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Publicado en Julio / Diciembre 2015 / Edición N° 23 / Año 9

ISSN 1851-3263

Publicación Semestral

Los verdaderos protagonistas de nuestra independencia y su legado

Edición N° 23 - Especial

Cómo citar este artículo

Pisnoy, Alejandro. "Los verdaderos protagonistas de nuestra independencia y su legado". La revista del CCC [en línea]. Julio / Diciembre 2015, n° 23. Actualizado: 2016-01-25 [citado 2017-04-28]. Disponible en Internet: http://www.centrocultural.coop/revista/articulo/545/. ISSN 1851-3263.

Resúmenes

Español: Es innegable el papel fundamental que jugaron en la etapa de la emancipación americana hombres como Francisco de Miranda, José de San Martín, Simón Bolívar, Manuel Belgrano, José A. Sucre y Bernardo O´Higgins por nombrar algunos de ellos resaltados por la historia clásica o académica, pero sin destacar la importancia de su gesta o idea de emancipación y unidad del continente. Otros hombres “olvidados, o menospreciados”, que también lucharon por la libertad del continente fueron José G. Artigas, Mariano Moreno, Juan J. Castelli, y hasta el propio y el más ideólogo revolucionario de la independencia, Bernardo de Monteagudo. Muchos hombres y pueblos que lucharon por la independencia han sido dejados de lado por la historia tradicional, pero mucho más olvidado, menospreciado y mal interpretado es el papel que tuvieron las mujeres en la lucha por la libertad de nuestro continente: Juana Azurduy en el Alto Perú; Manuela Sáenz, quien luchó desde muy joven, junto a Bolívar y Sucre; Javiera Carrera en Chile; Josefa Ortiz y Leona Vicario en México, entre otras.

En las entrañas de mi patria entraba la punta asesina hiriendo las tierras sagradas. La sangre quemante caía de silencio en silencio, abajo, hacia donde está la semilla esperando la primavera. Más hondo caía esta sangre. Hasta las raíces caía. Hacia los muertos caía. Hacia los que iban a nacer”.i

 

Es innegable el papel fundamental que jugaron en la etapa de la emancipación americana hombres como Francisco de Miranda, José de San Martín, Simón Bolívar, Manuel Belgrano, José A. Sucre y Bernardo O´Higgins por nombrar algunos de ellos resaltados por la historia clásica o académica, pero sin destacar la importancia de su gesta o idea de emancipación y unidad del continente. Otros hombres “olvidados, o menospreciados”, que también lucharon por la libertad del continente fueron José G. Artigas, Mariano Moreno, Juan J. Castelli, y hasta el propio y el más ideólogo revolucionario de la independencia, Bernardo de Monteagudo; claro que faltan nombrar a muchos más. Hoy podemos vislumbrar que estos hombres y sus ideales fueron dejados de lado, qué lugar ocupan los pueblos originarios, los negros (inclusive en situación de esclavitud) y los criollos que pertenecían a las clases más populares, en esta parte de la historia; teniendo en cuenta la gran influencia y el camino que marcó para esta gran emancipación continental la independencia de Haití, la primera del continente (1 de enero de 1804), es decir, la victoria de los esclavos frente al ejército napoleónico.

En el párrafo anterior sólo mencionamos a algunos de los hombres y pueblos que lucharon por la independencia y fueron dejados de lado por la historia tradicional, pero mucho más olvidado, menospreciado y mal interpretado ha sido el papel que tuvieron las mujeres en la lucha por la libertad de nuestro continente. Juana Azurduy en el Alto Perú; Manuela Sáenz, quien luchó desde muy joven, junto a Bolívar y Sucre; Javiera Carrera en Chile; Josefa Ortiz y Leona Vicario en México, entre otras. Hoy en día son poco reconocidas, pero no fue así en aquel momento, ya que pensadores como Monteagudo, entre otros, reconocieron el papel fundamental de ellas en la lucha:

Americanas: os ruego por la patria que desea ser libre, imitéis estos ejemplos de heroísmo y coadyuvéis a esta obra con vuestros hijos; mostrad el interés que tenéis en la suerte futura de vuestros hijos, que sin duda serán desgraciados si la América no es libre […] viva la exclamación que hacía en nuestra época una peruana sensible ¡¡¡libertad, libertad sagrada, yo seguiré tus pasos hasta el sepulcro mismo!!! y al lado de los héroes de la patria mostrará el bello sexo de la América del Sud el interés con que desea expirar el último tirano, o rendir el supremo aliento antes que ver frustrado el voto de las almas fuertes.ii

