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Rebautizar América (II Parte) COMENCEMOS POR BAUTIZARNOS

COMENCEMOS POR BAUTIZARNOS

El escamoteo de nuestra identidad comienza por nuestro propio nombre; quiénes somos y cómo nos llamamos, es la cuestión.

Queremos hablar de “nuestra América” y no de “América latina” o cualquier otra formulación incorrecta, asumiendo la definición de José Martí de su ensayo de 1891. El término “América latina” es impropio y erróneo; se lo comenzó a usar durante la segunda mitad del siglo XIX desde los centros de poder económico y colonialista de Europa, para definir al territorio que comprende las dieciocho naciones de habla castellana en nuestro continente, por necesidades surgidas de sus demandas de dominación, de las de los negocios de exportación e importación y de las de proyectos de neocolonialismos tardíos.

“ La denominación América latina, a más de culturalmente imprecisa y cercana, se extendió al término de la centuria pasada –nos cuenta Hernández Arregui en su obra ¿Qué es el ser nacional?- apoyada por escritores encandilados por Francia, se aclimató finalmente en este siglo XX, bajo el ascendiente de personajes como Clemenceau o Poincaré, y es en alguna medida el resabio con cosméticos modernos de aquella inquina hacia España que viene de la política continental europea de los siglos anteriores, no sólo de parte de Inglaterra, sino de Francia, interesada por igual en el reparto de los restos del antiguo imperio Español en América.”

Al concepto también se lo utilizó para diferenciarse de aquellas partes que definen a la América anglo-sajona y a la francófona (Estados Unidos de Norteamérica, Canadá, archipiélago de las Bahamas). En esta conducta reivindicativa anduvieron el colombiano Caicedo y el chileno Bilbao principalmente: “En rigor – nos cuentan Sergio Guerra Vilaboy y Alejo Maldonado Gallardo- el neologismo América latina, que al parecer hizo su aparición a mediados del siglo XIX, tuvo como verdaderos padres al colombiano José María Torres Caicedo y al chileno Francisco Bilbao, ambos residentes en París. Este último empleó el vocablo, por primera vez en una conferencia dictada en la capital francesa el 24 de junio de 1856 con el título de “Iniciativa de la América”, donde también se valió del gentilicio latino-americano…

“… Torres Caicedo también lo utilizó, el 26 de septiembre de 1856, en la primera estrofa de la parte IX de su poema ‘Las dos Américas’…

“Poco después, en febrero de 1861, Torres Caicedo dio a conocer en París sus ‘Bases para la Unión Latino-Americana. Pensamiento de Bolívar para formar una Liga Latino-Americana; su origen y sus desarrollos, dirigida a la integración económica y política de las que llamó ‘Repúblicas latinoamericanas’…”

Pero la latinidad del término apenas abarcaría –por historia y por lenguaje- a la parte blanca, europea, de sus habitantes, dejando afuera a millones de pobladores descendientes de los pueblos originarios o de mezclas de ellos con negros o blancos, u otras combinaciones, los que no vienen solamente de una historia del mundo latino, ni sus lenguas se nutren de él; setenta y seis familias lingüísticas son originarias de América del Sur; muchas de ellas vivas, como el quechua, aymará, guaraní, mapuche.

Al respecto nos ilustra el peruano Luis Alberto Sánchez: “Ni nuestra cultura es latina, sino esencialmente indoíbera, con métodos y revoques franceses; ni lo español es latino, por cuanto fenicios, romanos, godos y árabes que plasmaron la Península representan, en conjunto, un aporte superior al latino; ni el indio, nuestra raíz, encarnación humana de lo telúrico, tiene nada de latino. Como reacción contra España, durante un período de nuestra historia, la denominación de América latina tuvo fortuna; hoy la disfruta sobre todo a guisa de facilitar el pensamiento de europeos y norteamericanos… y satisfacer el orgullo de franceses y afrancesados.

“Como ocurre casi siempre, estas generalizaciones resultan peligrosas o inexactas. Tal cual el término ‘latino’ aplicado a nuestra cultura encierra una jugosa ironía, de idéntica manera referirse a los Estados Unidos como una civilización definidamente ‘anglosajona’ no deja de ser disentible.”

