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Rebautizar América (II Parte) COMENCEMOS POR BAUTIZARNOS

COMENCEMOS POR BAUTIZARNOS

El escamoteo de nuestra identidad comienza por nuestro propio nombre; quiénes somos y cómo nos llamamos, es la cuestión.

Queremos hablar de “nuestra América” y no de “América latina” o cualquier otra formulación incorrecta, asumiendo la definición de José Martí de su ensayo de 1891. El término “América latina” es impropio y erróneo; se lo comenzó a usar durante la segunda mitad del siglo XIX desde los centros de poder económico y colonialista de Europa, para definir al territorio que comprende las dieciocho naciones de habla castellana en nuestro continente, por necesidades surgidas de sus demandas de dominación, de las de los negocios de exportación e importación y de las de proyectos de neocolonialismos tardíos.

“ La denominación América latina, a más de culturalmente imprecisa y cercana, se extendió al término de la centuria pasada –nos cuenta Hernández Arregui en su obra ¿Qué es el ser nacional?- apoyada por escritores encandilados por Francia, se aclimató finalmente en este siglo XX, bajo el ascendiente de personajes como Clemenceau o Poincaré, y es en alguna medida el resabio con cosméticos modernos de aquella inquina hacia España que viene de la política continental europea de los siglos anteriores, no sólo de parte de Inglaterra, sino de Francia, interesada por igual en el reparto de los restos del antiguo imperio Español en América.”

Al concepto también se lo utilizó para diferenciarse de aquellas partes que definen a la América anglo-sajona y a la francófona (Estados Unidos de Norteamérica, Canadá, archipiélago de las Bahamas). En esta conducta reivindicativa anduvieron el colombiano Caicedo y el chileno Bilbao principalmente: “En rigor – nos cuentan Sergio Guerra Vilaboy y Alejo Maldonado Gallardo- el neologismo América latina, que al parecer hizo su aparición a mediados del siglo XIX, tuvo como verdaderos padres al colombiano José María Torres Caicedo y al chileno Francisco Bilbao, ambos residentes en París. Este último empleó el vocablo, por primera vez en una conferencia dictada en la capital francesa el 24 de junio de 1856 con el título de “Iniciativa de la América”, donde también se valió del gentilicio latino-americano…

“… Torres Caicedo también lo utilizó, el 26 de septiembre de 1856, en la primera estrofa de la parte IX de su poema ‘Las dos Américas’…

“Poco después, en febrero de 1861, Torres Caicedo dio a conocer en París sus ‘Bases para la Unión Latino-Americana. Pensamiento de Bolívar para formar una Liga Latino-Americana; su origen y sus desarrollos, dirigida a la integración económica y política de las que llamó ‘Repúblicas latinoamericanas’…”

Pero la latinidad del término apenas abarcaría –por historia y por lenguaje- a la parte blanca, europea, de sus habitantes, dejando afuera a millones de pobladores descendientes de los pueblos originarios o de mezclas de ellos con negros o blancos, u otras combinaciones, los que no vienen solamente de una historia del mundo latino, ni sus lenguas se nutren de él; setenta y seis familias lingüísticas son originarias de América del Sur; muchas de ellas vivas, como el quechua, aymará, guaraní, mapuche.

Al respecto nos ilustra el peruano Luis Alberto Sánchez: “Ni nuestra cultura es latina, sino esencialmente indoíbera, con métodos y revoques franceses; ni lo español es latino, por cuanto fenicios, romanos, godos y árabes que plasmaron la Península representan, en conjunto, un aporte superior al latino; ni el indio, nuestra raíz, encarnación humana de lo telúrico, tiene nada de latino. Como reacción contra España, durante un período de nuestra historia, la denominación de América latina tuvo fortuna; hoy la disfruta sobre todo a guisa de facilitar el pensamiento de europeos y norteamericanos… y satisfacer el orgullo de franceses y afrancesados.

“Como ocurre casi siempre, estas generalizaciones resultan peligrosas o inexactas. Tal cual el término ‘latino’ aplicado a nuestra cultura encierra una jugosa ironía, de idéntica manera referirse a los Estados Unidos como una civilización definidamente ‘anglosajona’ no deja de ser disentible.”

Lo irrebatible es, como afirma Hernández Arregui, que la latinidad no existe. “Como no existe Occidente”, agrega en su obra citada.

