El Búho y la Alondra

Trulalá, Buenos Aires, ¿Argentina?

Autor/es: Delfina Moroni

Edición: Tangram Buenos Aires


Las aventuras de Hijitus significaron un quiebre en la escena televisiva argentina. Era la primera vez que elementos reconocibles para el espectador aparecían en la pantalla animada ocupando un lugar central. Los personajes hablaban “como nosotros” y se movían por espacios familiares: cruzaban la 9 de Julio, asistían a una pelea en el Luna Park, llegaban a Ezeiza para tomar un avión. Entonces, rápida y popularmente, se aceptó que Las aventuras… representaban el ser nacional por antonomasia. Desde la desapasionada distancia que regala el paso del tiempo, nos preguntamos si en verdad era (es) así.

Desde los primeros experimentos de Quirino Cristiani a principios del siglo XX hasta, por lo menos, La asombrosa excursión de Zamba, la historia de la animación argentina es sumamente prolífica. Mas es indiscutible que fue Manuel García Ferré quien, hacia finales de los sesenta, marcó un quiebre con la creación de Las aventuras de Hijitus. En 1967, su productora estrenó esta serie basada en personajes e historias ya popularizadas a través de las revistas en las que publicaba sus historietas (incluida la que él mismo editaba, Anteojito). Las aventuras… no sólo fue la primera serie animada local sino la hispanoamericana de mayor éxito hasta la fecha. En efecto, desde su creación, Canal 13 ha transmitido casi ininterrumpidamente sus cinco decenas de episodios a color.

En nuestro país, hasta el debut de esta serie, las opciones de entretenimiento animado infantil provenían de Estados Unidos y Japón, acompañadas por sus indigestos doblajes en español “neutro” (curiosa expresión: difícilmente exista un rasgo cultural menos neutro que el idioma). En este sentido, las razones detrás de la revolución que desataron Las aventuras… no fueron tanto su producción local (para los televidentes menudos se trataba de un dato más bien insignificante) como la presencia, por primera vez en la pantalla animada, de elementos reconocibles. Los personajes hablaban “como nosotros” y se movían por espacios familiares: cruzaban la 9 de Julio, asistían a una pelea en el Luna Park, llegaban a Ezeiza para tomar un avión. Entonces, rápida y popularmente, se aceptó que Las aventuras… representaban el ser nacional por antonomasia. Habría que preguntarse, desde la desapasionada distancia que regala el paso del tiempo, si en verdad era (es) así.

[Es compleja la relación entre el tiempo y las pasiones. En mi infancia partida entre dos décadas –la mitad democrática de los ochenta y el primer menemismo– también fui fan de Hijitus… O, más bien, de Neurus y de Cachavacha. Hijitus siempre me pareció un auténtico imbécil, preso de una moralina absurda. Con los años, continuaría eligiendo así: Pizzazz sobre Jem, Isidoro sobre Patoruzú, Batman sobre Superman… No me avergüenza confesar incluso que, ya en la adultez, secretamente esperaba que Harry Potter pereciera en el enfrentamiento final con Lord Voldemort. Como sea, aún hoy me cuesta pensar críticamente Las aventuras… sin sentir que traiciono a una versión de mí misma.]

En sucesivas entrevistas, García Ferré se encargó de aclarar que sus historias estaban situadas fuera del espacio y del tiempo: “En ningún momento visto a mis personajes con la moda que esté actualizada: ni las zapatillas, ni las remeras, ni los sombreros. (…) Sí le pongo a cada uno un sentimiento” (PerfilTv). En una (hermosa) nota publicada en el suplemento Radar de Página 12 en 2009, Rodrigo Fresán se preguntaba si Trulalá estaba ubicada en las afueras de Buenos Aires, en el norte de nuestro país, en la Patagonia o si se trataba de una suerte de “alias de La Plata”, y finalmente concluía que su localización geográfica precisa no era tan importante. Sin embargo, en ese emplazamiento radica parte de la fórmula del éxito de Las aventuras... En las calles de Trulalá, es imposible no reconocer Buenos Aires. Una Buenos Aires difusa, por momentos cercana al mítico reducto cuchillero de Borges, pero reconocible al fin.

Buenos Aires se cuela en Trulalá (¿contra la voluntad de su demiurgo?), a través de sus espacios, personajes y costumbres. En uno de los episodios puede verse este mapa de la ciudad:

Pero no se trata solo de límites. Existen puntos de referencia de Buenos Aires que se replican en Trulalá. En el episodio “Kechum vs. Boxitracio”, ambos se enfrentan en una pelea en el Trulalá Park.

La presencia del estadio en la serie es mucho más que un guiño a los espectadores menos jóvenes. Es una marca de la cultura popular porteña, al menos hasta los ochenta. A modo de muestra, solo dos años antes del debut de Las aventuras…, el 4 de septiembre de 1965, Oscar “Ringo” Bonavena y Gregorio Peralta se enfrentaron en el Luna Park, y según el testimonio Tito Lectoure (difusor del boxeo y mítico personaje de la ciudad él mismo): “Hubo gente que se colgó de las cabreadas del techo para ver la pelea”. En esa ocasión, más de 25.000 personas asistieron (con entrada) al estadio, concurrencia que alcanzó muchas otras veces. Tres décadas antes, en 1936, el Luna había sido escenario de un evento algo distinto pero igualmente popular y populoso: el funeral de Carlos Gardel.