Lo irrebatible es, como afirma Hernández Arregui, que la latinidad no existe. “Como no existe Occidente”, agrega en su obra citada.

Pero el término “América latina” termina por difundirse e imponerse, tomado principalmente por los norteamericanos, a quienes les viene bien la definición para que nadie nos confunda con ellos, y por los intelectuales nuestros con vocación de colonizados, hasta que termina siendo generalmente aceptado.

En el décimo aniversario de Playa Girón, en 1971, Fidel Castro señaló en su discurso:

“Todavía, con toda precisión, no tenemos siquiera un nombre, estamos prácticamente sin bautizar; que si latinoamericanos, que si iberoamericanos, que si indoamericanos.”

Es así, como señala Fidel. Partiendo del propio sustantivo “América” –que supuestamente proviene de la región nicaragüense habitada por los indígenas “americúas”, termino que termina generalizándose por el mapa que el cartógrafo florentino Vespucio realiza en 1507 y que firma con el seudónimo de “Americus”-, el aporte de poblaciones originarias, más europeas, más africanas e inclusive asiáticas, constituye un territorio de amalgamas notables y únicas que nos impide un nombre abarcador y sintetizador que contenga todos los afluentes.

Pero estos pueblos emergentes, que para nosotros son nuestros hermosos y gallardos pueblos, tienen otro concepto para los imperialistas.

Continúa Fidel en su discurso: “Para los imperialistas no somos más que pueblos despreciados y despreciables. Al menos lo éramos. Desde Girón empezaron a pensar un poco diferente. Desprecio racial. Ser criollo, ser mestizo, ser negro, ser sencillamente latinoamericano, es para ellos desprecio.”

Y ese pensar diferente, en cuanto a subestimarnos un poco menos, despreciarnos un poco menos, tal vez adquirió un nuevo nivel cuando fracasa el golpe de Estado de abril en Venezuela: ¡primer golpe de Estado tradicional, promovido por los imperialistas y sus agentes de afuera de Venezuela y también vernáculos, que fracasa una vez triunfante! Esos criollos, esos mestizos, esos mulatos y negros que construyen la llamada revolución bolivariana, les jugaron una mala pasada, como entonces en Girón.

Horacio A. López.


Juan J. Hernández Arregui. ¿Qué es el ser nacional?. Editorial Hachea. Buenos Aires. 1963, p. 34.

Sergio Guerra Vilaboy y Alejo Maldonado Gallardo. Los laberintos de la Integración Latinoamericana. Facultad de Historia de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. México. 2002, p. 33.

Luis Alberto Sánchez Exámen Espectral de América Latina. Editorial Losada. Buenos Aires. 1962, p.22.

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Rebautizar América (I Parte)

Más allá de las identidades, tradiciones, culturas, que definen sus actuales repúblicas o regiones, nuestra América se erige como una unidad superior –tal vez la de mayor coherencia en el mundo- con fuertes raíces y valores comunes que la potencian como entidad más que la dividen.

El problema ha sido que nos han querido escamotear nuestra identidad, para que el sueño de la Patria Grande, de la Confederación de Repúblicas Mestizas, como quería Bolívar y tantos otros patriotas, nunca se hiciera realidad. Para ello obraron, desde el comienzo de nuestra guerra por la primera independencia, las diplomacias y fuerzas militares de Inglaterra y Estados Unidos, así como los “espíritus de localías” –entiéndase las oligarquías nacientes en cada joven república que se iba independizando- que bien denunciara Bernardo Monteagudo en su “Ensayo sobre la necesidad de una Federación General entre los Estados hispanoamericanos y plan de su organización”, escrito en Quito en 1823.

“En este continente se habla prácticamente una lengua, salvo el caso excepcional del Brasil, con cuyo pueblo los de habla hispana pueden entenderse, dada la similitud entre ambos idiomas. Hay una identidad tan grande entre las clases de estos países que logran una identificación de tipo internacional americano, mucho más completa que en otros continentes”. Esto nos señalaba el Che en su famoso Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental, allá por 1967.

