un arma de doble filo: al intentar asfixiar a Cuba atizó las contradicciones al interior de Estados Unidos entre crecientes segmentos de la población y grupos empresariales que rechazaban esa política, y enfrentaban a los “halcones-gallina” -como los denominara el inolvidable Juan Gelman- y a la mafia de Miami, especie que afortunadamente ya se bate en humillante retirada. Enfrentaban también, hasta épocas recientes, al retrógrado establishment militar y a la “comunidad de inteligencia”, por razones que, como veremos más abajo, han perdido vigencia en la coyuntura geopolítica actual. Además, para colmo de males, el bloqueo no sirvió, como lo reconocieran Obama y el Secretario de Estado John Kerry, y enrareció la relación de Washington con sus cada vez más díscolos vecinos del sur e, inclusive, con países europeos afectados, como recientemente ocurriera con Francia y Alemania, por las absurdas sanciones económicas de una legislación extraterritorial como la Ley Helms-Burton diseñada para perjudicar a Cuba pero que produce significativos “daños colaterales” en la economía de terceros países. Habrá tal vez sido obra de la “astucia de la razón” invocada por Hegel, pero lo cierto es que si el bloqueo fue concebido como una forma de aislar a Cuba quien terminó aislado fue Estados Unidos, y quien tuvo que aceptar sentarse a la mesa de negociaciones fue Washington, a pesar de haber rechazado esa invitación que le formulara el gobierno cubano durante medio siglo. No es un dato menor que las encuestas de opinión pública en Estados Unidos confirmen que dos de cada tres norteamericanos están a favor del levantamiento del bloqueo y la normalización de la relaciones con la isla rebelde.

La inminente apertura de embajadas en ambos países será el primer paso para poner fin al bloqueo. Sería un ridículo mundial que Estados Unidos estableciera relaciones diplomáticas con un país, lo que supone sujetarse a lo estipulado en la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas en un marco de igualdad jurídica y respeto por la soberanía de las partes y, al mismo tiempo, mantuviera una agresiva política destinada a derrocar al gobierno con el que se está negociando la normalización de sus relaciones.

La agenda incluye numerosos ítems muy litigiosos, algunos de los cuales apenas si podemos mencionar aquí: el tema migratorio es uno de ellos, lo cual requeriría derogar la absurda legislación estadounidense en la materia. Creemos no equivocarnos si decimos que Estados Unidos es el único país del mundo que tiene no una sino dos políticas migratorias: una, exclusiva para Cuba –regida por Ley de Ajuste Cubano y la política ‘pies secos, pies mojados’ - y otra para el resto de los países. Mediante la primera se reprime la migración legal a Estados Unidos, creando tensiones para el gobierno cubano, al paso que perversamente se estimula la migración ilegal, concediéndosele a quienes llegan a sus playas la residencia, permiso de trabajo y todas las franquicias imaginables. La otra política se aplica a todos los países, que en el caso de los migrantes centroamericanos, mexicanos y caribeños, es de una extrema crueldad: no sólo que no se los recibe como a los cubanos sino que se los persigue como a bestias feroces -aún en el caso de los niños, como nos hemos enterado recientemente- y si llegan a entrar a Estados Unidos en cuanto se los descubre se los deporta sin más contemplaciones. Si a lo largo de toda su historia 223 personas cayeron en su intento por cruzar el Muro de Berlín (1961-1989), en la frontera que separa México de Estados Unidos se registraron en los últimos quince años 5.600 muertes por la misma causa. Para empeorar las cosas, el gobierno de George W. Bush puso en vigor, en el año 2006, una serie de regulaciones destinadas a fomentar la deserción de los médicos y trabajadores de la salud cubanos trabajando en el exterior, en su gran mayoría en países muy pobres y en los cuales la atención médica es un privilegio disponible para unos pocos. Pese a su calculada malevosía el plan fue un fracaso pues fue ínfimo el número de quienes cayeron en esa trampa. Casi todos los trabajadores de la salud siguieron firmes en sus puestos, fieles al noble internacionalismo de la Revolución Cubana. Todos estos asuntos que hacen a la política migratoria de Estados Unidos deberán ser sometidos a una drástica revisión en las conversaciones en curso.

Otro tema apremiante es la eliminación de Cuba de la lista de países que patrocinan al terrorismo, y que año tras año publica el Departamento de Estado. La inclusión de Cuba en esa lista es una maniobra incalificable porque ha sido un país que ha combatido como muy pocos al terrorismo y, por otra parte, uno de los que más ha sufrido a causa de ese flagelo desde los primeros días de la Revolución. Por haber ido a luchar contra esta peste en su madriguera de la Florida cinco de sus hijos purgaron largos años de injusta prisión en Estados Unidos. No deja de ser una cruel ironía que quien elabora puntualmente esa “lista negra” sea, a juicio de algunos insignes norteamericanos como Noam Chomsky, el gobierno de un país que con el paso del tiempo se convirtió en el principal terrorista del planeta y santuario y refugio de criminales como Orlando Bosch, Luis Posada Carriles y tantos otros, apañados y protegidos por importantes figuras del establishment político norteamericano. Mantener a Cuba en esa lista no es sólo una infamia sino además un factor que dificulta enormemente las relaciones económicas internacionales de La Habana ya que la somete a innumerables restricciones que se agregan a las originadas por el bloqueo.

Otro de los asuntos que deberá estar en la mesa de discusiones es el de los pasos a dar para comenzar a desarticular las políticas y regulaciones que configuran el bloqueo, y que la Casa Blanca tiene atribuciones que le permiten hacerlo, teniendo a la vista la derogación de la Ley Helms-Burton, votada en el Congreso en 1996.Tal como lo ha demostrado Salim Lamrani en un artículo reciente, el presidente Obama puede tomar algunas iniciativas que, en la práctica, relajen considerablemente los efectos asfixiantes del bloqueo. Habrá que trabajar para derogar aquella ley, pero mientras tanto es mucho lo que se puede hacer. [1] Bastaría, como lo anota Lamrani, que se levante la prohibición existente para que los estadounidenses viajen a Cuba como turistas ordinarios para derramar importantes beneficios y estímulos económicos sobre grandes sectores de la población vinculada, directa o indirectamente, con el turismo. Tan absurda es la postura actual de Washington que mientras pesa esa prohibición de viajar a Cuba cualquier ciudadano de Estados Unidos puede visitar Corea del Norte y, ni digamos, China o Vietnam sin obstáculo alguno. Si el levantamiento de esta restricción se acompaña con una política de permitir mayores adquisiciones de productos cubanos, como tabaco y ron, por ejemplo, los efectos benignos serían mayores aún. Habrá que ver si Obama tiene las agallas necesarias para afrontar esta tarea, pero presiones internas para poner fin al bloqueo procedentes del mundo empresario y, sobre todo, de la “comunidad de inteligencia” y el Pentágono, no le faltarán. Además, sería inconcebible mantener el bloqueo con un país vecino con el que se pretende normalizar las relaciones y que tiene una comunidad de inmigrantes de casi tres millones de personas concentrados en la Florida. Un mínimo de coherencia obliga a acabar con el bloqueo sin más dilaciones.

Según el muy reaccionario senador republicano Marco Rubio Washington debería incluir en la discusión con los cubanos la compensación por las propiedades o empresas de nacionales de Estados Unidos nacionalizadas en los primeros años de la Revolución. Si tal cosa llegar a ocurrir Cuba podría replicar exigiendo una compensación infinitamente mayor como reparación por medio siglo de ataques, agresiones, destrucción de propiedades, pérdida de vidas humanas; otro tanto por la invasión de Playa Girón y sus consecuencias; y, antes, por la ocupación y usurpación del territorio de Guantánamo, que debería ser reintegrado a la soberanía cubana una vez desahuciado el fraudulento tratado de 1903 mediante el cual una Cuba desangrada por la guerra contra España y cuya victoria le fuera arrebatada por Estados Unidos le arrendaba en perpetuidad la zona de la Bahía de Guantánamo. En todo caso, como se desprende de esta muy sucinta enumeración, la agenda del diálogo cubano-estadounidense promete ser muy controversial.

Al anunciar su viaje, Roberta Jacobson dijo que el día viernes desayunaría con representantes de los disidentes y los supuestos “presos políticos” cubanos luego de lo cual ofrecería una conferencia de prensa. Arduo trabajo le espera a los representantes de Cuba en la segunda ronda de conversaciones, que presumiblemente se realizaría en Estados Unidos, cuando en reciprocidad con el gesto insolente e ingerencista de Jacobson pidan desayunar también ellos con los representantes de los 474 presos políticos de los que se tiene registro en el país del Norte (con exclusión de los 5 héroes cubanos recientemente liberados), amén de muchos otros que no alcanzan todavía a ser identificados como tales. Este listado incluye a los 122 presos políticos que al día de hoy continúan aherrojados en Guantánamo violando todas las normas del debido proceso; los más de doscientos prisioneros de los pueblos originarios de Norteamérica y de los cuales jamás se habla; el caso escandaloso del patriota puertorriqueño y nuestroamericano Oscar López Rivera, recluído desde hace más de treinta años en cárceles de máxima seguridad por el crimen de luchar por la independencia de su bello país; el del soldado Bradley Manning, que hizo posible junto a otros dos que Washington arde en deseos de apresarlos a como de lugar: Julian Assange y Edward Snowden, la revelación de las siniestras maquinaciones y los crímenes que perpetra el imperialismo para sojuzgar a pueblos y naciones de todo el mundo. [2]

Para concluir: las negociaciones no serán fáciles, pero nada lo es en el mundo de la política. Conviene recordar, empero, que Washington tiene más premura que La Habana para avanzar por el camino de la normalización de las relaciones, y no por razones humanitarias, altruistas o por respeto a la legalidad internacional. En su audiencia de confirmación ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado de Estados Unidos en 2011 la señora Jacobson dijo algo cuyo profundo significado muy pocos supieron interpretar pero que ahora se torna evidente: “Las embajadas estadounidenses no son un regalo para los países. Además de las funciones consulares y otras, una embajada también puede mantener una observación cercana sobre los regímenes acusados de medidas severas contra los derechos humanos”. Jacobson expresó subliminalmente la grave preocupación de la “comunidad de inteligencia” yankee y del Pentágono por no contar con un adecuado puesto de observación en la mayor de las Antillas, con proyección sobre todo el Mar Caribe. Esto, además, en momentos en que los países que en los documentos oficiales de la CIA, la NSA y el Pentágono aparecen como los enemigos a contener y de ser posible derrotar, China y Rusia, acrecentaron significativamente su presencia en Cuba y en la cuenca del Gran Caribe. Nada mejor que una embajada para desempeñar esas “otras” funciones a la que aludía sibilinamente Jacobson y que no son otras que la recolección de inteligencia y espionaje sobre las actividades de países enemigos y el estímulo para el surgimiento de actores y fuerzas sociales que podrían convertirse en los protagonistas del tan ansiado “cambio de régimen” en Cuba, objetivo al que Washington jamás renunciará y que se estrellará, como tantas veces en el pasado, con la conciencia y la voluntad revolucionaria del pueblo cubano. Una oportuna coincidencia subraya la importancia de esta dimensión geopolítica oculta bajo el discurso de la normalización diplomática y migratoria: un día antes de que comenzaran estas conversaciones entre Cuba y Estados Unidos atracaba en el puerto de La Habana el “Viktor Leonov”, un buque de inteligencia de la Marina de Guerra de Rusia dotado de las más perfeccionadas tecnologías de vigilancia y monitoreos electrónicos. Como decía Martí, en política lo más importante es lo que no se ve, o no se habla.

* Una versión resumida de este artículo fue publicada por el diario Página/12 en su edición del jueves 21 de Enero.


[1] Ver Salim Lamrani, ¿Obama puede poner fin a las sanciones económicas contra Cuba?, en La Pupila Insomne, https://lapupilainsomne.wordpress.com/

[2] Los datos sobre los prisioneros políticos en Estados Unidos se encuentran disponibles en http://www.contrainjerencia.com/?p=67793

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Declaración sobre la muerte del fiscal Nisman y la situación argentina

Subimos este comunicado que emitió la Rama Argentina de la Asociación Americana de Juristas manifestándose acerca de la muerte del fiscal Nisman y todas las implicaciones políticas y  jurídicas  en relación a este trágico suceso.

Declaración por la muerte de Nisman

La Asociación Argentina de Juristas -Rama Nacional de la Asociación Americana de Juristas, organización no gubernamental, con estatuto consultivo en la ONU- entre cuyos objetivos se encuentran la lucha por la autodeterminación de los pueblos, la promoción de los derechos humanos y su efectiva vigencia, y la defensa del estado democrático y social de derecho; expresa su profunda preocupación por la súbita aparición en nuestro país, de un conjunto de hechos típicos de los procesos de desestabilización institucional. Su característica enmarca a la perfección en la nueva metodología de los llamados “golpes blandos”, contra los gobiernos que no se someten al dominio imperial y promueven la integración regional de América Latina y el Caribe, a través del Mercosur, la Unasur, la Celac y el Alba, para enfrentarlo.

Se trata de construir en el imaginario social la imputación de responsabilidad en hechos repudiables, de la Presidenta de la Republica, sus funcionarios de mayor jerarquía, y de los sectores del partido de gobierno más avanzados en su discurso. Los encargados de ejecutar el plan son los medios de comunicación hegemónicos, un sector predominante del aparato de la administración de justicia y políticos de oposición ávidos de sacar ventaja para la próxima contienda electoral. Todos esos elementos se verifican en este momento, con el agregado de la inescrupulosa intención - expuesta abierta o sibilinamente- de responsabilizar al gobierno de la lamentable muerte del Fiscal Nisman. La imputación a la Presidenta y al canciller Timerman del propósito de levantar el alerta roja de Interpol sobre los acusados iraníes está desmentida abrumadoramente con las declaraciones del Secretario Ejecutivo de Interpol, y, sobre todo, con el propio memorándum firmado con Irak y los hechos posteriores al mismo. No hay delito de encubrimiento, ni siquiera en grado de tentativa. Nisman no podía ignorarlo. Ello explica que se fuera de vacaciones a Europa, teniendo en su poder las escuchas telefónicas, la única base de su denuncia. Su precipitado regreso debe responder a alguna convocatoria, que no pudiese desobedecer. No cabe duda alguna que su muerte, sea suicidio o asesinato, está entrelazada con su “denuncia”, y le otorga el dramatismo necesario para diluir la falta de sustento fáctico y jurídico de esa presentación -que incluso genera dudas sobre su autoría- y en cualquier caso no ameritaba ninguna urgencia. Probablemente determinó su propio destino, porque si la denuncia se desinflaba, la existencia de Nisman resultaba un estorbo para los planes de sus “amigos” desplazados de la Secretaria de Inteligencia, y sus conexiones con otros servicios extranjeros, con los cuales está plenamente acreditado tenía una estrecha relación de años, y consideraron que el clima internacional generado por el atentado terrorista de París, era el momento adecuado para esa denuncia.