Pero el término “América latina” termina por difundirse e imponerse, tomado principalmente por los norteamericanos, a quienes les viene bien la definición para que nadie nos confunda con ellos, y por los intelectuales nuestros con vocación de colonizados, hasta que termina siendo generalmente aceptado.

En el décimo aniversario de Playa Girón, en 1971, Fidel Castro señaló en su discurso:

“Todavía, con toda precisión, no tenemos siquiera un nombre, estamos prácticamente sin bautizar; que si latinoamericanos, que si iberoamericanos, que si indoamericanos.”

Es así, como señala Fidel. Partiendo del propio sustantivo “América” –que supuestamente proviene de la región nicaragüense habitada por los indígenas “americúas”, termino que termina generalizándose por el mapa que el cartógrafo florentino Vespucio realiza en 1507 y que firma con el seudónimo de “Americus”-, el aporte de poblaciones originarias, más europeas, más africanas e inclusive asiáticas, constituye un territorio de amalgamas notables y únicas que nos impide un nombre abarcador y sintetizador que contenga todos los afluentes.

Pero estos pueblos emergentes, que para nosotros son nuestros hermosos y gallardos pueblos, tienen otro concepto para los imperialistas.

Continúa Fidel en su discurso: “Para los imperialistas no somos más que pueblos despreciados y despreciables. Al menos lo éramos. Desde Girón empezaron a pensar un poco diferente. Desprecio racial. Ser criollo, ser mestizo, ser negro, ser sencillamente latinoamericano, es para ellos desprecio.”

Y ese pensar diferente, en cuanto a subestimarnos un poco menos, despreciarnos un poco menos, tal vez adquirió un nuevo nivel cuando fracasa el golpe de Estado de abril en Venezuela: ¡primer golpe de Estado tradicional, promovido por los imperialistas y sus agentes de afuera de Venezuela y también vernáculos, que fracasa una vez triunfante! Esos criollos, esos mestizos, esos mulatos y negros que construyen la llamada revolución bolivariana, les jugaron una mala pasada, como entonces en Girón.

Horacio A. López.


Juan J. Hernández Arregui. ¿Qué es el ser nacional?. Editorial Hachea. Buenos Aires. 1963, p. 34.

Sergio Guerra Vilaboy y Alejo Maldonado Gallardo. Los laberintos de la Integración Latinoamericana. Facultad de Historia de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. México. 2002, p. 33.

Luis Alberto Sánchez Exámen Espectral de América Latina. Editorial Losada. Buenos Aires. 1962, p.22.

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El 26 de julio de 1953: inicio de la Revolución Cubana (I Entrega)

El 26 de julio de 1953: inicio de la Revolución Cubana

 

Dr. Sergio Guerra Vilaboy

Universidad de La Habana

 

 

     El 26 de julio de 1953 marca el inicio de la Revolución Cubana. Los orígenes del proceso revolucionario cubano se encuentran en la frustración de la independencia de la isla a fines del siglo XIX. Como en el resto de Hispanoamérica, los primeros movimientos anticolonialistas se vertebraron entre 1808 y 1830, cuando no se alcanzó la emancipación de Cuba por una confluencia de factores adversos, entre ellos, el auge que entonces experimentaba la plantación azucarera de base esclavista y la oposición de Estados Unidos, que aspiraba a heredar a España en su dominio sobre la Mayor de las Antillas. A ello hay que añadir que la oligarquía cubana, beneficiada con oportunas concesiones económicas por parte de la monarquía borbónica, temía una repetición de los sucesos de 1791 en Haití.

Por eso la guerra de independencia de Cuba sólo estalló el 10 de octubre de 1868, encabezada por un hacendado de la región oriental, Carlos Manuel de Céspedes. Luego de diez años de tenaz contienda y del receso impuesto por el Pacto del Zanjón (1878), la lucha se reanudó el 24 de febrero de 1895 bajo la dirección de José Martí, Antonio Maceo y Máximo Gómez. Cuando la victoria de los patriotas cubanos era ya inevitable, a pesar de la caída en combate de sus principales figuras (Martí, Maceo), los Estados Unidos declararon la guerra a España e intervinieron en el conflicto, lo que le permitió ocupar militarmente la isla de 1899 a 1902.