Podemos acudir a Elena Poniatowska para abundar en esto; escribe en un ensayo titulado Memoria e Identidad: “Fueron los conquistadores los que nos dieron nuestra actual identidad latinoamericana al imponer su lenguaje, su idea del núcleo familiar, su catolicismo, su machismo (no tenemos noticia del machismo indígena)…

“Por la palabra se ha unificado a América latina desde el río Bravo hasta Tierra del Fuego, por la palabra guardamos memoria, y la palabra ha sido instrumento de lucha, la palabra nos ha hecho reír, y la palabra se ha levantado en contra del silencio y en contra del sufrimiento.”[1]

Pero volviendo al Che y su discurso citado: “Lenguas, costumbres, religión, amo común, los unen. El grado y formas de explotación son similares en sus efectos para explotadores y explotados de una buena parte de países de nuestra América. Y la rebelión está madurando aceleradamente en ella.”

Ciertamente no es nueva la descripción desarrollada por el Che: un siglo antes, más precisamente en 1864, el ministro de Relaciones Exteriores de Chile, Alvaro Covarrubias, en una nota dirigida al embajador de España, a propósito de la crisis hispano-peruana por la cuestión de las islas Chinchas, escribía:

“Las repúblicas americanas de origen español forman en la gran comunidad de las naciones, un grupo de Estados Unidos entre sí por vínculos estrechos y peculiares. Una misma lengua, una misma raza, formas de gobierno idénticas, creencias religiosas y costumbres uniformes, multiplicados intereses análogos, condiciones geográficas especiales, esfuerzos comunes para conquistar una existencia nacional e independiente: tales son los principales rasgos que distinguen a la familia hispanoamericana. Cada uno de los miembros de que ésta se compone ve más o menos vinculado su próspera marcha, su seguridad e independencia a la suerte de los demás. Tal mancomunidad de destinos ha formado entre ellos una alianza natural, creándoles derechos y deberes recíprocos que imprimen a sus mutuas relaciones un particular carácter. Los peligros exteriores que vengan a amenazar a alguno de ellos en su independencia o seguridad, no deben ser indiferentes a ninguno de los otros; todos han de tomar parte en semejantes complicaciones, con interés nacido de la propia y la común conveniencia.”[2]

En este escenario es que el Che veía madurar la rebelión, y se preguntaba al respecto: “¿cómo fructificará?, ¿de qué tipo será? Hemos sostenido desde hace tiempo que, dadas sus características similares, la lucha en América adquirirá, en su momento, dimensiones continentales.”[3]

El Che veía el escenario continental para la concreción de la segunda y definitiva independencia, tal como había sido escenario en la primera. La globalización de esta aldea común en que se ha transformado el mundo, nos lleva a pensar en la justeza de esta afirmación, con la cual adquiere nuevo vigor en estos comienzos del siglo XXI, el renovado objetivo de la Patria Grande, pensada su integración en términos de cierta institucionalización. Pero cuando hablamos de “Patria Grande”, ¿a quiénes estamos incluyendo? ¿Cuál es nuestra identidad? Esto es importante dilucidarlo porque, como escribe Heinz Dieterich, “Un pueblo sin identidad es un gigante miope. No puede ver el camino que ha de andar para su liberación. Destruir su identidad u ofuscarla significa cegar al pueblo y mantenerlo dentro de las cadenas seculares que le han sido impuestas. Contribuir a la reconstrucción y al avance de esta identidad, es decir, su capacidad de autodeterminación es, por ende, obligación prometeica de cualquier auténtico compromiso latinoamericanista.”[4]

Horacio A. López.


[1] M. Benedetti y otros. Nuestra América contra el V Centenario. Editorial Txalaparta. Tafalla. Navarra. 1990, p. 156 y 162.

[2] Citado por Miguel Rojas Mix en Los cien nombres de América, a su vez tomado de Patria y Federación de Justo Arosemena, La Habana, 1977.

[3] “Revista Tricontinental de Cuba”. La Habana. 1967.

[4] Heinz Dieterich. Emancipación e Identidad de América latina: 1492-1992, en Nuestra América contra el V Centenario. Editorial Txalaparta. Tafalla. Navarra. 1990, p.71.

