¿Qué hace que el trabajo del artista libanés Rabih Mroué sea definido sin grandes cavilaciones como una expresión de arte político? ¿Es su vocación por la literalidad? ¿Su falta de pudor a la hora de usar nombres propios? ¿La tranquila firmeza con la que habla de la realidad política de su país? Probablemente todo eso y varias cosas más. Pero más allá de aquello que explícitamente dice acerca de los líderes políticos, los movimientos, los territorios, los mártires y sus imágenes, su propuesta artística -según pudo verse en las obras que presentó los pasados 3 y 4 de agosto en el Centro Cultural de la Cooperación en el marco del proyecto Panorama Sur- tiene ante todo la fuerza de un manifiesto tácito sobre el lugar social del artista atento a su entorno. Un artista que mira lo que pasa, prueba modos de pensar lo que pasa, prueba modos de crear con lo que pasa (y con lo que piensa, y con lo que prueba), y a la vez piensa cómo mira y prueba distintas maneras de mirar.

Ambos trabajos, Make me stop smoking (Haz que deje de fumar) y The inhabitants of images (Los habitantes de las imágenes), estuvieron planteados con la modalidad de conferencia-performance: una mesa, una computadora, un vaso de agua, una pequeña lámpara y una gran pantalla, y el conferencista-performer invitándonos a un recorrido visual guiado por la placentera sonoridad de su discurso. Con una particular combinación de humor sutil y seriedad reflexiva, sus palabras fueron construyendo un entramado de detalles autobiográficos con cierto tono confesional, reflexiones estéticas y éticas en torno a la problemática de la representación y construcciones analíticas complejas que iban articulando en clave artística fragmentos de su experiencia del mundo.

Me quisiera referir aquí principalmente al primero de los trabajos, que podría pensarse como una suerte de documental escénico sobre su trabajo creativo y el contexto en el que éste se desarrolla, y que por esto constituye una excelente vía de aproximación a su propuesta artística.
Make me stop smoking trata acerca del archivo personal que Mroué ha ido construyendo a lo largo de los años y nos propone conocer algunos de los elementos que lo componen, asomándonos a la lógica que lo estructura. Así lo explica él desde el programa de mano : “He estado recolectando material sin valor durante alrededor de diez años, poniendo mucha atención en su arreglo, documentación, orden y preservación de cualquier posible daño o deterioro. Este material está conformado por recortes de periódicos locales, fotografías, entrevistas, noticias, extractos de programas televisivos y otros objetos… hoy tengo algo que se asemeja a un archivo, o, digamos, poseo un archivo real que se relaciona sólo conmigo: una suerte de memoria adicionada que ocupa distintas esquinas de mi espacio doméstico, a pesar de que no la necesito. Se trata de una memoria inventada que me agota y de la que no me puedo liberar. Por esta razón, voy a dejar al descubierto partes de mi archivo, ansiando que al hacerlo público pueda deshacerme de este peso. Será mi intento de destruir la memoria que no sabe cómo borrarse sola”.
Pero este archivo no es igual a otros, porque los elementos coleccionados no sólo son evidencias de cosas sucedidas, retazos de realidades, sino que son potencialmente materiales para obras futuras. Mroué explora en su trabajo distintas formas documentales y, aunque no sea éste su único motor, el destino artístico impregna todo su proyecto archivístico. Por eso habla de un peso del que necesita deshacerse: el peso de los proyectos aún no realizados, el peso del imperativo que cada foto y cada recorte le recuerdan, el peso de la promesa que les hizo y que se hizo de buscar una forma artística que les permitiera dar su testimonio.
En su abordaje autorreferencial y metadiscursivo, Mroué comienza por el principio: los títulos. Cuenta que no sólo colecciona documentos y proyectos por concretar, sino que tiene un cuaderno en el que anota incontables frases con vocación de título que se le van cruzando en el camino. Luego de largas reflexiones, ha llegado a la conclusión de que el título no tiene por qué guardar ninguna relación a priori con la obra que designa, tal como las personas no guardamos una relación a priori con los nombres que nos son dados. Y sin embargo, luego del nombramiento fundacional, la relación que se construye entre ambos es fuerte e indisoluble, y se carga de múltiples sentidos que no era posible prever. En la pantalla vemos cantidad de estos títulos, algunos ya utilizados, otros no, y entre ellos está el de la obra a la que asistimos. Comenta que en realidad iba a transformarlo en Make me stop acting (lo que remitiría tanto a la no-actuación de su conferencia como a toda una línea de búsquedas de las artes escénicas contemporáneas), pero finalmente quedó así. Este primer acercamiento condensa el tono de toda la obra. Muy rápidamente el detalle personal nos lleva a una reflexión sobre la praxis artística, que a su vez nos remite a problemáticas semióticas y poéticas generales, que a su vez propone desde la obra una mirada sobre la obra misma, incitando al espectador a desplazarse ágilmente entre estos distintos niveles. Mientras tanto, el cuidado diseño de la presentación proyectada en la pantalla y la interpelación al público que Mroué hace con su voz y su mirada generan múltiples estímulos perceptivos que ponen el acento en la experiencia viva compartida, como corresponde al polo performativo del binomio que designa su presentación.