En casi todos los territorios que se decían pertenecer a España, el camino a la emancipación se desarrolló en dos etapas, la primera desde 1808 hasta 1816; y la segunda desde 1816 hasta 1826. La primera etapa se caracterizó por la formación de juntas de gobierno dominadas por la elite criolla que en algunos casos pretendía separarse de España, pero sin alterar la estructura socioeconómica que se venía desarrollandoiii. Paralelamente se produjeron rebeliones armadas de las clases más populares, en algunos casos organizadas, y en otros, más espontáneas, con falta de coordinación y diferentes estrategias. Éstas se desarrollaron en las principales ciudades de la colonia (México, Venezuela, Nueva Granada, Quito, Alto Perú, Río de la Plata y Chile), con mayor o menor presencia en alguna de ellas durante esta primera etapa, el objetivo era liberarse de la explotación española, pero sin caer en la explotación de la elite localiv.

La etapa que va desde 1816 hasta el Congreso de Panamá convocado por Bolívar en 1826 se caracterizó fundamentalmente por la liberación definitiva de las colonias españolas y portuguesas (excepto Cuba y Puerto Rico), luego de la derrota del ejército realista a manos del ejército comandado por el Mariscal Antonio J. de Sucre en Ayacucho, derrota que impuso la firma de la capitulación definitiva por parte de España. En esta etapa, además, las guerrillas populares y campesinas jugaron un papel fundamental, más aun que en la primera etapa, que fue el de apoyar y auxiliar permanentemente a los ejércitos libertadores.

México. 200 años de “tierra y libertad”

La lucha indígena campesina en México es actualmente reconocida, ya que en 1994 el EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional) descendió desde las montañas en el sur del país, más precisamente en el Estado de Chiapas para denunciar al “mal gobierno” y reclamar las tierras que le pertenecen a los verdaderos dueños de la tierra. Organizados a partir de siete caracoles (regiones administrativas) impulsaron en cada uno de ellos el trabajo agrícola, su propia producción de alimentos y medicinas, y la educación para cada uno de los zapatistas. Su principal arma es la palabra, muy diferente a la que la mayoría de los medios de comunicación quiere presentar, sumando a esto la permanente represión por parte del ejército, ya que cabe aclarar, que cerca de cada caracol hay establecido un regimiento.

La resistencia y lucha zapatista tiene su origen en los líderes de la Revolución llevada adelante por indígenas y campesinos en 1910, encabezada por Emiliano Zapata y Pancho Villa, en el sur y en el norte del país respectivamente, dicha revolución se basó en la libertad y la distribución de la tierra hacia manos de los que verdaderamente la trabajan.

La revolución de 1910 fue la segunda revolución importante de este país. La primera había sido 100 años antes, cuando México todavía era parte del virreinato de Nueva España, pero el reclamo era el mismo, devolver la tierra a sus verdaderos dueños. Fue por esto, sumado al aumento de precio del maíz, que, encabezados por el cura Miguel Hidalgo, mineros, campesinos pobres, peones e indígenas se transformaron en los principales impulsores de la revolución. Desde el norte, comenzaron a avanzar hacia el centro del país, sumando aliados a su paso. Lograron derrotar al ejército realista y firmar la abolición de la esclavitud y el tributo.

A diferencia del norte, el sur de México era menos poblado, pero con las mismas convicciones y mejor armados. Encabezados, al igual que en el norte por un cura, José María Morelos, peones y rancheros indígenas, mestizos y trabajadores negros iniciaron el camino de la insurrección de los marginados en esta región. Sin dejar de lado el respeto por la religión católica, al igual que Hidalgo, Morelos junto a sus hombres se pronuncian a favor de la soberanía popular, la recuperación de las tierras, el libre comercio y la proclamación de la independencia.

Las grandes luchas sociales, tanto del norte como del sur, se vieron atrapadas por el conformismo criollo de las metrópolis que sólo apoyaba y se contentaba con la independencia, pero no con el programa revolucionario. Pero las luchas populares volvieron a ser importantes, sobre todo en el sur, a partir de la denominada “Junta de La Balsa”, encabezada por Vicente Guerrero y “el indio”, Pedro Asencio de Alquisiras. Ante las fuertes resistencias, e incasables intentos, las fuerzas realistas tuvieron que pactar. Por ello se firma el Plan de Iguala, el 24 de febrero de 1821. Fue conocido porque garantizó la religión, la unidad y la independencia.

Centroamérica. De las ideas posibles a la violencia

La violencia es algo cotidiano en Centroamérica por estos días, sea de carácter social o estatal, con una fuerte influencia de los EE.UU. y una mirada constante hacia el norte por parte de sus habitantes. Lejos parecen estar aquellos ideales de resistencia, cuando unos 100 años atrás, Augusto C. Sandino, Farabundo Martí o Antonio O. Sánchez lideraron movimientos obreros, campesinos e indígenas en protesta y resistencia a la explotación de las empresas norteamericanas.