En esas circunstancias, y bajo una constante presión popular, una convención nacional reunida en La Habana aprobó la Constitución de 1901. Pero esta carta fundamental estableció una república castrada en el disfrute pleno de su soberanía por la Enmienda Platt –en vigor hasta mayo de 1934-, impuesta por el Congreso norteamericano como condición para dar acceso a los cubanos al gobierno de su propio país. Mediante este apéndice a la Constitución de 1901, Estados Unidos se arrogó el derecho de intervenir militarmente en la isla -lo que ocurrió por segunda vez de 1906 a 1909- y retener una estratégica porción del territorio nacional para establecer una base militar (Guantánamo) que aún ocupa, abriendo el proceso de subordinación de la isla a los intereses norteamericanos.

     Desde principios del siglo XX el capital norteamericano, aprovechando las facilidades dadas primero por los gobiernos interventores de Estados Unidos y, después, por los sucesivos presidentes republicanos, invadió los principales sectores de la economía cubana. Así las inversiones norteamericanas en Cuba, que en 1896 apenas ascendían a 50 millones de dólares, se elevaron a 160 millones en 1906, a 205 millones en 1911 y a 1200 millones en 1923, año en que ya controlaban más del 70% de la producción azucarera, principal renglón de la economía nacional.[1]

La penetración económica de Estados Unidos fue favorecida –tras la crisis de 1920-1921, que arruinó a una parte importante de la burguesía cubana- por los regímenes corruptos instalados en el país hasta 1959, los cuales facilitaron que las mejores tierras, fábricas, bancos, minas, medios de transporte y de comunicaciones, así como otras instalaciones de infraestructura, quedaran en manos norteamericanas. De este modo, entre 1902 y 1958, la economía de la isla se caracterizó por un crecimiento significativo pero deforme, así como por su absoluta dependencia de los intereses de Estados Unidos, con el cual se realizaba la mayor parte del comercio.

 

El dominio norteamericano

 

     El capital estadounidense, que en los cincuenta se incrementó en 250 millones de dólares más, para llegar a una cifra superior a mil millones de dólares en 1958, dominaba en ese año el 90% de los servicios de teléfonos y energía eléctrica, el 50% de los ferrocarriles, el 23% de las industrias y el 40% de la producción de azúcar, mientras las sucursales cubanas de bancos de Estados Unidos controlaban un 25% de todos los depósitos bancarios.[2] Ese significativo aumento del capital norteamericano estuvo dirigido, en lo fundamental, a los servicios públicos, al combustible y las manufacturas, retrocediendo en el deprimido sector del azúcar, pues 26 fábricas de ese producto fueron vendidas a capitalistas cubanos entre 1936 y 1958.

Sin embargo, los estadounidenses mantuvieron bajo su control el 38,4% de la capacidad de molida diaria de esa industria, siguieron empleando el 39,6% de la fuerza de trabajo y continuaron disponiendo del 51,6% de todas las tierras dedicadas al cultivo de la caña de azúcar.[3] Esto quiere decir que si bien se hizo palpable el progreso material del país, el desarrollo económico fue unilateral, pues el sector azucarero se hipertrofió -y se estancó desde fines de los años veinte-, sin poder resolver las necesidades vitales del grueso de la población. En 1958 la renta per cápita cubana –que en casi un 40% provenía del azúcar-, y que constituía la segunda de América Latina –solo detrás de Venezuela-, estaba prácticamente estancada desde 1947, a diferencia de los demás países de la región.

 

Situación del campesinado y la clase obrera

    

    El censo agrícola de 1946 mostraba, por otro lado, el grado de concentración de la propiedad rural a que se había llegado en la isla: 114 entidades o personas, o sea menos del 0,1% del número total, eran dueños del 20,1% de la tierra, lo que aumentó hacia 1958 (27%). El 8% del total de las fincas comprendía el 71,1% del suelo, buena parte en manos de compañías norteamericanas como la United Fruit Company y el King´s Ranch.[4] Según el mismo censo, cerca del 70% de la población campesina no poseía la tierra que trabajaba. Datos procedentes de otras fuentes señalan que sólo el 2% de los ganaderos controlaba 1,7 millones de reses, lo que representaba el 42,4% del total de la masa ganadera del país.[5]

No obstante, Cuba era entonces, en el contexto latinoamericano, el país donde probablemente las relaciones capitalistas estaban más extendidas y los elementos feudales menos arraigados, y no existía tampoco una rancia aristocracia. El notable avance de las relaciones capitalistas, junto a las características uniformes del relieve de la isla, sin grandes accidentes geográficos, facilitó la conformación de una población homogénea, sin minorías étnicas –lo que no excluye la existencia de una palpable discriminación racial-, lingüísticas o culturales. Incluso a cualquier rincón del territorio llegaban las emisoras de radio, pues en la práctica no había un solo sitio intrincado o inaccesible. Todo ello contribuyó a que la sociedad cubana fuera más “moderna” e integrada que las restantes de América Latina.

