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La ciudad del Tango

Fiebre amarilla en Buenos Aires

FIEBRE AMARILLA EN Bs As
mayo de 2006
por Angel Pizzorno




Fiebre amarilla en Buenos Aires

Cuando uno camina por las calles de su ciudad, calles nocturnas y solitarias, suele asociar la inseguridad a un asaltante furtivo o a un coche cruzando en rojo y acabando súbitamente con nuestras cavilaciones. Pero cuesta imaginarse a la muerte suelta, traicionera e invisible. La muerte en el aire, en el agua que bebemos, y sin embargo así fue. La epidemia de fiebre amarilla de 1871 fue una catástrofe que mató al 8% de los porteños, paralizó la ciudad, hundió algunos barrios e hizo surgir otros, clausuró el cementerio del Sur y engendró Chacarita. Mostró el verdadero rostro de muchos; heroísmo y solidaridad en algunos, traición, cobardía y oportunismo en otros. Fueron los rostros de la peste.

A comienzos de 1870, Buenos Aires es todavía la Gran Aldea. En ella conviven el Gobierno Nacional, el de la Provincia de Buenos Aires y el municipal. El censo de 1869 había registrado en la Ciudad de Buenos Aires 187.000 habitantes. Se inaugura el tranvía de la Recoleta a la Plaza de la Victoria. Se fundan la Compañía de Gas y el Banco Nacional, y el primer bandoneón desembarca en brazos de un marinero alemán. Por cada librería hay cien billares y 150 pulperías. Un dato es preocupante: sobre 19.000 viviendas urbanas, 2.300 son de madera o barro y paja. Hay un incipiente sistema de aguas corrientes, pero el grueso de la población se surte de pozos o directamente del río, por medio de los aguateros. En este último caso, las quejas por la suciedad del agua son constantes. La construcción no acompaña el ritmo del flujo inmigratorio. Comienza el hacinamiento de inmigrantes en los barrios del sur. La higiene urbana deja mucho que desear.

El panorama del país interior es mucho menos tranquilo que el de la futura Reina del Plata. La Guerra del Paraguay finaliza con la destrucción total del país hermano. Su conductor, el Mariscal Francisco Solano López, muere combatiendo. Los montoneros tienen a maltraer al presidente Sarmiento y los malones liderados por el cacique Calfucurá consuman doce invasiones en un año. Una de ellas llega a los suburbios de Rosario; las fronteras interiores retroceden a los límites del siglo XVIII.

La década del Sesenta se aleja con una advertencia: dos brotes de cólera en Buenos Aires, uno en 1867 y el otro en 1868 dejan centenares de víctimas. A fines de 1870 se registran numerosos casos de fiebre amarilla en Asunción del Paraguay. En Corrientes, el primer enfermo se detecta en diciembre de ese año y el último en junio de 1871. De 11.000 habitantes que tenía la ciudad, mueren 2.000.

Con el año nuevo comienzan a llegar los primeros veteranos de la Guerra del Paraguay. El 27 de enero se conocen tres casos de fiebre amarilla en Buenos Aires. A partir de esa fecha se registra un promedio de diez enfermos diarios. Las autoridades parecen desoír a quienes advierten que se está en presencia de un brote epidémico. La polémica crece y gana los diarios. La municipalidad trabaja intensamente preparando los festejos oficiales del carnaval. A fines de febrero el Dr. Eduardo Wilde asegura que se está en presencia de un brote febril. El bullicio carnavalesco ahoga la voz de este solitario aguafiestas.
Marzo empieza con 40 muertes diarias. Todas de fiebre. El pánico sucede a la despreocupación. La peste desborda a los conventillos de San Telmo para, sin prejuicios clasistas, comenzar a golpear a las familias acomodadas del Norte. Se prohíben los bailes. Mucha gente decide abandonar la ciudad. La primera semana de marzo cierra con cien fallecimientos diarios provocados por la fiebre. Algunos diarios informan sobre el flagelo con titulares catastróficos, estimulando a la otra peste que empieza a atacar a los que se salvaron de la fiebre: el terror.