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EL CASO MALVINAS: ¿De territorio usurpado a Estado Kelper?

Con el criterio de la continuación de la potestad que España ejerciera en las Malvinas hasta que las abandonara en 1811, el gobierno de Buenos Aires toma posesión de las mismas en 1820.

El prologuista del libro de Alfredo Palacios, “Las Islas Malvinas. Archipiélago Argentino”, Jorge Cabral Texo, valora la demostración por parte del autor del libro

…de que el golpe de mano llevado a cabo por Inglaterra el 1º de enero de 1833, contra la soberanía argentina en las Malvinas, fue prologado y hasta preparado por funcionarios diplomáticos consulares norteamericanos al facilitar el malón realizado por la fragata Lexington1, en Puerto Soledad, el 28 de diciembre de 1831, al dar caza a los funcionarios allí instalados y al alegar luego, en justificación de su vandalismo, una especie de tercería de dominio sobre las Islas Malvinas, sosteniendo que ellas no pertenecían a las Provincias Unidas sino a Inglaterra.

Su inopinada defensa de Gran Bretaña –dice Palacios, refiriéndose al Encargado de Negocios de EE.UU.-, sosteniendo sus pretendidos derechos…, abrió las puertas a las reclamaciones de Inglaterra.2

Un año y cuatro días después de la tropelía yanqui en las Malvinas, Inglaterra ocupó militarmente las islas, manteniéndolas en una situación de “colonias” hasta nuestros días. En ese momento no valió la Doctrina Monroe para los Estados Unidos, como no valió tampoco en la década del 80 del siglo XX: en 1982 Estados Unidos volvió a ponerse del lado de los ingleses, proporcionándoles valiosa información satelital sobre la ubicación de los navíos argentinos durante la llamada “Guerra de Malvinas”. Desde entonces Argentina no cesa de plantear año tras año sus reclamos soberanos sobre las islas ante el Comité de Descolonización de la ONU. Para los argentinos no cabe ninguna duda en cuanto a que el archipiélago es parte de la República Argentina. Para nuestros hermanos americanos tampoco; vale destacar que, en plena guerra, las manifestaciones de solidaridad con la Argentina se desplegaron por toda nuestra América y que tres gobiernos ofrecieron su ayuda militar para combatir a los británicos: Cuba, la Nicaragua sandinista y el Perú. Por supuesto, la dictadura militar argentina, que había desatado el conflicto como una forma de congraciarse con el pueblo en momentos en donde ya estaba tambaleante, no aceptó esa ayuda que hubiera continentalizado la guerra.

Obviamente que la Argentina perdió su guerra con Gran Bretaña. El nuevo status que adquirieron las islas fue muy funcional a los intereses de Gran Bretaña en el Atlántico Sur.

En octubre de 2006 un artículo publicado en el Suplemento “Enfoques” del diario La Nación de Buenos Aires, titulado “¿Un Estado Kelper?”, firmado por Jorge Liotti, instala el tema de la intención de algunos dirigentes kelpers de las islas de bregar por la independencia de las mismas. Señala el copete del artículo: “Como parte de una estrategia de endurecimiento frente a la posición argentina, un sector del gobierno isleño plantea la independencia del archipiélago, aunque algunos observadores afirman que detrás de la iniciativa está el Foreign Office.”

Algunos párrafos del artículo señalan:

¿Podrían las islas Malvinas convertirse alguna vez en un miniestado administrado por los kelpers y reconocido por la ONU como un país independiente? Aunque parezca temerario, el planteo forma parte de la estrategia de endurecimiento de posiciones que impulsan algunas autoridades del archipiélago y que ha generado una creciente preocupación del lado argentino.

La idea fue expuesta por uno de los nuevos miembros del Consejo Legislativo de las islas, Richard Davies, e inmediatamente desató una polémica.