Para comprender más cabalmente la situación es preciso señalar otros elementos producidos en los días previos a la denuncia de Nisman:

  1. La actuación de la cúpula de la Asociación de Magistrados y Funcionarios de la Justicia Nacional, como punta de lanza de la campaña desestabilizante, que interpuso un amparo para invalidar la correcta designación efectuada por la Procuradora General de la Nación, de 16 fiscales, para cumplir con la ley que modificó el Código Procesal Penal.
  2. La denuncia penal infundada, de dos ignotas ONGs contra la Presidenta de la Nación por los acuerdos firmados con China, cuyo único propósito es generar una efímera publicidad, contributiva a la generación del clima antigubernamental. Y en los días posteriores aparece una denuncia del Fiscal Germán Moldes, en la que involucra en encubrimiento de un presunto delito de lavado, a la Presidenta y al Director de la AFIP, y un comunicado firmado por el Presidente de la Asociación de Magistrados y Funcionarios de la Justicia Nacional, Ricardo Recondo, afirmando que “el contexto de extrema tensión y hostilidad que algunos legisladores oficialistas y funcionarios del Poder Ejecutivo acional han generado en derredor de la investigación del fiscal, resulta repugnante al respeto y sometimiento a la labor de la justicia que debe observar cualquier persona y, más aun, los funcionarios públicos” … “la muerte del fiscal Nisman resulta en sí un hecho portador de extrema gravedad institucional, cuyas implicancias -que se proyectan en el ámbito internacional- requieren el pronto y eficiente esclarecimiento de su desaparición física”. La “proyección internacional”, o más bien, la conjura internacional, y desde donde se dirige, se expresa claramente a través de editoriales de los medios de prensa de EEUU. El más medido New York Time, hace un llamado para que se instituya una “investigación internacional” a cargo de juristas sobre el atentado de la AMIA, a la vez que llama la atención sobre la “sospechosa muerte” del fiscal Alberto Nisman”. El conservador “The Washington Times” dice que EE.UU. y Europa deben sancionar al país por el “asesinato de Alberto isman”, “La Argentina ha sufrido un proceso de chavización bajo la presidencia de Kirchner y se está convirtiendo en un régimen autoritario”, afirma que “isman tenía fuertes conexiones en los Estados Unidos… fue un héroe, un hombre de gran valor en un país donde reina la impunidad”, y reclama que “las naciones occidentales deben sancionar y aislar a los líderes argentinos”… “Los Estados Unidos deben suspender las visas a los miembros del gobierno argentino (así como otros gobiernos de América Latina, principalmente de países del ALBA y Brasil) y sus instituciones de seguridad como un medio para ejercer presión sobre el gobierno argentino”. Una lectura sistemática de los grandes medios de prensa no deja dudas sobre el riesgo para la democracia y sus instituciones que afrontamos. A mero título ejemplificativo veamos la nota de Rogelio Alaniz, del día de la fecha en la pág. 33 del diario “La Nación”, bajo el título, “Del crimen político al Estado mafioso”, en tipo de letra del mayor tamaño de ese medio, con subtítulos del tipo “Este gobierno no sólo no ha controlado a sus perros, sino que les ha enseñado a morder”, y en un texto que imputa directamente al gobierno del asesinato de Nisman, comparando a la Presidenta argentina, con Anastasio Somoza y Benito Musolini. Y termina con un llamado: “Algo debemos hacer como ciudadanos, antes que a la indignación que hoy nos domina le suceda el miedo paralizante y antes que la hora de la democracia sea desplazada por el tiempo de los gangsters”.

Por tanto, la Asociación Argentina de Juristas, reclama:

  • Una profunda investigación de la muerte del fiscal Nisman, y agotar los esfuerzos para encauzar la investigación del atentado a la AMIA, y el juicio y castigo para los responsables materiales y/o intelectuales del atentado a la AMIA, de su encubrimiento y del desvío de la causa.
  • Terminar con el manejo y condicionamiento de jueces y fiscales por el Servicio de Inteligencia, eliminar los reductos y las prácticas mafiosas, determinar y denunciarse de cara a la sociedad a qué intereses responden esos “grupos” y quienes lo integran, y sobre todo, esencialmente, impedir que en el desempeño de sus funcionarios, la Secretaria de Inteligencia del Estado se encuentre subordinada a servicios de inteligencia de otros países, convirtiendo el terreno de nuestra seguridad interior, en el campo de batalla de los intereses de potencias extranjeras, poniendo en zozobra la vida y la tranquilidad de todos quienes habitamos el suelo argentino, y violando el principio de soberanía, base sobre la cual se sustentan los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales de todos los pueblos. Debe investigarse, apartarse y juzgarse hasta el último eslabón de estos enclaves mercenarios al servicio de oscuros intereses extranjeros. En esta tarea deben estar comprometidos los tres poderes del Estado, conjuntamente con todos los actores políticos, institucionales y sociales, que deben definirse, anteponiendo los intereses nacionales a cualquier rédito partidario; para que nunca más pretenda definirse los destinos de nuestro país mediante asesinatos y operaciones que alteran la convivencia de nuestro pueblo, y su aspiración del respeto pleno de su voluntad popular, expresada a través de elecciones libres y democráticas.

Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 24 de enero de 2015.- Eugenio Raul Zaffaroni Presidente Claudia V. Rocca Maria G. de Diaz De Guijarro Vice-Presidenta Secretaria General Rama Argentina

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¿Rumbo hacia una Tercera Guerra Mundial?

(Por Atilio A. Boron) Paso a paso, el mundo parece encaminarse hacia la Tercera Guerra Mundial. La OTAN estrecha cada vez más el círculo trazado sobre Rusia, llevando a sus extremos un proceso que fue el objetivo político fundamental perseguido, en el teatro europeo, por los sucesivos gobiernos demócratas y republicanos que ocuparon la Casa Blanca desde los comienzos de la Guerra Fría. Y a lo anterior hay que sumar la declaración de guerra económica que, en los hechos, ha decretado el gobierno de Estados Unidos.

La ofensiva de la OTAN se aceleró hace un cuarto de siglo, en coincidencia con la caída del Muro de Berlín en 1989. En esa ocasión, tanto el presidente de los Estados Unidos, George  H. W. Bush (padre) como el Canciller alemán Helmut Kohl le aseguraron al líder soviético Mikhail Gorbachov que la OTAN se mantendría dentro de las fronteras pactadas con Moscú y los miembros del Pacto de Varsovia a la salida de la Segunda Guerra Mundial. Esa promesa, como tantas otras hechas al respecto, fue luego desechada sin más trámite. Especial mención merece el caso de Helmut Kohl (que, hay que recordarlo, a poco de abandonar su cargo se revelaron varios escandalosos casos de corrupción a favor de su partido, la Democracia Cristiana, y otro en provecho propio) quien dio su palabra de que  las tropas de la OTAN no se desplazarían “ni una pulgada” hacia el Este, ni siquiera en el territorio de la ex República Democrática Alemana. Por supuesto, ocurrió exactamente lo contrario. En síntesis, Bush padre y Kohl, a cual más mentiroso. Gorbachov cayó en la trampa y procedió a retirar unilateralmente los 380.000 efectivos soviéticos estacionados en la RDA en virtud de un tratado firmado a fines de la Segunda Guerra (y que contemplaba un número similar o tal vez mayor de fuerzas de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia en Alemania Occidental donde, por ejemplo, al día de hoy Washington todavía mantiene 40.300 efectivos).  Ni bien se produjo la retirada de aquellas fuerzas lo primero que hicieron los gobiernos de estos países –fervorosos amantes de la paz, por supuesto-  fue instalar las fuerzas de la OTAN en los territorios de la antigua Alemania Oriental, demostrando con la contundencia de los hechos que tanto Kohl como Bush padre y luego Bill Clinton eran unos personajes despreciables, mentirosos y de una contumaz inescrupulosidad moral.

La expansión de la OTAN, entre 1949 y el 2009
Con la desintegración de la Unión Soviética acaecida en 1991-1992 el terreno quedó despejado para avanzar en la creación de una versión siglo veintiuno del “cordón sanitario” impuesto contra de la joven república soviética en 1918.  En 1999 se incorporan a la OTAN  República Checa, Hungría y Polonia y ya con George W. Bush, hijo, en el 2004 se produce una nueva expansión con la incorporación de Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumania, Eslovaquia y Eslovenia. Finalmente, en el 2009 se integran a esa coalición “rusofóbica” Albania y Croacia.  Esto no es todo: hay otros países que ya se encuentran en proceso de accesión a la OTAN: Bosnia-Herzegovina, Macedonia y Montenegro, entre los más avanzados. Georgia y Ucrania, dos países limítrofes con Rusia, están transitando por la misma vía pero aún no son miembros de la organización.  La crisis estallada en Ucrania es según el profesor de la Universidad de Chicago John J. Mearsheimer consecuencia directa de la expansión de la OTAN hacia el Este y, en menor medida, de las políticas de la Unión Europea para absorber a aquel país en su esquema económico y, de ese modo, penetrar por la puerta trasera en Rusia. Del argumento de Mearsheimer se infiere que en la crisis ucraniana Moscú reaccionó igual que lo habría hecho Estados Unidos si Rusia hubiese propiciado un “cambio de régimen” e instalado un gobierno antinorteamericano en un país fronterizo como México. Ni más ni menos. Por eso sostiene que la crisis ucraniana es responsabilidad de Occidente.

La expansión reciente de la OTAN, luego de la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética
Como si lo anterior no fuera bastante para tensar la relación con Rusia y precipitar una guerra en Europa el Congreso de Estados Unidos -salvo algunas honrosas excepciones un antro de corruptos que se venden descaradamente a los lobbies que financian sus carreras políticas- ha aprobado una serie de sanciones económicas en contra de ese país, mismas que fueron puestas en práctica por la Casa Blanca.La más reciente, una ley que Obama acaba de promulgar el día de hoy, autoriza la aplicación de nuevas penalizaciones para impedir el acceso de los principales bancos rusos a los mercados de créditos de Estados Unidos, bloquear la transferencia de tecnologías para la exploración de recursos energéticos y congelar los fondos de algunos aliados de Vladimir Putin y prohibir su ingreso a los Estados Unidos. Agréguesele a esta nueva ronda de agresiones económicas las políticas de la Casa Blanca que derrumbaron el precio del petróleo a la mitad de su valor con el inocultable propósito de debilitar el poderío de Rusia, Irán y Venezuela -tres países cuyos gobiernos son caracterizados por el régimen de Obama como enemigos irreconciliables de Estados Unidos- y de paso asestar un golpe mortal a la OPEP. Tal como lo comentara hace un par de días el Ministro de Relaciones Exteriores de Rusia,  Sergey V. Lavrov, parece haber muy fundadas razones para creer que Washington ha adoptado una demencial estrategia de “cambio de régimen” para acabar con el gobierno de Vladimir Putin. Pero esto no es todo: la ley aprobada unánimemente por el Congreso, y promovida por el impresentable senador anticastrista Bob Menéndez (sobre quien pesan gravísimas denuncias radicadas en la justicia estadounidense) contempla un aporte de 350 millones de dólares destinados a la asistencia militar de Ucrania, 10 millones de dólares por año durante los siguientes tres para “contrarrestar la propaganda rusa” en Ucrania, Moldavia y Georgia y otros 20 millones, también a desembolsar anualmente durante tres años, a los efectos de “promover la democracia,  medios independientes, acceso sin censuras a la Internet y para combatir a la corrupción en Rusia”.

¿Qué es esto? ¿Intervencionismo yankee en terceros países? ¿Maniobras desestabilizadoras? ¿Utilización de la violencia y promoción del caos? ¡Noooo! Sólo un mal pensado puede creer en esos cuentos. Es simplemente el cumplimiento del “Destino Manifiesto” que el Creador ha confiado en el pueblo norteamericano y sus gobernantes: llevar la antorcha de la libertad, la democracia, la justicia y los derechos humanos por todo el mundo, en este caso a Rusia, a quien jamás se le perdonará haber abierto con su revolución de 1917 aquella nefasta grieta en la historia de la humanidad. Noam Chomsky, hombre poco afecto a elucubraciones teológicas, ha dicho que lo que los ideólogos imperiales presentan como una graciosa concesión del Altísimo no es otra cosa que un muy terrenal plan de dominación mundial, más ambicioso aún que el de Hitler, y que sus ejecutores son criminales de guerra, comenzando por los presidentes de los Estados Unidos sin excepción. Plan que para su eficaz ejecución precisa de la irreemplazable ayuda de la CIA y sus torturas científicas, claro; o de la aplicación de bloqueos y brutales sanciones económicas, como las que se le siguen aplicando a Cuba y que en el pasado ocasionaron la muerte de 500.000 niños, en Irak y que, según la señora Madelein Albright, embajadora de Estados Unidos ante las Naciones Unidas y luego Secretaria de Estado de Bill Clinton, fue un sacrificio que “valió la pena”. ¡Sí, valió la pena exterminar a medio millón de niños iraquíes, por el imperdonable delito de haber nacido en ese país! La  monstruosidad de esta afirmación, ratificada varias veces por quien la emitiera, es una muestra insuperable de la putrefacción moral del imperio. Y de lo que nos espera si esta verdadera pestilencia llegase a prevalecer en el planeta.

