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Integridad y talento natural

LOS HOMBRES DE LA REVOLUCION DE MAYO. BELGRANO

Integridad y talento natural

Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, nace en Buenos Aires el 3 de junio de 1770. Como la mayoría de los hijos de las clases pudientes, realiza sus primeros estudios en el colegio de San Carlos en su ciudad natal. Se traslada a España para estudiar la carrera de derecho en Salamanca y Valladolid, la que culminará en 1789, el año de la Revolución francesa.

Este extraordinario acontecimiento generó un efecto huracanado en todo el mundo y también en nuestro joven estudiante. Él mismo dirá que «como consecuencia de la  Revolución en Francia, se apoderaron de mí las ideas de la libertad, igualdad, fraternidad, propiedad, y sólo veía tiranos en los que se oponían a que el hombre, fuese donde fuese, no disfrutase de unos derechos que Dios y la Naturaleza le habían concedido».

La figura de Belgrano ha generado un sentimiento generalizado y coincidente de respeto y valoración por su trascendente rol en la Revolución de Mayo y en las Guerras de Independencia contra los ejércitos restauradores del colonialismo que reaccionaron con furor ante el grito de libertad e independencia de los pueblos del continente. Sin embargo resulta necesario señalar el intento permanente de que la vida y el papel de este personaje decisivo y crucial de nuestra historia, se vea reducida al rol de “hombre abnegado y desinteresado y Padre de nuestra Bandera”. Completa el esquema la descripción heroica de sus triunfos de Salta y Tucumán y las “tragedias” de Vilcapugio y Ayohuma.

Propiedad de la tierra

Ciertamente, no se debe restarle mérito al enorme simbolismo que significó la creación de una Bandera Nacional en un país que todavía no existía como tal. Por el contrario, hay que ubicarlo como un firme acto de rebeldía y una clara contribución política a forzar la marcha de la historia en aquellas circunstancias brumosas. Podemos interpretarla como una audaz intuición independentista, frente a las corrientes más inclinadas a retardar la ruptura con el viejo orden político y cultural. Los que «fernandeaban» al decir de Monteagudo. Sin embargo Belgrano fue un hombre de una personalidad desbordante, apoyado en una cultura vasta y profunda, que incluía las lecturas en Europa de los libros prohibidos, gracias a una expresa autorización papal por sus aventajados estudios. Si ahondamos en su formación, veremos la huella no sólo de los ilustrados franceses, Rousseau, Montesquieu; sino también de Jovellanos, Floridablanca y Campomanes, e inclusive de  los pensadores italianos más avanzados en los temas de formación de los estados nacionales. Fue traductor del libro de su admirado Francois Quesnay: “Máximas generales de gobierno económico de un reino agricultor”, famosísimo en su época.

Antes de ser un político sagaz y de clarísima percepción y un militar valiente y decidido, fue un intelectual capaz de sostener una mirada crítica sobre los grandes temas en debate en su época y de proponer primero e implementar después, nuevas ideas y enfoques para el análisis de la realidad de su país. Durante más de diez años luchó desde su sitial de Secretario del Consulado para romper la rutina de siglos de una cultura primitiva y oscurantista, e inculcar a sus compatriotas ideas renovadas que posibilitaron realizar progresos, en el marco del Virreinato. Fue Belgrano defensor e impulsor de una idea sustancial y revolucionaria para su tiempo. La riqueza no se debe constituir del producto de la explotación de la mano de obra indígena y de la extracción de metales preciosos, sino del trabajo productivo de la tierra. De allí su constante inquietud por transformar el régimen de propiedad de la tierra, típico del colonialismo atrasado y brutal del feudalismo español.

El vendaval

Su visión como economista, ciencia ésta que amaba, estuvo fuertemente influida por el pensamiento de los fisiócratas. Bajo su inspiración decía Belgrano con un profundo sentido crítico: «se han elevado entre los hombres dos clases muy distintas, la una que dispone de los frutos de la tierra, la otra es llamada solamente a ayudar con su trabajo (…) las unas se someten invariablemente a la mente de los otros». Se aprecia claramente que sus ideas estaban lejos del estereotipo del hombre moderado que algunos le endilgan. En esta cuestión, fue Belgrano el primero que propuso una idea de reforma agraria, basada en la expropiación de las tierras baldías para entregarlas a los desposeídos. El vendaval de la Revolución lo une al núcleo de criollos que toman la determinación de constituir un gobierno propio, independiente, rompiendo en todos los sentidos con el colonialismo. Va con Moreno, Castelli y San Martín, por el camino de la lucha. No dudará en actuar como jefe militar, diplomático, periodista, educador, jurista y cualquier otro oficio que hiciera falta.