Los hospitales generales de Hombres, de Mujeres, el Italiano y la Casa de Expósitos (Casa Cuna) colman su capacidad. Los sesenta médicos que se quedaron, igual que el puñado de enfermeras y sepultureros, no dan abasto. El puerto es puesto en cuarentena y las provincias limítrofes impiden el ingreso de personas y mercaderías procedentes de Buenos Aires.

El 13 de marzo se crea la Comisión Popular de lucha contra la fiebre. La encabeza el doctor Roque Perez y están entre otros, Lucio Mansilla, Argerich, Billinghurst, el poeta Guido Spano, Vedia y Mitre. A mediados de mes los muertos pasan de 150 por día. La ciudad se va paralizando. El presidente Sarmiento y el vice Adolfo Alsina la abandonan. El diario La Prensa del 21 de marzo comenta el hecho con éstas palabras: “Hay ciertos rasgos de cobardía que dan la medida de lo que es un magistrado y de lo que podrá dar de sí en adelante, en el alto ejercicio que le confiaron los pueblos”.

La ciudad tenía solamente 40 coches fúnebres. A fines de marzo, los ataúdes se apilan en las esquinas. Coches con recorrido fijo transportan todos los cajones que encuentran. Pronto se agregan los coches de plaza para cubrir la demanda de vehículos. Las tarifas que cobran los “mateos” es otro de los escándalos que se suma al precio de los escasos medicamentos que existen, y que apenas sirven para aliviar los síntomas. Empiezan a escasear los féretros, los carpinteros también son mortales. Por ésta razón, los cadáveres, cada vez en mayor cantidad, son envueltos en sábanas o simples trapos, y los carros de basura se incorporan a la flota fúnebre. Se inauguran las fosas colectivas. Hay saqueos y asaltos a viviendas a plena luz del día. Los delitos se incrementan velozmente, como los suicidios. Algunos delincuentes operan disfrazados de enfermeros, para acceder fácilmente a las casas en que hay enfermos.

Abril había comenzado con un avance desenfrenado de la fiebre. El día 4 fallecen 400 enfermos. El 15 la municipalidad ordena desalojar los conventillos. La Comisión pide que se los incendie. El cementerio del Sur, el actual Parque Ameghino de la Avenida Caseros al 2300, queda colmado. La municipalidad compra siete hectáreas en la Chacarita de los Colegiales y habilita un nuevo cementerio. El problema es la distancia. El ferrocarril Oeste tiende una línea de emergencia a lo largo de lo que hoy es la Avenida Corrientes, con cabecera en Corrientes y Pueyrredón. Se inaugura una suerte de tren de la muerte, pues el convoy, que realizaba dos viajes diarios pero de ida solamente, transportaba exclusivamente difuntos. Así nació Chacarita.

Jorge Luis Borges lo recordó con éstas palabras:

Porque la entraña del Cementerio del Sur
fue saciada por la fiebre amarilla hasta decir basta;

porque los conventillos hondos del sur

mandaron muerte sobre la cara de Buenos Aires

y porque Buenos Aires no pudo mirar esa muerte, a paladas te abrieron

en la punta perdida del oeste, detrás de las tormentas de tierra

y del barrial pesado y primitivo que hizo a los cuarteadores.


Sobre lo que eran los conventillos de la época, hay dos testimonios interesantes; pues se trata de visiones políticas y sociales muy distintas y sin embargo coincidentes en la denuncia de las condiciones de vida de los inquilinos, y en la condena moral del conventillo como negocio. Se trata del escritor católico Santiago Estrada y el dirigente sindical Adrián Patroni, de extracción socialista.

Dice Estrada en su libro Viajes y otras páginas literarias escrito algunos años después de la epidemia: “En aquellas habitaciones no tiene cada persona los 35 metros cúbicos de aire que necesita el hombre para vivir en buenas condiciones higiénicas. Cuando está ocupada la ratonera del conventillo, recuerda las cajas repletas de latas de mariscos. Hombres, mujeres, niños, perros, gatos, gallinas, viven y duermen. No falta negociante que haya ingeniado otros medios de alojamiento para pobres e inmigrantes. Se dice que en ciertos conventillos, se alquila por las noches el piso del patio, dividido en fracciones del tamaño de una sepultura. Algunos posaderos de la muerte arriendan lo que llaman ‘cama caliente’. En la ‘cama caliente’ duermen sucesivamente tres o más personas que esperan a que les llegue el turno sentados en los umbrales. Si a esto se agregan los efectos de una mala alimentación y si al aire viciado y a la mala alimentación, se añaden los efectos de los vestidos inadecuados a las estaciones o sucios, se convendrá en que cada uno de los conventillos de Buenos Aires es un taller de epidemias, el tálamo en el cual la fiebre amarilla y el cólera se recrean”.