No hay razón, en mi opinión, para que no podamos buscar una plena independencia en el futuro (…). Hubo una pequeña presencia argentina en las islas a fines del siglo XIX, pero desde entonces nosotros desarrollamos el país (sic)’, declaró en una entrevista concedida al diario chileno La Tercera

Según relataron a La Nación miembros de la delegación argentina que participó el 15 de junio pasado de la reunión del Comité de Descolonización de las Naciones Unidas, Davies también expresó su posición independentista en ese ámbito…

…la mención explícita al concepto de ‘independencia’ ha sido interpretada como una profundización del histórico reclamo de autodeterminación de los isleños. El vocero y ex miembro del Consejo Legislativo Lewis Clifton lo entiende de ese modo. ‘La Constitución de las islas contempla la posibilidad de la autodeterminación y el autogobierno’, dijo a La Nación. ‘Y el autogobierno –aclaró- podría llevar a la independencia en algún momento: es un paso más allá en el derecho de autodeterminación’.

Cisneros3 entiende que este esquema ‘deriva de la tradicional noción británica de Commonwealth, compuesta por estados independientes vinculados a la Corona’. Según su visión, la postura que impulsan los malvinenses es similar al caso de Bélice, ‘que es formalmente independiente, pero con fuerte vinculación con el gobierno de Londres en cuestiones de defensa’.4

No es casual ni caprichosa esta demanda. Al igual que a mediados del siglo XIX, las islas Malvinas se revalorizan hoy geoestratégicamente para la OTAN por su proximidad con el paso sureño interoceánico, por su cercanía también con el continente antártico, por su condición de portaviones fijo y base militar, y por su riqueza ictícola, de krill, de petróleo y de yacimientos de minerales especiales en las profundidades del océano circundante. El control del paso interoceánico es un tema de importancia, tal como lo explicita el Documento de Santa Fe IV, ante una eventual complicación del control del canal de Panamá. Estados Unidos hace la vista gorda, en este caso, a la doctrina Monroe –como lo señalara José Ingenieros para otros lugares de nuestra América- debido a su estrecha alianza en la actualidad con Gran Bretaña. Igual postura tuvo cuando avaló la invasión inglesa en 1833 y cuando se colocó del lado británico en la guerra por las Malvinas de 1982.

Un estado kelper independiente, miembro del Commonwealth, desbrozaría el camino para un accionar con plena libertad de movimientos a los intereses de Gran Bretaña, cuestión que hoy no ocurre por la tensión generada en la disputa permanente de la soberanía con la Argentina. Valga como ejemplo de las dificultades actuales, la prohibición de vuelos desde y hacia Argentina y la sanción en el Parlamento argentino que prohíbe a los buques y empresas que operan en el Mar Argentino estar asociados con empresas que cuentan con licencias malvinenses.

el 18 de abril de 2008 el Reino Unido hizo un llamado a una “ronda de licencias” para la explotación de nuevas áreas hidrocarburíferas en torno a las islas Malvinas, ante lo cual el gobierno argentino protestó enérgicamente ante Londres, calificando el acto de “ilícito”.

Esta nueva disputa recién comienza y no será entre argentinos y kelpers, sino nuevamente entre argentinos e ingleses, con los Estados Unidos tomando partido por estos últimos.

Horacio López

Subdirector C.C.C.

1 Fragata de guerra norteamericana.

2 Alfredo L. Palacios, Las Islas Malvinas. Archipiélago Argentino, Claridad, Buenos Aires, 1934.

3 Andrés Cisneros, ex vicecanciller argentino.

4 Liotti, Jorge “¿Un Estado Kelper?”, Diario La Nación de Buenos Aires, 22 de octubre de 2006.

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Secesionismo: HACIA LA REPÚBLICA INDEPENDIENTE DE ANTIOQUIA

Por: Horacio López

 

El escritor colombiano Arturo Alape en su obra La Paz, la Violencia: testigos de excepción, narra lo siguiente:

 

Es preciso recordar que no habían pasado muchos días desde el grito de independencia en 1810, cuando ya los notables criollos se lanzaban en una larga guerra civil por ocupar el poder que creían suyo definitivamente; guerra que tomó el disfraz de sofisticados argumentos de federalistas contra centralistas… Un poco más adelante, al regresar los ejércitos colombianos del Perú y Bolivia en 1826 (…) el conflicto estalló para no apagarse durante todo el siglo. En el año 28 se levantan Obando y López en el Cauca, en el 29 lo hace Córdoba en Antioquia, en el 30 tras revueltas y revueltas, las oligarquías ecuatoriana y venezolana, disuelven la Gran Colombia, no sin antes asesinar a Sucre y dar un golpe de Estado, seguido de una guerra civil en Colombia. [1]

