Notas con la etiqueta ‘Quito’

Rebautizar América (I Parte)

Más allá de las identidades, tradiciones, culturas, que definen sus actuales repúblicas o regiones, nuestra América se erige como una unidad superior –tal vez la de mayor coherencia en el mundo- con fuertes raíces y valores comunes que la potencian como entidad más que la dividen.

El problema ha sido que nos han querido escamotear nuestra identidad, para que el sueño de la Patria Grande, de la Confederación de Repúblicas Mestizas, como quería Bolívar y tantos otros patriotas, nunca se hiciera realidad. Para ello obraron, desde el comienzo de nuestra guerra por la primera independencia, las diplomacias y fuerzas militares de Inglaterra y Estados Unidos, así como los “espíritus de localías” –entiéndase las oligarquías nacientes en cada joven república que se iba independizando- que bien denunciara Bernardo Monteagudo en su “Ensayo sobre la necesidad de una Federación General entre los Estados hispanoamericanos y plan de su organización”, escrito en Quito en 1823.

“En este continente se habla prácticamente una lengua, salvo el caso excepcional del Brasil, con cuyo pueblo los de habla hispana pueden entenderse, dada la similitud entre ambos idiomas. Hay una identidad tan grande entre las clases de estos países que logran una identificación de tipo internacional americano, mucho más completa que en otros continentes”. Esto nos señalaba el Che en su famoso Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental, allá por 1967.

Podemos acudir a Elena Poniatowska para abundar en esto; escribe en un ensayo titulado Memoria e Identidad: “Fueron los conquistadores los que nos dieron nuestra actual identidad latinoamericana al imponer su lenguaje, su idea del núcleo familiar, su catolicismo, su machismo (no tenemos noticia del machismo indígena)…

“Por la palabra se ha unificado a América latina desde el río Bravo hasta Tierra del Fuego, por la palabra guardamos memoria, y la palabra ha sido instrumento de lucha, la palabra nos ha hecho reír, y la palabra se ha levantado en contra del silencio y en contra del sufrimiento.”[1]

Pero volviendo al Che y su discurso citado: “Lenguas, costumbres, religión, amo común, los unen. El grado y formas de explotación son similares en sus efectos para explotadores y explotados de una buena parte de países de nuestra América. Y la rebelión está madurando aceleradamente en ella.”

Ciertamente no es nueva la descripción desarrollada por el Che: un siglo antes, más precisamente en 1864, el ministro de Relaciones Exteriores de Chile, Alvaro Covarrubias, en una nota dirigida al embajador de España, a propósito de la crisis hispano-peruana por la cuestión de las islas Chinchas, escribía:

“Las repúblicas americanas de origen español forman en la gran comunidad de las naciones, un grupo de Estados Unidos entre sí por vínculos estrechos y peculiares. Una misma lengua, una misma raza, formas de gobierno idénticas, creencias religiosas y costumbres uniformes, multiplicados intereses análogos, condiciones geográficas especiales, esfuerzos comunes para conquistar una existencia nacional e independiente: tales son los principales rasgos que distinguen a la familia hispanoamericana. Cada uno de los miembros de que ésta se compone ve más o menos vinculado su próspera marcha, su seguridad e independencia a la suerte de los demás. Tal mancomunidad de destinos ha formado entre ellos una alianza natural, creándoles derechos y deberes recíprocos que imprimen a sus mutuas relaciones un particular carácter. Los peligros exteriores que vengan a amenazar a alguno de ellos en su independencia o seguridad, no deben ser indiferentes a ninguno de los otros; todos han de tomar parte en semejantes complicaciones, con interés nacido de la propia y la común conveniencia.”[2]

En este escenario es que el Che veía madurar la rebelión, y se preguntaba al respecto: “¿cómo fructificará?, ¿de qué tipo será? Hemos sostenido desde hace tiempo que, dadas sus características similares, la lucha en América adquirirá, en su momento, dimensiones continentales.”[3]

El Che veía el escenario continental para la concreción de la segunda y definitiva independencia, tal como había sido escenario en la primera. La globalización de esta aldea común en que se ha transformado el mundo, nos lleva a pensar en la justeza de esta afirmación, con la cual adquiere nuevo vigor en estos comienzos del siglo XXI, el renovado objetivo de la Patria Grande, pensada su integración en términos de cierta institucionalización. Pero cuando hablamos de “Patria Grande”, ¿a quiénes estamos incluyendo? ¿Cuál es nuestra identidad? Esto es importante dilucidarlo porque, como escribe Heinz Dieterich, “Un pueblo sin identidad es un gigante miope. No puede ver el camino que ha de andar para su liberación. Destruir su identidad u ofuscarla significa cegar al pueblo y mantenerlo dentro de las cadenas seculares que le han sido impuestas. Contribuir a la reconstrucción y al avance de esta identidad, es decir, su capacidad de autodeterminación es, por ende, obligación prometeica de cualquier auténtico compromiso latinoamericanista.”[4]

Horacio A. López.