Por otro lado, dice el gremialista Adrián Patroni en su obra Los trabajadores en la Argentina publicada en 1898: “Imaginen un terreno de diez a quince metros de frente, a veces menos, por cincuenta o sesenta de fondo. Y algo que parece un edificio o casa de miserable aspecto. Pasando el zaguán, dos largas filas de habitaciones. Cada una de tres por cuatro o cuatro por cinco. Estas celdas son ocupadas por las familias obreras, con hasta cinco o seis hijos, cuando no por tres o cuatro hombres solos. Estos tugurios a la vez sirven de dormitorio, sala, comedor y taller de sus moradores. Pocos, de éstos verdaderos infiernos son los que albergan a menos de ciento cincuenta personas”.

Estas eran en general, las condiciones de vida de la masa inmigrante y de muchos criollos. Condiciones que se mantendrían a pesar de los avances técnicos en los años posteriores, cuando la inmigración se convierte en aluvional y los conventillos se multiplican sobre suelo porteño. Ejemplo de ello, es la denuncia hecha en el Congreso Nacional por el diputado socialista Alfredo Palacios en 1905: “En la Boca existen 308 conventillos en que se alojan 14.281 habitantes. El 50% de las defunciones, son niños.”

Pero como el tema específico del conventillo da como mínimo para un libro entero, volvamos a la fiebre amarilla. El 9 de abril fallecen 501 personas. Recordemos que el promedio diario de muertes antes de la epidemia, era de veinte individuos. Entonces las autoridades que todavía quedan, ofrecen pasajes gratis, y vagones del ferrocarril como viviendas de emergencia, en lo que hoy es el Gran Buenos Aires. Dos tercios de la población abandonan la ciudad. La Comisión Popular, independientemente del gobierno, también se dirige a los vecinos y aconseja textualmente: “...abandonen la ciudad. Aléjense de ella lo antes posible”.

El día 10 de abril, los gobiernos Nacional y Provincial decretan feriado hasta fin de mes, legalizándose una situación que ya existía de hecho. Ese día, 563 defunciones acompañan el feriado negro. A la parálisis de la administración pública y el sistema bancario, se suma una ola de quiebras y la caída vertical de la actividad económica. Los diarios cierran uno a uno. Sólo La Nación sigue saliendo en forma normal. La Prensa lo hace con una edición de emergencia.

A partir del 12 de abril, las cifras comienzan a invertirse lentamente. El día 20 los fallecimientos caen a cien. Pero coincidiendo con el regreso de muchos evacuados, a fin de mes se produce un repunte de la enfermedad que provoca una nueva huida en masa. La fiebre parece resurgir con más fuerza, como un ciclo infernal dispuesto a repetirse hasta el infinito. Una profunda depresión se abate sobre los sobrevivientes. La ciudad, que al ser fundada bautizó orgullosamente su puerto con el nombre de Santa María, como invocando un destino superior, parece ahora una pobre aldea apestada, abandonada hasta por el más humilde miembro del santoral.

No obstante, hubo personas que pudiendo abandonar la ciudad, no lo hicieron. Que en vez de tratar de salvarse, murieron llevando auxilio a quienes nunca habían visto. De unos pocos tenemos los nombres, como los doctores Roque Perez, Manuel Argerich, Francisco Muñiz y otros. La mayoría quedó en el anonimato. Cayeron luchando contra la epidemia: sesenta sacerdotes, doce médicos, cinco farmacéuticos y cuatro miembros de la Comisión Popular.

A lo largo del mes de mayo, la curva descendente se mantiene, hasta que el 2 de junio no se registra ningún caso. Pero cuando empezó lo que podríamos llamar la “remoción de escombros”, una catarata de juicios cayó sobre los tribunales, debido muchas veces a testamentos fraguados. Dice el historiador Miguel A. Scenna: “La furia se debió a que aparecieron infinidad de testamentos sospechosos que suscitaron verdaderas guerras privadas entre la multitud de herederos que dejó la epidemia. Ya durante el transcurso de la misma, una serie de delincuentes había manejado testamenterías en forma fraudulenta, derivando aguas de la fortuna hacia molino propio”.