En la Capitanía General de Guatemala se encontraba la mayor población de indígenas que tributaban al sistema colonial. La organización productiva era muy similar a la del sur del Virreinato de Nueva España, como así también la influencia que causó la revolución encabezada por Morelos e Hidalgo. Es por ello que los indígenas, junto a intelectuales liberales, algunos pequeños comerciantes y algunos criollos pertenecientes a las clases más populares encabezaron las principales protestas y conspiraciones. Éstas no lograron alcanzar el nivel de las que se produjeron más al norte, ni el resto del continente, por lo que tampoco lograron alterar el viejo y establecido orden colonial.

De hecho cuando se convocó al cabildo, en septiembre de 1821, éste estaba compuesto por notables y grandes propietarios apoyados por las autoridades españolas. Pero la manifestación popular reclamaba “independencia o muerte”, es por esto que la aristocracia no tuvo alternativa y convocó a un congreso en donde participaran todas la provincias de Centro América. En el mismo se declaró el libre comercio, el respeto a los bienes de la iglesia y se delegó el poder a una Junta Provisional Gubernativa que fue presidida por el Gral. Gabino Gainza, el mismo que había convocado al cabildo a notables y propietarios, con el título de “jefe político y supremo de las provincias de Centro América”.

En desacuerdo con esta decisión, encabezados por el cura Delgado, el pueblo salvadoreño organizó una gran resistencia y proclamó su independencia en enero de 1822, tanto de España como de México, abolió la esclavitud, base fundamental en la economía de esta región. Hecho que se repitió en Nicaragua cuando el pueblo, encabezado por Cleto Ordóñez, se reveló frente a los realistas en Granada, proclamando un gobierno basado en la igualdad y republicano el 16 de enero de 1823.

Estos acontecimientos lograron que México decidiera que Centro América misma definiera su destino. Se convocó a un congreso que proclamó la eliminación de títulos, la igualdad entre los ciudadanos, la independencia y la creación, el 22 de noviembre de 1824, de la Federación de Centro América.

La Gran Colombia. La constante presión

Lo que fue la Gran Colombia (lo que hoy en día comprende los países de Ecuador, Colombia y Venezuela) hoy es parte de la zona más caliente de nuestro continente. La presencia y presión de los EE.UU. en la región, más precisamente en el actual territorio de Colombia, estuvo a punto de llevar a la guerra a dos pueblo hermanos, como se sienten los habitantes de ambos países. Esa conciencia permitió a un presidente entrante como Juan Santos en Colombia, reemplazando a Álvaro Uribev (principal impulsor de este enfrentamiento) y a Hugo Chávez, más el apoyo de toda la región, evitar que este enfrentamiento se produjera. Esto marcó un hito en el continente, ya que esta vez para resolver el problema no se recurrió a la pronunciación de la OEA, ni de los EE.UU. El mensaje de aquella “Patria Grande” por la que lucharon Simón Bolívar, José Sucre y Manuela Sáenz pareció haber pesado en la sabia decisión.

En Nueva Granada (Colombia y Ecuador) y Venezuela el camino a la emancipación deja de lado, en sus comienzos, a las clases populares. En algunos casos, las autoridades coloniales lograron utilizarlas en su favor para evitar la formación de un gobierno criollo encabezado por la elite local.

En Venezuela, los grandes plantadores mantuanos que controlaban la Corte Suprema buscaban declarar la independencia. Entre ellos se encontraban Simón Bolívar y Andrés Bello, entre otros. Junto a Francisco de Miranda y otros diputados lograron firmar, a fines de 1811, la Constitución que daba el nacimiento a la I República. Esta firma reconoció a la religión católica como oficial, además de abolir la trata de esclavos, los títulos nobiliarios y el régimen de castas para establecer la igualdad legalvi.

Quien sí contó con el apoyo indígena fue el gobernador realista Tomás Acosta en Santa Marta, ya que el resto de las provincias de Nueva Granda (Cartagena y Santa Fe, entre otras), al igual que en Venezuela, estaban controladas por los grandes propietarios criollos. Acosta logró disolver la Junta criolla tomando represalias comerciales con Cartagenavii. Algo similar ocurrió en la provincia de Popayán, donde el gobernador español Miguel Tacón disolvió la junta criolla; luego avanzaría hacia Cali ofreciendo la libertad a los esclavos para que se sumaran al ejército realista. Al no poder cumplir con esta promesa, dada la resistencia de los criollos, fue expulsado. Lograr la libertad de los esclavos hubiese alterado la economía minera de la región de Antioquia y de hacienda del Valle del Cauca, dependientes del trabajo esclavo.