En contraste con este significativo avance de las relaciones capitalistas, que caracterizó a Cuba en los años cincuenta, la clase obrera no era numerosa y estaba poco concentrada en industrias. Si se incluye a los trabajadores fabriles del azúcar, el proletariado cubano no llegaba al 25% de la fuerza de trabajo. Además, el 75% de las industrias existentes en 1954 empleaban menos de 10 obreros y sólo en 14 fábricas laboraban más de 500 trabajadores.[6]

En la misma década, las estadísticas sobre desempleo indican que en varios meses del año, cuando recesaba la cosecha azucarera (de mayo a octubre), el número de desocupados alcanzaba a más de 650 mil personas, esto es, la tercera parte de la población cubana económicamente activa, de los cuales 450 mil eran desempleados permanentes.[7] La vida miserable de gran parte de los cubanos lo ilustran con fría crudeza los siguientes datos estadísticos. Según el censo de 1953, cuando la población total de la isla se estimaba en 5,8 millones de habitantes, el 33,3 % de ella –y el 68,5% de la rural- vivía en bohíos hechos con techos de hojas secas de palma, paredes de tabla o cartón y piso de tierra, sólo un 35,2% de las viviendas tenía agua corriente, un 55,6% electricidad y un 28% servicio sanitario interior, situación que era mucho más acentuada fuera de las ciudades y pueblos.[8]

Una encuesta realizada en 1957 por la Agrupación Católica Universitaria revelaba, por otro lado, que el 60% de los habitantes de las zonas rurales –que constituían aproximadamente la mitad de la población de la isla- vivía en rústicos bohíos de una o dos habitaciones, sin servicios sanitarios ni agua corriente. El 90% del campesinado sólo se alumbraba con keroseno cuando podía adquirirlo, pues el 30% carecía de cualquier tipo de iluminación nocturna. Sólo el 11% de ellos consumía leche, el 4% carne, el 2% huevo, el 1% pescado, siendo su alimentación casi exclusivamente de arroz, frijoles, frutos y raíces comestibles. Un 35% declaraba tener parásitos intestinales y solo el 8% recibía atención médica.[9] El 43% de los campesinos eran analfabetos –el censo de 1953 daba para toda la isla un 22,3%- y el 44% nunca había asistido a la escuela.[10] A nivel latinoamericano Cuba estaba en el duodécimo lugar en escolaridad de su población entre 5 y 24 años. Sólo un 3% de los graduados universitarios eran negros.[11]


[1] Cfr. Julio Le Riverend: La República. Dependencia y Revolución, La Habana, Editora Universitaria, 1966, pp. 63-74, 149-164 y 339-354.

[2] Véase el valor de las inversiones norteamericanas en Cuba, entre 1936 y 1958, en  Germán Sánchez Otero: “La crisis del sistema neocolonial en Cuba: 1934-1952”, Los partidos políticos burgueses en Cuba neocolonial 1899-1952, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1985, p. 173.

[3] Ramiro J. Abreu: En el último año de aquella república, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1984, p. 22.

[4] Los datos en Leo Huberman y Paul M. Sweezy: Cuba, anatomía de una revolución, La Habana, Editorial “Vanguardia Obrera”, 1961, p. 37.

[5] Francisco López Segrera: Raíces históricas de la Revolución Cubana (1868-1959), La Habana, Ediciones Unión, 1980, pp. 425 y 427.

[6] Abreu, op. cit., p. 16. Se ha calculado para los años cincuenta unos 100 mil obreros vinculados a la industria azucarera y unos 400 mil trabajadores industriales.

[7] Oscar Pino-Santos: El imperialismo norteamericano en la economía cubana, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1973, p. 124.

[8] Censos de población, viviendas y electoral, La Habana, (s.e.), 1953, pp. 206-213.

[9] La expectativa de vida era de 58,8 años, la tasa de mortalidad infantil de 37,6 por mil y la de mortalidad de 6,4 por mil.

