El Búho y la Alondra

La circunscripción de la catástrofe ambiental, el territorio como tiempo futuro

Autor/es: Bernardo Sampaolesi, Leandro Rubertone

Edición: Confines y fronteras


La construcción de un imaginario colectivo de un posible futuro pos apocalíptico, conlleva una construcción de hegemonía que nos impide realizar las enormes problemáticas ambientales actuales, a la vez que oculta las diferencias de clase y de países en el sufrimiento de estas crisis.

 

A partir de la segunda mitad del siglo pasado, Occidente comenzó de diversas maneras a tomar conciencia de la problemática ambiental como algo real, y de que sus consecuencias podían ser devastadoras. El conocido informe del club de Roma sobre los límites del crecimiento económico, así como los resultados catastróficos de la bomba atómica y la posibilidad de un apocalipsis nuclear durante la guerra fría fueron consolidando un imaginario colectivo que chocaba fuertemente con la idea clásica del progreso moderno. Progreso que en siglos anteriores se había imaginado infinito, y, de forma rectilínea o zigzagueante, avanzando siempre hacia un futuro venturoso. Con estas nuevas perspectivas se comenzaba a dibujar la noción de un futuro oscuro, donde los humanos sufrirían las consecuencias de haber abierto una caja de pandora.

Los imaginarios de un futuro (pos)apocalíptico se multiplican a partir de la segunda mitad del siglo XX, y la figura de la distopía se transforma. El miedo a los gobiernos totalitarios que aparecían en textos como 1984 de George Orwell dejan paso poco a poco a la idea de la extinción humana, sea a raíz de un conflicto nuclear, de una guerra contra nuestras creaciones robóticas o de una plaga o crisis ambiental (Mad Max, Terminator, El planeta de los simios, 2024: apocalipsis, Soylent green). Películas del estilo se volvieron género y su influencia pasó por diversos ámbitos, incluso llegó a los juegos de video; algunos como A new beginning plantean la idea del viaje en el tiempo para evitar el desastre ecológico y su consecuente futuro de escasez y sufrimientos generalizados. Otros, como la serie Fallout nos plantean encarnar un personaje que debe obtener recursos y sobrevivir en un futuro de pos apocalipsis nuclear.

Así, en estas obras la idea de futuro está teñida por la catástrofe en lugar del progreso, y muchas coinciden en que los recursos serán escasos y la población tendrá grandes problemas para obtenerlos. En líneas generales, estos trabajos toman una concepción diferente del tiempo presente. Lejos de concebir el ahora como un tiempo de aciertos, donde la producción y sacrificio servirán para el tiempo futuro, la consideración es inversa, el tiempo presente es una oportunidad, pero no de producción sino cognitiva, para “darnos cuenta” y “tomar conciencia”, reorientar nuestros esfuerzos y cambiar el rumbo. De esta forma, el horizonte de sentido sobre el presente se basa en la idea de oportunidad, para evitar este posible futuro desastroso.

Estas transformaciones en nuestra percepción colectiva reactivaron un discurso sobre los peligros de la técnica. Sea en forma de contaminación industrial y depredación de recursos, creación de robots e ingeniería genética o destrucción atómica y holocausto nuclear, la perspectiva general es similar. Se advierte en este discurso una crítica a nuestro sistema, el económico a veces, pero sobre todo el técnico/pos-industrial. El humano ha abusado de sus capacidades, se encuentra ensoberbecido y, de continuar así, pagará las consecuencias en un futuro relativamente cercano. Y, aunque la principal fuente de estas ideas eran la Guerra Fría y su amenaza nuclear, caído el muro de Berlín y luego la URSS, el discurso de la catástrofe por venir se desplazó cada vez más fuertemente hacia hecatombes naturales (producidas o no) o resultados no deseados del desarrollo tecnológico, tanto de robots como de plagas o virus. Este discurso se articuló fuertemente a partir de los grupos ambientalistas, y también de la cultura hippie o contracultural de la década de los setenta.