Es interesante apreciar un rasgo de gran determinación en sus actos. En carta a Moreno del 20 de octubre de 1810, le dice: «Deje a mi cuidado el dejar libre de godos al país (…) ellos han de ayudar a nuestros gastos, por lo pronto he mandado a rematar la estancia de uno que se ha profugado a Montevideo».En la misma misiva, le cuenta a Moreno que el realista Vigodet es una «solemne bestia». Se despide del Secretario de la Junta diciéndole «basta mi amado Moreno, desde las cuatro de la mañana estoy trabajando y ya no puedo conmigo».

Fue Belgrano un creyente sincero y consecuente con su fe cristiana: «Dios nos da la unión y con ella todo lo resistiremos».. Esa era su convicción. Sin embargo, lo definitivo de su conducta fue la lucha política. No dudó entonces en ordenar la detención y remisión a Buenos Aires del obispo de Salta que conspiraba con los realistas.

Una de las facetas más valiosas de este gran constructor fue su convicción acerca de la necesidad imperiosa  de transformar radicalmente el sistema educativo colonial y de instruir al pueblo. Es este sentido fue Belgrano un verdadero fundador de una nueva educación para una nueva Patria: «Sin educación en balde es cansarse, nunca seremos más de lo que desgraciadamente somos».

Trabajó sobre los ámbitos más urgentes de la enseñanza primaria y secundaria, esforzándose por generalizar los estudios de las primeras letras, creando escuelas, principalmente para los núcleos más abandonados del sistema vigente: los indios, los hombres de campo y las mujeres”. En la cuestión de la mujer, denunciaba que “las tenemos condenadas a las bagatelas, y a la ignorancia, a pesar del talento privilegiado que distingue a la mujer”.

Función del Estado

Para el prócer, la educación primaria debía ser una función del Estado. En este sentido, fue el primer estadista que enarboló el principio de educación obligatoria y gratuita. Sostenía que la gratuidad debía ser sostenida por fondos recaudados con el producto de multas y confiscaciones o previendo la contribución de los pudientes para pagar a los maestros, a quienes siempre enaltece e idealiza, resaltando con gran sinceridad y convicción la función civilizadora y moral del docente.

Muchas liviandades e irrelevancia se han escrito sobre su vida privada. Basta decir que tuvo un hijo de su relación con María Ezcurra, que será adoptado por la familia Rosas, y crecerá con el nombre de Pedro Pablo Rosas y Belgrano. Más tarde en Mayo de 1819, de su amor con la joven tucumana María Dolores Helguera nació su hija Manuela Mónica Belgrano.

Difícilmente nos podamos sustraer  de la mejor opinión para finalizar esta breve reseña. Decía el General San Martín de nuestro ilustre patriota: «Belgrano es el más metódico de los que conozco en nuestra América, lleno de integridad y talento natural. No tendrá los conocimientos de un Moreau o un Bonaparte en punto a milicia, pero créame usted que es lo mejor que tenemos en América del Sud”. Moría, aquel 20 de junio de 1820, pobre y abandonado en su casa de la calle San Domingo (hoy Belgrano).

Creó la Bandera, y también fundó escuelas, repartió tierras, blandió la espada, impartió justicia, fue amigo leal y sincero, amó y fue amado. El Bicentenario de la patria lo encuentra incrustado en la memoria de su pueblo.

Prof. Juan Carlos Junio. Director del Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini”.

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Bartolina Sisa, mujer indígena y heroína (segunda parte)

         En el trajín de esos complejos acontecimientos, en medio de esas sociedades permeadas por el juego entre la permanencia y la renovación de las tradiciones, Bartolina no sólo aparece como la “mujer/esposa” –en el sentido occidental- de uno de los más importantes líderes de las revueltas, Tupac Catari, sino que por el contrario, va adquiriendo relieve por su propia contribución política y militar. Su conocida participación al mando de tropas sólo puede asombrar menos que el sitio a la ciudad de La Paz, llevado a cabo durante el año de 1781, que dirigió en conjunto con Catari en un principio, y sola posteriormente. El sitio duraría al menos ocho meses, con dos líneas de combatientes, y sólo sería quebrado luego de un amplio refuerzo de las fuerzas españolas atrincheradas en la ciudad.

¿Cómo pensar, pues, la designación de Bartolina como Comandante por parte de los indígenas insurrectos? Marina Ari Murillo, intelectual afro-indígena, explica:

 

Bartolina provenía de la línea de las Mama T’allas, mujeres autoridades a la par de los hombres que tenían incluso divinidades femeninas propias. Mujeres inteligentes, laboriosas, guerreras que eran contempladas con respeto dentro de la filosofía Aymara de los opuestos complementarios. Lo femenino y masculino como complementariedad necesaria para el equilibrio. La solidaridad como principio extendido a las relaciones ser humano y naturaleza, hombre y mujer, cosmos y tierra. La solidaridad del Ayllu.[1]

 

Cabría, entonces, interpretar la designación de Bartolina como la contraparte de aquella de su esposo, dirigente él mismo. Pero también, y en el mismo sentido, como parte de un equilibrio que estaba mediado ya no por su rol de “esposa” sino más bien por un intercambio simbólico entre ella, su función ejecutiva de líder, y la comunidad: una forma concreta de expresión del tradicional concepto andino de “reciprocidad”. Se trata de una noción que no sólo funcionaba al interior del Ayllu, sino que se había desarrollado de manera ampliada, pan-andina, para regular las relaciones de las comunidades con los estados tradicionales –Chimú, Tiawanaku, Inca, etc-. Así lo muestra el interesante estudio de Gose acerca de la concepción del estado inca como una “aqlla”, una “mujer escogida”, responsable de servir alimentación y protección a los ayllus que le aportaran mano de obra[2].