[10] Agrupación Católica Universitaria: “Encuesta de trabajadores rurales, 1956-1957”, Revista Economía y Desarrollo, No. 12, La Habana, Universidad de La Habana, 1972, pp. 188-212.

[11] Abreu, op. cit., pp. 46-47.

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Nuestra América Insurgente

          “Descolonizar la historia de la región, el gran desafío”, así fue como titulo el diario Tiempo Argentino el encuentro de historiadores del pasado 26 de julio bajo el lema “Nuestra América Insurgente. Quinientos años de lucha emancipadora”. El mismo fue organizado por el Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini” y el Fondo Cultural del ALBA; que conto con la presencia de prestigiosos historiadores de nuestro continente: Xavier Albo (Bolivia), Sergio Guerra Vilaboy (Cuba), Jorge Nuñez (Ecuador), Luis Pellicer(Venezuela), Juan Carlos Junio y Horacio López (Argentina/director y subdirector del Centro Cultural).

          Por la mañana junto a los historiadores mencionados, profesores de historia y la participación de Fernando Buen Abad (México) y Atilio Boron (Argentina) entre otros, se debatióen en dos comisiones se debatió sobre  ¿cualés son las contribuciones de la historia como campo del saber a los proceso transformadores de nuestramérica hoy? (moderada por Santiago Sanchez y Alejandro Pisnoy) y ¿cualés son los aportes del proceso transformador de nuestramérica hoy para la renovación de la disciplina de la historia en términos epistemológicos, metodológicos, conceptuales, institucionales? (moderada por Pablo Imen)

Al finalizar las mismas se realizó un plenario general. A continuación se puede escuchar el audio.

Plenario de Comisiones

 

 

          Por la noche, y en la sala Solidaridad del Centro Cultural antes más de 200 personas los historiadores de nuestro continente disertaron sobre la historia y la lucha de NUESTRA AMÉRICA.

A continuación presentamos el video institucional y la disertación de Xavier Albó (las demás disertaciones, como así también la conferencia completa en archivo de audio las iremos presentando en las sucesivas semanas).

Institucional: http://www.youtube.com/watch?v=4Wuk8lz9X-g

Audio Conferencia: http://rapidshare.com/files/410791166/ponencias.mp

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JUGAR CON FUEGO. Guerra social y utopía en la independencia de América Latina.

Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini” y Fondo Cultural del ALBA en el Bicentenario.

 Encuentro de Historiadores

Nuestra América insurgente. Quinientos años de lucha emancipadora.

Lunes 26 de Julio 18:30 horas l Sala Solidaridad [2º SS] Corrientes 1543 Cap. Fed.

Panelistas: Xavier Albó (Bolivia), Sergio Guerra Vilaboy (Cuba), Jorge Núñez (Ecuador), Carmen Bohorquez (Venezuela), Juan Carlos Junio (Argentina), Horacio A. López (Argentina).

A más de 500 años de lucha emancipadora y doscientos del comienzo de la revolución continental por la independencia, diversos historiadores de Nuestra América expondrán sobre la originalidad de nuestro proceso revolucionario, la participación popular en esas luchas y reflexionarán sobre el mandato histórico de trabajar hoy en la construcción de la unidad nuestramericana.

www.centrocultural.coop http://www.centrocultural.coop/blogs/nuestramericanos

Sergio Guerra Vilaboy

 

Dos son los temas centrales del libro de mi autoría, titulado Jugar con Fuego. Guerra social y utopía en la independencia de América Latina, que acaba de obtener el Premio Extraordinario Casa de las Américas en su concurso correspondiente a este 2010 dedicado al bicentenario de la emancipación hispanoamericana. Nos referimos a las luchas sociales en la independencia de América Latina (1790-1830) y las aspiraciones de integrar
a las antiguas colonias durante el proceso emancipador. El primero, tiene que ver con los intentos de convertir la independencia no sólo en una transformación del antiguo régimen político, sino también en una profunda revolución, que barriera el orden socio-económico caduco y diera paso al pleno desarrollo de los pueblos latinoamericanos. El segundo, se refiere a los intentos y posibilidades de preservar, durante las luchas anticoloniales, la unidad de los territorios desde Texas a la Patagonia.