Concluyo: ¿comenzó ya la Tercera Guerra Mundial? Los publicistas y compinches  del imperio lo niegan, pero el Papa Francisco lo afirmó en reiteradas ocasiones. Para responder a la pregunta leamos lo que escribió uno de los más grandes filósofos políticos de todos los tiempos, Thomas Hobbes: “la guerra no consiste solamente en batallar, en el acto de luchar sino … en la disposición manifiesta a ella durante todo el tiempo en que no hay seguridad de lo contrario.”  ¿Alguien puede seriamente dudar de que en Estados Unidos existe una “disposición manifiesta” a la guerra? Y si es así, ¿no estamos ya en guerra, o en las vísperas de ella? Disposición decía Hobbes, y esto no es una nimiedad, que se alimenta de la insaciable necesidad del “complejo militar-industrial-financiero” de vender y destruir  cada vez más armas y de invertir cada vez más recursos para sostener esa excrecencia parasitaria generadora de enormes ganancias. Y para esto hacen falta guerras, y cuantas más guerras mayor será la rentabilidad del complejo. Una pequeña parte de sus ganancias se destina al sostenimiento del sistema político norteamericano financiando políticos y campañas electorales y obteniendo a cambio -en un pingüe tráfico de influencias-  abultados subsidios, exenciones impositivas y toda clase de beneficios para las grandes empresas del ramo. Las elecciones en los Estados Unidos se han pervertido al punto tal que son simples competencias para ver quién recauda más dinero de las grandes corporaciones, dinero necesario para que algunos políticos … ¿conquisten el poder? No, porque el poder como construcción de una correlación fáctica de fuerzas no está sometida a la voluntad popular y a la legislación electoral. El poder no está en cuestión. La competencia electoral es para ver quién se hará cargo de representar, como un astuto relacionador público, los intereses de los poderes fácticos realmente existentes presentando un rostro amable, que despierte simpatías y distraiga a la opinión pública, como es el caso del afrodescendiente Barack Obama, pero nada más. Las viejas democracias del capitalismo han degenerado en belicosas plutocracias, y estas no surgen ni necesitan de elecciones. Sólo precisa de políticos que sirvan como recargados mascarones de proa que oculten de la vista del público la inmoralidad de sus privilegios y prerrogativas y mantengan a los pueblos sumidos en el engaño y en la infantil creencia de que son ellos quienes gobiernan a través de sus representantes.

En medio de esta gigantesca estafa  aparece la ineluctable necesidad de la guerra, el motor que alimenta los negocios del “complejo militar-industrial-financiero”. Un mundo en paz sería un desastre para el keynesianismo militar norteamericano. Necesitan de la guerra, de muchas guerras. Y si no las hay las inventan, para lo cual disponen de numerosos recursos humanos altamente especializados en este tipo de operaciones. Para este entramado de intereses nada puede ser más maligno que la paz, y cualquier pretexto es bueno para combatirla. . Por eso Estados Unidos ha venido librando guerras sin solución de continuidad desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.  Corea, Vietnam, Laos, Cambodia, Irak, Afganistán y ahora, probablemente, Rusia y mañana China son los hitos más trascendentes de una lista interminable, y que cada vez con más fuerza empuja a la humanidad hacia el abismo. Todavía es posible detener esta alocada carrera, pero cada vez hay menos tiempo para ello. Por eso estamos aproximándonos a horas muy difíciles. La historia enseña que todas las transiciones geopolíticas globales –y estamos inmersas en una de ellas- estuvieron acompañadas por grandes guerras. La excepcionalidad de la situación actual reside en que, como lo observara una vez Albert Einstein, “no sabemos con qué armas se libraría una tercera guerra mundial, pero sí sabemos con cuales se lucharía en la cuarta, en caso de llegar a ella: con piedras y garrotes.” 

Ver su  “Why the Ukraine crisis is the West’s fault” , en Foreign Affairs (Septiembre-Octubre 2014) http://www.foreignaffairs.com/articles/141769/john-j-mearsheimer/why-the-ukraine-crisis-is-the-wests-fault
Una fuente indispensable para calibrar los alcances de la corrupción de la dirigencia política norteamericana es el Center for Responsive Politics, basado en Washington. Sus materiales pueden ser consultados libremente en https://www.opensecrets.org/Véase muy especialmente: “Washington Lobbying Grew to $3.2 Billion Last Year, Despite Economy”, por Lindsay Renick Mayer. Versión en castellano: “Lobbistas de Estados Unidos compraron el Congreso”, en http://www.atilioboron.com.ar/2011/06/el-congreso-de-eeuu-nido-de-la.html#more
Peter Baker, “New Russia Sanctions Bill Will Be Signed by Obama, White House Says”, en New York Times, 16 Diciembre 2014. En http://www.nytimes.com/2014/12/17/world/europe/obama-signing-russia-ukraine-sanctions-bill
Ver de este autor su Hegemonía o supervivencia. El dominio mundial de Estados Unidos (Bogotá: Norma, 2004), libro en el cual desarrolla ampliamente este razonamiento y aporta los fundamentos empíricos del mismo.
Leviatán (México: Fondo de Cultura Económica, 1940),  pg. 102
Sobre la transición geopolítica global de nuestro tiempo remito a mi América Latina en la Geopolítica del Imperialismo(Buenos Aires: Ediciones Luxemburg, 2014), Cuarta Edición Ampliada y Revisada, en donde se examina exhaustivamente este tema.
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El imperio y la legitimación de la tortura

(Por Atilio A. Boron) La publicación del Informe del Comité de Inteligencia del Senado de Estados Unidos dado a conocer días pasados describe con minuciosidad las diferentes “técnicas de interrogación” utilizada por la CIA para extraer información relevante en la lucha contra el terrorismo. Lo que se hizo público es apenas un resumen, de unas 500 páginas, de un estudio que contiene unas  6.700 y cuya primera y rápida lectura produce una sensación de horror, indignación y repugnancia como pocas veces experimentó quien escribe estas líneas. Los adjetivos para calificar ese lúgubre inventario de horrores y atrocidades no alcanzan a transmitir la patológica inhumanidad de lo que allí se cuenta, sólo comparables a las violaciones a los derechos humanos perpetradas en la Argentina por la dictadura cívico-militar, o las que en el marco del Plan Cóndor se consumaron en contra de miles de latinoamericanos en los años de plomo.

El Informe es susceptible de múltiples lecturas, que seguramente animarán un significativo debate. Para comenzar digamos que su sola publicación produce un daño irreparable a la pretensión estadounidense de erigirse como campeón de los derechos humanos, siendo que una agencia del gobierno, con línea directa a la Presidencia, perpetró estas atrocidades a lo largo de varios años con el aval –caso de George W. Bush- o la displicente indiferencia de su sucesor en la Casa Blanca. Obviamente, si ya antes Estados Unidos carecía de autoridad moral para juzgar a terceros países por presuntas violaciones a los derechos humanos, después de la publicación de este Informe lo que debería hacer Barack Obama es pedir perdón a la comunidad internacional (cosa que desde luego no hará, o no lo dejarán hacer, como lo demostró el escándalo de los espionajes), interrumpir definitivamente la publicación de los informes anuales sobre la situación de los derechos humanos y del combate al terrorismo en donde se califica el comportamiento de todos los países del mundo (excepto Estados Unidos, juez infalible que no puede ser enjuiciado) y asegurarse que prácticas tipificadas como torturas por el Informe senatorial no sólo no volverán a ser utilizadas por la CIA o las fuerzas regulares del Pentágono sino tampoco por el número creciente de mercenarios enrolados para defender los intereses del imperio, lo que tampoco tiene demasiadas probabilidades de ocurrir. Precisamente, la idea de nutrir cada vez más a las fuerzas del Pentágono con mercenarios reclutados por sus aliados en el Golfo Pérsico (Arabia Saudita, Emiratos, Qatar, etcétera) o por compañías especializadas, como Academi (la tenebrosa ex Blackwater) es liberar al gobierno de los Estados Unidos de cualquier responsabilidad por violaciones a los derechos humanos que pudieran cometer estos “contratistas”, como eufemísticamente se los denomina. Al “tercerizar” de este modo sus operaciones militares en el exterior la aplicación de torturas en contra de presuntos, o verdaderos, terroristas se realiza al margen de las estipulaciones de la Convención de Ginebra que establece que los prisioneros de guerra deben tener garantías jurídicas de defensa y ser tratados de modo humanitario. Los mercenarios o “contratistas”, por el contrario, son bandas contratadas por Washington para operaciones especiales, actuando al margen de toda ley. No tienen prisioneros sino “detenidos”, a los cuales pueden mantener bajo su custodia todo el tiempo que consideren necesario, negándoseles el derecho a la defensa y quedando a merced de los maltratos o las torturas que sus captores decidan aplicarles, gozando para ello de total impunidad.

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En segundo lugar, el Informe obvia considerar que la tortura fue legalizada por el Presidente George W. Bush. Tal como lo hemos señalado en un estudio publicado en 2009 la tortura como una práctica habitual venía siendo utilizada desde mucho tiempo atrás por la CIA y otras agencias del gobierno federal. En dicho texto decíamos que “a partir de los atentados del 11 de Septiembre y la nueva doctrina estratégica establecida por el presidente George W. Bush al año siguiente (“guerra contra el terrorismo”, “guerra infinita”, etcétera)  las torturas a prisioneros, sean éstos supuestos combatientes enemigos o simple sospechosos, se tornaron  prácticas habituales en los interrogatorios, así como también los tratos inhumanos o degradantes infligidos a las personas bajo custodia de las tropas estadounidenses. A fin de evitar las consecuencias legales que se desprenden de esta situación Washington adoptó como una de sus políticas el traslado de sus prisioneros a cárceles situadas en países donde la tortura es legal o en los cuales las autoridades no tienen interés alguno en impedirla, sobre todo si se trata de favorecer los planes estadounidenses; o enviarlos a Afganistán, Irak o la propia base norteamericana de Guantánamo, donde se puede interrogar brutalmente a cualquier prisionero sin ningún tipo de monitoreo judicial y sin la presencia de molestos observadores como, por ejemplo, la Cruz Roja Internacional.”

Para estupor de propios y ajenos, aún después de haberse dado a conocer el Informe del Senado el vocero de la Casa Blanca apeló a ridículos eufemismos cuando transmitió el repudio del presidente Obama por sus revelaciones: condenó los “duros y atroces interrogatorios” practicados por la CIA, obviando utilizar el término correcto para definir lo que según la Convención Contra la Tortura y otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanas o Degradantes es simple y llanamente eso: tortura.  En su artículo primero la Convención establece que  “Se entenderá por el término ‘tortura’ todo acto por el cual se inflija intencionadamente a una persona dolores o sufrimientos graves, ya sean físicos o mentales, con el fin de obtener de ella o de un tercero información o una confesión; de castigarla por un acto que haya cometido, o se sospeche que ha cometido; o de intimidar o coaccionar a esa persona o a otras, o por cualquier razón basada en cualquier tipo de discriminación, cuando dichos dolores o sufrimientos sean infligidos por un funcionario público u otra persona en el ejercicio de funciones públicas, a instigación suya, o con su consentimiento o aquiescencia. No se considerarán torturas los dolores o sufrimiento que sean consecuencia únicamente de sanciones legítimas, o que sean inherentes o incidentales a estas.” 

De acuerdo a esta definición es imposible sostener que prácticas tales como la “rehidratación rectal”, la “hipotermia”, la “alimentación rectal”, colgar a una víctima de una barra, amenazar con violar a su esposa o hijas, la prohibición de dormir o el “submarino” (“waterboarding”, como se la llama en inglés) aplicadas cruelmente por horas y días para interrogar sospechosos de terrorismo no constituyen flagrantes casos de tortura.
No obstante ello, en Marzo de 2008 el presidente Bush vetó una ley del Congreso que prohibía la aplicación del “submarino” a presuntos terroristas, dando cumplimiento a un anuncio previo en el cual advertía que vetaría cualquier pieza legislativa que impusiera limitaciones al uso de la tortura como método válido y legal de interrogación. En respuesta a sus críticos la Casa Blanca dijo que sería absurdo obligar a la CIA a respetar los preceptos establecidos por la legislación internacional porque sus agentes no se enfrentaban a combatientes legales, fuerzas regulares de un estado operando de conformidad con los principios tradicionales sino a terroristas que actúan con total desprecio por cualquier norma ética. De este modo Bush y su pandilla intentaron justificar la violación permanente de los derechos humanos bajo el pretexto del “combate al terrorismo”. No sólo eso: su  Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, autorizó explícitamente en Diciembre del 2002  la utilización de por lo menos nueve “técnicas de interrogación” que sólo en virtud de un perverso eufemismo pueden dejar de ser calificadas como torturas.  Lo interesante del caso es que Estados Unidos adhirió a la citada Convención (que cuenta con 145 estados partes) en el año 1994 pero se cuidó muy bien de ratificar el Protocolo que le otorga facultades de control al Comité de la Tortura de las Naciones Unidas. En otras palabras, la simple adhesión a la Convención fue una movida demagógica, carente de consecuencias prácticas en la lucha contra la tortura.


El horror que despierta el Informe no debería llevarnos a pensar que allí se encuentra toda la verdad. Si bien destruye el argumento central de la CIA en el sentido de que esas “duras tácticas de interrogación” eran necesarias para prevenir nuevos ataques terroristas contra Estados Unidos, lo cierto es que la estimación de los  números de los detenidos y torturados se ubica muy por debajo de lo que permiten inferir otras fuentes documentales. En el Informe, por ejemplo, se dice que “la CIA mantuvo detenidas a 119 personas, 26 de los cuales aprehendidas ilegalmente”.  Sin embargo, es sabido que para perpetrar estas violaciones a los derechos humanos Estados Unidos habilitó numerosas cárceles secretas en Polonia, Lituania, Rumania, Afganistán y Tailandia; y contó con la colaboración de países como Egipto, Siria, Libia, Paquistán, Jordania, Marruecos, Gambia, Somalía, Uzbekistán, Etiopía y Djibouti para realizar sus interrogatorios, a la vez que algunas ejemplares “democracias” europeas, como Austria, Alemania, Bélgica, Chipre, Croacia, Dinamarca, España, Finlandia, Irlanda, Italia, Lituania, Polonia, Portugal, Reino Unido, República Checa, Rumania y Suecia, amén de otros países extraeuropeos, colaboraron en facilitar la entrega y traslado de prisioneros a sabiendas de lo que les aguardaba a esas personas. El número de víctimas supera con creces las 119 del Informe. Téngase presente que según Human Rights First, una organización no gubernamental estadounidense, el número total de detenidos que pasaron por la cárcel de Guantánamo desde su inauguración fue de 779 personas. Por otra parte, un  informe especial de Naciones Unidas asegura que sólo en Afganistán la CIA detuvo a 700 personas y a 18.000 en Irak, todos bajo la acusación de “terroristas”.Ni hablemos de lo ocurrido en el campo de detención de Abu Ghraib, tema que hemos examinado en detalle en nuestro libro.