Siguiendo este eje problemático del género y su relación con la “función pública”, Henrietta Moore sostiene en su obra “Antropología y Feminismo”:

 

Los académicos que sostienen que la subordinación de la mujer no es universal tienden a centrar el problema de las relaciones de género en lo que hacen la mujer y el hombre y no en un análisis de la valoración simbólica atribuida a hombres y mujeres en una sociedad dada.[3]

 

Justamente desde este punto de vista de “la valoración simbólica” es que cobra suma importancia la afirmación de Marina Ari Murillo acerca de la “complementariedad de lo masculino y lo femenino”, como aspecto necesario, fundante, para el equilibrio de la comunidad aymara. Sin embargo, es necesario destacar al mismo tiempo la absoluta novedad que representa para esa cultura el caso de una mujer que ejerce una actividad generalmente reservada a los hombres: la guerra. En este preciso sentido se observa que Bartolina podía, a una vez, cumplir con las pautas tradicionales relacionadas con la idea de “reciprocidad” entre el estado y las comunidades, y con el desempeño novedoso de funciones que generalmente eran atribuidas a los varones, tales como los cargos de autoridad y de guerra. Hablamos, entonces, de tradiciones pan-andinas milenarias pero también de transformación simultánea sobre esa misma base.

De este modo, la complejidad inherente al análisis de la situación de género deviene de los distintos abordajes, ya sea en clave “sociológica” o “simbólico-cultural”, que se adopten para estudiar el caso. Para entender mejor la problemática del caso de Bartolina Sisa, encontramos sugerente la experiencia prehispánica mesoamericana descripta en el conocido trabajo de Louise Burkhart “Las mujeres mexica en el frente hogareño”[4]. Allí la autora desarrolla, desde el análisis simbólico de las relaciones de género, por un lado la complementariedad entre las labores “masculinas” asociadas a la actividad guerrera, y las “femeninas” ligadas al ámbito de lo “doméstico”; y por otro lado, con especial énfasis, la remarcable igualdad de importancia y valoración social que conllevaban ambas actividades. Hasta tal punto, considera Burkhart, se da la complementariedad entre las diferentes actividades relacionadas al “género”, que para la cultura mexica el triunfo de los guerreros en la batalla estaba condicionado y determinado por el éxito de sus propias mujeres en la realización paralela de las tareas “domésticas”. De allí la idea de la autora acerca de un “frente hogareño” de guerra. En consonancia, para el caso de la cultura quechua en el ámbito andino, la complementariedad de tareas asociada a determinada idea de “género” puede apreciarse en el caso de las categorías de “Huari” y “Llacuaz”: comunidades dedicadas respectivamente a la agricultura y al pastoreo, pensadas en su complementariedad económica estratégica (unos explotando los recursos de los valles y los otros de los de los valles)  fueron pensadas asimismo en una relación mutua propia del “género”.

Sin embargo, como se ha visto, la idea de “complementariedad” no implicaba el indistinto ejercicio de funciones sino que, por el contrario, ésta era sólo posible desde una división sexual del trabajo. Es acaso desde esa perspectiva que nuevamente resulta llamativo el rol de Bartolina Sisa. Otra vez, ¿cómo comprender su novedosa actuación como comandante desde los valores tradicionales aymara?

En este sentido, ya desde el clásico trabajo de Engels acerca de la familia y la propiedad privadas se corrobora el razonamiento de que para la civilización occidental la subordinación de la mujer con respecto al hombre, el desarrollo de la familia en tanto que unidad económica autónoma y el matrimonio monógamo están ligados al desarrollo de la propiedad privada de los medios de producción[5]. Sólo contemplando la manera en que esas sociedades occidentales, capitalistas y patriarcales, se extendieron sobre vastas zonas del mundo, colonizando y estableciendo un sistema marcadamente etnocéntrico, se pueden llegar a comprender las transformaciones que las sociedades americanas presentaron a lo largo de todo el tiempo en que estuvieron sometidas al poder colonial. Y sólo desde los ideales culturales que Occidente impuso sobre estas culturas resulta imposible imaginar que una mujer como Bartolina Sisa cumpliera un rol que no se correspondía con la representación occidental de lo femenino. Es quizás esta afirmación la que María Lugones intenta expresar, pensando en la manera en que la imposición eurocéntrica y colonial de una determinada noción de “mujer” fue implantada:

 

Históricamente, no se trata simplemente de una traición de los hombres colonizados, sino de una respuesta a una situación de coerción que abarcó todas las dimensiones de la organización social. La investigación histórica del por qué y del cómo de la alteración de las relaciones comunales con la introducción de la subordinación de la mujer colonizada en relación al hombre colonizado y el por qué y cómo de la respuesta del hombre a esa introducción forman una parte imprescindibles de la base del feminismo descolonial. La cuestión es por qué esa complicidad forzada continúa aún en el análisis contemporáneo del poder[6]. (La negrita es nuestra)

 

Como decíamos al principio, la colonialidad -ese concepto acuñado por Aníbal Quijano para dar cuenta de la prolongación en el tiempo de las estructuras coloniales luego de que el colonialismo ha terminado- alcanza y atraviesa todos los aspectos de la existencia social. Lugones agrega: “colonialidad no se refiere solamente a la clasificación racial. Se trata de un fenómeno abarcador, ya que se trata de uno de los ejes del sistema de poder, y como tal, permea todo control del acceso sexual, la autoridad colectiva, el trabajo, la subjetividad/intersubjetividad y la producción de conocimiento desde el interior mismo de estas relaciones intersubjetivas[7]. De esta manera, son todos los ámbitos de existencia social los que, simultáneamente, se ven estructurados en torno a la idea de “raza” y “género”, es decir, racializados y “engenerizados” al mismo tiempo. Por ello, sólo desde el imaginario occidental moderno y colonial puede comprenderse que el ejercicio de la “autoridad colectiva”, reflejadas por caso en las actividades guerreras, pueda ser impensable para el caso de un individuo doblemente inferiorizado desde su simultánea condición de “indígena” y “mujer”, y que justamente esa manipulación y transformación novedosa de categorías pre-hispánicas haya sido utilizada como forma de resistencia frente a los embates y las imposiciones del imaginario occidental.

Durante las últimas instancias del sitio a la ciudad de La Paz,  en el año de 1781, la captura de Bartolina Sisa constituyó un momento crucial para la suerte que correría la operación militar de los indígenas, finalmente fracasada. El episodio, por la forma en que se desarrolló, permite una lectura de la manera en que se expresarían en el seno de las relaciones de explotación y dominación las cuestiones de raza y género más arriba desarrolladas. Como comentan algunos de los cronistas, en consonancia con los expedientes elaborados por las autoridades coloniales, los españoles habiendo apresado a Bartolina la mantuvieron con vida con el objetivo de obtener un rescate e intercambiarla a su esposo, Tupac Catari[8]. Las crónicas cometan que Bartolina, luego de torturada, fue vestida y paseada por la ciudad cerca de la línea de asedio de los indígenas para mostrar que se encontraba con vida. La idea del rescate y el intercambio, lejos de la anécdota, revela que para los europeos el valor estratégico que tenía Bartolina estaba dado por su carácter de “esposa” del líder indígena Catari. De este modo, sólo podemos comprender la intención de los españoles observando que, en su interpretación, articulada desde el punto de vista de una sociedad occidental y patriarcal, el único vínculo que Bartolina podía tener con el movimiento rebelde estaba mediado por la persona de Tupac Catari, es decir, que era entendida desde la categoría occidental de “género”. No cabía una representación de Bartolina como Virreina por mérito propio. No había siquiera posibilidad de una comprensión por parte de los europeos de las pautas andinas de “complementariedad” de los sexos -de la manera en que la expresa Ari Murillo-, lo cual implicaba poner en pie de igualdad la importancia Bartolina como líder indígena, más allá de su condición de indígena y mujer. Sin embargo, no existió la misma lectura del otro lado. Tupac Catari no aceptó los términos en que la situación estaba planteada. Siguiendo las pautas andinas de la reciprocidad, envió algunos bienes para que sean dados, ya no a los españoles, sino a Bartolina misma.

Bartolina Sisa morirá ejecutada por las autoridades coloniales el 5 de Septiembre de 1782. A pesar de la invisibilidad que se dio a su existencia, su ejemplo sigue en vigor a la hora de reivindicar las luchas presentes de los más ignorados y vulnerados, ya que las representaciones impuestas por el patrón de poder capitalista moderno/colonial siguen operando con total vigencia.

 

Santiago Sanchez


[1] Ari Murillo, Marina; Bartolina Sisa: la generala aymara y la equidad de género, Ed. Amuyañataki, La Paz, 2003.