Una película que consideramos analizar de forma particular es Wall-E, producción animada de PIXAR, en la que el planeta se ha convertido en un basural. La humanidad se ha refugiado en una estación espacial, donde las personas son sostenidas y manipuladas por máquinas, que las mantienen obesas y colonizadas, mientras un robot solitario intenta la tarea de Sísifo, al compactar la casi infinita cantidad de basura existente en pequeños bloques que apila, sin poder cambiar su programación al respecto. Aquí se entrecruzan varias de las temáticas mencionadas y de los temores que se despertaron luego de la segunda posguerra, entre otros, la basura, la humanidad relegada a meros consumidores de vidas insípidas y poco saludables (los pocos humanos que quedan son todos completamente sedentarios y conectados las 24 hs a pantallas que les dicen qué hacer); de fondo, la máquina lo controla todo. Así, los temores por la técnica y la denuncia de nuestro modo de vida se desarrollan a partir de la parodia y la sátira. La película ciertamente es interesante y divertida, pero el problema de la basura se proyecta nuevamente hacia el futuro. El mañana es peligroso ya que no tendremos dónde vivir. Mientras, una gran parte de las poblaciones de nuestro planeta viven hoy tapadas por la basura, y todos sufrimos los efectos tóxicos de estos elementos en nuestro día a día.

Lejos estamos de querer impugnar los discursos críticos con nuestro modo de vida, ya que los miedos y resquemores sobre los que se basan y se basaron se encuentran anclados en hechos concretos de nuestro desarrollo cultural. Es sabido que varias veces a lo largo de la Guerra Fría se estuvo muy cerca de iniciar la tercera guerra mundial, incluso con uso masivo de misiles nucleares, especialmente durante la crisis de 1962. No sólo eso, sino que los efectos del calentamiento global son ampliamente reconocidos, y sus resultados negativos en el futuro pueden estimarse pero no conocerse a ciencia cierta, aunque hay amplio consenso científico sobre el hecho de que su impacto será profundo y duradero.

Sin embargo, quisiéramos en este trabajo advertir sobre una operatoria hegemónica en este discurso pos-apocalíptico, y sus efectos de territorialización, y, más importante aún, de des-territorialización, que creemos, nos impiden ver el presente en toda su amplitud. Al ser recuperado en su mayoría por el mainstream cinematográfico y de producción cultural general de Estados Unidos, el discurso contracultural de crítica al consumo y a nuestras formas culturales, es decir, un discurso que plantea un cambio de paradigma profundo (independientemente de la viabilidad o no de ese cambio), fue incorporado como ficción temporal. Esta apropiación ya representa una primera dificultad en la percepción de la realidad, ya que las ficciones advierten, pero también banalizan.

Por otra parte, el discurso pos-apocalíptico tiene el problema de presentar una cierta homogeneidad. El mundo será desastroso (en su totalidad) y es nuestro deber tomar conciencia de ello para evitar el futuro oscuro de la humanidad (en su conjunto). Por supuesto, no todos los imaginarios son iguales, y existen excepciones, pero en principio la imagen es la de una humanidad devastada en general. Esto genera distintos efectos en nuestra conciencia. El primero de ellos es que se eliminan o al menos se atenúan fuertemente las diferencias de clase, “la crisis será para todos, y fue producida por todos” mientras que, en realidad, la responsabilidad y los padecimientos de las distintas clases sociales en esto es diferenciada. Como segundo efecto importante podemos mencionar que se encubre la distribución inequitativa de los costos ambientales, tanto por clase social (los pobres sufren más los efectos que los ricos, y al mismo tiempo, tienen menos responsabilidad en la generación de este problema) como por países (en todos los análisis científicos serios, se sabe que algunos micro estados pueden desaparecer completamente, y que los efectos del cambio climático no serán iguales para todos). Finalmente, y este es el punto central que deseamos remarcar, al poner el acento en el futuro, se deja de lado aquellos desastres ecológicos que ocurren en el presente, atenuando su impacto emocional, al existir una proyección constante en el tiempo.

Las catástrofes ambientales existen, y la población se ve obligada a vivir en ellas, pero ocurre que no se trata de toda la población, y que no ocurren en todo el territorio. Los territorios de catástrofe ambiental se encuentran particularizados, “escindidos”, y separados de la mirada global, especialmente la mediática.