Para finalizar, tres conclusiones. Primero, el Informe pone el acento en la inefectividad de las torturas soslayando imprescindibles consideraciones de carácter ético o político. De las veinte conclusiones que se presentan en las primeras páginas del Informe sólo una, la vigésima, expresa alguna preocupación marginal por el tema al lamentarse que las torturas aplicadas por la CIA “dañaron la imagen de los Estados Unidos en el mundo a la vez que ocasionaron significativos costos monetarios y no- monetarios.”  No existe ninguna reflexión sobre lo que significa para un país que presume orgullosamente de ser una democracia -o la más importante democracia del mundo, según algunos de sus más entusiastas publicistas- además del “líder del mundo libre” incurrir en prácticas monstruosas que sólo pueden calificarse como propias del terrorismo de estado al estilo del que conociéramos en América Latina y el Caribe en el pasado. La tortura no sólo degrada y destruye la humanidad de quien la sufre;  también degrada y destruye al régimen político que ordena ejecutarla, la justifica o la consiente. Por eso es que este nuevo episodio demuestra, por enésima vez, el carácter farsesco de la “democracia norteamericana”. De ahí que  la expresión que mejor conviene para retratar su verdadera naturaleza es el de “régimen plutocrático.”  Régimen, porque quien manda es un poder de facto, el complejo militar-financiero-industrial que nadie ha elegido y a quien nadie rinde cuentas; y plutocrático, porque el contenido material del régimen es la colusión de gigantescos intereses corporativos que son, como lo anotara Jeffrey Sachs días atrás, quienes invierten centenares de miles de millones de dólares para financiar las campañas y las carreras de los políticos y los lobbies que cabildean en favor de sus intereses y que luego obtienen como compensación a sus esfuerzos beneficios económicos de todo tipo que se miden en billones de dólares. Todo esto, además, justificado por una decisión de la Corte Suprema de Estados Unidos que legalizó los donativos ilimitados que, en su enorme mayoría, pueden beneficiarse del anonimato.

Segundo, el Informe se abstiene de recomendar la persecución legal de los responsables de las monstruosidades perpetradas por la CIA. Ante una descripción que parece inspirada en las más horribles escenas del Infierno de Dante, los autores se abstienen de recomendar al Premio Nobel de la Paz que la justicia tome cartas en el asunto. Pero el pacto de impunidad está consagrado, y ante la inacción de la Casa Blanca los torturadores y sus numerosos cómplices, dentro y fuera de la Administración Bush, han salido a apoyar abiertamente las torturas y acusar a los redactores del Informe de parcialidad ideológica, todo esto en medio de una desaforada exaltación del chauvinismo estadounidense y de una cuidadosa ocultación de las mentiras utilizadas por Bush y su pandilla, desde las referidas a qué fue lo que realmente ocurrió el 11-S, en donde hay más incógnitas que certezas, hasta la acusación a Irak de poseer armas de destrucción masiva. Dado que Obama ha dado a entender que no enjuiciará a los responsables materiales e intelectuales de estos crímenes la conclusión es que no sólo se legaliza la tortura sino que también se la legitima, se la aprueba, tal vez como un “mal necesario” pero se la justifica. Ante ello sería bueno que algún tribunal del extranjero, actuando bajo el principio de la jurisdicción universal en materia de delitos de lesa humanidad, trate de hacer justicia allí donde el régimen norteamericano apaña la impunidad de los criminales y consagra la perversión y la maldad como una virtud.

Tercero y último: la deplorable complicidad de la prensa. Todos sabían que la CIA y otras fuerzas especiales del Pentágono tienen incorporada la tortura de prisioneros como un SOP (“standard operating procedures”, un procedimiento estandardizado de operación en la jerga militar de los servicios norteamericanos), como se ha dicho más arriba. Pero los grandes medios -no tan sólo los pasquines rabiosamente derechistas de la cadena de Rupert  Murdoch y muchos otros de su tipo, dentro y fuera de Estados Unidos- conspiraron voluntariamente o no, es irrelevante, para no llamar a la cosa por su nombre y utilizar en cambio toda clase de eufemismos que permitieran edulcorar la noticia y mantener engañada a la población norteamericana. Para elWashington Post, el New York Times y la Agencia Reuters eran métodos de interrogación “brutales”, “duros” o “atroces”, pero no torturas; para la cadena televisiva CBS eran “técnicas extremas de interrogación” y para Candy Crowley, la jefa de la corresponsalía política de la CNN en Washington, eran “torturas, pero según quien las describa”. Para el canal de noticias MSNBC (fusión de Microsoft con la NBC) eran, según Mika Brzezinski, hija del estratego imperial Zbigniew Brzezinski y, por lo visto, fiel discípula de las enseñanzas de su padre, “tácticas de interrogación utilizadas por la CIA”. Esta es la gente que luego es señalada por los políticos y los intelectuales de la derecha para darnos lecciones de democracia y de libertad de prensa en América Latina y el Caribe. Sería bueno tomar nota de su complicidad con estos crímenes y de su absoluta carencia de virtudes morales como para dar lecciones a nadie.

El Informe puede consultarse en la siguiente dirección: https://es.scribd.com/doc/249652086/Senate-Torture-Report
Cf. Atilio A. Boron y Andrea Vlahusic, El Lado Oscuro del Imperio. La Violación de los Derechos Humanos  por Estados Unidos (Buenos Aires: Ediciones Luxemburg, 2009), pp. 43-44.
Ibid., p. 44.
Sobre el tema de la tortura el libro de Roberto Montoya, La impunidad imperial. Como Estados Unidos legalizó la tortura y “blindó” ante la justicia a sus militares, agentes y mercenarios (Madrid: La esfera de los libros, 2005) es una fuente absolutamente imprescindible por la meticulosidad de su investigación y la sólida fundamentación de los casos examinados. Particularmente instructivo es su análisis de las 35 “técnicas de interrogación”, las cuales, como dicen los miembros de una Comisión ad-hoc convocada por el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld, podrían tener como resultado “que personal estadounidense involucrado en el uso de esas técnicas pudieran ser objeto de persecución por violación de los derechos humanos en otros países o que pudiera ser entregado a foros internacionales, como la Corte Penal Internacional. Esto tendría un impacto en futuras operaciones o viajes al exterior de ese personal.” Cf. Montoya, op. cit, pp. 130-134. Datos más específicos sobre las “técnicas de interrogación” se encuentran en http://globalsecurity.org/intell/library/policy/army/fm/fm34-52
“¿Qué países colaboraron con el programa de torturas de la CIA”, informe elaborado sobre la base de documentación aportada por la American Civil Liberties Union y la Open Society Justice Initiative, y publicado por La Nación (Buenos Aires) el 10 de Diciembre del 2014. Ver http://www.lanacion.com.ar/1751052-que-paises-colaboraron-con-el-programa-de-torturas-de-la-cia
Cf. “Preliminary Findings on Visit to United States by Special Rapporteur on Human Rights and Counter-terrorism”, May 29, 2007, en El Lado Oscuro, op. cit., pp. 55-56.
El lado oscuro, op. cit., pp. 47-48
Informe, op. cit., pg.16.
“Understanding and overcoming America’s plutocracy”, Huffington Post, 6 Noviembre 2014.http://www.huffingtonpost.com/jeffrey-sachs/understanding-and-overcom_b_6113618.html
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El terror en París: raíces profundas y lejanas

CHARLIE HEBDO.

* Una versión muy resumida de esta nota, escrita ayer “en caliente” ni bien enterado de los hechos,  fue publicada en el día de hoy, 8 de Enero de 2015, por Página/12. Ahora, con más tiempo, la doy a conocer con todos sus detalles.

(Atilio A. Boron ) El atentado terrorista perpetrado en las oficinas de Charlie Hebdo debe ser condenado sin atenuantes. Es un acto brutal, criminal, que no tiene justificación alguna. Es la expresión contemporánea de un fanatismo religioso que -desde tiempos inmemoriales y en casi todas las religiones conocidas- ha plagado a la humanidad con muertes y sufrimientos indecibles. La barbarie perpetrada en París concitó el repudio universal. Pero parafraseando a un enorme intelectual judío del siglo XVII, Baruch Spinoza, ante tragedias como esta no basta con llorar, es preciso comprender. ¿Cómo dar cuenta de lo sucedido?

Cabu, Wolinski, Charb y Tignous; los dibujantes muertos por el ataque terrorista a Charlie Hebdo. Fotos: EFE

La respuesta no puede ser simple porque son múltiples los factores que se amalgamaron para producir tan infame masacre. Descartemos de antemano la hipótesis de que fue la obra de un comando de fanáticos que, en un inexplicable rapto de locura religiosa, decidió aplicar un escarmiento ejemplar a un semanario que se permitía criticar ciertas manifestaciones del Islam y también  de otras confesiones religiosas. Que son fanáticos no cabe ninguna duda. Creyentes ultraortodoxos abundan en muchas partes, sobre todo en Estados Unidos e Israel. Pero, ¿cómo llegaron los de París al extremo de cometer un acto tan execrable y cobarde como el que estamos comentando? Se impone distinguir los elementos que actuaron como precipitantes o desencadenantes  –por ejemplo, las caricaturas publicadas por el Charlie Hebdo,  blasfemas para la fe del Islam- de las causas estructurales o de larga duración que se encuentran en la base de una conducta tan aberrante. En otras palabras, es preciso ir más allá del acontecimiento, por doloroso que sea, y bucear en sus determinantes más profundos.
A partir de esta premisa metodológica hay un factor merece especial consideración. Nuestra hipótesis es que lo sucedido es un lúgubre síntoma de lo que ha sido la política de Estados Unidos y sus aliados en Medio Oriente desde fines de la Segunda Guerra Mundial. Es el resultado paradojal –pero previsible, para quienes están atentos al movimiento dialéctico de la historia- del apoyo que la Casa Blanca le brindó al radicalismo islámico desde el momento en que, producida la invasión soviética a Afganistán en Diciembre de 1979, la CIA determinó que la mejor manera de repelerla era combinar la guerra de guerrillas librada por los mujaidines con la estigmatización de la Unión Soviética por su ateísmo, convirtiéndola así en una sacrílega excrecencia que debía ser eliminada de la faz de la tierra. En términos concretos esto se tradujo en un apoyo militar, político y económico a los supuestos “combatientes por la libertad” y en la exaltación del fundamentalismo islamista del talibán que, entre otras cosas, veía la incorporación de las niñas las escuelas afganas dispuesta por el gobierno prosoviético de Kabul como una intolerable apostasía. Al Qaeda y Osama bin Laden son hijos de esta política. En esos aciagos años de Reagan, Thatcher y Juan Pablo II, la CIA era dirigida por William Casey, un católico ultramontano, caballero de la Orden de Malta cuyo celo religioso y su visceral anticomunismo le hicieron creer que, aparte de las armas, el fomento de la religiosidad popular en Afganistán sería lo que acabaría con el sacrílego “imperio del mal” que desde Moscú extendía sus tentáculos sobre el Asia Central. Y la política seguida por Washington fue esa: potenciar el fervor islamista, sin medir sus predecibles consecuencias a mediano plazo.
Horrorizado por la monstruosidad del genio que se le escapó de la botella y produjo los confusos atentados del 11 de Septiembre (confusos porque las dudas acerca de la autoría del hecho son muchas más que las certidumbres) Washington proclamó una nueva doctrina de seguridad nacional:  la “guerra infinita” o la “guerra contra el terrorismo”, que convirtió a las tres cuartas partes de la humanidad en una tenebrosa conspiración de terroristas (o cómplices de ellos) enloquecidos por su afán de destruir a Estados Unidos y el “modo americano de vida” y estimuló el surgimiento de  una corriente mundial de la “islamofobia”.  Tan vaga y laxa ha sido la definición oficial del terrorismo que en la práctica este y el Islam pasaron a ser sinónimos, y el sayo le cabe a quienquiera que sea un crítico del imperialismo norteamericano. Para calmar a la opinión pública, aterrorizada ante los atentados, los asesores de la Casa Blancarecurrieron al viejo método de buscar un chivo expiatorio, alguien a quien culpar, como a Lee Oswald, el inverosímil asesino de John F. Kennedy. George W. Bush lo encontró en la figura de un antiguo aliado, Saddam Hussein, que había sido encumbrado a la jefatura del estado en Irak para guerrear contra Irán luego del triunfo de la Revolución Islámica en 1979, privando a la Casa Blanca de uno de sus más valiosos peones regionales. Hussein, como Gadaffi años después, pensó que habiendo prestado sus servicios al imperio tendría las manos libres para actuar a voluntad en su entorno geográfico inmediato. Se equivocó al creer que Washington lo recompensaría tolerando la anexión de Kuwait a Irak, ignorando que tal cosa era inaceptable en función de los proyectos estadounidenses en la región. El castigo fue brutal: la primera Guerra del Golfo (Agosto 1990-Febrero 1991), un bloqueo de más de diez años que aniquiló a más de un millón de personas (la mayoría niños) y un país destrozado. Contando con la complicidad de la dirigencia política y la prensa “libre, objetiva e independiente” dentro y fuera de Estados Unidos la Casa Blanca montó una patraña ridícula e increíble por la cual se acusaba a Hussein de poseer armas de destrucción masiva y de haber forjado una alianza con su archienemigo, Osama bin Laden, para atacar a los Estados Unidos. Ni tenía esas armas, cosa que era archisabida; ni podía aliarse con un fanático sunita como el jefe de Al Qaeda, siendo él un ecléctico en cuestiones religiosas y jefe de un estado laico.
Impertérrito ante estas realidades, en Marzo del 2003 George W. Bush dio inicio a la campaña militar para escarmentar a Hussein: invade el país, destruye sus fabulosos tesoros culturales y lo poco que quedaba en pie luego de años de bloqueo, depone a sus autoridades, monta un simulacro de juicio donde a Hussein lo sentencian a la pena capital y muere en la horca. Pero la ocupación norteamericana, que dura ocho años, no logra estabilizar económica y políticamente al país, acosada por la tenaz resistencia de los patriotas iraquíes. Cuando las tropas de Estados Unidos se retiran se comprueba su humillante derrota: el gobierno queda en manos de los chiítas, aliados del enemigo público número uno de Washington en la región, Irán, e irreconciliablemente enfrentados con la otra principal rama del Islam, los sunitas. A los efectos de disimular el fracaso de la guerra y debilitar a una Bagdad si no enemiga por lo menos inamistosa -y, de paso, controlar el avispero iraquí- la Casa Blanca no tuvo mejor idea que replicar la política seguida en Afganistán en los años ochentas: fomentar el fundamentalismo sunita y atizar la hoguera de los clivajes religiosos y las guerras sectarias dentro del turbulento mundo del Islam. Para ello contó con la activa colaboración de las reaccionarias monarquías del Golfo, y muy especialmente de la troglodita teocracia de Arabia Saudita, enemiga mortal de los chiítas y, por lo tanto, de Irán, Siria y de los gobernantes chiítas de Irak.