En Quito se da un hecho poco normal durante la colonia. El obispo criollo José Cuero y Caicedo se opone al colonialismo, asumiendo un papel relevante en la región, siendo designado presidente del Estado de Quito, donde tiene que enfrentarse al ejército realista y para lo cual contaría con el apoyo de los indígenas.

A partir de 1816, Bolívar comenzará a articular e integrar la lucha por la independencia con las reivindicaciones sociales; de esta manera “la guerra independentista en Venezuela transitó de un movimiento exclusivamente mantuano a una revolución con amplio apoyo de masas”.viii La marcha comenzaría hacia la zona oriental del país, marcando desde el inicio el carácter social que tendría esta etapa de la independencia, y contando con el apoyo e incorporación a los ejércitos de campesinos, llaneros y esclavos.

De la Gran Republiqueta a las seis Republiquetas

El enfrentamiento entre los países de la zona sur de esta región del continente (Perú, Chile, Bolivia, Paraguay, Uruguay y Argentina) es algo constante, social por un lado, o bélico por el otro. En lo social basado en la constante discriminación entre los pueblos y el menosprecio hacia las culturas originarias. Estas disputas muchas veces se relacionan directamente con lo segundo, ya que los gobiernos militares en su momento, o “democráticos”, en otro, fueron los artífices de estos enfrentamientos, ya fuera para mantener el poder, por los intereses propios o por los negocios con países imperialistas como EE.UU. e Inglaterra, además de generar una dependencia permanente con estos. Pero sí hubo hombres que después de las independencias también lucharon por la unidad e igualdad del continente, y que fueron catalogados como guerrilleros por tener ideas que se oponían a un sistema del que sólo se beneficiaba la clase oligárquica. Sus ideales y sangre derramada se expandieron por toda Nuestra América.

En 1776, España decide dividir el virreinato del Perú creando el virreinato del Río de la Plata, región que comprende en la actualidad los países de Argentina, Bolivia, Uruguay, Paraguay y parte de Chile. En 1782, la corona decide dividir este nuevo virreinato en ocho intendencias, La Paz, Cochabamba, Charca, Potosí, Paraguay, Salta, Córdoba y Buenos Aires; y cuatro gobiernos sometidos a la autoridad del virrey, Montevideo, Misiones, Chiquitos y Moxos. Esta nueva división acrecentó las malas relaciones entre los gobiernos de Lima y Buenos Aires por la inclusión de las minas de Potosí en este nuevo virreinato. A su vez garantizó la estructura económica y administrativa.

No podemos dejar de lado que “el Río de la Plata fue la región hispanoamericana donde, después de México, cobraron formas más definidas los perfiles de las transformaciones sociales, a la vez que el conflicto anticolonial evolucionaba, como en Nueva Granada, hacia una caótica guerra civil. La lucha fraticida estaba asociada aquí a la política conservadora de las aristocracias de Buenos Aires, empeñada en impedir la pérdida de sus privilegios tradicionales y evitar una verdadera revolución”ix. Estos hechos se dieron claramente en la Junta de Mayo, donde por un lado estaban los representantes de la oligarquía (terratenientes, comerciantes y saladeristas) y la iglesia, encabezados por Cornelio Saavedra, presidente de la Primera Junta, por un lado y los intelectuales encabezados por Mariano Moreno, Juan J. Castelli y Manuel Belgrano por el otro, con la idea de llevar adelante el Plan de Operaciones que Moreno había redactado en busca de eliminar la influencia oligárquica en los ejércitos. Éste permitía a los pueblos originarios y mestizos ocupar el cargo de oficial. El respeto y reconocimiento a estos pueblos se hizo notar a cada momento por este grupo de intelectuales revolucionarios. Decía Moreno “hacerse amar por los naturales por la dulzura con que se les trate, hacerles formar verdadera idea de esta causa y que conozcan que sus tiranos son los únicos autores de los estragos de la guerra que padecen”.

Este fue sólo el comienzo en el camino a la emancipación, ¿pero qué lugar ocuparon las clases populares en esta etapa? Las discusiones pueden ser muchas, pero es innegable que las hubo y que, a pesar de no ser muy organizadas en algunos casos, estas luchas jugaron un papel fundamental. Por un lado, el de desgastar a las fuerzas realistas, cuando pudieron ser utilizadas para otros combates, se vieron obligadas a destinar ejércitos al Alto Perú, como veremos más adelante. Y, por el otro, apoyar e incorporarse permanentemente a los ejércitos organizados (como en los casos de Manuel Belgrano y José de San Martín) para luchar por la independenciax.