[2] Gose, Peter; El Estado Incaico como una “mujer escogida” (Aqlla). Consumo, tributo en trabajo y la regulación del matrimonio en el incaico; en: Arnold, Denise. Comp. Más allá del silencio: las fronteras de género de los Andes. LA PAZ: ILCA, 1997, pp.457-474. En esta obra se analiza el estado inca a través de la masiva intervención en las prácticas matrimoniales de la nobleza provincial, y la creación de varias categorías de “mujeres escogidas”, operación a través de la cual se revistió de cualidades tradicionalmente atribuidas a lo “femenino”  para regular el tributo.

[3] Moore, Henrietta; Antropología y Feminismo; Madrid, Ed. Cátedra; 1999; p. 46.

[4] Burkhart, Louise; Mexica Women on the Home Front: Housework and Religion in Aztec Mexico. En: Indian Women of Early Mexico. Susan Schroeder, Stephanie Wood and Robert Haskett eds., 1997; pp. 25-54.

[5] Engels, Friedrich; El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado; Madrid, Alianza Ed. 2008 (1884).

[6]Lugones, María; Colonialidad y Género: Hacia un feminismo descolonial; en: Género y Descolonialidad; Walter Mignolo comp.; Ed. Del Signo, 2008, p. 15.

[7] Ibidem, p. 20.

[8] Del Valle de Siles, María Eugenia; Bartolina Sisa y Gregoria Apaza : dos heroínas indígenas; La Paz; Biblioteca Popular Boliviana  “Ultima Hora”, 1981.

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Bartolina Sisa, mujer indígena y heroína (primera parte)

Las revueltas andinas pueden ser consideradas como uno de los más importantes antecedentes de la revolución continental en Hispanoamérica, tal como ya lo sugiriera el clásico trabajo de Boleslao Lewin sobre el levantamiento de Tupac Amaru. Juntamente con la revolución haitiana, primera revolución anti-esclavista triunfante en la historia de la humanidad, este acontecimiento debe ser reconocido por la importancia que alberga como experiencia a nivel histórico de mediano y largo plazo, esto es, debido a sus enormes alcances temporales y a la manera en que éstos pudieron haber posibilitado la expansión de las ideas revolucionarias anti-coloniales a lo largo y ancho del sub-continente, y así, a los procesos independentistas[1].

En esta oportunidad, consideraremos un caso particular de las revueltas andinas: intentaremos recuperar la imagen de una protagonista invisibilizada por el triunfo final de un enorme bagaje conceptual eurocéntrico que silenció en la historiografía una experiencia novedosa desde el punto de vista de las culturas andinas, la de Bartolina Sisa. En este sentido, teóricamente, podemos justificar la elección de este personaje desde una doble perspectiva de lucha descolonial: por un lado, contra la imposición de una determinada idea de “raza”, debido al carácter de “indígena” de Bartolina; por otro lado, siendo mujer, de la idea de “género”, establecida a un tiempo con la anterior. Nos referimos con esto a un proceso de desarrollo de –tal como sostiene Aníbal Quijano- un patrón de poder capitalista moderno/colonial, que inscribe la dominación y la explotación sobre cuatro ámbitos básicos de la existencia: el trabajo y sus productos, la autoridad colectiva, el género y la sexualidad, y la intersubjetividad. Aboquémonos, pues, al caso en cuestión.

Bartolina Sisa nació aproximadamente en 1750. Aún no se ha esclarecido si era originaria de Sullkawi o Q’ara Qhatu, aunque ambas comunidades pertenecían al departamento de La Paz. Hija de comerciantes de coca y ganado, se desplazaría por numerosos lugares, y luego se casaría con Julián Apaza, más tarde conocido como Tupac Catari. Numerosos autores coinciden en señalar que la actividad desarrollada por Bartolina y su familia sería de vital importancia para el conocimiento de numerosos lugares y el contacto con las más diversas situaciones de explotación colonial. Thierry Saignes en su estudio “Ayllus, mercados y coacción colonial: el reto de las migraciones internas en Charcas (siglo XVII)”, analiza inteligentemente la manera en que, posteriormente a las reformas del Virrey Toledo, los lazos tradicionales de las comunidades comienzan a modificarse para lograr una adaptación a las reglas de imposición del poder metropolitano. En este sentido, las migraciones, y junto con ellas las actividades económicas que implicaban cierta trashumancia, tomaban cuerpo como medidas de resistencia frente a la voluntad del poder colonial de mantener la ficción de los “pueblos de indios”, fundados por los españoles a manera de control del espacio, el asentamiento y el tributo indígenas, entre otras cosas[2]. El mismo Tupac Amaru se dedicaría a los rebaños, y lograría entrar en contacto con numerosas comunidades gracias a la movilidad de su actividad y a su relativamente holgada situación económica.