Fusilamiento de un policía a la salida de las oficinas de Charlie Hebdo
Claro está que el objetivo global de la política estadounidense y, por extensión, de sus clientes europeos, no se limita tan sólo a Irak o Siria. Es de más largo aliento pues procura concretar el rediseño del mapa de Medio Oriente mediante la desmembración de los países artificialmente creados por las potencias triunfantes luego de las dos guerras mundiales. La balcanización de la región dejaría un archipiélago de sectas, milicias, tribus y clanes que, por su desunión y rivalidades mutuas no podrían ofrecer resistencia alguna al principal designio de “humanitario” Occidente: apoderarse de las riquezas petroleras de la región. El caso de Libia luego de la destrucción del régimen de Gadaffi lo prueba con elocuencia y anticipó la fragmentación territorial en curso en Siria e Irak, para nombrar los casos más importantes. Ese es el verdadero, casi único, objetivo: desmembrar a los países y quedarse con el petróleo de Medio Oriente. ¿Promoción de la democracia, los derechos humanos, la libertad, la tolerancia? Esos son cuentos de niños, o para consumo de los espíritus neocolonizados y de la prensa títere del imperio para disimular lo inconfesable: el saqueo petrolero.

El resto es historia conocida: reclutados, armados y apoyados diplomática y financieramente por Estados Unidos y sus aliados, a poco andar los fundamentalistas sunitas exaltados como “combatientes por la libertad” y utilizados como fuerzas mercenarias para desestabilizar a Siria hicieron lo que en su tiempo Maquiavelo profetizó que harían todos los mercenarios: independizarse de sus mandantes, como antes lo hicieran Al Qaeda y bin Laden, y dar vida a un proyecto propio: el Estado Islámico. Llevados a Siria para montar desde afuera una infame “guerra civil” urdida desde Washington para producir el anhelado “cambio de régimen” en ese país, los fanáticos terminaron ocupando parte del territorio sirio, se apropiaron de un sector de Irak, pusieron en funcionamiento los campos petroleros de esa zona y en connivencia con las multinacionales del sector y los bancos occidentales se dedican a vender el petróleo robado a precio vil y convertirse en la guerrilla más adinerada del planeta, con ingresos estimados de 2.000 millones de dólares anuales para financiar sus crímenes en cualquier país del mundo. Para dar muestras de su fervor religioso las milicias jihadistas degüellan, decapitan y asesinan infieles a diestra y siniestra, no importa si musulmanes de otra secta, cristianos, judíos o agnósticos, árabes o no, todo en abierta profanación de los valores del Islam. Al haber avivado las llamas del sectarismo religioso era cuestión de tiempo que la violencia desatada por esa estúpida y criminal política de Occidente tocara las puertas de Europa o Estados Unidos. Ahora fue en París, pero ya antes Madrid y Londres habían cosechado de manos de los ardientes islamistas lo que sus propios gobernantes habían sembrado inescrupulosamente.
De lo anterior se desprende con claridad cuál es la génesis oculta de la tragedia del Charlie Hebdo. Quienes fogonearon el radicalismo sectario mal podrían ahora sorprenderse y mucho menos proclamar su falta de responsabilidad por lo ocurrido, como si el asesinato de los periodistas parisinos no tuviera relación alguna con sus políticas. Sus pupilos de antaño responden con las armas y los argumentos que les fueron inescrupulosamente cedidos desde los años de Reagan hasta hoy. Más tarde, los horrores perpetrados durante la ocupación norteamericana en Irak los endurecieron e inflamaron su celo religioso. Otro tanto ocurrió con las diversas formas de “terrorismo de estado” que las democracias capitalistas practicaron, o condonaron, en el mundo árabe: las torturas, vejaciones y humillaciones  cometidas en Abu Ghraib, Guantánamo y las cárceles secretas de la CIA; las matanzas consumadas en Libia y en Egipto; el indiscriminado asesinato que a diario cometen los drones estadounidenses en Pakistán y Afganistán, en donde sólo dos de cada cien víctimas alcanzadas por sus misiles son terroristas; el “ejemplarizador” linchamiento de Gadaffi (cuya noticia provocó la repugnante carcajada de Hillary Clinton); el interminable genocidio al que son periódicamente sometidos los palestinos por Israel, con la anuencia y la protección de Estados Unidos y los gobiernos europeos, crímenes, todos estos, de lesa humanidad que sin embargo no conmueven la supuesta conciencia democrática y humanista de Occidente. Repetimos: nada, absolutamente nada, justifica el crimen cometido contra el semanario parisino. Pero como recomendaba Spinoza hay que comprender las causas que hicieron que los jihadistas decidieran pagarle a Occidente con su misma sangrienta moneda. Nos provoca náuseas tener que narrar tanta inmoralidad e hipocresía de parte de los portavoces de gobiernos supuestamente democráticos que no son otra cosa que sórdidas plutocracias. Hubo quienes, en Estados Unidos y Europa, condenaron lo ocurrido con los colegas de Charlie Hebdo por ser, además, un atentado a la libertad de expresión. Efectivamente, una masacre como esa lo es, y en grado sumo. Pero carecen de autoridad moral quienes condenan lo ocurrido en París y nada dicen acerca de la absoluta falta de libertad de expresión en Arabia Saudita, en donde la prensa, la radio, la televisión, la Internet y cualquier medio de comunicación está sometido a una durísima censura. Hipocresía descarada también de quienes ahora se rasgan las vestiduras pero no hicieron absolutamente nada para detener el genocidio perpetrado por Israel hace pocos meses en Gaza. Claro, Israel es uno de los nuestros dirán entre sí y, además, dos mil palestinos, varios centenares de ellos niños, no valen lo mismo que la vida de doce franceses. La cara oculta de la hipocresía es el más desenfrenado racismo.
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“Cuba y Estados Unidos: ¡ni un tantico así!”

Nota de Atilio Boron sobre lo que se puede esperar de los anuncios de Barack Obama en relación a Cuba.

Ilustración del diario Página/12 (Buenos Aires) dando cuenta de los anuncios del 17 de Diciembre
(Por Atilio A. Boron) Escribimos estas líneas con la inmensa alegría que nos produjo la exitosa culminación de la campaña que el pueblo y el gobierno de Cuba lanzaron para repatriar a los cinco luchadores antiterroristas injustamente encarcelados por la “justicia” de los Estados Unidos, que jamás se preocupó por enjuiciar a connotados y confesos terroristas como Orlando Bosch y Luis Posada Carriles o a un financista  y ejecutor de atentados terroristas como Jorge Mas Canosa. Refiriéndose a “Los 5” Fidel dijo en su momento “volverán” y volvieron; como antes, en el incidente del niño Elián González, cuando también aseguró que Elián volvería a Cuba, y volvió. Dicho esto quisiéramos compartir una reflexión sobre las razones que explican el cambio en la política exterior de Estados Unidos en relación a Cuba y lo que esto podría significar para la Isla y América Latina y el Caribe.

El absoluto fracaso de más de medio siglo de bloqueo y agresiones es uno de los factores más evidentes que originaron el viraje de Washington. La Revolución Cubana resistió a pie firme, dignamente y sin concesiones, tamaña agresión y al final del día el Goliat del planeta tuvo que reconocer su derrota, algo que muy rara vez hace  la siempre arrogante superpotencia. Lo hizo el presidente Barack Obama en su discurso y de modo todavía más enfático su Secretario de Estado, John Kerry, cuando al pronunciar el suyo, un par de horas más tarde, dijo que “durante medio siglo aplicamos una política para aislar a Cuba y los que terminamos aislados fuimos nosotros.” Claro está que otros factores también jugaron un papel: la intervención del Papa Francisco fue mucho más allá de una piadosa exhortación o una “gestión de buenos oficios”, tal como convencionalmente se la entiende. Fue una mediación en donde la influencia papal para arribar a un acuerdo parece haber sido más  gravitante que lo normal en este tipo de mediaciones. El tiempo permitirá calibrar con precisión las características de esa gestión. Además, el reiterado repudio que la política del bloqueo cosechaba año tras año en la Asamblea General de las Naciones Unidas, e inclusive en el seno de la OEA, fue debilitando la firmeza de la política anticubana. Otro factor fue la honrosa insistencia de los países latinoamericanos y caribeños sin excepción para exigir el fin del bloqueo y la liberación de “Los 5”. El papel de la UNASUR y la CELAC también fue de importancia para precipitar esta reorientación de la política de la Casa Blanca. Pero lo que a nuestro juicio fue decisivo para producir este viraje fue el cálculo geopolítico realizado por los estrategas del imperio, que recomendaba acabar con una política que no sólo era inefectiva -como las torturas de la CIA, según el reciente Informe del Senado- sino que además era contraproducente para garantizar la seguridad nacional estadounidense en momentos tan críticos como el que actualmente atraviesa el sistema internacional. En las páginas que siguen trataremos de desarrollar en cierto detalle este argumento.

La Transición Geopolítica Mundial y sus Desafíos para la Estabilidad del Imperio

Estados Unidos se enfrenta a un deteriorado cuadro geopolítico mundial que suscita una enorme preocupación en su clase dominante, sus representantes políticos e ideológicos, el Pentágono y sus agencias de inteligencia. En 1997, pocos años después del derrumbe de la Unión Soviética, uno de los más lúcidos (y cínicos) intelectuales orgánicos del imperio, Zbigniew Brzezinski, escribió un libro que resumía  la visión estratégica dominante en ese momento y proponía un conjunto de recomendaciones para encarar con realismo –en lugar de las autocomplacientes ensoñaciones de los miembros del Proyecto para el Nuevo Siglo Americano, gran parte de los cuales integraron las filas del gobierno de George W. Bush- los desafíos de los años venideros. En El Gran Tablero Mundial su autor descartaba la posibilidad de un debilitamiento del poderío global de Estados Unidos dado que su país aparecía, una vez desintegrada la Unión Soviética, como “la única e, indudablemente, como la primera potencia realmente global” en la historia del planeta. A partir de esta premisa el objetivo que se trazó fue formular una geoestrategia global e integral para preservar el papel central de Estados Unidos como “arbitro político” en todo el mundo, pero prestando especial atención a Eurasia ya que es ese y no otro “el tablero en el que la lucha por la primacía global” seguirá jugándose. Un continente fundamental que contaba para 1997 con el 75% de la población y el 60% del PNB mundiales, y las ¾ partes de los recursos estratégicos conocidos. Para ser exitosa dicha estrategia debía basarse en la construcción de “una comunidad global basada en las relaciones de cooperación”. No obstante, a Brzezinski no se le escapaban las acechanzas que podían originarse como consecuencia de potenciales “contingencias relacionadas con los futuros alineamientos políticos (…) que intenten empujar [a los Estados Unidos] fuera de Eurasia”.

En ese escrito Brzezinski identificaba tres escenarios que podrían plantear tales retos a lo largo del siglo veintiuno: el primero era un acuerdo entre Rusia y los principales países europeos, que debilitaría los vínculos entre Estados Unidos y Europa y mellarían la fortaleza de la Alianza Atlántica y en particular de la OTAN. Perotranquilizaba a sus lectores diciendo que la probabilidad de esa contingencia era “bastante remota” (si bien no totalmente descartable), no habiendo por lo tanto razones para alarmarse. La segunda amenaza era un posible acuerdo entre China y Japón, por entonces la segunda economía del mundo y puntal de la presencia estadounidense en el Pacífico y en el mundo asiático. Probabilidad: también muy baja, porque los históricos conflictos que separaban a ambas naciones serían un obstáculo muy difícil de remontar. Había que monitorear los movimientos, los gestos y las iniciativas de esos dos países pero sin perder la serenidad. El tercer escenario, “el potencialmente más peligroso sería el de una gran coalición entre China, Rusia y quizás Irán, una coalición ‘antihegemónica unida no por una ideología sino por agravios complementarios’.”  Sin embargo, las probabilidades de que esta amalgama política pudiera cristalizarse eran, según Brzezinski, remotas. Ahora bien: los pronósticos de este consejero áulico del imperio fueron impiadosamente refutados por la historia ya que ese escenario -el menos deseado, el más temido y el más improbable- fue el que en estos últimos años irrumpió con fuerza en el sistema  internacional. A mediados del 2014 Rusia y China firmaron importantísimos acuerdos –económicos, políticos y militares- de largo plazo, a los cuales se unió poco después Irán. En Septiembre la India solicitó formalmente su adhesión al Acuerdo de Cooperación de Shanghai y a finales de este mismo año Rusia selló un muy importante acuerdo con Turquía, cerrando de este modo una alianza que cambia radicalmente la correlación de fuerzas en el tablero de la geopolítica mundial en perjuicio de Estados Unidos, sus aliados europeos y Japón. Con la integración de la India y Turquía el panorama geopolítico euroasiático no podría ser más desventajoso para lo que Brzezinski denomina “Occidente.”

