Guerreros del liberalismo

04/05/2011

Por Ana Lucia Grondona

Hace pocos días Buenos Aires fue la sede de una reunión regional de los miembros de la neoliberalísima Mont Pelerin Society, que reflexionaron sobre la insistencia del populismo en América latina y sus amenazas a la “libertad”. Por cierto, la batalla de estos guerreros del mercado contra la “demagogia” no es nueva, ni tampoco es justo limitarla a los últimos treinta y cinco años.

El 2 de junio de 1959, la Facultad de Ciencias Económicas recibía a uno de los principales referentes del pensamiento neoliberal: Ludwig Von Mises. La iniciativa de las conferencias corrió a cargo de Alberto Benegas Lynch, padre de quien será honrado en el Sheraton en algunos días y miembro fundador del Centro de Estudios para la Libertad. Von Mises no sería el único referente neoliberal invitado por el centro en aquellos años. En abril de 1958 había sido el turno de Leonard Read, creador de la Foundation for Economic Education, una de las instituciones que forjaron la sociedad de Mont Pelerin (1947) de la que, entre otros, participaría el propio Von Mises.

Las conferencias de Von Mises fueron difundidas y reseñadas ampliamente por el periódico La Prensa. Estas crónicas insistían en el papel que el neoliberalísimo otorgaba al crecimiento de la “inflación” en la economía local, supuestamente causada por la protección social del trabajo y el intervencionismo estatal, obstáculos para el crecimiento económico. Estos beneficios artificiales resultaban distorsivos y debían erradicarse en favor de un marco legal que permitiera una libre competencia de fuerzas naturalmente desiguales.

Según consta en la publicación de las conferencias realizada algunos años más tarde (1979), Von Mises no fue tímido a la hora de opinar sobre el contexto nacional: el dictador Juan Domingo Perón había recibido su merecido al ser obligado al exilio. Leonard Read, que lo había precedido en una serie de conferencias en 1958, fue aún más explícito, congratulándose de que sus anfitriones del centro hubieran sido acusados por el propio Perón de haber participado en su destierro. Por cierto, ni Von Mises ni Leonard Read mencionaban las bombas contra la población civil en la Plaza de Mayo ni la proscripción política de los años posteriores. Evidentemente, la “libertad” (según los neoliberalísimos) podía tener (terribles) “costos”.

Pues bien, las conferencias de Von Mises y Read a fines de la década del ‘50, o las de Gary Becker en la expectante Buenos Aires de 2011, no son más que debates entre especialistas. No conviene ser ingenuos. Pocos días después de la visita de Von Mises y de su repercusión en La Prensa asumía como ministro de Economía uno de sus admiradores confesos, Alvaro Alsogaray, quien pondría en marcha un Plan de Austeridad, cuyo objetivo no era ya “el desarrollo”, que había prometido Arturo Frondizi, sino “combatir la inflación”.

Resulta necesario problematizar el modo en que ciertos discursos trazan marcas, sentidos del decir, que obligan a recalar en ciertos lugares “comunes” (inflación, costos laborales) para explicar nuestros males. No se trata de negar la existencia de algunas de las problemáticas que éstos señalan, sino de no presumir la naturalidad en la jerarquización de los problemas de una sociedad. Cuando se insiste en los diagnósticos sobre la “inflación”, suelen ser las recetas de “enfriamiento” de la economía y la redistribución regresiva del ingreso las que esperan.

A pesar de las conferencias de fines de los ‘50 y del ascenso del neoliberalísimo Alsogaray como ministro de Economía, la racionalidad neoliberal no lograría instalarse como sentido común del gobierno económico en la Argentina por décadas. La dinámica de la lucha de clases, por un lado, y la relevancia de un imaginario tejido compleja y diversamente alrededor de “la nación” como proyecto social, económico y político, por el otro, funcionaron como obstáculos para una perspectiva que no reconoce otra realidad más que la del individuo y su comunidad más próxima.

Pero los guerreros, pacientes, no cesarían en sus esfuerzos. Así lo muestran los documentos desclasificados por el Departamento de Estado de los Estados Unidos, en los que se encuentran a diversos personajes (por ejemplo, Alsogaray) bregando porque la Argentina asumiera el camino neoliberal. Aunque soplaban vientos de nación, seguridad y desarrollo como antídotos contra la amenaza socialista, los guerreros insistían en las soluciones de mercado. Ya les llegaría el turno.

Tuvieron una singular batalla, relativamente exitosa, que dieron traicionando su propia fe, en el contexto de un gobierno “populista”, para usar sus términos: el Plan Rodrigo de 1975, un intento de cambiar el sentido de la distribución de la riqueza mediante una brutal devaluación del salario. El diseño de ese plan corrió a cargo de un personaje singular, Mansueto Ricardo Zinn, de inquietante trayectoria. Antiperonista confeso, Zinn asumió como funcionario clave del tercer gobierno peronista, en las entrañas de lo que divisaba como un enemigo. Según explicaría algunos años después, mientras asesoraba a Martínez de Hoz, en su libro La segunda fundación de la República, el “sinceramiento” de la economía llevado adelante en 1975 pretendía hacer de la crisis una instancia de redención final. La quiebra programada de la economía debía revertir etapas de quietismo pernicioso (1916-1930), de comodidades distorsivas y estatistas (1930-1943), de demagogia (1943-1946), y de un populismo que había dopado al pueblo, induciéndolo a un delirio ocioso (1946-1955).

Sin rodeos ni metáforas, Zinn señalaba que para hacer competitiva a la economía debían ajustarse los salarios y suprimirse la estabilidad del empleo. Todos estos dolores eran necesarios para superar la “orgía demagógica” y entrar en el reino de la “libertad”. Pero Zinn no era inocente: la “libertad” requería de un marco de iniciativa privada y paz social. Para ello, debían operar transformaciones profundas, pues no sólo debía “erradicarse la subversión”, sino también garantizar la “depuración” de los culpables del fracaso del Plan Rodrigo: el sindicalismo y la burguesía nacional.

En tiempos democráticos, Zinn probó nuevos caminos. Así, por ejemplo, para estimular la llama emprendedora de nuestros jóvenes, cofundaría Junior Achievement Argentina. Por cierto, los neoliberalísimos reunidos en el Sheraton tendrán oportunidad de escuchar a Eduardo Marty, actual director general de esta institución, que continúa con la tarea de su predecesor, por ejemplo otorgando la beca Ricardo Zinn.

Junto con esas actividades, Zinn desarrolló otras más redituables, tanto en el ámbito privado como en el público. En lo que hace a este último, participó en el diseño de las privatizaciones de Entel, YPF y Somisa. Antes de ello, había dirigido el Banco de Italia y presidido la empresa Sevel. Allí conoció a Mauricio Macri y devino en una de las figuras clave en su formación como negociador. Curiosamente (o no tanto) otro de los mentores intelectuales de Mauricio sería el propio Alvaro Alsogaray, quien lo iniciaría en las enseñanzas de la escuela liberal austríaca de Ludwig von Mises

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