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Los Murales de la Solidaridad

Ya desde la calle, estallan los colores de dos de los cinco paneles-murales del flamante Centro Cultural de la Cooperación, incitando a trasponer sus puertas. Un mural es, ante todo, una propuesta plástica en la funcionalidad de un espacio arquitectónico que, como en este caso, estará abierto a la permanente circulación de público.

En la tradición de Gropius, el proyecto de los arquitectos, dejó la gran escalera central alejada de los muros, de modo tal que el poderoso frente vidriado es el límite de un inmenso cubo de espacio único y alternancias diversas a medida que se asciende, con el beneficio de la luz natural que generosamente ingresa sin vallas.

Así, los murales, ubicados en cuatro niveles, pueden ser vistos desde distintos descansos, interactuando con el andar de la gente. Con el torrente humano. Que ése es, precisamente, el tema elegido por Luis Felipe Noé: los colores de la cooperación, como los del arco iris, dibujan una inmensa estela espiralada que toma forma de compacto panal humano. Una marea de seres que hace a lo mejor de la condición del hombre: el espíritu solidario.

Una marea es, también, el trabajo de Aníbal Cedrón, el único que alude a la marcha de la humanidad frente a las fuerzas de la opresión, bajo un cielo cargado de tormentas. A modo de símbolo, una inmensa paloma domina todo el lienzo mientras su cuerpo, "citando" a René Magritte, alberga otro cielo de nubes blancas, alentadoras.

En la concepción del edificio, la dominante neutra del cemento a la vista deja que el color de cada panel actué como señalamiento cromático. Es un estallido volcánico en Carlos Gorriarena: una pareja de bailarines, sus miradas enhebradas estableciendo un vínculo hipnótico, mientras los planos de color marcan disonancias y armonías violentas sobre el plano.

Carlos Alonso trabaja, en cambio, sobre un complejo juego de líneas en fuga al servicio de uno de sus temas más caros: el del artista como intérprete del mundo, y la modelo, que es el mundo mismo, mirada, deseada, hurgada para entregar sus secretos. Allí están los dos grandes hurgadores del arte argentino: Lino Enea Spilimbergo y Antonio Berni, cada uno frente a su caballete, en el ajetreo de un taller donde otros preparan sus lienzos y la modelo, al fondo, dormita su espera. El presente del cuadro respira futuro.

Discípulo de Siqueiros y con una vasta labor como muralista, Rodolfo Campodónico se inclinó por las formas tradicionales del muralismo latinoamericano que exaltan y cantan el trabajo humano. Fiel a su estilo, recurre a espacios límpidos, tonalidades claras, modeladas al servicio de las figuras; todo transmite equilibrio y, por qué no, una serena y necesaria esperanza.

Alberto Giudici
Fuente: Periódico Acción N° 871

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