Para muchos de los protagonistas, e incluso para los primeros cronistas e historiadores, la independencia era vista como una revolución, pues empleaban el término en la acepción que entonces tenía, esto es, un giro radical en la evolución de un país. Esa palabra se hizo de uso frecuente en el vocabulario de la época y sirvió de título a muchas obras clásicas sobre la emancipación, entre ellas, el Cuadro Histórico de la Revolución de la América Mexicana, del mexicano Carlos María de Bustamante, al Bosquejo histórico de la Revolución de Venezuela del caraqueño José Félix Blanco o a la Historia de la Revolución de la República de Colombia en la América Meridional del historiador neogranadino José Manuel Restrepo, por
sólo citar tres ejemplos.
           A nosotros nos interesa valorar, desde la perspectiva de la historia comparada, la independencia de América Latina como revolución, en su sentido de profundo cambio de la sociedad, de sustitución del viejo orden económico social por uno nuevo. En otras palabras, tratamos de analizar la emancipación latinoamericana como revolución social, con sus alternativas, matices y variantes históricas. Desde este ángulo, ponemos de relieve los alcances y limitaciones de la liberación anticolonial y su relación, presente a todo lo largo de ese proceso, entre una revolución restringida a cambios en la esfera política o inclinada a realizar en forma paralela profundas transformaciones socio-económicas.
          En rigor, este fue el dilema de la independencia. La disyuntiva histórica a que se refería José Martí al señalar, en su ensayo Nuestra América, que el problema de la separación de las metrópolis europeas no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu. Por eso, el acento esta puesto en los programas y disposiciones revolucionarias adoptados durante los años de la emancipación, en los distintos escenarios del continente, las variantes para profundizar las transformaciones del orden existente y su frustración. Además, destacamos los intentos de la reacción colonialista, aliada con los sectores conservadores de la sociedad, por atizar a las masas populares contra la independencia, mediante la guerra social, que implicaba jugar con el fuego de la revolución.
            También intentamos rescatar las ideas y propuestas primigenias de unidad latinoamericana, nacidas en íntima vinculación con las luchas por la emancipación y como parte del proceso de formación de las repúblicas emergentes. En este sentido, se incluyen las conspiraciones y planes dirigidos a lograr la independencia de las Antillas españolas, piezas claves de la liberación hispanoamericana y de la propia integración continental, acorde al imaginario compartido por los próceres, temas habitualmente marginados en la mayoría de los textos de historia. El horizonte nacional común existente en la generación de la independencia, facilitó, tras la derrota de España, la fundación de grandes unidade estatales y permitió vertebrar el proyecto utópico de agrupar, en una gran nación, a todas las antiguas colonias hispanas, quimera que tuvo en Francisco de Miranda, José de San Martín y Simón Bolívar a sus más tenaces
adalides.
           Hoy, 200 años después de los trascendentales acontecimientos de la independencia, en medio de festejos y celebraciones por la conmemoración, América Latina vibra de nuevo ante las perspectivas de profundas transformaciones revolucionarias dirigidas a alcanzar la tierra prometida por los libertadores. Los cambios positivos que sacuden por todas partes al continente, a inicios del siglo XXI, junto al vigoroso renacimiento experimentado por los sueños de la unidad latinoamericana, nos acercan a la hora de la segunda independencia de Nuestra América que reclamara José Martí.

 

 

 

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Reflexiones sobre emancipación (II parte)

¿De que hablamos cuando hablamos de emancipación?

 

“El problema de la independencia no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu”[1]

 

            Claro que estas distancias no fueron impedimento para que la revolución se lleve a cabo y se lograra expulsar a los españoles del continente, pero ¿cual fue el camino de la emancipación que llevo a la revolución?, ¿se lograron cumplir eso objetivos que se habían trazado en un comienzo o sólo se lograron en parte, para luego terminar siendo traicionados? John Lynch (2009), historiador ingles, apunta lo siguiente sobre la revolución de mayo en Buenos Aires, partiendo que esta ciudad fue el hogar de dos bandos, uno español, compuesto por funcionarios peninsulares y comerciantes monopolistas, además de algunos comerciantes criollos que se beneficiaban de sus vínculos comerciales con España. El otro bando fue el de los revolucionarios, integrado por los burócratas y militares criollos que eran críticos con el gobierno español, los comerciantes, también criollos, especializados en el comercio neutral y no monopolista, además de los pequeños negociantes que se dedicaban al comercio minorista. Este análisis de la división y enfrentamiento entre criollos y españoles finaliza con la idea de que “las raíces de la independencia, se ha sostenido en ocasiones, se encuentran en los intereses económicos y las percepciones sociales, o en una división ideológica entre conformistas y disidentes, más que en una dicotomía simple de españoles, por un lado, y criollos por otro. No obstante los americanos estaban adquiriendo conciencia de su identidad y sus intereses, y no dejaban de advertir que éstos eran diferentes de los de los españoles…las revoluciones hispanoamericanas fueron en primera instancia una respuesta a determinados intereses, y los intereses apelaron a las ideas”[2].

