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OMC: Cuesta abajo en la rodada…

Por Javier Echaide

La Ronda de Doha es un proceso de negociaciones comerciales iniciado en 2001 por la Organización Mundial del Comercio (OMC), organismo internacional con 153 países miembros, entre ellos Argentina. El objetivo es profundizar la liberalización comercial, aunque se presenta bajo mantos de considerar los intereses de los países en desarrollo, pretensiones que parecen lejos de ser cumplidas. Desde la reunión de ministros de comercio que la lanzó en 2001 se celebraron tres Conferencias Ministeriales: en Cancún (2003), en Hong Kong (2005) y la última en Ginebra (2009) ciudad sede de la OMC, y desde Cancún que el proceso de negociación de la Ronda está políticamente estancado, ya que lo que está en el banquillo de los acusados es el modelo mismo del libre comercio como motor de los procesos de desarrollo. Si algo ha sido demostrado empíricamente es que el librecambio genera mayores beneficios a quienes ya se encuentran en una posición ventajosa, por lo que se trata de un modelo que favorece el statu quo y profundiza la brecha económico-social entre países desarrollados y no desarrollados y hacia el interior de ellos.

Este fue el debate de fondo que se invocó en la última reunión en Ginebra del Comité de Negociaciones Comerciales (segunda instancia decisoria por debajo de las reuniones Ministeriales) de la OMC, que se dio cita el 8 de marzo a fin de analizar si es posible lograr con un objetivo que parece una hazaña: tener los borradores listos sobre los cuales poder negociar en los tres temas que trata la Ronda de Doha: liberalización del comercio en agricultura, acceso a mercados no agrícolas y bienes industriales (llamado “NAMA” por sus siglas en inglés) y la liberalización del sector de servicios. Estos textos tendrían que estar listos antes de Pascuas, por lo que el mes de abril se vuelve crucial.

Todas las delegaciones que hablaron en la reunión de marzo mencionaron que los tiempos apremian y que los plazos corren contra reloj, y se reconoció que las diferencias no son meramente de forma sino de fondo. La situación preocupa incluso al propio Director General de la OMC, el francés Pascal Lamy, quien debe coordinar las negociaciones para que lleguen a buen puerto y se logre profundizar así la apertura y la liberalización económica. Pero la de Doha es la ronda más larga en la historia de las negociaciones por la liberalización comercial, y en estos diez años trascurridos el objetivo de lograr un acuerdo exitoso parece cada vez más lejos. La coyuntura tampoco es favorable: en medio de una crisis económica mundial, hablar de abrir mercados y de libre comercio significaría posibilitar aún más el contagio de esa crisis y las medidas de regulación que podrían apaciguarla (medidas de política comercial, políticas monetarias, control de cambios, etc.) son precisamente contrarias a la dogmática neoliberal y librecambista que propugnan instituciones como la OMC.

Un día antes de dicha reunión se realizó un encuentro de “sala verde” (green room) –caracterizados por ser secretos y restringidos a un número muy reducido de países miembros de la OMC-. Esa reunión de “sala verde” fue una fotografía de la realidad de la Ronda: los desacuerdos son tan grandes que la reunión duró tan sólo media hora… Algo similar ocurrió en la Ministerial de 2009 en Ginebra: no se negoció nada, los ministros de comercio fueron allí a una “ministerial de mantenimiento” de la OMC (una housekeeping ministerial, se decía) donde no se tomarían acuerdos, por lo que flotó en el aire una sensación de pérdida de tiempo para los funcionarios que asistieron.

Las palabras que más suena hoy día en la OMC son “realismo”, “compromiso” y frases como de cerrar con éxito la Ronda “ahora o nunca”. Muchos de los ojos están puestos en actores centrales como EEUU, la UE, Brasil e India. Los países desarrollados piden mayores aperturas en sectores donde ellos son altamente competitivos (servicios y NAMA) manteniendo sus medidas de ayudas internas en agricultura, mientras que los no desarrollados piden acceso a los mercados agrícolas del norte y como compromiso asumirían aperturas de entre un 30% y un 50% -o más- de sus industrias recortando aranceles en sectores clave. Pero estas diferencias técnicas son además políticas y es por ello que el proceso está trabado. En la reunión, la delegación de Brasil fue la que más claro y más duro habló: “si este punto de vista prevalece, entonces no estamos en el juego final. Estamos llegando al final del juego” sentenció el Embajador Roberto Azevedo en lo que podría tomarse como el epitafio de la Ronda de Doha si no se obtienen borradores para fin de abril y un acuerdo para mediados de julio, como es pretendido por la Dirección de la OMC.

A la crisis mundial y a la divergencia de posiciones se agrega el hecho que los EEUU no tienen autorización de su Congreso para poder tomar compromisos comerciales a nivel internacional, por lo que cualquier cosa que EEUU diga es tomado “con pinzas” por los demás países miembros, pues podría no aplicarse para EEUU si su Senado vetase los acuerdos firmados.

Pero agricultura no es todo. La baja de aranceles en NAMA pone en riesgo el desarrollo industrial de muchos países y reduce sustancialmente el espacio de políticas públicas frente a escenarios de crisis económicas, lo cual incluye a la Argentina específicamente. También deben preocupar la liberalización de sectores como el financiero, que está incluido en las negociaciones de servicios. Las propuestas de reformas financieras adoptadas por el G-20, por ejemplo, para intentar evitar futuras crisis podrían contradecir abiertamente las disposiciones del Acuerdo de Servicios de la OMC. Un ejemplo de esto es el plan para adoptar disciplinas sobre contabilidad formuladas en 1998 que limitarían las políticas regulatorias de los gobiernos para ese sector.

Pero la variedad de temas es tan amplia que otros vinculados como la consideración de si el agua potable es o no mercancía también entra en la negociación de servicios. Para la OMC, en principio el agua es una mercancía transable como cualquier otra y por ende sujeta a las leyes del mercado y a la liberalización, lo cual puede contradecirse con otras normas internacionales que entienden al agua como un bien no apropiable y por ende no comercializable (lo que se llama un “bien común”). En este sentido van, por ejemplo, la Declaración 64/292 de la Asamblea General de la ONU sancionada el 3 de agosto de 2010 o la Resolución 15/9 del Consejo de Derechos Humanos de la ONU del 6 de octubre de ese año.

Como puede verse, las negociaciones de la OMC no son ajenas a cuestiones cotidianas. Involucra desde los movimientos de capitales especulativos a nivel global hasta el agua que tomamos, la rompa que vestimos o los alimentos que comemos. Por ende, es materia de todos.

Javier Echaide es abogado, becario UBA e investigador del departamento de Economía Política y Sistema Mundial del CCC.

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