[1] M. Benedetti y otros. Nuestra América contra el V Centenario. Editorial Txalaparta. Tafalla. Navarra. 1990, p. 156 y 162.

[2] Citado por Miguel Rojas Mix en Los cien nombres de América, a su vez tomado de Patria y Federación de Justo Arosemena, La Habana, 1977.

[3] “Revista Tricontinental de Cuba”. La Habana. 1967.

[4] Heinz Dieterich. Emancipación e Identidad de América latina: 1492-1992, en Nuestra América contra el V Centenario. Editorial Txalaparta. Tafalla. Navarra. 1990, p.71.

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AFRODESCENDIENTES (II Parte)

Por: JORGE NÚÑEZ SÁNCHEZ en: El Telégrafo. Primer Diario Público. Guayaquil, Ecuador.

IV

La independencia marcó la primera ruptura en el sistema de esclavitud. Los líderes criollos entendieron que sin el concurso de los negros no podrían enfrentar con éxito al poder colonial. Así, enrolaron en sus ejércitos a muchos esclavos, ofreciéndoles a cambio la libertad personal.

Esos soldados negros se destacaron por su valor, lo que los hizo merecedores de ascensos y premios. El Libertador dictó la “Ley de Haberes Militares”, por la que les entregó tierras, para que las cultivaran luego de la guerra. Además, Bolívar buscó liberar de la esclavitud a todos los esclavos del país. En su Discurso al Congreso de Angostura, el 15 de febrero de 1819, expresó: “Es imposible ser libre y esclavo a la vez… Yo abandono a vuestra soberana decisión la reforma o la revocación de todos mis estatutos y decretos; pero yo imploro la confirmación de la libertad absoluta de los esclavos, como imploraría mi vida, y la vida de la República”.

En 1821, el Congreso colombiano, dominado por los propietarios terratenientes, limitó este beneficio a una simple “libertad de vientres”, por la cual se otorgaba libertad únicamente a los futuros hijos de los esclavos.

Las páginas de nuestra historia americana están llenas de historias de heroicidad de los combatientes negros. En Venezuela es famoso el nombre del teniente de caballería Pedro Camejo, apodado “Negro Primero”, un legendario ayudante del general Páez en la guerra de independencia. Y también son famosos los batallones de “llaneros”, muchos de los cuales eran negros o mulatos.

Los soldados negros también jugaron papel clave en la “Campaña de los Andes” de San Martín. En las batallas de Chacabuco, Maipú, Cancha Rayada y otras, se destacaron los batallones argentinos séptimo y octavo de infantería, formados por  unos 1.500 soldados negros, cuya heroicidad fue alabada por el Libertador del Sur.

Cuando San Martín llegó a la costa peruana, en septiembre de 1820, en menos de 15 días se le presentaron unos 3.000 negros esclavos, que huían de las haciendas vecinas y deseaban enrolarse en el ejército de independencia.

En la independencia del actual Ecuador también participaron soldados y oficiales negros, tanto locales como procedentes de Colombia y Perú. Se destacaron entre ellos Fernando Ayarza y Juan Otamendi, que lucharon heroicamente en Pichincha y Ayacucho y que luego llegaron a ser generales del Estado ecuatoriano.

Pero si la guerra abrió un sistema de ascenso social para los negros, la república oligárquica buscó clausurarlo, para volver al antiguo sistema de dominación.

Al bravo Ayarza, general glorioso de la independencia, se le hizo azotar en público por el dictador Gabriel García Moreno, quien lo acusó de conspirador y afirmó que “Ese negro no merece otro castigo que el acostumbrado en las haciendas de trapiche”.

Y Otamendi, héroe condecorado de las luchas libertarias, fue despreciado junto con su esposa en una fiesta de la alta sociedad riobambeña, lo cual provocó su ira y generó un incidente armado que causó varios muertos. Años más tarde fue asesinado oscuramente, según parece por orden del mismo general Flores, al que servía con fidelidad.