Sólo considerando el caso de nuestro país, podríamos hablar de la mega minería a cielo abierto, con sus incalculables consecuencias nocivas de todo tipo, como la contaminación de aguas, tierra y aire, la destrucción absoluta, el impedimento a otras actividades económicas, la extirpación del hábitat y la catástrofe animal, etc. Podríamos mencionar también el proceso de producción de soja transgénica, con los continuos baños en glifosato y otros contaminantes químicos, que alteran el agua, aire y tierra, y la vida misma de la población de todo el país que consume agroquímicos de manera regular, y por supuesto de los poblados que son fumigados de forma regular por los aviones pesticidas. Asimismo, los efectos en el suelo son ampliamente conocidos, generando inundaciones crecientes en gran parte del territorio, con enormes pérdidas económicas, migraciones internas y, lo que es peor, la enfermedad y muerte de muchas personas, víctimas de esta catástrofe ambiental que es nuestro presente. Si la palabra catástrofe parece exagerada, piénsese en la tala de bosques nativos, en la extranjerización de la tierra, en la persecución y asesinato de las poblaciones originarias, en la extinción de flora y fauna a lo largo de todo el mundo, y quizás se considerará que los autores no expresan aún con suficiente fuerza el holocausto que vivimos.

Sin embargo, al considerar estos problemas enormes, se activa en nuestra mente, una y otra vez, el problema del futuro. ¿Cómo sobrevivirán las generaciones futuras? “Debemos ocuparnos de esto por nuestros niños”, y otras del estilo. La visión de catástrofe por venir dificulta ver la catástrofe presente.

Si nos posicionamos desde el punto de vista de un estadounidense de clase media, por ejemplo, en la actualidad no existiría ninguna catástrofe ambiental, y es algo que “los gobiernos están a tiempo de evitar”. Esto, creemos, se debe en parte a que la conciencia sobre lo ambiental y sus efectos están fuera del tiempo presente, dado que nuestro estadounidense imaginario no está viviendo una crisis ambiental ni ve las montañas de basura en su país, entonces, es como si no existieran. O aún, para él existen simplemente como riesgo, pero no como hecho.

Lo que deseamos proponer como categoría es que los territorios de población marginal, y específicamente aquellos que sufren desastres ambientales, son proyectados como futuro a evitar, y esto es así, incluso aunque ellos son evidentemente contemporáneos. En este sentido consideramos que lo que ocurre con la invisibilización de los más pobres es similar al desprecio desarrollado durante el imperialismo del siglo XIX, donde según Jhon Agnew, los colonizadores, al encontrarse con los pueblos originarios de los territorios a conquistar, pasaron a considerarlos “atrasados” (aunque eran obviamente contemporáneos), a partir de una idealización del propio transcurso histórico europeo. Al circunscribir espacialmente un tiempo distinto (espacios atrasados y otros avanzados) el tiempo se transformó en espacio, y viceversa. Hoy, consideramos que ocurre un proceso similar pero invertido. Quienes sufren la contaminación son proyectados en el futuro, pero no un futuro de progreso y desarrollo, sino un futuro distópico “a evitar” y sólo se puede pensar que ese futuro debe evitarse, en la medida en que se considera que no es presente. Para poder evitar el futuro se debe negar que esas personas que viven tapadas por la basura están hoy aquí. Ya que de otra manera, ¿no habríamos fracasado ya? Proponemos entonces llamar a este concepto “invisibilización temporal” para analizar este tipo de organización conceptual que facilita la muerte y las pésimas condiciones ambientales para ciertas poblaciones a partir de considerarlas, de modo consciente o inconsciente como fuera del presente, es decir, como no-contemporáneos.

En definitiva, ¿por qué se dejan de lado las catástrofes presentes? La catástrofe ambiental actual probablemente no se vea en su completa dimensión a nivel discursivo, por:

1) La estructura de poder. Es posible que no pueda publicitarse a gran escala la dimensión del daño ambiental de la actualidad simplemente porque aquellos que lo propinan son quienes ejercen el poder, específicamente las más grandes corporaciones del sistema capitalista. De predominar un discurso en su contra, su legitimidad sería de difícil sustento. Dado su poder actual, es lógico que esto influya en los discursos dominantes, de tal forma que, no solo a nivel legislativo, sino a nivel mediático, aún las denuncias respecto del accionar de estas corporaciones es marginal o, como mínimo, no es hegemónico. En este sentido, la nueva administración de Estados Unidos ha dado sobradas muestras de su falta total de interés por la problemática ambiental, al punto ridículo de que Donald Trump llegó a asegurar que el calentamiento global es “un invento de China”, lo que es un absurdo se mire como se mire.