A fines de 1810 el Ejército del Norte, al mando de Castelli, vence en Suipacha a las fuerzas realistas. A medida que las ciudades del Alto Perú se enteraban de su llegada, comenzaban las sublevaciones. Éstas se dieron a lo largo de toda la región, inclusive en las principales ciudades, tanto en la zona andina como en la oriental (La Paz, Oruro, Potosí, Chuquisaca, Cochabamba y Santa Cruz de la Sierra). El apoyo de los pueblos originarios aumentó cuando Castelli pronunció en idioma quechua y aymará que se suprimía el tributo, el servicio personal indígena y se debían repartir las tierras y el ganado confiscado a los realistas. Además, conmemoró el 25 de Mayo de 1811, 1º aniversario de la revolución, en las sagradas ruinas de Tiahuanaco.

Belgrano fue el encargado de la ofensiva al Paraguay, donde las diferencias entre los grupos que conformaron las juntas criollas eran similares a las de Buenos Aires. Por un lado, el representante de la oligarquía, Fulgencio Yegros, y por el otro, el abogado (igual que Moreno) José Gaspar Rodríguez de Francia. A finales de 1810 y comienzos de 1811, Belgrano dictó en guaraní el reglamento que daba la igualdad, derechos a la tierra y eliminación del tributo a los treinta pueblos originarios de Misiones.

Es el mismo Belgrano quien, junto a San Martín, en Buenos Aires, convoca a la conocida “Asamblea del Año XIII”. En la misma no sólo se resuelve desconocer a Fernando VII y establecer los símbolos nacionales, sino que también demuestra la importancia que para ellos tiene la cuestión social, declaran la libertad de vientres y la libertad de los esclavos para que puedan incorporarse a los ejércitos (la esclavitud recién quedará abolida en 1853), la abolición de la trata y los títulos nobiliarios, suprime la mita, las encomiendas, los mayorazgos y los servicios personales de los pueblos originarios. Además, sostiene el comercio con Inglaterra. Buenos Aires quedaba como centro hegemónico de la región, lo que causa el desacuerdo de la Banda Oriental y el Paraguay.

Quizás, el caso más emblemático de la lucha popular es el que se dio en lo que es hoy la República Oriental del Uruguay, donde los estancieros Fructuoso Rivera y José G. Artigas (oficial criollo) encabezaron la revolución, que, al igual que en México, provino de las áreas rurales. En esta región, al no haber una gran población y poca estratificación social, se vio beneficiada la lucha popular, contando con la participación de gauchos, peones, algunos sectores bajos de la iglesia, indígenas charrúas y esclavos negros.

Un acontecimiento que sostiene esta lucha popular y el apoyo que tuvo Artigas en la región fue ocho años después de aquel cabildo abierto de 1810, al mando de 2000 indígenas charrúas y guaraníes, el indio charrúa Andresito -Andrés Guacurari- (además contó con los barcos corsarios del irlandés Setter Cambell que habían desertado de la expedición inglesa de 1806 y 1807) acabaron con la rebelión antifederal en Corrientes, quedando en claro el apoyo que tuvo Artigas en la región.

En Paraguay con un gran apoyo de los campesinos y peones sin tierra, y con el Dr. José G. Rodríguez de Francia a la cabeza, se declaró la independencia absoluta, tanto de España como de Buenos Aires y la Liga federal, porque no iban a aceptar las pretensiones de un gobierno centralista ni la imposición de restricciones comerciales y económicas.

Luego se superar las conspiraciones por parte de las aristocracias yerbatera, campesina y comerciante, que además contaban con el apoyo de Buenos Aires, y con el apoyo del pueblo, Francia logró ser confirmado como dictador supremo. De esta manera solidificó una economía netamente campesina expropiando las tierras a los criollos que habían traicionado la independencia, a los realistas y a la iglesia para repartirlas entre las comunidades guaraníes, chacareros y peones. Esta política fue conocida como “Estancias de la Patria” porque las tierras eran administradas por el gobiernoxi.

La región del Alto Perú fue la región en la que se registraron una gran cantidad de levantamientos independentistas a partir de 1809, influenciados por el recuerdo siempre vivo de los levantamientos llevados adelante por Tupac Amaru en el Cusco y Tomas Katari en Chayanta (norte de Potosí), veinte años atrás. Las rebeliones se intensificaron a partir de 1810 con la llegada de Castelli primero y Belgrano unos años más tarde. Justamente fue al mando de este último que se dio el acontecimiento más importante y poco recordado en esta etapa por lo que representó y sigue representando:

(…) el 23 de agosto el ejército patriota a las órdenes del general Manuel Belgrano comienza el heroico éxodo del pueblo jujeño en dirección a Tucumán en lo conoce como el “éxodo jujeño”. Ante la inminencia del avance de un poderoso ejército español desde el norte al mando de Pío Tristán, el 29 de julio de 1812, Belgrano emite un bando disponiendo la retirada general. La orden de Belgrano era contundente: había que dejarles a los godos (en referencia a los ejércitos realistas) la tierra arrasada: ni casas, ni alimentos, ni animales de transporte, ni objetos de hierro, ni efectos mercantilesxii.