 

 

Este estado de anarquía y guerras fratricidas entre hermanos no sólo se desplegó durante el siglo XIX sino que continuó durante el XX. En todo ese largo periodo, sectores de las clases dominantes se fueron disputando, en diversos momentos, el poder político y los recursos materiales colombianos.

En nuestros días, en Colombia se libra una guerra de liberación nacional, en la cual las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Ejército de Liberación Nacional (ELN) preponderantemente, luchan contra el Estado opresor y pro imperialista, dominando en forma soberana gran parte de la extensión del país. Las clases dominantes se atrincheran en un Estado fuertemente centralizado, militarizado y represor. No era de extrañar entonces que, en semejante situación, se exacerbaran las fuerzas centrífugas en determinadas regiones. El caso de Antioquia es uno de ellos.

Antioquia es uno de los actuales departamentos colombianos, el segundo más industrializado de Colombia. Allí se produce café, azúcar, leche, ganadería porcina y equina; se explotan minas de oro, platino, carbón y hay abundantes reservas de petróleo, hierro, cobre, entre otros minerales.

En su historia republicana, en Antioquia existieron siempre las ideas de independencia del poder federal central, levantándose cada tanto la reivindicación de la creación de la República independiente de Antioquia o “Antioquia la Grande”.

En su momento, mediante un pacto de conveniencias mutuas que incluía beneficios fiscales y cuotas de poder, como la designación de algunos ministros nacionales, la burguesía antioqueña –poderosa ya por su actividad de explotación y exportación cafetera- aceptó someterse al poder central. Y tuvo y tiene una influencia decisiva en las altas esferas gubernamentales (el Presidente Uribe pertenece al sector de los terratenientes antioqueños). Pero no obstante el regionalismo acendrado siguió vigente.

Tomamos del suplemento de la revista electrónica de Psicología Social FUNLAM de su edición nº 3 de octubre de 2001, de un artículo titulado “El discurso de la identidad en el regionalismo antioqueño”, lo siguiente:

 

 La conformación geográfica de Antioquia, su lento desarrollo y su aislamiento de las demás regiones de Colombia, fueron determinando un particular crecimiento y una singular forma de vida. Su visión del mundo se fue estructurando a partir de la lucha de gentes que, obligadas por el medio, se abrieron paso a través de la maraña de una región inhóspita.[2] Tales condiciones –continúa el artículo- configuraron los rasgos del complejo cultural antioqueño hacia la libertad, la independencia, el positivismo y el sentimiento de altivez, pero a su vez a un sentir omnipotente, a vivir sólo de sí mismos.

 

En relación a la capital del país, el artículo señala que

 

por mucho tiempo ha entablado una rivalidad que aún no conoce límite y que está constituida en los procesos de lucha por el reconocimiento social a nivel nacional conduciéndola al salto catastrófico hacia la segregación o el regionalismo.[3]

 

En la realidad social de la región se constata que los indígenas prácticamente desaparecieron; la población es en un 80% de origen europeo, predominando fuertemente la de origen español. Antioquia posee su bandera propia (dos franjas horizontales, una superior de color blanco y la otra verde), escudo e himno.

En este caso podemos hablar del desarrollo de las dos formas de secesión enunciadas al principio: la Blanda que promueve aspiraciones federalistas y, como recurso extremo llegado el caso, la Dura, o sea la independencia.