V

Los trabajadores jamaiquinos son parte de nuestra historia y nuestra leyenda. Los primeros llegaron durante el gobierno de Gabriel García Moreno, contratados por la empresa de construcción del Ferrocarril del Sur. Vinieron desde el istmo de Panamá, a donde diez mil obreros jamaiquinos habían sido llevados por la Panamá Railroad Co. para construir el ferrocarril interoceánico (1850–1855). Su fama de buenos trabajadores, que además resistían bastante bien las enfermedades tropicales, determinó que fueran contratados para el Ecuador, cuando esa masa de obreros se dispersó al terminar la obra.

Los jamaiquinos cumplieron una gran labor en los trabajos del ferrocarril garciano. Y dejaron tan buena fama que, al emprenderse los trabajos del ferrocarril Guayaquil–Quito, en tiempos de la Revolución Liberal, fue traído al país un nuevo contingente de cuatro mil trabajadores jamaiquinos.

No está por demás aclarar que el nuevo ferrocarril planeado por Alfaro implicó una revisión a fondo de la obra inicial de García Moreno, de acuerdo con los avances tecnológicos habidos en las casi tres décadas intermedias. Según las técnicas usadas por entonces en los Estados Unidos, el sistema de “vía ancha” sustituyó al antiguo de “vía angosta”, se corrigió el trazado de la ruta y se utilizaron nuevas y más poderosas locomotoras, todo lo cual garantizaba un tren de mayor capacidad de carga y potencia de arrastre.

La labor de esos obreros migrantes del Caribe fue fundamental. Al ser angloparlantes, conocedores del empleo de explosivos y los usos del trabajo en cuadrillas, se adaptaron rápidamente a los sistemas de trabajo impuestos por Archer Harman y los jefes norteamericanos. Empero, ni unos ni otros contaban con la dureza del clima andino, que atravesaba por un período de gran pluviosidad. El río Chimbo y otros de la ruta se desbordaron y causaron destrozos en las obras del tren. Y muchos trabajadores murieron en esa circunstancia o durante los trabajos con explosivos. Eso produjo protestas y huelgas de los jamaiquinos, que exigían mejores condiciones de trabajo, las que fueron duramente reprimidas.

Lo que ocurrió entonces es parte de la leyenda, más que de la memoria histórica. Se dice que los guardias armados de la empresa aplastaron sangrientamente esas protestas y que hubo muchas víctimas, que luego fueron cargadas en un tren, al que se hizo descarrilar en la laguna de Yambo para ocultar la matanza.

Esta leyenda, difundida por los enemigos del gobierno alfarista, es contradictoria y no resiste un análisis serio. La huelga se habría producido  en la zona de la Nariz del Diablo, cuando la obra iba por la mitad, pero los muertos se habrían tirado en Yambo, es decir, en un tramo posterior, construido mucho más tarde.

Cierta o falsa, esa leyenda es parte del imaginario de aquel tiempo de intermitente guerra civil. Lo que es indudable es que muchos de esos trabajadores negros pasaron luego a trabajar para la Anglo, en la zona petrolera de Santa Elena, y que algunos de sus descendientes se convirtieron en glorias del deporte ecuatoriano: los Sandiford, Spencer y Klinger, entre otros.

VI

En Ecuador hubo al menos dos Presidentes de la República que fueron afrodescendientes. El primero de ellos fue Vicente Ramón Roca, que gobernó entre el 8 de diciembre de 1845 y el 15 de octubre de 1849.

Hemos mencionado en otra ocasión que, a inicios de la república, este comerciante liberal de Guayaquil ganó en buena lid la Presidencia de la nación a José Joaquín Olmedo, en la Asamblea Constituyente de 1845, y que esto motivó la ira de sus rivales, algunos de los cuales lo acusaron de ser “negro” o “zambo”, mientras que Rocafuerte ironizaba sobre la elección, diciendo: “La vara del mercader ha vencido a la musa de Junín”.

Aquellos calificativos raciales fueron dichos con mala intención, pues buscaban descalificar a un hombre que se había destacado por su patriotismo antes y después de la independencia. Y es que don Vicente Ramón fue perseguido por las autoridades españolas desde 1818, acusado de mantener correspondencia subversiva con un amigo de México. Luego fue miembro de la Junta del Distrito de Guayaquil en 1820, Jefe General de Policía entre 1829 y 1832, Diputado por Guayaquil en 1830, Prefecto de Guayaquil entre 1831 y 1834, Juez de incendios en 1832, Consejero de Estado en 1832, Vicepresidente del Congreso en 1833, Gobernador de la provincia del Guayas en 1835, Senador por Guayas en 1837-1839, Consejero Municipal en 1840, Miembro del Gobierno Marcista Provisorio en 1845 y finalmente Presidente de la República entre 1845 y 1849.