El “éxodo jujeño” fue un hecho muy significativo, también hay que remarcar los levantamientos guerrilleros populares favorecidos por la diversidad del territorio que intercala valles, selvas y zonas de montaña, levantamientos que se dieron a lo largo y ancho del Alto Perú. Estos movimientos que se declaraban independientes a medida que iban derrotando a los ejércitos realistas tuvieron como resultado varias regiones fundamentales, cada una de éstas lideradas por un jefe o caudillo. Los españoles las denominarán, de forma despectiva, como “republiquetas”. En el norte, en las provincias del lago Titicaca, el sacerdote Idelfonso de la Muñecas operaba en Ayata, de esta manera controlaba el camino Bajo Perú. En la zona central, había dos grandes levantamientos, uno fue el de Juan A. Álvarez en Mizque y Vallegrande, encargado de obstaculizar las comunicaciones entre Cochabamba, Chuquisaca y Santa Cruz. El segundo fue el que comandaba Miguel Lanza en Ayopaya dentro de las montañas y la selva, entre La Paz y Cochabamba. En Cinti, al sur, y cubriendo el camino por el que pasaban los ejércitos libertadores se encontraban los liderados por José Camargo. Chuquisaca fue defendida por Manuel Padilla y su compañera, Juana Azurduy. Y en Santa Cruz de la Sierra, último refugio de las guerrillas, estaban los grupos liderados por Ignacio Warnesxiii.

La contraofensiva de los realistas, la falta de apoyo por parte de los nuevos gobiernos centrales y la falta de organización hizo que en 1816 la lucha de las guerrillas fuera decayendo, tanto que muchos de los que lucharon frente a los españoles, entre ellos Juana Azurduy después del asesinato de su compañero, debieron replegarse hasta territorio salteño, donde al mando de Martín Miguel de Güemes, “padre de pobres”, el pueblo siguió desgastando y resistiendo los ataques realistas, defendiendo de esta manera la frontera norte.

Hasta aquí la situación en el Alto Perú. Estas acciones complicarían aun más el panorama para los ejércitos realistas en agosto de 1814. Otra vez en la zona del Cusco, y reivindicando el levantamiento llevado a cabo por Tupac Amaru en 1790, comienza una protesta de criollos y mestizos liderados por José Angulo. Ésta se intensifica cuando se suma el anciano líder indígena de Chincheros Mateo Pumacahua, quien ya había participado en el levantamiento de Tupac Amaru. Esta rebelión contó con el apoyo de las clases más bajas, y logró conformar una nueva Junta de Gobierno en el Cusco, integrada por Cnel. Moscoso, Angulo y Pumacahua; la misma presentó un documento que pronunciaba:

(…) trescientos mil Incas, señores de este suelo, coronaran los cerros, sus cimas serán la atalaya de las operaciones de nuestras tropas; su encadenada secuela, los muros impenetrables de nuestra defensa y sus entrañas, las metrallas del exterminio de vuestras tropas, si osáis oponeros a nuestros sagrados deberes. Nosotros no vivimos si no establecemos nuestra sagrada liberación; ya se acabó la infamia de nuestra esclavitud.xiv

La contraofensiva española a este levantamiento que alcanzó toda la región del sur del Perú, tuvo como consecuencia que sus líderes, Vicente y José Angulo, el cura Bejar, Pumacahua y el poeta Mariano Melgar entre otros, fueran ejecutados. Algunos, como el cura Muñecas, lograron escapar, para seguir la lucha junto a las guerrillas del Alto Perú.

Mientras las guerrillas del Alto Perú, por un lado, y la resistencia al sur del Perú, por el otro, provocaban el desgaste de los ejércitos realistas. San Martín en la zona de Cuyo comenzó la ofensiva hacia Santiago de Chile y luego a Lima, centro del poder español en América, organizando un ejército compuesto por campesinos pobres y esclavos ya liberados, al cual se sumó O’Higgins, quien lideraba a los exiliados chilenos. Además contaban con el apoyo popular al otro lado de la cordillera. Obtenido el triunfo luego de una gran operación militar que incluyó el cruce de la cordillera (enero de 1817), O´Higgins ocupa el cargo de director supremo en Chile y dicta la confiscación de los bienes realistas y la igualdad de derecho a favor de los pueblos originarios. Al tiempo, comienza a perder poder por la acusación y el malestar de las provincias de ejercer una política centralista que sólo beneficiaba a Santiago.