         En este contexto de modificación de las pautas culturales tradicionales se inscribe también la aparición cada vez más común de los llamados “forasteros” –personas pertenecientes a comunidades en las cuales ya no residían- y los “yanaconas”, quienes ya no detentaban ni reivindicaban tipo alguno de adscripción étnica. Transformaciones todas que implicarían, como sostiene Zulawski en consonancia con Saignes, nuevas formas de reproducción social, en el seno de las diferentes comunidades. Pero que también habilitarían, al mismo tiempo, una relectura de la situación política y de las estrategias de resistencia por parte de aquellos grupos y personas ubicados en situaciones novedosas respecto del pasado. Bartolina Sisa se convierte para nosotros, de este modo, en un reflejo fiel de aquella sociedad en que vivió, en transformación, durante un tiempo crítico para las comunidades andinas que el historiador Steve Stern designaría como “era de las insurrecciones”.

 

Santiago Sanchez


[1] Lewin, Boleslao; La rebelión de Tupac Amaru y los orígenes de la Independencia de Hispanomérica, Buenos Aires, Ed. Sela; 2004.

[2] Saignes, Thierry, “Ayllus, mercado y coacción colonial: el reto de las migraciones internas en Charcas (siglo XVII)”, en O. Harris, B. Larson y E. Tandeter (comps.), La participación indígena en los mercados surandinos. Estrategias y reproducción social,siglos XVI-XX (La Paz, CERES, 1987), pp. 111-158

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Cuando todo estaba por hacerse

LOS HOMBRES DE LA REVOLUCION DE MAYO. MONTEAGUDO

Cuando todo estaba por hacerse

            El tucumano Bernardo de Monteagudo Cáceres formó parte del núcleo de hombres que por su acción y talento sustantivos, su conducta política indoblegable y su audacia intelectual fueron determinantes en la gesta por la liberación del colonialismo de la cruz y de la espada y fundadora de una nueva Patria Americana.

Es casi seguro que nació el 20 de agosto de 1789. Su padre fue un labrador en la Provincia de Albacete y luego capitán de milicias y comerciante en tierra americana. Su madre, Catalina Cáceres, pertenecía a una familia respetable de Tucumán. Monteagudo integró la pléyade de jóvenes estudiosos que en Chuquisaca abrevaron en el pensamiento de Rousseau y Montequieu, inspiradores de prédicas revolucionarias. Influyeron en el espíritu innato de rebeldía de Monteagudo las lecturas del jesuita francés G. Reynal, ferviente partidario de la libertad de los indígenas y la abolición de la esclavitud.

A los 20 años, escribe el «Diálogo entre Atahualpa y Fernando VII en los Campos Eliseos», un folleto de circulación clandestina a modo de sátira política. Allí su personaje el Rey Atahualpa cuestiona con lengua filosa la dominación española y reivindicando a los derechos de los americanos, dice: «habitantes del Perú (…) despertad ya del penoso letargo en que habéis estado sumergidos. Desaparezca la penosa y funesta noche de la usurpación y amanezca luminoso y claro el día de la libertad. Quebrantad las terribles cadenas de la esclavitud y empezad a disfrutar de los deliciosos encantos de la independencia». El ingenio literario y la audacia política ya lo desbordaban siendo muy joven.

En esa crucial y dramática situación del pueblo altoperuano rebelado, el joven Monteagudo será la pluma vehemente e impugnante del poder colonial y sus brutales y sanguinarios gobernantes. La proclama de la Junta Tuitiva –de su autoría- dice «hasta aquí hemos tolerado esta especie de destierro en el seno mismo de nuestra patria (…) Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez que nos atribuye el inculto español sufriendo con tranquilidad que el mérito de los americanos haya sido siempre un presagio cierto de su humillación y ruina». La represión ordenada por el sordo Cisneros causó cientos de muertos por «subversivos al orden público que promueven las detestables máximas del partido francés».

Pasión del Alto Perú

Castelli y Monteagudo, unidos por la misma pasión revolucionaria, compartían un fuerte sentimiento por aquella tierra altoperuana, que fue no sólo el lugar de su formación intelectual, sino también del despertar de su rebeldía política y cultural y muy espacialmente donde conocieron en las calles y ruinas de Potosí, Cochabamba y La Paz, la más cruel explotación humana a que se veían sometida la población india. Allí conocieron también la epopeya de la gran rebelión de Tupac Amaru. Aquí resulta necesario señalar un hecho económico social que sustenta y trasciende el relato. La economía colonial mediante su sistema de dominación dispuso durante 300 años de la mayor fuerza de trabajo conocida hasta entonces, lo cual hizo posible la extracción de riqueza más fabulosa que había conocido la humanidad.

En definitiva de eso se trataba: apoderarse de las riquezas de las entrañas de la tierra y de la que emana de la apropiación del trabajo de millones de seres humanos.