Por su parte, un hermano suyo, Francisco María Roca, fue miembro de la segunda Junta de Gobierno del Guayaquil independiente, en 1820, e instaló la primera imprenta del puerto y segunda del país, con la que dio a luz el afamado periódico El Patriota de Guayaquil, en mayo de 1821.

Pero volvamos al tema central de este artículo. La verdad es que don Vicente Ramón era afrodescendiente. Su padre, Bernardo Roca, era un mulato panameño que llegó en 1765, como tesorero de la expedición militar enviada por el Virrey de Nueva Granada para reprimir la Rebelión de los Estancos. Afincado en Guayaquil, este personaje, que sabía de cuentas y negocios, había destacado por su afán de trabajo e iniciativas, que lo convirtieron en un comerciante de éxito y hombre afortunado. Luego, su don de gentes le granjeó amistades poderosas, como la del gobernador Ramón García Pizarro, que lo hizo nombrar Coronel del Batallón de Milicias de Pardos. Y tuvo el buen sentido de educar muy bien a sus hijos, con preceptores privados.

Su hijo, el presidente Roca, hizo un gobierno con éxitos y errores. Pero la vieja aristocracia del país nunca le perdonó su origen racial, como lo revela un incidente ocurrido en Cuenca, años después. Según me cuenta la historiadora Raquel Rodas, Roca se hallaba en esa ciudad y fue invitado a un banquete en casa de la famosa señora Hortensia Mata, al que también concurrieron algunos personajes de la aristocracia morlaca. Molesto con la presencia de Roca, uno de ellos pidió silencio e hizo un brindis de doble sentido: “Supongamos que este vaso fuera santo y entonces brindemos por este San Vaso de Roca”. Salta a la vista que se estaba refiriendo al “Zambazo de Roca”.

VII

Otro famoso afrodescendiente de nuestra historia fue el presidente Juan de Dios Martínez Mera (1875-1955), que dirigió el país entre el 5 de diciembre de 1932 y el 19 de octubre de 1933. Era nieto de don Juan María Martínez Coello (1805-1861), que fuera un reputado artesano de color (carpintero de ribera), maestro mayor del Astillero de Guayaquil, fundador y primer presidente de la Sociedad Filantrópica del Guayas (1849), un organismo masónico de socorro mutuo y beneficencia, que se interesó por la educación del pueblo. Y era hijo de Tomás Martínez Ávalos (1838-1894), destacado intelectual y pedagogo porteño, que fundó una reputada escuela privada.

Martínez Mera fue un abogado y auditor de prestigio, cuyos vínculos con la banca y el liberalismo determinaron que fuera nombrado diputado, presidente de su Cámara y Ministro de Hacienda dos veces, antes de ser elegido Presidente de la República en 1932. Venció al conservador Manuel Sotomayor y Luna y al liberal de izquierdas Pablo Hanníbal Vela. Proclamado su triunfo, le fue colocada la banda presidencial por el presidente de la Cámara de Diputados, José María Velasco Ibarra, quien, al poco tiempo, lideró un movimiento para proclamar la nulidad de las elecciones, acusándolas de fraudulentas. Velasco Ibarra lideraba al bando derechista, que aún estaba herido por la destitución de Neptalí Bonifaz y su derrota en la guerra civil de los “Cuatro Días”.

Aprovechando en su favor los efectos de la crisis económica que golpeaba al país, el patrioterismo exacerbado por el conflicto de Leticia (que enfrentaba a Colombia y Perú, que disputaban territorios antes ecuatorianos) y aun la actitud orgullosa e inflexible con que el Presidente se había distanciado de sus amigos, Velasco logró el respaldo de muchos diputados liberales para destituir a Martínez Mera, supuestamente electo con fraude electoral. El diputado Joaquín Dávila mocionó la destitución del Presidente “por culpabilidad en los manejos de los asuntos internacionales”.

Ante esa injusta destitución, el Presidente se negó a renunciar y nombró un nuevo gabinete, que fue descalificado por el Congreso, en uso de sus atribuciones. Martínez Mera nombró un nuevo gabinete, que siguió igual suerte. Tras la destitución de siete gabinetes ministeriales, Martínez Mera se negó a la tentación dictatorial y simplemente abandonó el mando y viajó a Guayaquil, no sin antes dirigir un mensaje a la nación, que expresaba: “Al alejarme de la capital de la República no penséis  que llevo en mi pecho la más ligera huella de rencor. Nunca soñé ni con el poder ni con la venganza, sueño con la justicia. Me queda la satisfacción de que ni una lágrima se ha vertido por mi culpa, ni una gota de sangre ha salpicado mi ejercicio presidencial…”.