             Varios historiadores, entre ellos el norteamericano Griffin, han negado a la emancipación su carácter revolucionario, considerándola sólo como un movimiento de liberación anticolonial. Otros autores hablan de que se trata de una guerra civil y algunos la han catalogado como un “conflicto de castas”, confundidos por la congruencia entre clases y castas en la sociedad colonial. Incluso, hay quien ha interpretado la independencia como una relación criolla frente a las reformas liberales metropolitana.

             Tampoco la historiografía marxista esta de acuerdo en la evaluación de la emancipación porque la independencia no generó transformaciones radicales, ni tampoco condujo al derrocamiento de la formación económico y social, ni apuntó a modificaciones profundas en el régimen de propiedad o las relaciones de producción. Por ello se limitan a denominarla “revolución de independencia” o “revolución anticolonial”, separando sus alcances políticos de los sociales[3].

             El camino de la independencia en nuestro continente estaba en marcha, pero iba a poder llevarse a cabo después de la expulsión de los españoles sin que ello produzca diferencias entre las distintas clases, ya sea por políticas económicas y sociales, y sin traicionar los ideales emancipatorios que llevaron a la revolución, o bien puede plantease de la manera en que lo hace el historiador cubano Sergio Guerra Vilaboy (2007), preguntándose si se puede clasificar a la independencia de nuestro continente como una revolución, ya que la emancipación desató incontenibles ansias de justicia social, pero se debe reconocer que no condujo a un cambio revolucionario de las viejas estructuras económicas y sociales, ya que después de 1826 los principales logros de la independencia que llevaron adelante Bolívar, Hidalgo, Morelos, Artigas, Moreno y demás representantes de la corriente democrático republicana, comenzaron a revertirse.

 

¿Qué lugar ocupa hoy en día la emancipación, dónde podemos ubicarla en el curso de los gobiernos democráticos y progresistas de nuestro continente?; tomando los casos de Lula en Brasil, Hugo Chávez en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia. Podemos ubicarla de tres formas, la primera, antes de la llegada de estos gobiernos por medio del voto popular cuando la sociedad empieza a reclamar y tomar conciencia de que el cambio ya no iba a estar en los gobiernos neo liberales que gobernaron en la mayor parte del continente durante los 90, ni en los gobiernos de facto de fines de los 70 y comienzos de los 80 que operó bajo el plan cóndor, en ambos casos bajo la aceptación y control de los Estados Unidos; la segunda forma, la podemos ubicar cuando se toman las primeras medidas de gobierno y se platean políticas de igualdad social, poniendo, por sobre todas las cosas, en primer lugar, el acceso gratuito a la educación y la salud.  

Y la tercera es la combinación de la primera y segunda forma como parte de una nueva emancipación que se encamine hacia una nueva independencia y en una nueva búsqueda de unidad del continente, pero esta vez como lo pensaron los hombres y revolucionarios que marcaron el camino de la emancipación que dio lugar a la independencia del continente para luego ser traicionados por las clases altas que sólo buscaron su propio beneficio, y que finalizo con la división de un continente en pequeñas estancias a manos de uno pocos dueños locales o empresas extranjeras que se ocuparon, y aún lo hacen, de llevarse toda la producción y ganancia para sus países, quitándoles las tierras a los habitantes originarios y explotando en condiciones inhumanas a los trabajadores de Nuestra América.   

 

Alejandro Pisnoy

Prof. / Invest. CCC

Reflexiones sobre emancipación


[1] José Martí. Nuestra América. Ed. Nuestra América. Bs. As. 2005 pg. 19.

[2] Lynch, John. San Martín. Soldado argentino, héroe americano. Ed. Crítica. Barcelona. 2009 pg. 63.

[3] Guerra Vilaboy, Sergio. Op. Cit. Pg. 228 229.

 

 

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