Ya en Buenos Aires, el joven y experimentado Monteagudo se integró a los nucleamientos que el partido continuador del plan de Moreno fue creando. Participó de la fundación de la Sociedad Patriótica, junto a la recién creada logia de los Caballeros Racionales con San Martín como líder y de la constitución de la Asamblea del año XIII. Fue Monteagudo uno de los principales impulsores de la histórica Asamblea dominada por la logia, y su aporte intelectual fue sustancial también en el grupo de inspiradores y redactores del documento que significó un paso gigantesco en la lucha por terminar con los anacronismos coloniales: eliminación de la odiada Inquisición, abolición de tributos a la población india, supresión de los títulos de nobleza e instrumentos de tortura y muchos otros.

La guerra de independencia lo une al otro hombre clave de la época, el General San Martín. Será en el futuro el principal pensador asociado al político y militar que se sintetiza en la figura de San Martín. Fue su más fecundo redactor de leyes y proclamas y hombre de acción siempre que hizo falta como auditor de guerra del ejército de los Andes. En ese carácter tendrá el gran honor de redactar el acta de la independencia de Chile que firmará O´ Higgins el 1º de enero de 1818.

Su aporte a la revolución americana fue crucial y no se detuvo hasta su muerte. Continuó el derrotero sanmartiniano en el Perú, donde fue Ministro de Guerra y luego de Gobierno y Relaciones Exteriores, sustentando la mayoría de las decisiones y medidas más transformadoras del orden vigente.

Claro y firme sentido

Tampoco Bolívar pudo sustraerse a la necesidad de sus servicios. El mismo declaraba “Francamente Monteagudo conmigo puede ser un hombre infinitamente útil” (carta a Santander), confiándole entonces la trascendente tarea de preparar el Congreso Anfictiónico que debía reunirse en Panamá, con vistas al cumplimiento de la tarea suprema del los revolucionarios americanistas: la ansiada unidad política de todos los pueblos y naciones preexistentes del continente.

Nuestro prócer fue apuñalado y muerto un 25 de enero de 1825, en una calle limeña, cuando visitaba a su amante Juanita Salguero. El puñal del matador Candelario Espinosa ponía fin a 35 años de vida de uno de los hombres más notables de la historia argentina y americana.

Cuando todo estaba por hacerse, por inventarse, como reclamaba el gran maestro venezolano Simón Rodríguez; nuestro tucumano ofreció su enorme talento, su prédica implacable frente a los enemigos y los siempre moderados apaciguantes, pensó en incorporar a los sectores más amplios de la Nación, convocó a las mujeres a participar de la lucha y acompañando a lo más lúcido de su época, tuvo un claro y firme sentido americanista continental. Soñó con San Martín, Bolívar, O´Higgins, Castelli y Moreno con la Patria Americana.

Esa gran tarea está por hacerse. De eso se trata una vez más.

Prof. Juan Carlos Junio

Director del Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini”

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Levantamientos Andinos en la segunda mitad del siglo XVIII (II parte)

Mapa de América del Sur en el siglo XVIII

         Las tensiones sociales en esta época aumentaban noblemente en América, y sobre todo cuando en 1779 comenzaría la guerra anglo española que se extendería hasta 1783, y que para esta parte del mundo significaría un aumento en los impuestos para poder financiar la guerra al otro lado del Atlántico.      

En enero de 1780, en oposición a las innovaciones fiscales impuestas por España, se produce en Arequipa un levantamiento que se extenderá por las ciudades de Huaraz, Cerro de Pasco, La Paz, Cochabamba. El levantamiento de Arequipa fue el más notorio porque unió a los patricios y a los pobladores de la ciudad para atacar a la aduana y la casa del corregidor. Esta rebelión dejo en claro que el poder español en Perú era vulnerable, pero a su vez también demostró que una alianza de clases era muy difícil de mantener por las diferencias o desigualdades raciales y sociales existentes.

Unos años antes, en 1777, en Chayanta, al norte de Potosí comenzaba una rebelión que sería llevada adelante por Tomás Katari.  Este levantamiento tuvo tres etapas: la primera, se inicia en las ciudades de Anasaya y Urisaya de Macha en reclamo de sustituir a sus jefes étnicos y lograr el nombramiento de Tomas Katari como cacique de la región. Los enfrentamientos entre los indígenas locales y los españoles duraron hasta agosto de 1780, cuando se produjo el levantamiento masivo en el pueblo de Pocoata, logrando expulsar al corregidor español de Chayanta, y logrando la liberación del líder aymara Tomas Katari.

La segunda etapa cuando Tomas Katari regresa a la provincia de Macha como cacique en septiembre de 1780. Para esta época, las comunidades tenían el control de las áreas rurales y la violencia colectiva se había extendido a otras zonas de la puna y los valles. A fines de 1780, Tomas Katari intento recomponer la relación con los funcionarios españoles por medio del diálogo, pero los enfrentamientos habían llegado a un punto de no retorno. Esta etapa finaliza cuando en 1781 el líder aymara es capturado y asesinado, coincidiendo  con la expansión de la rebelión que Tupac Amaru encabezaba en el Cusco, el levantamiento en la ciudad de La Paz encabezado por Tupac Katari, y la exitosa sublevación en la ciudad de Oruro.