Lo sucedió en el mando, como encargado del poder, el último ministro de Gobierno,  doctor Abelardo Montalvo, quien convocó a nuevas elecciones, en las que triunfó José María Velasco Ibarra.

Años más tarde, pasadas las pasiones del momento, el Congreso de 1948 reconoció que, “cuando fue presidente de la República, Martínez Mera se desempeñó con dignidad, honradez y patriotismo”.

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AFRODESCENDIENTES (I Parte)

Por: JORGE NÚÑEZ SÁNCHEZ en: El Telégrafo. Primer Diario Público. Guayaquil, Ecuador.

I

Las Naciones Unidas han declarado al 2011 como Año Internacional de los Afrodescendientes. Y un mínimo de consecuencia con nuestra propia historia exige hablar de nuestras lejanas raíces africanas, porque es bien sabido que toda la especie humana procede de África, continente en donde surgieron los primeros homínidos, que luego se regaron por el mundo. Para ponerlo en lenguaje bíblico, Adán y Eva eran africanos. En cuanto se refiere al continente americano, hay elementos que permiten afirmar que los primeros africanos llegaron a él mucho antes de la conquista europea. Los grandes monolitos de la cultura Olmeca, que inequívocamente representan cabezas de negros, son una de las principales pruebas de ello.

Los africanos llegaron al actual Ecuador con la conquista española. Una historia equívocamente escrita nos ha hecho creer que todos los conquistadores eran blancos y barbados, cuando, en realidad, eran gentes procedentes de muchos de los pueblos que formaban el imperio español: castellanos, moros, judíos, flamencos, germanos e italianos, entre otros. Basta leer la lista de los fundadores de Quito, grabada en piedra en el atrio de su catedral, para comprobarlo. En ella figuran los nombres de Pedro Salinas y de un tal Antón, sin apellido, a los cuales se los identifica como de color negro.

En todo caso, estos dos conquistadores negros no eran esclavos, puesto que la esclavitud se implantó en América algún tiempo después. Pudieron ser moros subsaharianos, es decir, habitantes de la España islámica, derrotada poco antes por los reyes católicos. O también africanos tomados como rehenes por los cristianos españoles, en medio de esa intermitente guerra irregular que mantenían los pueblos del uno y otro lado del Mediterráneo. Me consta que en el golfo de Huelva (donde se halla el puerto de Palos, del que salió Colón) se habla hoy mismo de familias locales de origen africano.

Pero todo indica que hubo más africanos, o descendientes de africanos, entre los conquistadores de Quito. Basta analizar los apellidos de los jefes de la hueste conquistadora, Diego de Almagro y Sebastián de Benalcázar, que originalmente debieron apellidarse Al Maghr y Ben Alcazar. Es decir, el uno procedía de una familia del Magreb, el norte de África, que hoy ocupan Marruecos, Túnez y Argelia, y el otro se llamaba Del Alcázar, aunque, de ser castellano, se hubiera apellidado Del Castillo.

Así, hilando fino y leyendo entre líneas, quizá podríamos encontrarnos con otros conquistadores españoles de origen africano. Y también, claro está, con judíos, flamencos y castellanos propiamente dichos. Entre los judíos estuvieron los Núñez, Sánchez y Carvajal, uno de los cuales, Rodrigo Núñez de Bonilla, fue uno de los grandes capitanes de conquista y futuro encomendero de Quito, ciudad de la cual fue también primer alcalde, en 1535. Y entre los nativos de Flandes (actuales Holanda y Bélgica), figuraron los frailes Jodocko Rikjie y Pedro Gosseal, y el militar Francisco de Londoño, futuro mariscal y fundador de un dilatado clan familiar que se extiende por los actuales Ecuador y Colombia.

II

La esclavitud fue la otra cara del colonialismo europeo. Casi extinguidos los indios del Caribe por los malos tratos de los conquistadores, estos buscaron mano de obra esclava en África para sus plantaciones tropicales americanas. Desde entonces, decenas de millones de africanos fueron secuestrados y esclavizados por los traficantes europeos, para alimentar ese vil negocio de carne humana.

