ISSN 1851-3263
Publicación Cuatrimestral
Los críticos padecen, hoy en día, los problemas del periodismo en general. Yo creo que la falta que se advierte en la lectura de los diarios es la de un interés real de la Dirección porque haya una buena crítica teatral. Se resuelve formalmente, y no desde el punto de vista de la calidad de lo que se escribe. Se estrenó tal obra y tiene que estar mañana mismo la crítica. Pero está todo contado con tan poco entusiasmo… que realmente parece una obligación un poco a los tirones. Le falta pasión, a toda la crítica nuestra le falta pasión. Enojarse o enamorarse de algo. Bernard Shaw, que era un gran crítico musical, hablaba de eso. Decía que cuando iba a escuchar un concierto, si era bueno se entusiasmaba de una manera incontenible, lo gozaba extraordinariamente; en cambio cuando un espectáculo era malo, sentía que se iba a morir y odiaba todo. Deberíamos recuperar esa pasión; debería ser una cuestión casi personal: “¡Qué me estás haciendo imbécil con el Hamlet, cómo se te ocurre hacer esto con el Hamlet!”
Kive Staiff
Hace unas pocas semanas le hacíamos una entrevista a Kive Staiff, Director General del Complejo Teatral de la Ciudad de Buenos Aires, debido a su inminente alejamiento del cargo que ocupa. Muy generosamente habló de varias cuestiones, y como no podía ser de otra manera, terminamos abordando el tema de la crítica, ya que ese fue su primer acercamiento profesional al teatro. Es interesante notar que los problemas que él registra en la actualidad de la profesión tienen que ver con dos cuestiones fundamentales: la pasión por lo que se hace (la profesión de fe) y el conocimiento indispensable para el ejercicio de la tarea. Se ha llegado a un punto en el que, debido a esto, suele confundirse el rol del crítico con el del agente de prensa.
La crítica se diferencia de la teoría, la investigación y el análisis, porque trabaja con un marco axiológico; es decir, emite juicios de valor. Además, funciona como puente o intermediario entre la obra y los espectadores. Pero esto no debe ser leído pensando en que la crítica conoce la “verdad” sobre determinada obra y se la “explica” al público. Por el contrario, este acercamiento tiene que ver, por un lado, con poner a disposición de la obra una cantidad de espectadores (léase darle visibilidad a la producción); y, por el otro lado, acercar el pensamiento de los realizadores poniéndolo a disposición del público.
Esta específica función de la crítica está prácticamente ausente dentro de la universidad. Salvo honrosas excepciones, los teatreros no son invitados a visitar las aulas ni entablar diálogos con los alumnos. Asimismo, los teatristas tampoco conocen el punto de vista de los espectadores, a no ser por la recepción crítica que tienen las piezas en los medios gráficos o los comentarios de conocidos y amigos a la salida de la función.
Por lo tanto, hablar de crítica y universidad es básicamente hablar de cómo los universitarios trabajan los conocimientos adquiridos en la institución expandiéndolos por fuera de ella.
Pero, además, los críticos siempre han tenido una posición un tanto delicada dentro del ámbito teatral: desde verdaderos conocedores hasta sanguijuelas chupasangre, no faltó ningún adjetivo. Oscar Wilde decía en Algunas máximas para la instrucción de los sobreeducados, que “lo único que el artista no ve es lo obvio. Lo único que el público ve es lo obvio. El resultado es la Crítica Periodística”.
Al día de hoy, seguimos atravesando una posición delicada, pero esta vez por el rol de los medios masivos en términos generales. ¿Para qué sirven los críticos hoy?
En abril de 2008, sucedió algo notable en uno de los medios en los que trabajo. Se trata de una revista digital especializada en la cual, desde hace un tiempo, se habilitó un espacio para que los lectores opinaran sobre las notas, reportajes y críticas que se realizan. La idea era poder entablar un diálogo entre los espectadores amateurs (los lectores) y los espectadores profesionales (los críticos).
En una crítica realizada sobre una obra del off yo afirmaba que, si bien era loable la labor del elenco, me había ido del teatro con una sensación de déjà vu. Sostuve en ese momento (y sigo sosteniendo) que las condiciones que imponen las salas en cuanto a duración de las obras, espacio escénico, escenografía, etc., están cercenando la producción y la creación.