En el año 2012, es decir, poco antes de que emergiera esta nueva coalición y quince años después de la publicación del Gran Tablero Mundial , Brzezinski dio a conocer su más reciente obra:  Strategic Vision. En ella el tono general del análisis se sitúa en las antípodas de su por momentos triunfalista texto de 1997. Ahora la preocupación es otra. En la primera parte de ese libro propone una sorprendente y muy significativa exploración histórica en torno a la “declinante longevidad de los imperios”, una reflexión insólita en relación al supuesto fundamental de la obra: Estados Unidos no es un imperio sino una potencia, la única potencia global. No obstante, este inesperado comienzo revela que en su fuero íntimo Brzezinski no se engaña, ni engaña a sus jefes y patrones, y sabe que Estados Unidos es la cabeza de un vasto sistema imperial y que, además, la lógica que decretó la declinación de todos los imperios anteriores, sin excepción, difícilmente exceptúe al americano.  Como estudioso que es sabe muy bien que este no podrá ser eterno y duda de que siquiera pueda mantenerse más allá de unas pocas décadas. De ahí que las cuatro preguntas fundamentales que plantea en las páginas iniciales del libro sean las siguientes:

1) ¿Qué implicancias tienen la cambiante distribución del poder global desde Occidente hacia Oriente y el despertar político de la humanidad?
2) ¿Por qué decayó el atractivo de los EEUU, cuáles son los síntomas de su declinación doméstica e internacional y por qué se desperdició una oportunidad tan excepcional como el desenlace pacífico de la Guerra Fría?
3) ¿Qué consecuencias geopolíticas tendrían lugar si Estados Unidos perdiera su primacía en el ámbito del poder global? ¿Podría China ocupar su lugar en el 2025?
4) ¿Cómo debería EEUU redefinir sus objetivos geopolíticos a largo plazo, y cómo atraer, apoyándose en sus aliados europeos, a Rusia y Turquía a los efectos de construir un “Occidente” más inclusivo y vigoroso?

En resumen, el autor se formula interrogantes impensables una década atrás. Lo que antes se asumía como una verdad inconmovible, la primacía internacional de Estados Unidos, ahora es objeto de múltiples conjeturas, y por lo tanto las opciones estratégicas diseñadas en el pasado deben ser radicalmente re-examinadas.

Un mundo convulsionado

En este impensado escenario, en donde los rivales de Washington unen fuerzas, y los antiguos aliados –fervientes, como Turquía, o tibios, como la India- se pasan al otro bando, la rápida degradación de la situación internacional plantea enormes desafíos al imperio. La agenda exterior de la Casa Blanca  se enfrenta con numerosos “puntos calientes” en los cuáles Estados Unidos está fuertemente involucrado, tiene muchos intereses en juego y se ve forzado a hacer apuestas cada vez más riesgosas y de incierto desenlace. En Oriente Medio la situación está fuera de control: después de haber avivado la hoguera del fundamentalismo sunita como ariete para hostigar a Irán y Siria, el trágico resultado de esa política fue la aparición del Estado Islámico, una organización criminal que dispone de los enormes recursos financieros derivados de su control sobre las zonas petroleras de Siria e Irak, y dispuesto a afianzar su dominio apelando a cuantas atrocidades sean imaginables. Originalmente formado por mercenarios reclutados por Estados Unidos y Arabia Saudita, financiado y armado por estos dos países, el genio se salió de la botella (como antes Osama bin Laden y Saddam Hussein) y, previsiblemente, comenzó a desarrollar una política propia que no es precisamente la que mejor favorece los intereses de Washington en la región. A la explosiva situación de esa parte del mundo, hundida en un interminable baño de sangre, hay que agregar la acelerada fascistización de Israel, que ha convertido a su estado en un engendro neonazi en donde el genocidio de los palestinos pasó a ser una práctica habitual ejercida con total impunidad e indiferente ante la repulsa casi universal que suscitan sus acciones. Más hacia el Oriente, en Asia Central, área donde se anuda una densa red de oleoductos y gasoductos de vital importancia para el mercado mundial de energéticos, la permanente inestabilidad de una zona surcada por ancestrales rivalidades y conflictos étnicos, religiosos y económicos de todo tipo se combina con periódicos estallidos de violencia que frustran de raíz cualquier posibilidad de establecer proyectos económicos de cierta envergadura para el aprovechamiento de sus enormes riquezas gasíferas y petroleras. Más hacia el Este, al llegar al extremo del continente, la persistente disputa entre China y Japón por la delimitación jurisdiccional del Mar del Sur de la China agrega un condimento explosivo en el límite oriental de la antigua, y hoy altamente revalorizada, “Ruta de la Seda”.
¿Es todo? De ninguna manera. La situación del África Subsahariana es motivo de intensa preocupación, sobre todo por el arraigo que en algunos países proveedores de petróleo, como Nigeria, parece haber conseguido el islamismo radical. Pero, más al norte es donde se encuentra la fuente más importante y a la vez urgente de preocupaciones. En Europa hay una guerra en ciernes entre los países de la OTAN y Rusia. Las sucesivas sanciones económicas decretadas por Washington (y replicadas con deshonrosa obediencia por sus compinches europeos) junto al deliberado derrumbe de los precios del petróleo configuran, en términos prácticos, una declaración de guerra, y así lo ha entendido no sólo Moscú sino buena parte de la dirigencia política estadounidense. No sorprende, en consecuencia,  que Rusia haya anunciado el 26 de Diciembre un significativo cambio de su doctrina estratégica, orientada ahora por la necesidad de contener las amenazas que se ciernen, desde Europa: la OTAN y el despliegue balístico norteamericano en ese continente, sobre su seguridad nacional. 

El dramático empeoramiento de la situación en Ucrania reconoce dos causas fundamentales: una, la expansión hacia el Este de las fronteras de la OTAN, en abierta violación de las promesas formuladas a los gobernantes rusos por sucesivos presidentes de los Estados Unidos y los jefes de estado europeos. La otra: la insistencia de la Unión Europea en incorporar a Ucrania y, de ese modo, penetrar por la puerta trasera en Rusia. Ambas iniciativas propiciaron la fulminante resurrección de la Guerra Fría, que se está recalentando aceleradamente. Un académico conservador norteamericano, John Mearsheimer, profesor de la Universidad de Chicago, culpó a Occidente por esta degradación del clima internacional. Era sabido, escribió, que  Moscú jamás podía aceptar de brazos cruzados que la OTAN se extendiera hasta sus fronteras, y para colmo consentido por un gobierno impuesto en Kiev por un golpe de estado impulsado y financiado por Estados Unidos y sus aliados. Esta irresponsable provocación es tan inadmisible para Rusia como lo hubiera sido para Estados Unidos si, en los años ochentas,  Moscú y los países del Pacto de Varsovia hubiesen orquestado un golpe de estado en México e instalado sus tropas en la frontera con Estados Unidos. El desencadenamiento de la crisis en Ucrania desató como respuesta la reintegración al territorio ruso de la península de Crimea (anexada con el apoyo de sus habitantes) y alentó el separatismo de la población rusoparlante que reside en el este ucraniano. Las sanciones económicas aplicadas a Rusia por los países de la Alianza Atlántica tensaron la cuerda a grado tal que tiene escasos precedentes en la historia contemporánea. Moscú denunció estas maniobras y dijo que ellas son parte de una  estrategia general cuyo objetivo es nada menos que precipitar el “cambio de régimen” en Rusia, ante lo cual Vladimir Putin ha dicho que su país no permanecerá indiferente ante esos designios y responderá con cuanto tenga a su alcance. Hay que recordar que Rusia dispone del segundo arsenal atómico mundial y que cuenta con unas fuerzas armadas muy bien equipadas. Como decíamos más arriba, si la OTAN llegara a lanzar un ataque con armas de destrucción masiva Moscú no vacilará en recurrir a su arsenal nuclear, lo que abre una atroz perspectiva para el futuro de la humanidad.

Trascendente papel de América Latina y el Caribe
En innumerables ocasiones Fidel y el Che afirmaron que Nuestra América es la retaguardia estratégica del imperio. Cuando Estados Unidos enfrenta graves desafíos en el frente internacional -como en los años setenta en el Sudeste asiático y muy especialmente en Vietnam- se vuelve sobre los países del área para desde allí tomar aliento y lanzar su arremetida. En aquella oportunidad lo que hizo fue sembrar dictaduras por toda la región, en donde salvo México, Colombia y Costa Rica, el resto de los países padecieron la instauración de regímenes cívico-militares que hicieron del terrorismo de estado una práctica cotidiana de ejercicio del poder, para lo cual contaron con el auspicio, colaboración, protección y financiamiento de Washington.

En la actualidad la Casa Blanca continúa actuando bajo los lineamientos de la misma premisa, procurando acabar con la Revolución Cubana, liquidar a los gobiernos bolivarianos, terminar de domesticar a los de la “centro-izquierda” del Cono Sur y reforzar, vía la Alianza del Pacífico, a los regímenes neocoloniales y conservadores del área.  Téngase en cuenta que en el turbulento tablero geopolítico internacional Nuestra América brilla como una  envidiable, y única, zona de paz. Lo único que perturba este panorama es el conflicto interno en Colombia y la desestabilización de México, pero ambas son situaciones que se constituyen en el ámbito doméstico. Sólo Colombia podría, si fracasaran las negociaciones de paz en curso en La Habana, alterar significativamente los equilibrios internacionales del área. No obstante, en el caso de México no habría que descartar que si se acelerara y profundizara la descomposición de la situación interna debido a la explosiva combinación entre el creciente poderío del narco -que podría llegar a someter a su arbitrio a las diversas ramas del aparato estatal- y una repotenciada protesta social los Estados Unidos podrían, en tal eventualidad, considerar muy seriamente la posibilidad de invadir y ocupar una parte de la frontera norte mexicana con el pretexto de preservar la “seguridad nacional” estadounidense amenazada por el caos al sur del Rio Grande. Lo hicieron en el pasado y nada autoriza a pensar que no volverían a hacerlo una vez más si lo considerasen conveniente. Hipótesis extrema, pero que en función de las enseñanzas de la historia sería sumamente imprudente descartar. Va de suyo que una movida de ese tipo tendría enormes repercusiones internacionales, que reverberarían mucho más allá del hemisferio americano. 

Es a causa de todo lo anterior que Washington está poniendo cada vez más empeño en “reordenar” una región que desde el triunfo de Chávez en las elecciones presidenciales de 1998 ha ido progresivamente emancipándose de la pegajosa tutela y control que Estados Unidos ejerció sobre lo que con indisimulado desprecio se llama, en los círculos oficiales de ese país, su “patio trasero”. La oleada bolivariana desencadenada por Chávez facilitó la supervivencia de la acosada Cuba y tuvo reflejos concéntricos en el mundo andino: Bolivia y Ecuador se plegaron a la misma y, en el litoral atlántico, surgieron gobiernos más moderados en Argentina, Brasil y Uruguay pero que, pese a la tibieza de algunas de sus iniciativas, en el terreno internacional aportaron un apoyo decisivo para, entre otras cosas, hacer naufragar el proyecto más importante que el imperio tenía reservado para América Latina y el Caribe: el ALCA, sepultado en Mar del Plata en Noviembre del 2005.

El cambio de política hacia Cuba tiene por objetivo neutralizar un permanente factor de perturbación de las relaciones hemisféricas y abrir el paso a una política más eficaz para recuperar el control las díscolas naciones del sur. El objetivo es claro: garantizar la estabilidad y la complicidad de la retaguardia imperial para que Washington pueda actuar en los “puntos calientes” arriba señalados sin temor a que su distracción en lejanos teatros de operaciones desate una radicalización tan indeseable como incontenible en los países de América Latina y el Caribe. Para enfrentar con éxito esta  tercera guerra mundial en gestación es esencial retomar el control de Venezuela, donde al día de hoy se alojan las mayores reservas comprobadas del mundo. Pero dicho objetivo no se alcanzará manteniendo la vieja y fracasada política hacia Cuba, que provoca la repulsa del resto de las naciones del hemisferio. Por eso el presidente Barack Obama dió el primer paso para “normalizar” las relaciones con la Isla pero al día siguiente redobló su ataque a la República Bolivariana promulgando un proyecto de ley, impulsado nada menos que por el Senador Bob Menéndez (conocido por sus estrechas vinculaciones con la mafia anticastrista de Miami) que establece sanciones económicas a gobernantes y políticos venezolanos “responsables por violaciones de los derechos humanos de manifestantes antigubernamentales” que entre Febrero y Abril del 2014 tomaron las calles y mediante violentas manifestaciones exigían la renuncia del presidente Nicolás Maduro. Ni a este impresentable senador ni a Obama les importó que los autores o instigadores de actividades violentas –incluyendo asesinatos, robos, incendios, destrucción de edificios y bienes públicos, etcétera- que busquen alterar el orden constitucional o remover autoridades apelando a la violencia serían acusados del delito de sedición en Estados Unidos (y en casi todo el mundo) y pasibles de ser sancionados con durísimas penalidades que, en este país, incluirían la prisión perpetua. Pero como se trata de recuperar a la Venezuela Bolivariana de cualquier forma, los autores intelectuales y apologistas de esos actos de salvaje vandalismo, como Leopoldo López y María Corina Machado, lejos de ser acusados por esos delitos  son exaltados como figuras ejemplares, síntesis de los valores republicanos y libertarios, y elevados a la categoría de “combatientes por la libertad”. Poco importa que la mayor parte de las víctimas de aquel intento sedicioso fuesen miembros de los servicios de seguridad del estado y militantes chavistas, tal como ha sido reconocido por organizaciones independientes de derechos humanos radicadas en Venezuela. Para no hablar del doble rasero que significa sancionar a miembros del gobierno venezolano por preservar el orden constitucional del asalto de los sediciosos  y no proceder de igual modo, por ejemplo, con las autoridades colombianas cuando  informes inapelables certifican que el ejército ejecutó al menos a 5.763 civiles inocentes entre 2000 y 2010; o con las autoridades hondureñas, en donde después del golpe de estado de 2009 los asesinatos extrajudiciales se realizan con total impunidad; o con las de México, en donde es sabido que la desaparición de los 43 estudiantes normalistas en Ayotzinapa fue orquestada y ejecutada con la participación -o al menos la abierta complicidad- de autoridades civiles y militares de la Federación y del estado de Guerrero?