Durante las horas más difíciles faltaron médicos, enfermeros, auxiliares, voluntarios, pero siempre hubo a mano señores que se ofrecían full time, si de trabajar en testamentos se trataba. Como prueba, Scenna reproduce un aviso aparecido en el diario La Prensa. Dice así: “Escribano público. El que se suscribe se ofrece al público para hacer testamentos, sea o no el testador, enfermo de la epidemia. Se lo encuentra a disposición del solicitante a toda hora del día y de la noche. Marcos Miranda- Chacabuco 296”.

La cifra oficial de víctimas es aún hoy tema de discusión, pero la más verosímil sería la que da la Asociación Médica Bonaerense en su revista aparecida el 8 de junio de 1871: 13.614 muertos. Este dato coincide con el diario personal de Mardoqueo Navarro, un sobreviviente que llevó un cuaderno de apuntes durante toda la epidemia, y a quien Scenna reivindica como una importante fuente de información. Según el doctor Penna, siempre citando a nuestras fuentes, en lo que hoy es el apacible Parque Ameghino, habrían sido sepultadas nada menos que 11.000 personas. Del resto, algunos fueron llevados a Recoleta y los demás tuvieron el discutible honor de inaugurar Chacarita.

El agente transmisor de la peste fue el mosquito aegyptis aedes; el que inoculaba la enfermedad mediante la picadura. Recordemos que la microbiología estaba recién dando sus primeros pasos, y los médicos atribuían la causa de ésta y otras epidemias, a misteriosas “miasmas” que invisibles flotaban en el ambiente. Cabe destacar que dicha especie de insecto en la actualidad y en los meses cálidos, prolifera por millones en el Conurbano Bonaerense. Ni hablar de la contaminación del Riachuelo y la zona del Dock Sur, que, una vez más, poco interesa a las autoridades.

Cuando la fiebre amarilla atacaba en Buenos Aires, la ciudad gestaba su nuevo ritmo musical que la representaría: el tango. En 1867 el actor Germán Mac Kay, pintado de negro, canta El negro schicoba, música de José María Palazuelos, considerado un antecedente del futuro tango. Dice Santiago Berardi que en 1872 ya se tarareaba Dame la lata y otros pocos, hasta que se conoció el gran tango Reina de Saba cuyo autor Rosendo Mendizábal trabajaba como pianista en casa de baile. Hacia 1880 Carlos Vega ubica la difusión del tango azarzuelado Señora casera, conocido también como Tango de la casera y su similar Andate a la Recoleta o Tango del recoletero, haciendo referencia a la línea de tranvías que llegaba hasta la Recoleta. Esa línea, creada en 1869, fue fagocitada por la Compañía Anglo Argentina instalada en el país al año siguiente.

Vicente Gesualdo, en su Historia de la música en la Argentina, afirma que en los años 1860-70 surge la milonga-danza, creación típica de los compadres de las orillas. A su vez, Ventura R. Lynch dice que para 1880, “en los contornos de la ciudad está tan generalizada, que hoy la milonga es una pieza obligada en todos los bailecitos de medio pelo que se oye en las guitarras, los acordeones, un papel con peine y en los musiqueros ambulantes de flauta, arpa y violín. (...) También es ya del dominio de los organilleros, que la han arreglado y la hacen oír con aire de danza o habanera”. Según este autor se bailaba “tanto en los casinos de baja estofa de los mercados 11 de Septiembre y Constitución como en los bailables y velorios de los carreritos, soldadesca y compadraje”. De allí habría pasado a los escenarios teatrales.

En 1897 Ezequiel Soria estrena su pieza Justicia criolla donde, según conocidos investigadores, por primera vez aparece en escena una pareja bailando un tango. Uno de los personajes comenta: “Créanme ustedes, señores, que todavía estamos muy atrasados en cuestión de democracia; el pueblo es el que calienta el agua para que el gobierno tome mate”. Pasaron más de cien años...


Angel Pizzorno
Dep La Ciudad del Tango




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