A comienzos de septiembre de 1820, San Martín llega a la península de Paracas, Perú, junto a un ejército conformado por argentinos y chilenos. La primera medida que toma es concederle la libertad a 600 esclavos, pero con la condición de sumarse a sus fuerzas. Esto no le alcanzaba para poder enfrentar al ejército realista para luego ocupar Lima. Es por ello que requiere y consigue el apoyo de los pueblos originarios que habitaban los valles ubicados al pie de la cordillera. Estos hombres, además incentivaron levantamientos, tras abolir el tributo en Tarma y Huamanga. Estos hechos impulsaron que las demás regiones se fueran sumando. Todavía permanecían en la memoria las leyes que había declarado Castelli en beneficio de los pueblos originarios del Perú y el Alto Perú. En agosto de 1821 se declara la supresión de la mita, el tributo y cualquier tipo de trabajo forzado indígena, incluyendo la libertad de los más de 40.000 hijos de esclavos que eran explotados en las plantaciones costerasxv.

Hasta aquí queda bien en claro el papel fundamental que jugaron las clases populares en todas las circunstancias, desde esclavos e indígenas a criollos y pequeños comerciantes pasando por campesinos, líderes campesinos y guerrilleros, etc. Puede que en muchos casos hayan participado en menor medida, pero no hay duda que participaron y conformaron los ejércitos libertadores, como así también recuperaron derechos que les pertenecían y correspondían. Además hubo circunstancias en las que custodiaron el paso de los ejércitos, produjeron el desgaste o reubicación de los ejércitos realistas. Cabe destacar respecto a la participación y el compromiso de las clases populares en este proceso de emancipación cuando al mando del mariscal Sucre los ejércitos que lucharon por la independencia, y en menor número, derrotaron a los realistas en la batalla de Ayacucho, batalla que significó la derrota y fin del colonialismo español en Nuestra América.


Referencias Bibliográficas

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  • Chumbita, Hugo. América en Revolución. Breve historia de la emancipación de los países Americanos (1776-1830). Ed. Fundación Ross. Buenos Aires 2010.
  • Guerra Vilaboy, Sergio. El Dilema de la Independencia. Ed. Ciencias Sociales. La Habana. 2007.
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  • Mieres, Fernando. La Rebelión Permanente. Las revoluciones sociales en América Latina. Ed. Siglo XXI. México DF. 2001.
  • Monteagudo, Bernardo. Horizontes políticos. Ed. Aterramar. Buenos Aires. 2008.
  • Peña, Milcíades. Antes de Mayo. Formas sociales del trasplante español en el Nuevo Mundo. Ed. Fichas. Buenos Aires. 1973.
  • Pomer, León. La Guerra del Paraguay. Estado, política y negocios. Ed. Colihue. Buenos Aires. 2008.
  • Vallejo, M. y López, H. El ataque de Colombia en territorio ecuatoriano. Detrás de las palabra y los hechos. Ediciones del CCC. Buenos Aires. 2009.