Esos seres humanos eran raptados en sus pueblos de origen por bandas criminales venidas de Europa u organizadas en la misma África, y luego trasladados en los inmundos barcos negreros, sin consideración a su origen, nivel cultural o identidad personal. Para que entraran en mayor número en las bodegas, se los acostaba encadenados en el piso y uno junto a otro, como cucharas. Como se resistían a probar comida, se los alimentaba por la fuerza, usando embudos.

Muchos morían en el viaje y otros preferían lanzarse al agua antes que vivir en esclavitud. Ya en el puerto de destino, eran tasados y vendidos como animales domésticos, esto es, por su juventud, fortaleza o vivacidad, aunque entre ellos había sabios y hombres de cultura.

Para el colonialista, el negro era simplemente un esclavo, una especie de bestia con forma humana “creada por Dios para servir a sus amos blancos”, según decían los esclavistas. Pero para sí mismo era un ser humano victimizado por la violencia de sus opresores, un ser con sentimientos, lengua, dioses y sueños propios, que ansiaba constantemente la libertad. No es de extrañar, pues, que en la historia del colonialismo europeo en América se hallen como elementos estructurales de las diversas sociedades tanto la esclavitud cuanto la resistencia esclava, expresada en protestas, robos y delitos de sangre contra los amos y capataces, así como en fugas, levantamientos o formación de palenques y quilombos de negros prófugos.

“Para el colonialista, el negro era solo un esclavo, una especie de bestia con forma humana…”

También son testimonios de esa resistencia las formas de represión institucionalizadas por el sistema colonial contra la resistencia esclava, expresadas en leyes y mandatos legales, que detallaban y categorizaban tanto los posibles delitos de los esclavos cuanto las penas y castigos que debían merecer por ellos. En la culminación de ese proceso de institucionalización de la represión, se dictaron los famosos “Códigos Negros”, que buscaban normar todos los aspectos de la esclavitud en América Latina.

De ellos, el más opresivo fue quizá el Code Noir,  promulgado en 1685 para las colonias francesas del Caribe, que daba al esclavo la categoría de un bien mueble sin ningún derecho personal, establecía durísimas penas para los esclavos fugitivos y daba al amo un ilimitado derecho de castigo; inclusive negaba a los esclavos el derecho al culto religioso, aunque obligaba a los amos a bautizarlos. En cuanto al ámbito español, el Código Negro carolino  de 1784 era también bastante riguroso: disponía duros castigos contra los negros rebeldes o cimarrones, prohibía a los esclavos tener un peculio superior a la cuarta parte de su propio valor, así como efectuar legados a sus familiares; también impedía que los esclavos comprasen su libertad, sosteniendo que el dinero reunido por estos era generalmente fruto de robos o de prostitución.

III

La esclavitud de los negros fue un elemento central del sistema colonialista. Sin ella, no hubiera existido la economía de plantaciones y ninguna de las potencias coloniales se hubiera enriquecido con la agricultura tropical. Es más, fue gracias a la esclavitud que Inglaterra, Francia, Holanda, Portugal y hasta Suecia lograron su primera acumulación de capital, que luego permitió a la mayoría de esos países dar el salto a la industrialización. La mayor expresión de ello fue el “comercio triangular”: los comerciantes europeos iban al África a cazar esclavos o los compraban a los reyezuelos africanos, pagándolos con herramientas, armas y chucherías; luego trasladaban esos esclavos hacia América y los vendían a los plantadores; con esa mano de obra esclava se producían azúcar, café, cacao, tabaco o especias en América, que luego eran llevados a Europa para ser distribuidos por el Viejo Mundo.

Empero, más allá de esa brutal realidad socioeconómica consagrada por el sistema colonial, supervivía otra realidad, no menos significativa: era el espacio de la conciencia social de los esclavos, que se percibían a sí mismos como unos seres humanos oprimidos por la violencia, degradados por la injusticia del mundo y la sevicia de sus amos, y merecedores de mejor trato, en tanto que “seres racionales e hijos de Dios”.

Así, un esclavo quiteño de fines del siglo XVIII, Mariano Chiriboga, pidió a las autoridades que le cambiaran de amo, pues bajo el poder del cura Maximiliano Coronel había “padecido los mayores maltratos y tormentos que pudiera una criatura humana que, si no hubiera sido por haber concertado la gran misericordia de Dios, ya hubiera pasado de esta presente vida a otra”.