La espina cubana

La “normalización” de las relaciones con Cuba tiene pues una tenebrosa contrapartida: liberar las manos del imperio para abalanzarse con fuerza para doblegar al gobierno chavista y recuperar el petróleo venezolano. Además responde a una necesidad geoestratégica insoslayable, y ante la cual tanto la ruptura de relaciones diplomáticas como el bloqueo se convirtieron en molestos estorbos para Washington.  Lo que se logró con ambas políticas fue facilitar la penetración de China y Rusia en la mayor de las Antillas y, por extensión, en la “tercera frontera” de Estados Unidos: el Mar Caribe. Todos los textos e informes recientes sobre la seguridad nacional norteamericana señalan una y otra vez que aquellos dos países son “enemigos” que es preciso vigilar, controlar y, de ser posible, someter o derrotar, toda vez que la recomendación de Brzezinski en el sentido de “atraer y seducir” a ambos países demostró ser un rotundo fracaso. Máxime cuando, en el Mare Nostrumnorteamericano China ha emprendido sin consultar ni mucho menos pedir permiso a Washington un megaproyecto llamado a ejercer una extraordinaria influencia no sólo en el comercio internacional: un nuevo canal interoceánico a través de Nicaragua, obra para la cual el nuevo puerto cubano de Mariel asume una importancia estratégica. Rusia, por su parte, ha dado a conocer sus planes de impulsar la proyección global de su armada, lo que contempla, entre otras cosas, una mayor presencia en aguas caribeñas. Lo que estos dos países hacen en Cuba, y están haciendo en la zona del Gran Caribe, es un misterio para las agencias de inteligencia y las fuerzas armadas estadounidenses. ¿Hay proyectos militares en juego que subyacen  a los crecientes relacionamientos económicos que China y Rusia desarrollaron en el área? De ser así, ¿cuáles son, donde están localizados y qué implicaciones tienen para la seguridad nacional de los Estados Unidos? ¿Cómo podrían ser neutralizados? ¿Cuál es el estado de la “sociedad civil” en Cuba? ¿Cuál debería ser la hoja de ruta para preparar el tan anhelado “cambio de régimen” que ponga fin a la Revolución Cubana? ¿Qué modelo aplicar: la “revolución de terciopelo”, al estilo checo, o hay condiciones para ensayar una fórmula más rápida y violenta, al estilo de los “cambios de régimen” practicados en Libia o Ucrania? Todas estas son cuestiones de enorme importancia que no pueden ser confiadas a “amateurs” como Alan Gross. Por el contrario, hay que desplegar en la isla un número suficientemente grande de agentes para obtener información sensible y confiable, para lo cual se precisa la cobertura de una embajada dotada de un numeroso personal que, bajo el paraguas diplomático, pueda realizar esas actividades de inteligencia.

La política seguida a lo largo de más de medio siglo demostró ser, como decíamos más arriba, no sólo inefectiva sino contraproducente. Y Obama quiere  corregir eso, pronto. Claro que la plena normalización diplomática exigirá que el Congreso levante el bloqueo, de lo contrario la iniciativa anunciada el 17 de Diciembre  quedaría a mitad de camino, no sólo por la incoherencia que significa pretender “normalizar” las relaciones entre Cuba y Estados Unidos y, simultáneamente, mantener el bloqueo. Se dice que los sectores más reaccionarios del espectro político norteamericano en el Congreso se opondrán a esa iniciativa. Seguramente será así, pero no sería raro que junto a poderosos intereses comerciales -deseosos de establecer vínculos con Cuba- el lobby del Pentágono y la CIA convenza a los más recalcitrantes que la seguridad nacional norteamericana exige votar el fin del bloqueo, algo que hasta apenas ayer parecía imposible y que el propio gobierno de Estados Unidos promoverá no por razones de respeto a la legalidad internacional o solidaridad con el pueblo cubano sino exclusivamente en función de sus intereses estratégicos globales. Tanto Obama como Kerry lo dijeron con todas las letras: Washington no abandona su propósito de fomentar las fuerzas que dentro de Cuba pudieran precipitar un “cambio de régimen”, fomentar el activismo y la participación de la “sociedad civil”, y  promover una “prensa libre” y el pluralismo político, preocupaciones estas que desaparecen como por arte de magia cuando el falaz régimen norteamericano habla de Arabia Saudita, país sin sociedad civil, sin prensa libre y en donde los partidos políticos están prohibidos. Sería inútil exigirle coherencia doctrinaria a un imperio cuyo objetivo excluyente es saquear los bienes comunes de nuestro planeta para mantener un patrón de consumo absolutamente irracional e insostenible, no ya en el largo plazo sino en la actualidad y mediante la militarización de las relaciones internacionales. Lo cierto es que, pese a toda la verborragia, el objetivo estratégico de Estados Unidos sigue siendo el mismo; lo que cambia es la táctica. Ahora se recurrirá al “poder blando”, eufemismo que significa tratar de apelar a los recursos derivados del supuesto atractivo de la sociedad norteamericana, sus también presuntos valores de igualdad, justicia, libertad, convenientemente manufacturados por la industria cultural basada en Hollywood pero desmentidos día a día por la realidad, para convencer a los cubanos mediante un intenso bombardeo propagandístico que una sociedad que mata afrodescendientes a destajo, que deja grandes segmentos al margen de toda atención médica y de la seguridad social, que impide que sectores de clase media puedan acceder a las universidades y que cuenta con la peor distribución de ingresos y recursos del mundo desarrollado es el espejo en el cual deben ver su propio futuro. “Poder blando”, aclarémoslo de entrada, que es apenas el reverso de la medalla en cuyo anverso se encuentra el “poder duro” de la mayor fuerza militar jamás conocida en la historia de la humanidad y dispuesta a ser aplicada sin mayores escrúpulos cuando sea necesario.

Muchos observadores han expresado su preocupación por este cambio de la política norteamericana. ¿Representa o no un desafío para Cuba? ¡Por supuesto que sí!, pero aún peor es el reto emanado de la continuidad sine die del bloqueo, que ha causado enormes daños materiales a Cuba. Según las últimas estimaciones del Ministerio de Relaciones Exteriores de ese país el costo económico de esa política equivale a dos Planes Marshall en contra de la Isla, mientras que con un solo Plan Marshall se reconstruyó la Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial. Ni se hable de los costos “no económicos” medidos en sufrimientos humanos, privaciones, frustraciones y otras secuelas de esa criminal política de agresión imperialista. Este fue un desafío que Cuba supo repeler, pero a un precio exorbitante. La continuidad indefinida del bloqueo obliga a preguntar cuanto tiempo más podría Cuba resistir esa situación sin erosionar la legitimidad del orden revolucionario, librando batalla en un terreno en el cual no tiene chances de prevalecer. En cambio, el desafío que plantearía la penetración norteamericana –económica pero también política y cultural- una vez eliminado el bloqueo podría ser respondido desde una posición mucho más favorable. Tal como lo recordara José Martí, “trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras”, y Cuba posee, gracias a Martí y a la incansable labor pedagógica de Fidel a lo largo de más de medio siglo, una formidable trinchera de ideas contra la cual se estrellará la propaganda norteamericana, el consumismo desenfrenado y las mentirosas ilusiones fomentadas por el American way of life que el pueblo cubano conoce muy bien desde 1898. Sin dudas, la densidad de la cultura cubana es incomparablemente más fuerte que la salud de su economía y librar la batalla en el terreno cultural, para derrotar al “americanismo”, como le llamaba Antonio Gramsci, es la táctica sin dudas más apropiada. La historia demuestra que Cuba puede derrotar a Estados Unidos desde la cultura y la política, no desde la economía. De los dos desafíos, por lo tanto, el más manejable es el que se abre con la normalización de las relaciones diplomáticas y el eventual fin del bloqueo. Si en la ex Unión Soviética “los espejitos de colores” del capitalismo fueron aceptados como buenos por su población fue porque allí no hubo ni un Martí ni un Fidel. No es el caso de Cuba, cuya población tuvo estos dos geniales maestros y además conoce el imperio como pocas, porque le tocó sufrirlo entre 1898 y 1958, y sabe muy bien que una cosa es la propaganda capitalista y otra completamente distinta el capitalismo “realmente existente”.

Por eso, ante las novedades aportadas días atrás y para evitar una re-edición de la “Obamamanía” que tantas decepciones ocasionara entre los ilusos que cayeron en esa trampa, y que ahora creen que Washington cambió, que abandonó sus planes de hacer retroceder el reloj de la historia hemisférica hasta la medianoche del 31 de Diciembre de 1958, antes del triunfo de la Revolución Cubana, se impone recordar lo que dijera el Che: “al imperialismo no se le puede creer ni un tantico así, ¡nada!” Sería gravísimo desoír tan sabio consejo en una coyuntura como la actual, cuando la validez de las palabras del “guerrillero heroico” es mayor que nunca.
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Cursos PLED 2015

Nueva convocatoria
Cursos PLED 2015

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1. La transición geopolítica global y América Latina
Prof. Atilio Boron
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2. China y el este de Asia en el tablero de la política mundial.
Prof. María del Pilar Álvarez
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3. Epistemología de las Ciencias Sociales: Latinoamérica en el espejo de su pensamiento
Prof. Mercedes D’Alessandro
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4. Crisis y límites del desarrollo capitalista en América Latina
Prof. Plinio Arruda de Sampaio
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5. EEUU y América Latina: dos siglos de conflictos y resistencias.
Prof. Luis Suárez Salazar
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6. Teoría y praxis en el pensamiento de Antonio Gramsci a la luz de la realidad latinoamericana.
Prof. Mabel Thwaites Rey
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7. Teorías políticas de la revolución y la contrarrevolución
Profs. Atilio Boron y Daniel Kersffeld
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8. ¿Copyright o Copyleft? El debate actual sobre la propiedad intelectual
Prof. Lillian Alvarez Navarrete
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9. Curso de Formación en Derechos Humanos
Profs. Atilio Boron, Eduardo Barcesat, Graciela Rosenblum, José Ernesto Schulman, Gerardo Etcheverry y Carlos Zamorano.
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10. Extractivismo y resistencias sociales en Nuestra América: bienes comunes y luchas emancipatorias
Profs. Emilio Taddei, José Seoane y Clara Algranati.
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11. Pensamiento Social y Político Latinoamericano: pasado y presente.
Prof. Juan Francisco Martínez Pería
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12. Esfera pública, medios masivos y conflictividad social
Prof. Rodolfo Gómez
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13. De los procesos de resistencia e insurrección a los gobiernos populares en nuestra América. Avances, tensiones y desafíos.
Profs. Paula Klachko y Katu Arkonada

Cronograma

  • Fin del período de inscripción a los cursos PRORROGADO: 17 de febrero de 2015
  • Acceso al Campus: entre 1 y 12 de marzo de 2015
  • Inicio del curso: 13 de marzo de 2015

Modalidad del curso

El curso se realiza bajo la modalidad a distancia a través del campus virtual del PLED.

Cada participante recibirá un nombre de usuario y contraseña para ingresar al Campus, donde podrá consultar, acceder a los documentos y utilizar los espacios de comunicación e interacción con el/la tutor/a y otros/as participantes.

La comunicación puede realizarse en cualquier momento del día, a través de foros, correo electrónico, mensajes en el campus virtual: no es necesario conectarse en un día y horario determinado.

Podrán descargar las clases y el material de lectura en formato PDF desde el Campus.

Los tutores guiarán la cursada indicando las lecturas y actividades obligatorias, vía plataforma virtual. El rol tutorial consiste en guiar el aprendizaje, sugerir un cronograma de trabajo, promover el intercambio entre participantes, responder dudas sobre el contenido y evaluar el proceso de construcción de conocimiento a lo largo del curso.

Organización del curso

El dictado regular de los cursos tiene una duración trimestral. Se desarrolla a lo largo de 12 clases, a dictarse a razón de una por semana. Los materiales de estudio consisten en los siguientes:

  • La clase escrita que presenta y desarrolla los contenidos principales y anticipa y orienta la lectura de la bibliografía.
  • La bibliografía obligatoria correspondiente a cada clase. Se trata de documentos, artículos y selección de textos de diversos autores.

Una vez que los materiales han sido colocados en el Campus ( los días viernes de cada semana) los/as tutores/as a cargo de cada curso, colocarán las consignas pertinentes. Estas consignas se elaboran en función de establecer y reforzar parámetros de lecturas comunes sobre los materiales.

Titulación

Es preciso aclarar que para obtener el Certificado de Asistencia al curso es requisito indispensable haber completado la totalidad de las actividades sugeridas por los/as tutores/as.

Para obtener un Certificado de Aprobación, se requerirá además de las actividades completas la realización de un trabajo monográfico final pertinente a los temas desarrollados a lo largo de la cursada. El plazo para la entrega de este trabajo es de hasta cuatro meses posteriores a la finalización del dictado regular del seminario. Durante este plazo contará con el auxilio de su tutor/a.

El PLED es una iniciativa que intenta articular la dimensión académica con las múltiples formas de participación política que a lo largo de América Latina expresan búsquedas de caminos alternativos en pos de un horizonte emancipatorio. Es por esto que no se establece una barrera académica al ingreso a nuestros cursos, no es requisito acreditar título de grado para acceder a cualquiera de nuestros seminarios. Así conviven en nuestras aulas virtuales diversas trayectorias de vidas y experiencias que nutren ricos debates permitiendo articular la teoría con la praxis en el mismo proceso de enseñanza-aprendizaje conjunto.

Al momento de titular la Asistencia o Aprobación de nuestros cursos, sí solicitamos al estudiante, copia del título de grado si lo tuviese. Esto es para que en el proceso administrativo correspondiente dicha titulación resulte válida para cualquier programa de posgrado nacional y/o internacional.

Nuestra titulación es otorgada por la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Río Cuarto (UNRC) y reconocida por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ).

Costo de los cursos y becas

Estudiantes residentes en América Latina: u$s 150 (dólares ciento cincuenta) o su equivalente en pesos argentinos MÁS costos por comisiones de tarjetas de crédito u otras comisiones no percibidas por el PLED.

Estudiantes residentes en el resto del mundo: u$s 300 (dólares trescientos) o su equivalente en pesos argentinos MÁS costos por comisiones de tarjetas de crédito u otras comisiones no percibidas por el PLED.

Formas de pago

El PLED cuenta con una Plataforma de Pagos on line desarrollada específicamente para implementar los pagos de sus cursos. Sólo requiere una clave de usuario y contraseña para operar en ella, dicha información es enviada a través de correo electrónico.