Sobre el primer caso: en el libro El Ensayo en Antioquia con selección y prólogo de Jaime Jaramillo Escobar encontramos una Declaración del Colegio de Abogados de Medellín del año 1972, que dice que dicho Colegio

 

…ha llegado a la convicción sobre la necesidad de adoptar un régimen federal para Colombia, mediante la respectiva reforma constitucional que reconozca la descentralización política, fiscal y administrativa a que tienen derecho las regiones, sobre la base de conservar para la nación su soberanía y competencia en los asuntos que son propios de su naturaleza, entre ellos la organización y distribución de las Fuerzas Armadas, el manejo de la política exterior y la regulación del comercio internacional, de la moneda y del crédito; la expedición de normas orgánicas en materia de impuestos destinados a gravar las rentas, el consumo de artículos de producción nacional y las importaciones y exportaciones…

“Considera el Colegio que el régimen federal, además de procurar el desarrollo equilibrado de las regiones en forma acorde con la idiosincrasia y los recursos naturales y humanos de cada una de ellas, constituye el medio por excelencia para preservar la libertad, consolidar la unidad nacional sobre bases firmes y reales, mantener la plena vigencia de las garantías individuales y del régimen democrático, y dar al país un gran impulso hacia nuevas formas de vida en que se asegure el cumplimiento de la justicia distributiva y de la igualdad de oportunidades tanto para los ciudadanos como para las entidades territoriales.[4]

 

Un grupo de senadores antioqueños presentó un proyecto de ley en el año 2000 para formar una sola región con Antioquia y los Departamentos de Chocó y Córdoba, con mayor autonomía, que le permita captar grandes inversiones capitalistas, especialmente norteamericanas y japonesas. Al mismo tiempo, la oligarquía antioqueña viene pactando con los paramilitares en la región, desde la época en que fuera gobernador Uribe Vélez (1995-1997).

La secesión Dura es la forma que promueve la independencia lisa y llana de Antioquia, para formar una nueva república. Encontramos una página web actualizada en junio de 2000 cuyo título dice: “Porque podemos solos!!” y su texto:

 

Pero lo importante aquí es hablar de una idea que siempre ha estado presente, desde el Estado de Antioquia en el siglo XVII hasta el movimiento de Antioquia Federal en los años 60’s.

Nosotros sólo tratamos de revivir la presencia del Estado con el concepto de crear un país, aunque sea en nuestros corazones, por ahora. Los jóvenes de hoy ya sienten la necesidad de afianzar el amor patrio por nuestra tierra paisa.

Esta página fue creada por ‘nosotros’ los jóvenes antioqueños que estamos cansados de que Colombia nos exprima y nos robe todo lo bueno que nosotros construimos; también estamos cansados de las discriminaciones de Bogotá (pura y mera envidia); los rolos hijueputas en nombre de Colombia discriminan la superioridad antioqueña: censurando nuestros aeropuertos, limitando el presupuesto para nuestro departamento, limitando las fuerzas militares, evitando hacer de Colombia una federación y mantener una estúpida unidad nacional que los beneficia a ellos y nos perjudica a nosotros ANTIOQUIA.

Antioqueños: Despertemos y luchemos por nuestra independencia, deshagámonos de los que nos han estado robando, utilizando, usurpando por más de 200 años.[5]

 

La hoguera sigue siendo atizada.


[1] Arturo Alape, La Paz, la Violencia: testigos de excepción, Planeta Colombiana, Bogotá, 1985.

[2] Tomado de Betancur Cuartas Belisario. “Declaración de amor del modo de ser del antioqueño”, El Navegante Editores, Santa Fe de Bogotá, Colombia, 1994, p.5.

 

 

[4] Jaramillo Escobar, Jaime, El Ensayo en Antioquia, Biblioteca Pública Piloto de Medellín para América Latina, Medellín, 2003.

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ECUADOR Y COLOMBIA: UNA FRONTERA PROBLEMÁTICA

Ponencia de Margarita Vellejo en la I Jornada de Historia del Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini” los días 20 y 21 de noviebre de 2009.

El ataque en Angostura puso en crisis el complejo entramado sobre el cual se configuran las actuales relaciones fronterizas entre Ecuador y Colombia, en las que  ha cobrado preeminencia el tema de seguridad con la implementación, por parte del gobierno colombiano, de la última fase del Plan Colombia, el llamado Plan Patriota, y la adopción,  a partir de 2003, de la política de Defensa y Seguridad Democrática.

Ecuador y Colombia. Una frontera problemática

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