Según refiere el historiador francés Bernard Lavallé, otros dos esclavos, Claudio Delgado y Bonifacio Isidro Carvajal, denunciaron por la misma época la brutalidad con que eran tratados los negros en las minas de oro de Barbacoas (actual Colombia), en especial “… la impía crueldad del capitán y apoderado Honorio Estupiñán … y con este motivo no cabe explicación de la sevicia que hemos tolerado aun cuando por tinta corriera la sangre de nuestras venas”.

Delgado denunciaba, por su parte, la terrible situación de su esposa, que se hallaba “convaleciente de un novenario de azotes a ciento, hasta dejarla inhábil, tanto que al curarle iba echando trozos de carne por las partes verendas”.

Además de esas voces testimoniales del dolor humano, en los archivos existen también valiosas pruebas de esa conciencia de humanidad que poseían los esclavos y que les impelía a luchar por todos los medios para liberarse de la esclavitud o, al menos, evitar los maltratos y alcanzar algún resquicio de libertad personal.

Juliana Villacís, una negra quiteña, escribía en 1801: “Los esclavos somos las personas más miserables y penosas, pero racionales y de la especie humana, cuya servidumbre es contra naturaleza…”.

Y el esclavo Francisco Carrillo argumentaba, por la misma época: “No nos falta otra cosa sino es quitarnos esta color morena oscura e infeliz, pero en la que sea alma racional y sensitiva, tiene igual el amo como el siervo”.

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Domingo de Olivera y Barahona. Prócer ecuatoriano-argentino

Por Jorge Nuñez Sanchez en el diario “El Telégrafo. (Primer Diario Público. Guayaquil, Ecuador) 23 de diciembre de 2010.

La gentileza de un respetado compatriota que reside en Buenos Aires, el doctor Otto Federico Aguilera, me ha permitido conocer la existencia de otro notable prócer ecuatoriano-argentino de inicios de la república: don Domingo de Olivera y Barahona.

Nacido en Ambato, actual capital de nuestra provincia de Tungurahua, el 10 de octubre de 1798, fue hijo de don Domingo de Olivera y Borja, nacido a su vez en Quito, a mediados del siglo XVIII, cuando esta ciudad pertenecía al Virreinato del Perú, y quien contrajo matrimonio con doña Manuela Barahona, radicándose luego en Lima.

Domingo fue educado en Lima con todo el cuidado debido a los hijos de la aristocracia, pero debió abandonar urgentemente esa ciudad, junto con su familia, tras el fracaso de la revolución contra el virrey Abascal ocurrida a fines de 1809, en la que su padre se hallaba comprometido. Tras refugiarse en el Alto Perú, la familia se trasladó a La Paz y luego a Chile. Tras la batalla de Tucumán, su padre y él entraron al Río de la Plata por la provincia de Salta y llegaron en marzo de 1813 a Buenos Aires.

Mientras su padre partía hacia Chile en agosto de 1820, para incorporarse al ejército libertador del Perú, Domingo, que llegó muy joven al Río de la Plata, fue abriéndose paso en el país, donde sus prendas morales y su personalidad le abrieron las puertas de los más distinguidos círculos sociales y políticos de la capital argentina. 

Inició su vida pública antes de cumplir 16 años, como empleado de la Intendencia de Policía, y en abril de 1819 ya era Oficial de Número del Ministerio de Hacienda. El  31 de julio de 1821 se casó con Dolores Piriz y Olaguer, de aristocrática familia criolla.

En marzo de 1822 fue nombrado por el ministro Bernardino Rivadavia como Secretario de la misión que iría a Chile y Perú, para liquidar la deuda por los gastos de las campañas libertadoras. Un año después, Rivadavia le encargó preparar la fundación de la “Sociedad de Beneficencia”. Y a mediados de 1823 presentó el “Reglamento para la Economía y Orden Interior de los Colegios de la Capital” y diseñó la creación de la Escuela de Agricultura, proyectos aprobados.

En enero de 1825 fue uno de los fundadores del periódico El Mensajero Argentino. Y en febrero de 1826 el presidente Rivadavia lo nombró Oficial Mayor del Ministerio de Negocios Extranjeros. Luego, durante la guerra con el Brasil, fue designado Oficial Mayor del Ministerio de Guerra y luego Secretario de Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina.

Afincado ya en su nuevo país, adquirió importantes propiedades, entre las que destacaba una estancia en Buenos Aires, que, al decir de Aguilera, “comprendía alrededor de una quinta parte de lo que es hoy la Capital Federal”. Agrega Otto que, “de aquel predio rústico, se conserva la casa principal o casco de la estancia, en un extenso parque conocido como Parque Avellaneda, en la zona oeste de la capital argentina”.