El director, furioso, escribió una carta de réplica tanto o más larga que mi nota, apuntando, entre otras cosas, lo siguiente: como no tuvimos oportunidad de charlar un rato "cara a cara", poco podía opinar yo sobre la obra porque no conocía ni las intenciones ni el proceso de producción. El elenco había gastado una buena parte del dinero en pagarle a un agente de prensa, y yo no les estaba justificando dicho gasto, porque el público iba a considerar ir o no ir a ver la obra en función de mi crítica. Yo estaba emitiendo un juicio, sin que existiera demasiada lógica ni justificación en la designación de mi rol como crítica y el suyo como teatrista. Y por lo tanto, cuando hablaba de la pauperización de la escena off porteña, estaba “alimentando el goce sádico que implica la posibilidad de colocar al prójimo en un lugar inferior al mío”. Ante lo cual arremetía: “A veces me pregunto: ¿por qué no salen a la cancha y hacen teatro?”. Y más o menos cerraba de la siguiente manera: “¿Y entonces este tipo para qué se pagó una agente de prensa si piensa todo esto de los críticos? Mi respuesta linda con lo absurdo pero a la vez es absolutamente real: consideramos que, según lo expuesto en la primer parte de este escrito, eso ayudaría a traer más gente.”
Esta carta del director provocó lo que para nosotros es un aluvión de opiniones: 12 personas decidieron dejar sus variados puntos de vista sobre el tema.
Lo interesante de esta anécdota es que explicitó el lugar al que se quiere relegar a la crítica. Sería ridículo pensar que el teatro no es un producto cultural de mercado casi como cualquier otro; pero hoy en día el teatro off se está organizando de forma bastante perversa. La mayoría de los proyectos independientes, que sólo reciben (en el mejor de los casos) un subsidio del INT o de Proteatro, tienen tres o cuatro grandes gastos: el alquiler de la sala, los derechos de autor, la prensa. En cuanto a los realizadores, cobran los escenógrafos, los sonidistas, los iluminadores, los vestuaristas y, si alcanza el dinero, cobran los actores y el director. Tardan más o menos un año en armar una obra, que por lo general pueden poner una vez por semana en un teatro de 50 butacas.
Ahora bien, ¿por qué los críticos no podemos hablar sobre esto también, cuando hablamos de una obra? Y el hecho de nombrarlo, problematizarlo, sacarlo a la luz ¿no contribuye en nada a la solución del problema?
Pero hay una cuestión más relevante en todo esto y es: una obra debe valer por sí misma, más allá de los condicionamientos de su realización. El teatro oficial da tres meses para ensayar y estrenar, pero nunca nadie puso eso como justificación ante un problema artístico.
Creo que es interesantísimo hablar con los teatreros, saber cómo piensan, por qué hacen lo que hacen, cómo fue el proceso de producción, la elección del elenco, etc. Pero también considero que una obra debe valer independientemente de esta información.
Con esto se está proponiendo que el crítico no investigue, todo lo contrario. La formación permanente y la información corroborada son las bases de cualquier buen profesional. Pero antes que todo esto está la obra en cuestión.
Por eso, y volviendo a la pregunta inicial, un crítico hoy sirve, en principio, para dar panoramas generales del campo teatral, cosa que los teatreros no pueden, por el simple hecho de que están trabajando al mismo tiempo que sus colegas. Pero además, en su rol de intermediario y gracias a este paneo general, puede dar visibilidad a personas que considera valiosas. Asimismo debería dar herramientas para analizar las obras, crear debates sobre cuestiones que afecten a la actividad, proponer opiniones propias sobre los temas que trata, etc.
El teatro existe gracias a una división del trabajo según la cual hay algunas personas que producen el espectáculo (artistas y técnicos) y otras que espectan. Si bien algunos movimientos de vanguardia intentaron quebrar esta división y retornar al rito sagrado del que –se supone– nació el teatro, la separación de tareas se mantiene firme más allá de la disposición de la sala. Que alguien elija uno de esos dos lugares no quiere decir que sea inútil en el otro, simplemente quiere decir que decidió especializarse en eso y por lo tanto es ridículo exigirle otra cosa. Un crítico no es un artista frustrado… es un crítico. Y muchas son las funciones que puede cumplir en su profesión, pero definitivamente la que no le corresponde es la de agente de prensa.
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