Los medios de pagos son:

* Tarjeta de crédito

* Sistema de Imprimo Y Pago (sólo para los residentes en Argentina): a través de la plataforma de pagos se puede obtener el talón de pago del curso y abonarlo en cualquier ventanilla del Banco Credicoop o de sistemas como Pago Fácil o Pagos Link.

Consultas:

secretaria-pled@centrocultural.coop

Becas

Se otorgará un número limitado de becas (cobertura del 50% del costo total de cada curso) a aquellos estudiantes que justifiquen tal beneficio en el Formulario de Inscripción.

Se privilegiarán aquellos postulantes avalados por organizaciones no gubernamentales y movimientos sociales, militantes con responsabilidades de formación y/o dirección en dichos movimientos, sindicatos y/o partidos políticos.

Cada solicitud será tratada por la Comisión ad hoc reunida exclusivamente para el tratamiento de cada caso en particular. Este comisión emitirá un dictamen y la Secretaría académica comunicará a cada postulante si ha sido o no aceptada su solicitud.

El cupo es limitado y la postulación implica aceptar el dictamen de la Comisión ad hoc.

Estudiantes residentes en la República de Cuba: Beca Total.

Consultas: academica-pled@centrocultural.coop

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Dilma: Capitulación y después

(Por Atilio A. Boron)  ¡Dilma se entregó sin luchar! Con su lamentable decisión de entregar a los banqueros los resortes fundamentales del estado se vino abajo toda la mistificación del “posneoliberalismo” construida a lo largo de estos años por los publicistas del PT. ¿Tenía opciones Dilma? ¡Claro que sí! En momentos como éste es más que nunca necesario no ceder ante el chantaje tecnocrático y antipolítico de los resignados del PT y sus partidos aliados que, parafraseando lo que decía Margaret Thatcher, aseguran que “no había alternativas”, que esto es doloroso pero “era lo único que podíamos hacer”.

Dilma, detenida y torturada por la dictadura militar
Si en vísperas del balotaje propuse, en contra de quienes propiciaban el voto en blanco o nulo, votar por Dilma era por dos razones: primero, porque era imprescindible cerrarle el paso a Aecio, representante de la derecha neoliberal dura, neocolonial hasta la médula y sin el menor compromiso con ninguna causa o estructura popular, cosa que el PT tuvo y decidió arrojar por la borda; segundo, porque me parecía razonable apostar a que, ante el horror del abismo, Dilma y los petistas tendrían todavía una mínima capacidad de reacción y lucidez para, por lo menos, tratar de pasar a los anales de la historia con algo de dignidad. Reconozco haber sobreestimado la capacidad de Dilma y los petistas para conservar ese reflejo elemental sin el cual la vida política se convierte en un interminable calvario. Pero aún así sigo sosteniendo que la apuesta era válida; que el desperdicio de una oportunidad única no significa que ésta no existiera; y que de haber triunfado Aecio estaríamos ante una situación todavía peor que la que hoy debemos enfrentar.

Lula, dirigente metalúrgico detenido por la dictadura militar
Mi planteamiento se sustentaba, desde el punto de vista tanto epistemológico como práctico, en la tesis que  afirma que los procesos históricos no obedecen a un patrón determinista. Si así fuera el sólo desarrollo de las fuerzas productivas conduciría ineluctablemente a la revolución y a la abolición del capitalismo, cosa que todos los marxistas -desde Marx y Engels hasta nuestros días, pasando por supuesto por Lenin, Gramsci y Fidel- se encargaron de refutar por ser una creencia equivocada que alentaba la desmovilización y el quietismo de las clases y capas explotadas y desembocaba, en el mejor de los casos, en el tibio reformismo socialdemócrata. Como lo señaló cientos de veces Lenin, el capitalismo no caerá si no se lo hace caer, y para se requiere de un componente esencial: la voluntad política. Esto es, la firme decisión de combatir en todos los frentes de la lucha de clases, organizar al campo popular, promover la concientización y la batalla de ideas y, por supuesto, adoptar la estrategia general y la táctica puntual más apropiada para intervenir en la coyuntura sorteando los riesgos siempre presentes y simétricos del voluntarismo, que ignora los condicionamientos histórico-estructurales, y el triunfalismo fatalista que confía en que las ciegas fuerzas de la historia nos conducirán a la victoria final. Quienes adhieren al determinismo histórico no son los marxistas sino los economistas y gobernantes burgueses, siempre prestos a disimular sus opciones políticas como resultado de inexorables imperativos técnicos. Si para abatir la inflación se congelan los salarios, y no se controla la formación de los precios, es por un razonamiento despojado de todo vestigio de política e ideología, tan puro en su abstracción como un teorema de la geometría. Si para mejorar las cuentas fiscales se recortan los presupuestos de salud, educación y cultura en lugar de hacer una reforma tributaria para que las empresas y las grandes fortunas paguen lo que les corresponde, se dice que aquella alternativa es la que brota de un análisis puramente técnico de los ingresos y egresos del estado. ¡Otra impostura!

Fue producto del rechazo a cualquier concepción fatalista o determinista que llegué a la conclusión, que ratifico el día de hoy, de que pese al fortalecimiento de la derecha  Dilma y el PT aún tenían una oportunidad; que les quedaba una bala en la recámara y que si tenían la lucidez y la voluntad de avanzar por izquierda todavía podrían salvar algo del proceso iniciado con la fundación del PT (y que tantas esperanzas había suscitado) y evitar un retroceso brutal que significara, para el movimiento popular brasileño, tener que subir una difícil cuesta para relanzar su proyecto emancipatorio.  Por eso me permito reproducir lo que escribí  después de la pírrica victoria de Dilma (y ahora sí se entiende porque fue pírrica, porque el triunfo hizo más daño al vencedor que al vencido, a Dilma y al PT que a Aecio). Decía en esa nota lo siguiente:
“Para no sucumbir ante estos grandes factores de poder se requiere, en primer lugar, la urgente reconstrucción del movimiento popular desmovilizado, desorganizado y desmoralizado por el PT, algo que no podrá hacerlo sin una reorientación del rumbo gubernamental que redefina el modelo económico, recorte los irritantes privilegios del capital y haga que las clases y capas populares sientan que el gobierno quiere ir más allá de un programa asistencialista y se propone modificar de raíz la injusta estructura económica y social del Brasil. En segundo término, luchar para llevar a cabo una auténtica reforma política que empodere de verdad a las masas populares y abra el camino largamente demorado de una profunda democratización.  … Pero para que el pueblo asuma su protagonismo y florezcan los movimientos sociales y las fuerzas políticas que motoricen el cambio –que ciertamente no vendrá ‘desde arriba’- se requerirá tomar decisiones que efectivamente los empoderen. Ergo, una reforma política es una necesidad vital para la gobernabilidad del nuevo período, introduciendo institutos tales como la iniciativa popular y el referendo revocatorio que permitirán, si es que el pueblo se organiza y concientiza, poner coto a la dictadura de caciques y coroneles que hacen del Congreso un baluarte de la reacción. ¿Será este el curso de acción en que se embarcará Dilma? Parece poco probable, salvo que la irrupción de una renovada dinámica de masas precipitada por el agravamiento de la crisis general del capitalismo y como respuesta ante la recargada ofensiva de la derecha (discreta pero resueltamente apoyada por Washington) altere profundamente la propensión del estado brasileño a gestionar los asuntos públicos de espalda a su pueblo. …  Nada podría ser más necesario para garantizar la gobernabilidad de este nuevo turno del PT que el vigoroso surgimiento de lo que Álvaro García Linera denominara como ‘la potencia plebeya’, aletargada por décadas sin que el petismo se atreviera a despertarla. Sin ese macizo protagonismo de las masas en el estado éste quedará prisionero de los poderes fácticos tradicionales que han venido rigiendo los destinos de Brasil desde tiempos inmemoriales.”

Lula y Bush Jr  durante la reunión en Brasil, al firmar acuerdo para aumentar la producción de etanol y biodiesel y reducir los precios del petróleo

Al anunciar la designación de Joaquim Levy como Ministro de Hacienda, un ‘Chicago boy’ y hombre de la banca brasileña e internacional, Dilma y el PT capitulan cobardemente de su responsabilidad histórica. En losCuadernos de la Cárcel hay una nota titulada “La fábula del castor” en la cual Gramsci dice lo siguiente a propósito de la incapacidad de las fuerzas de izquierda para resistir eficazmente al ascenso del fascismo: “El castor, perseguido por los cazadores que quieren arrancarle los testículos de los cuales se extraen sustancias medicinales, para salvar su vida se arranca por sí mismo los testículos. ¿Por qué no ha habido defensa? ¿Poco sentido de la dignidad humana y de la dignidad política de los partidos? Pero estos elementos no son dones naturales … son ‘hechos históricos’ que se explican con la historia pasada y con las condiciones sociales presentes.”  Al invitar a Levy y sus tenebrosos doctores de la ‘terapia del shock’ -Naomi Klein dixit- a tomar por asalto al estado (y especular con la posibilidad de que se le ofrezca a la senadora Katia Abreu, acérrima enemiga del Movimiento Sin Tierra y líder de la Confederación Nacional de la Agricultura, el lobby del agronegocios, el Ministerio de Agricultura) el gobierno petista obró como el castor de la fábula: se castró a sí mismo y traicionó el mandato popular, que había repudiado la propuesta de Aecio, al servirle el poder en bandeja a sus declarados enemigos perpetrando una gigantesca estafa postelectoral sin precedentes en la historia del Brasil. Esto explica el júbilo de los grandes capitalistas y sus representantes políticos y mediáticos, que celebraron este gesto de ‘sensatez’ de Dilma como una extraordinaria victoria. En efecto, perdieron en las elecciones porque el voto popular no los favoreció, pero la burguesía no sólo mide sus fuerzas y disputa el poder en el terreno electoral. Sería un alarde de cretinismo electoralista pensar de esa manera. Para corregir las erróneas decisiones del electorado están los ‘golpes de mercado’ y su fiel escudero: el ‘terrorismo mediático’ ejercido impunemente en Brasil en la reciente coyuntura electoral. Triunfadora en las urnas y derrotada y humillada fuera de ellas, Dilma asume como propio el paquete económico de sus enemigos, que ha hundido a Europa en su peor crisis desde la Gran Depresión y que tantos estragos ocasionó en América Latina. ¿Había alternativas? Claro: en línea con lo que observaba Gramsci, ¿por qué Dilma (y Lula) no denunciaron la maniobra de la burguesía y le dijeron al pueblo que se estaba a punto de cometer un verdadero desfalco de la voluntad popular?, ¿por qué no se convocó a los sectores populares a ocupar fábricas, parar los transportes, bloquear bancos, comercios, oficinas públicas y los medios de comunicación para detener el “golpe blando” en ciernes? En una palabra, ¿por qué tanta pasividad, tanta resignación? ¿Cómo explicar una derrota ideológica y política de esta magnitud?


Dilma y Obama, antes de descubrirse el espionaje
Lo que se viene ahora es la vieja receta para seducir a los mercados: ajuste fiscal ortodoxo; estímulos para acrecentar la rentabilidad empresarial, sobre todo del sector financiero; recorte de la inversión social (peyorativamente considerada como un ‘gasto’), todo para restaurar la confianza de los mercados lo que equivale a una imposible tarea de Sísifo porque estos jamás confían en otra cosa que no sea el crecimiento de sus ganancias. Pruebas al canto: jamás en la historia brasileña los bancos ganaron tanto dinero como durante la gestión de los gobiernos del PT. ¿Se apaciguaron por ello? Todo lo contrario. Se cebaron aún más, quieren más, quieren gobernar directamente sin el estorbo de una mediación política. Su adicción a la ganancia es incontrolable, y se comportan como adictos. La medicina que sin contrapeso alguno en el sistema político aplicaran estos hechiceros de las finanzas es un cocktail explosivo que no servirá para promover el crecimiento económico de Brasil pero que, sin dudas, potenciará el conflicto social hasta niveles pocas veces visto en ese país. La feroz respuesta represiva que tuvo lugar cuando las grandes movilizaciones desencadenadas por el aumento de la tarifa del transporte público en junio del 2013 puede ser un juego de niños por comparación a lo que podría suceder en el futuro inmediato una vez que Levy y los banqueros comiencen a aplicar sus políticas.

Si miramos el gráfico precedente veremos que al sector financiero no le basta con apropiarse nada menos que del 42.04 % del presupuesto federal de Brasil del año 2014 en concepto de intereses y amortizaciones de la deuda pública, contra el 4.11 % en salud, 3.49 % en educación y poco más del 1 % en Bolsa Familia. Para mejorar aún más su rentabilidad Levy trabajará con tesón para perpetuar la dependencia del estado de los préstamos de los banqueros, subir aún más las exorbitantes tasas de interés percibidas por éstos y aumentar su participación leonina en el presupuesto, todo esto dejando intacta la regresiva estructura tributaria y los privilegios y prerrogativas que el capital ha gozado en los últimos tiempos. Pero sería un error suponer que las andanzas de Levy y los suyos tienen como único objetivo acrecentar la riqueza de los capitalistas. El objetivo que se han impuesto las clases dominantes en Brasil -y que no encontró resistencia en el gobierno del PT- es fortalecer la posición del gran capital no sólo en el seno de los mercados sino también en la sociedad y la política, consolidando una correlación de fuerzas en la cual los movimientos  populares queden definitivamente supeditados al dominio de aquel. Se trata, en suma, de un proyecto refundacional del capitalismo brasileño montado sobre el fracaso del reformismo light del PT y en donde, como en el Chile refundado por la dictadura pinochetista, la alianza burguesa ejercerá el dominio político directo, sin la molesta intermediación de la vocinglera partidocracia que sólo produce ruidos que perturban la paz y la serenidad que necesitan los mercados. Con esta medida adoptada por el gobierno del PT, Brasil culmina un penoso tránsito desde una democracia de baja intensidad hacia una desvergonzada plutocracia que nada bueno podrá ofrecerle a su pueblo y, por extensión, a América Latina, acongojada y entristecida al ver a su ‘hermano mayor’ rendirse ante los capitalistas sin ofrecer la menor resistencia. Confiamos en que las fuerzas populares brasileñas más temprano que tarde iniciarán un proceso de recomposición para aventar la barbarie que se cierne sobre ellas.
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