Notas

i Pablo Neruda. “El Empalado”.
ii Monteagudo, B. Horizontes políticos. Ed. Aterramar. Buenos Aires. 2008. pg. 34.
iii ...para este sector aristocrático, puesto a la cabeza de la lucha, la independencia era concebida como un conflicto en dos frentes: ‘hacia arriba’, contra la metrópoli y ‘hacia abajo’, para impedir las reivindicaciones populares y cualquier alteración del statu quo...”. En: Guerra Vilaboy, Sergio. El dilema de la independencia. Ed. Ciencias Sociales. La Habana. 2007. p. 26.
iv La pobre participación popular en esta etapa de la guerra emancipadora, el exagerado papel atribuido a las ciudades en la estrategia militar, el carácter fragmentario y local de los gobiernos criollos y sus múltiples contradicciones intestinas (centralistas y federalistas, republicanos y monárquicos, radicales y moderados) fueron los elementos principales que llevaron al fracaso, de los principales focos de la insurrección, entre 1814 y 1815”. En: Guerra Vilaboy, S. Op. Cit. p. 28.
vLos pueblos de Nuestra América […] recibieron con estupor, el 1 de marzo de 2008, la noticia de que Fuerzas Armadas colombiana habían abatido un contingente de las FARC-EP en Angostura, territorio ecuatoriano. La información cobro importancia, además, porque entre los muertos se encontraba Raúl Reyes…” En: M. Vallejo y H. López. El ataque de Colombia en territorio ecuatoriano. Detrás de las palabra y los hechos. Ed. CCC. Buenos Aires 2009.
vi El proceso emancipador en Nueva Granada […] tuvo otro talón de Aquiles en la lucha fraticida que envolvió a sus provincias, limitó la participación popular, impidió la unidad patriota y la consolidación de la independencia durante el período que la historiografía tradicional ha denominado ‘la Patria Boba’”. En: Guerra Vilaboy, S. Op. Cit. p. 62.
vii La economía de Cartagena, en particular, como las demás provincias del litoral atlántico tenían una economía abierta al exterior, que permitió el ascenso de los terratenientes utilizando mano de obra esclava para la producción de azúcar, algodón y cueros. En la región del altiplano oriental (Santa Fe y Socorro, entre otras) predominaba la economía agrícola y artesanal, donde el trabajo era realizado por campesinos indígenas en favor de los grandes terratenientes.
viii Guerra Vilaboy, S. Op. Cit. p.159.
ix Guerra Vilaboy, S. Op. Cit. p. 74.
x Si bien la Historia Académica se encargo de ocultar o dejar de lado el papel relevante que tuvieron las clases populares, hubo casos, como el de Milciades Peña, en los que explican que las masas no tuvieron participación en este proceso. “La teoría de que el movimiento de la independencia fue una revolución democrático burguesa necesita atribuirle a las acciones políticas que produjeron la independencia un contenido democrático y popular, ya que es imposible una revolución democrático burguesa hecha en contra o a espaldas de las grandes masas […] Las únicas masas existentes en la campaña eran los gauchos, ya que los agricultores no pasaban de una exigua minoría. Pero afirmar que los gauchos exigían el reparto de la tierra es algo tan descabellado que hay que leerlo varias veces para convencerse de que efectivamente eso y no otra cosa es lo que está sobre el papel. Porque si había algo que a las masas de la campaña –es decir, al gaucho– no le interesaba para nada era la tierra”. En: Peña, Milciades. Antes de Mayo. Formas sociales del transplante español al Nuevo Mundo. Ed. Ediciones Fichas. Buenos Aires. 1973. pg. 90.
xi Esta política le costó al pueblo paraguayo el aislamiento y hostigamiento permanente del exterior. Política que se incrementó cuando Argentina, Brasil y Uruguay, más el apoyo y financiamiento exterior de Inglaterra, libraron la llamada guerra de la Triple Alianza (o Infamia) creando la imagen de un gobierno tiránico por parte de Francisco Solano López. Uno de los historiadores que delata esta idea y critica las políticas tomadas contra Paraguay es León Pomer diciendo que: “En una América del sur y central en el que el fenómeno argentino se repite; en un mundo cada vez más controlado por el capitalismo de las grandes potencias el Paraguay debía despertar graves aprensiones. Tierra riquísima en maderas, algodón, tabaco y otros productos requeridos por las potencias centrales, parecía impensable que pudiera guiar su derrotero histórico con arreglo a sus intereses nacionales, a su propia voluntad. Era también un mal ejemplo, inquietante y subversivo. Podía suscitar imitadores. Debía ser destruido […] había que civilizarlo, si por ello entendemos el acceso a los grados superiores de desarrollo económico, social y cultural, partiendo de lo existente, de la verdad real […] en el país las cosas eran distintas: ni hambre ni caos y atisbos de un desarrollo moderno con circunstancias cada vez más favorables para que ello ocurriera. Circunstancias internas, por supuesto. Con ferrocarriles, telégrafos y fundición de hierro, con una vasta industria artesanal y la casi total ausencia de latifundistas, sin una clase mercantil orgánicamente vinculada a las potencias centrales y un dilatado campesinado usufructuando tierras propias o del Estado y explotaciones agrarias estatales, en el Paraguay se habían creado condiciones para un acceso a nuevos y superiores grados de desarrollo económico, social y cultural por un vía inédita y si se quiere insólita. Ejemplo penoso y peligroso para los gobernantes del Brasil y del Plata; pero además una realidad cerrada de pillaje de los que estaban pillando nuestro país, el Uruguay, el Brasil y otros países de América del Sud. Y esto fue llamado “barbarie”. En: Pomer, León. La Guerra del Paraguay. Estado, política y negocios. Ed. Colihue. Buenos Aires. 2008.
xii Carrillo, Joaquín. Jujuy. Apuntes de su historia civil. Ed. Univ. de Jujuy. Jujuy. 1989.pg.En:http://www.elhistoriador.com.ar/documentos/independencia/el_exodo_jujeno.php
xiii En: Lynch, John. Las Revoluciones Hispanoamericanas 1808-1826. Ed. Ariel. Barcelona. 1983. pg. 136.
xiv En: Guerra Vilaboy, S. Op. Cit. pg. 91.
xv Esta política a favor de las clases populares, además de los levantamientos que se fueron produciendo, hizo que parte de los terratenientes y propietarios peruanos, siempre aliados de la corona, empiecen a declararse a favor de la independencia, pero con el beneficio de poder mantener sus tierras. Lo cierto era que se empezaba a quebrantar la relación entre algunos sectores de las clases altas y los realistas.
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