La tercera etapa es la que alcanzó la mayor insurrección y violencia cuando miles de indígenas encabezados por los hermanos de Tomas Katari, luego de atacar varios pueblos en la provincia de  Chayanta fueron derrotados con relativa rapidez, y entre abril y mayo de 1781 los españoles comenzaron a tomar de nuevo el control cuando capturaron y ejecutaron a los principales caciques de la revuelta.

Como mencione anteriormente la segunda etapa del levantamiento de Chayanta se da en paralelo con otros levantamientos a lo largo de la región de los Andes centrales, y que tuvieron distintas características entre sí.

En Oruro, provincia vecina a Potosí y La Paz, fue la única región donde los rebeldes lograron dominar el territorio a comienzos de 1781, ya que los indígenas se aliaron con parte de la elite, criollos y mestizos, en nombre de Tupac Amaru, y liderados por Jacinto Rodríguez se alzaron contra las autoridades españolas constituidas y los peninsulares en general. La diferencia que tuvo este levantamiento a otros fue que la población local supo distinguir a los criollos de los europeos, y que parte de la elite de Oruro se alió con los pueblos andinos para la lucha.

El levantamiento de La Paz surge, a diferencia de los procesos que se dieron en Cusco, Oruro y Chayanta, en el marco de una gran agitación revolucionaria al norte y al sur de Lago Titicaca en febrero de 1781, encabezada por Tupac Katari. Lo que comenzó como una protesta anticolonial, terminó siendo una guerra racial.

La rebelión del Cusco encabezada por Tupac Amaru durante 1780 y 1781, tuvo dos rasgos esenciales, el primero fue el renacimiento de la cultura incaica que comenzó a darse durante el siglo XVIII. El segundo rasgo fue que la sociedad cusqueña tuvo un elevado estatus social gozado por la aristocracia indígena, tanto entre las comunidades campesinas como entre la población hispana[1].

 La sublevación en la zona de Cusco se inició como una conspiración, un acto de violencia insurreccional que sorprendió por completo a las autoridades, la captura y la ejecución pública del corregidor de Tinta por parte de un supuesto descendiente del último Inca.

El mecanismo general de la expansión de la rebelión consistió en la marcha militar de las fuerzas de Tupac Amaru y en el establecimiento de contactos en las áreas rurales a fin de instigar el alzamiento en los pueblos. Para los pueblos indígenas de Cusco, la impugnación del régimen colonial constituyo el punto de partida de la insurrección.

Los levantamientos y resistencias de los pueblos originarios y sus descendientes de Nuestra América ante la dominación europea dejaron sus huellas en nuestra memoria, claro que la mayoría de ellos tuvieron características e ideologías diferentes en oposición a la nueva religión, la imposición de impuestos, o buscaban la vuelta anterior a la llegada de los españoles. El levantamiento, que tuvo una idea diferente para su época, ya que asumió reivindicaciones más a fondo sobre la tierra, las libertades políticas y la independencia, fue el encabezado por Tupac Amaru en Cusco durante 1780 y 1781, el más conocido y relevante de la época, levantamiento que los españoles quisieron ocultar y hacer olvidar en las décadas posteriores, como así también parte de la historiografía peruana. Claro que para otros historiadores, este levantamiento y la figura de Tupac Amaru como uno de los primeros de los grandes precursores de la independencia de Nuestra América, sí tuvo relevancia, al punto que describe los cuarenta años que siguieron a su ejecución en términos tales como: “casi medio siglo de incesante lucha por la libertad política” hablando de un proceso que alcanzó su conclusión natural y gloriosa con la entrada de San Martín en Lima en 1821[2].     

 

 

Alejandro Pisnoy

Prof. / Invest. CCC

 

Referencias Bibliográficas

 

Fisher, John. Etnicidad, insurgencia y sociedad en los Andes: el caso curioso del Perú, c. 1750 1840. En: Revista  Andina N 38.

Serulnikov, Sergio. Conflictos sociales e insurrección en el mundo colonial andino. El norte de Potosí en el siglo XVIII. Ed. FCE.  Bs. As. 2006.

Oliva de Coll, Josefina. La resistencia indígena ante la conquista. Ed. Siglo XXI. México D.F. 1991.

Valencia Vega. Julián Tupak Katari. Toco a rebato las campanas para la liberación del indio. Ed. Librería Juventud. La Paz. 1984.



[1] Serulnikov, Sergio. Conflictos sociales e insurrección en el mundo colonial andino. El norte de Potosí en el siglo XVIII. Ed. FCE.  Bs. As. 2006. pg. 421.

[2] Fisher, John. Etnicidad, insurgencia y sociedad en los Andes: el caso curioso del Perú, c. 1750 1840. En: Revista  Andina N 38. Pg. 77.

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