Gardel y el tango, máxima expresión del ser porteño (hoy más bien confinado a negocio for export pero bien vigente durante la primera mitad del siglo XX), también tienen su lugar en Las aventuras… Respecto del personaje Pucho, por ejemplo, comentó Pelusa Suero (actor que le dio voz) en el documental Los misterios de Trulalá: “Era un hombreador de bolsas, que trabajaba en el Abasto, y siempre andaba con un pucho acá [la comisura derecha] y era melancólico… y no sé por qué se me ocurrió que era Gardel… mejor dicho, era agardelado (...) entonces tenía que hablar de una manera especial, (…) era porteño, con esa cosa melancólica del tango…”. Pucho, esa criatura antropomorfa, cuyo look característico lo emparenta simultáneamente con Aníbal, el personaje de Juan Carlos Calabró, y con los Chicos Malos de Disney, constituye un estereotipo porteño un tanto demodé. Difícilmente pueda sostenerse que ese ser arrabalero, que toca el bandoneón en sus ratos libres, sea un ciudadano de los sesenta. Hay que pensarlo, más bien, como un vestigio de arrabal utópico, a la manera de Evaristo Carriego en la obra de Borges.

El tango reaparece en sucesivos episodios. De hecho, reaparece en la que, desde mi fanático punto de vista, es una de las más gloriosas aventuras, aportando –una vez más– a la confusión respecto de la locación de las mismas. En “La estatua de Neurus”, el profesor decide “auto eliminarse” con el fin de alcanzar la posteridad. Tras un intento fallido (dicho sea de paso, el plan original era cruzar la avenida 9 de Julio “distraído y leyendo el diario”), se trepa a la punta del Obelisco y, antes de saltar, recita: “Adiós, mi Buenos Aires querido, ya no te volveré a ver”.

Durante los noventa, Las aventuras… experimentaron un nuevo pico de popularidad, despertando fanatismo en una generación de niños cuyos padres también habían crecido junto a ellas. En 1995, surgió la posibilidad de desarrollar nuevos episodios. El proyecto quedó inconcluso por diferentes motivos; solo se terminaron cuatro capítulos y uno quedó por la mitad. Uno de los completos fue precisamente “El concurso de tango”, en el que la pareja conformada por Hijitus y la vecinita de enfrente se opone a la de el malevo Larguirucho y Cachavacha.

Buenos Aires y Trulalá se fusionan, entonces, en sus personajes, costumbres y mojones culturales. Pero también en sus periferias. El último recurso para la “auto eliminación” de Neurus, en el memorable episodio ya citado, es tirarse sin paracaídas sobre la Cordillera de los Andes. Para ello, debe tomar el vuelo a Chile, esperar a que el avión pase sobre el Aconcagua y simplemente abrir la puerta. Este plan cuenta con la complicidad de su eterna socia, la bruja Cachavacha, quien lo alcanza “hasta Ezeiza” en su escoba voladora.

En otro capítulo, el primero realizado a color, Neurus y su troupe se dirigen a Mar de Lata, a apropiarse de un portaaviones atómico.

Podemos decir, entonces, que Trulalá es tan porteña como el Obelisco, el tango y la 9 de Julio. La presencia casi decorativa del único personaje evidentemente nacido del otro lado de la General Paz, el comisario de tonada correntina e inmutable mate bajo el brazo, no hace más que reforzar esta identificación (aunque a más de uno no le guste, la nuestra es una urbe que ha crecido en el crisol de idiomas europeos y acentos provinciales). El problema surge cuando, casi por efecto metonímico, aceptamos la relación de equivalencia “Trulalá = Buenos Aires = Argentina” reproduciendo, una vez más, la lógica imperante desde la división entre unitarios y federales allá por el XIX. La pregunta es si es razonable pedirle a un personaje televisivo que resuelva uno de los antagonismos fundacionales de nuestro ser nacional. O, desde una perspectiva quizás menos ingenua, cuál es el rol de los medios masivos en la reproducción de estas pautas.

Por si acaso quedaran dudas acerca de la identidad secreta de Trulalá, cabe recordar que, durante la presidencia de Arturo Frondizi (1958-1962), la Comisión de Erradicación de Villas de Emergencia llevó adelante un plan de reubicación de los habitantes de las villas de Buenos Aires. El proyecto fue duramente criticado, ya que las nuevas viviendas eran más precarias que las anteriores casillas. Se trataba de estructuras construidas con chapas de zinc curvadas, que incluían una letrina tubular y no cumplían las más elementales condiciones de higiene o ventilación. Oficialmente, se conoció estos asentamientos como Barrios CEVE. Popularmente, recibieron el nombre de “medio caño”.

Pasaron los años, hoy la estética y los argumentos de Las aventuras… resultan naif ante la mirada de los nativos digitales. En la cabeza de un sub 30, la frase “Hablá más fuerte, que no te escucho” encierra el mismo contenido semántico que un haiku en idioma original. Para los nostálgicos nacidos hacia atrás de los noventa, nos queda volver a visitar ese alias de Buenos Aires que es Trulalá en YouTube. Y los jóvenes televidentes actuales cuentan con el formoseño Zamba, que comienza sus aventuras en el Cabildo pero (afortunadamente) no deja de visitar Tucumán.


Cómo citar este artículo:
Delfina Moroni. "Trulalá, Buenos Aires, ¿Argentina?". El búho y la alondra [en línea]  Julio / Diciembre 2017, n° Tangram Buenos Aires. Actualizado:  2017-09-14 [citado 2017-11-21].
Disponible en Internet: http://www.centrocultural.coop/revista/tangram-buenos-aires/trulala-buenos-aires-argentina. ISSN en trámite.

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