Siguiendo el recorrido por el archivo, Mroué habla de un proyecto fotográfico que desarrolló durante años, fotografiando las tapas de las alcantarillas de distintas ciudades de mundo. Este proyecto continuó hasta que un amigo le comunicó la triste noticia de que no sólo alguien más había hecho eso antes, sino que incluso la editorial Taschen había editado un libro a todo color con las fotografías. Tras esta frustración, se aboca a un nuevo emprendimiento fotográfico cuya originalidad está garantizada: retrata todos los días y en distintos momentos una lámpara de la calle que cruza camino al trabajo. En la pantalla podemos ver con cierta sorpresa la diversidad alcanzada por las imágenes en el marco de esa empresa que podía sonar algo desabrida. Pero lo que me pareció más interesante fue que el contraste entre ambos proyectos le mereció una reflexión sobre el ángulo de su mirada. ¿Por qué miraba hacia abajo cuando estaba en el extranjero mientras en su país miraba hacia el cielo? Me cuesta recordar la respuesta que dio a este interrogante, y es que no me resultó tan importante como el hecho mismo de que se formulara esa pregunta. La segunda parada del recorrido por el archivo me asombraba con un nuevo desplazamiento de la representación a la reflexión sobre la representación, desde lo visto hacia la inquietud por los modos de ver. Y así el deseo de dar cuenta de algo de una ciudad se convierte en una indagación mayor sobre la experiencia urbana, y el documento cuenta más sobre el modo de documentar que sobre aquello documentado. En realidad, nos cuenta cosas de ambos.
Luego, el último momento en el que quiero detenerme aquí. Mroué comienza a contarnos sobre otro proyecto inconcluso, que consistía en fotografiar a los gatos y perros atropellados en Beirut, la ciudad en la que habita. Al parecer, las estadísticas arrojan alarmantes cifras sobre la cantidad de ellos que mueren en esas circunstancias cada día. El relato da entonces cuenta de la motivación del proyecto y comienza a describir el proceso, mostrándonos las dos primeras fotos movidas que sacó a un gato que encontró arrollado en la calle. En ambas se intuye con cierto temor al objeto fotografiado, pero no es posible distinguirlo claramente debido a la falta de luz. Por esto, decidió fotografiarlo una última vez ahora sí con flash. Mroué se demora en dar el paso de mostrarnos esa imagen que puede presuponerse como impactante y hasta desagradable. Las frases que siguen, junto con esa pequeña demora, crean una suerte de suspense, que se resuelve cuando finalmente muestra fugazmente la imagen durante una fracción de segundo, de modo que no podamos verla realmente, y confiesa que le pareció demasiado impresionante y decidió inmediatamente abandonar el proyecto. Esta reflexión tiene un correlato con otro momento en el que habla de un video de una batalla cruenta que alguien le dio confiando en que pudiera hacer su arte con él. Profundamente impactado por su contenido y con gran incertidumbre sobre cómo trabajar con un material semejante, decide proyectar para nosotros un fragmento en el que los soldados saludan sonrientes a la cámara. Estos dos proyectos, o mejor dicho, el modo en que decide reflexionar sobre las disyuntivas éticas y estéticas que estos proyectos le plantearon, se inserta en un debate de gran vigencia: el de la representación del horror.
Los momentos en los que elegí detenerme tal vez permitan pensar que la estrategia documental de Make me stop smoking (y del trabajo de Mroué en general) muestra toda su fuerza también cuando no se dedica a las personas desaparecidas, a la actualidad política de Oriente Medio, al Hezbolá, a los videos que dejan camaradas mártires del Partido Comunista del Líbano, a los afiches de imaginarios encuentros Nasser-Hariri o Freud-Komeini, al pan-arabismo, a la Guerra Civil y a tantas otras cosas a las que también se dedica de un modo muy interesante en sus obras.
Creo que el trabajo de Rabih Mroué ejemplifica y nos ubica de frente a muchas de las virtudes del arte documental más potente. Por un lado, su fuerte compromiso con esa realidad que mira y que busca de alguna forma denunciar o, al menos, compartir. Por otro lado, su capacidad intrínseca para instalar la pregunta sobre cómo se mira, cómo se construyen los documentos, cómo se arma un archivo, cómo se da testimonio y cómo se hace arte partiendo de esos fragmentos rescatados o secuestrados del fluir vital histórico. Una pregunta que nos acerca también a la reflexión sobre el tiempo y la memoria. Por último, el modo magistral que tiene de vincular lo particular con lo universal, el relato del caso con una enorme cantidad de complejas problemáticas que lo enmarcan y lo exceden. Esto puede aplicarse a cada uno de los hechos e imágenes a los que se refiere, pero también a la relación entre esta obra de Rabih Mroué sobre su archivo personal y la problemática de todo artista que desea comprometerse con la realidad de su entorno.
Pamela Brownell
Integrante de las áreas de Artes Escénicas y de Políticas Culturales del Centro Cultural de la Cooperación
Etiquetas: arte contemporáneo, arte documental, arte y política
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