2) Como dijimos antes, las diferencias de clase u estrato social. Los sectores populares son principales víctimas hoy de los costos ambientales. Es decir, la carga de los daños ambientales, al igual que los costos del modelo económico son desparejas en el sistema capitalista. Como con la distribución de la renta, aquí los más vulnerables en cuanto a la problemática ambiental son también los más pobres. Estos sectores no suelen ser parte protagónica de los relatos hegemónicos de nuestra época, no suelen ser parte del ideal del mainstream ni de los estados nación; de tal forma que la pobreza tiende a ser invisibilizada por parte de los sectores más poderosos o dominantes a nivel discursivo. Nuevamente esto no significa que no existan discursos que los recuperen, sino que no son dominantes. De tal forma que, en la invisibilización de la pobreza también va gran parte de la invisibilización de la catástrofe ambiental. Las urbes más pobres de todas las sociedades capitalistas cargan con registros de contaminación enormemente más altos que los sectores medios y altos de cada sociedad, pero esto no suele exponerse en los discursos habituales que construyen nuestro imaginario.

3) Consideramos que este proceso de invisibilización tiene puntos de contacto con otros que ocurrieron con la idea de “atraso” en las poblaciones originarias, que en función de esa supuesta diferencia temporal fueron reducidas a la esclavitud o lisa y llanamente a la desaparición, de forma tal que en la actualidad las catástrofes ambientales y quienes las sufren son separados del discurso hegemónico; y la mayor parte de las referencias a estas temáticas se vinculan a un trabajo de “prevención”. Así, el problema se presenta como tratar de evitar los desastres posibles del futuro, lo que nos impide ver que éstos ya se desarrollan en nuestro presente. Todos sufrimos amplios grados de contaminación en nuestra vida cotidiana, y los efectos económicos sobre nuestro país son muy importantes, sin embargo, existen sectores poblacionales especialmente castigados por esta problemática. Las personas que más sufren esto, y que en términos biopolíticos ven claramente incrementadas su exposición a la muerte, viven un proceso de invisibilización temporal. Y esto, para retomar nuestro ejemplo con el estadounidense promedio, no se agota en las villas de emergencia (nosotros tuvimos esta idea al trabajar con la gente que vive en las márgenes del riachuelo), sino que podríamos considerar que todo nuestro país se encuentra bajo esta modalidad; basta pensar que hace dos años que gran cantidad de provincias se encuentran inundadas, y el gobierno no tomó ningún tipo de medida al respecto, ni el discurso ecológico se hizo el menor eco en la agenda oficial, exceptuando actuaciones ridículas del ministro de Ambiente. Si cuando tenemos durante meses y años medio país bajo el agua, seguimos considerando a las catástrofes como algo por venir, es posible reflexionar que algo en nuestro aparato cultural y conceptual está fallando.

Como decíamos, la catástrofe ambiental como suceso presente no es aún un discurso hegemónico. Sin embargo, esto no ha impedido que la problemática se cuele, y aparezca, aquí y allá en boca de especialistas, y en ciertos momentos críticos en el saber cotidiano. Este fenómeno nos recuerda, por un lado, la importancia de Gramsci, y la necesidad de visibilizar los problemas que se “ocultan” ante nuestros ojos; por el otro, nos muestra mínimamente que la actualidad empieza muy lentamente a sentirse y a preocuparse porque la catástrofe ambiental, además de ser el futuro, también es el presente.

 


Cómo citar este artículo:
Bernardo Sampaolesi. , Leandro Rubertone. "La circunscripción de la catástrofe ambiental, el territorio como tiempo futuro". El búho y la alondra [en línea]  Julio / Diciembre 2018, n° Confines y fronteras. Actualizado:  2018-08-15 [citado 2018-11-17].
Disponible en Internet: http://www.centrocultural.coop/revista/confines-y-fronteras/la-circunscripcion-de-la-catastrofe-ambiental-el-territorio-como-tiempo. ISSN en trámite.

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