         Pero era también un hombre de cultura, y así se explica que haya sido encargado de redactar el “Reglamento para Orden y Estudio de la Universidad de Buenos Aires”, tarea de alta responsabilidad, que, en el caso chileno, fuera encargada al sabio polígrafo Andrés Bello.

En la Correspondencia del Libertador  Simón Bolívar con Chile y Argentina, compilada por don Vicente Lecuna, se reproducen varios documentos suscritos por Domingo de Olivera como Secretario de Negocios Extranjeros y/o Encargado del  Ministerio del ramo.

 

 

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Ensayo sobre quienes fueron los verdaderos protagonistas de nuestra independencia y como interpretamos su legado. (Parte IV)

Por: Alejandro Pisnoy. Prof./Invest. CCC

Los Verdaderos Protagonistas

De la Gran Republiqueta a las seis Republiquetas.

           

El enfrentamiento entre los países de la zona sur de esta región del continente (Perú, Chile, Bolivia, Paraguay, Uruguay y Argentina) es algo constante, social por un lado, o bélico por el otro. En lo social basado en la constante discriminación entre los pueblos y el menosprecio hacia las culturas originarias; pero estos enfrentamientos, muchas veces se relacionan directamente con lo segundo, ya que los gobiernos militares en su momento, o “democráticos”, en otro, fueron los artífices de estos enfrentamientos por mantener el poder, los intereses propios o los negocios con países imperialistas como EE.UU. e Inglaterra, además de generar una dependencia permanente con estos. Pero sí hubo hombres que después de las independencias también lucharon por la unidad e igualdad del continente, y que a pesar de ser  acusados de guerrilleros o tener ideas que se oponían a un sistema del que sólo se beneficiaba la clase oligárquica, sus ideales y sangre derramada se expandieron por toda Nuestra América.     

 

En 1776 España decide dividir el virreinato del Perú creando el virreinato del Río de la Plata, región que comprende en la actualidad los países de Argentina, Bolivia, Uruguay, Paraguay y parte de Chile. En 1782 la corona decide dividir este nuevo virreinato en ocho intendencias, La Paz, Cochabamba, Charca, Potosí, Paraguay, Salta, Córdoba y Buenos Aires; y cuatro gobiernos sometidos a la autoridad de vierrey, Montevideo, Misiones, Chiquitos y Moxos. Esta nueva división  acrecentó las malas relaciones entre los gobiernos de Lima y Buenos Aires por la inclusión de las minas de Potosí en este nuevo virreinato, y a su vez garantizo la estructura económica y administrativa.

                                                                

            No podemos dejar de lado que “el Río de la Plata fue la región hispanoamericana donde, después de México, cobraron formas más definidas los perfiles de las transformaciones sociales, a la vez que el conflicto anticolonial evolucionaba, como en Nueva Granada, hacia una caótica guerra civil. La lucha fraticida estaba asociada aquí a la política conservadora de las aristocracias de Buenos Aires, empeñada en impedir la pérdida de sus privilegios tradicionales y evitar una verdadera revolución”[1]; hechos que se dieron claramente en la Junta de Mayo, donde por un lado estaban los representantes de la oligarquía (terratenientes, comerciantes y saladeristas) y la iglesia encabezados por Cornelio Saavedra, presidente de la Primera Junta por un lado y los intelectuales encabezados por Mariano Moreno, Juan J. Castelli y Manuel Belgrano por el otro, con la idea de llevar adelante el Plan de Operaciones que Moreno había redactado en busca de eliminar la influencia oligárquica en los ejércitos, éste permitía a los pueblos originarios y mestizos ocupar el cargo de oficial, el respeto y reconocimiento a estos pueblos se hizo notar a cada momento por este grupo de intelectuales revolucionarios. Decía Moreno “hacerse amar por los naturales por la dulzura con que se les trate, hacerles formar verdadera idea de esta cusa y que conozcan que sus tiranos son los únicos autores de los estragos de la guerra que padecen”.

            Este fue sólo el comienzo en el camino a la emancipación, ¿pero que lugar ocuparon las clases populares en esta etapa? Las discusiones pueden  ser muchas, pero es innegable que las hubo y que a pesar de no ser muy organizadas en algunos casos, estas luchas, jugaron un papel fundamental, por un lado el de desgastar a las fuerzas realistas, cuando pudieron ser utilizadas para otros combates, se vieron obligadas a destinar ejércitos al Alto Perú, como veremos más adelante. Y por el otro apoyar e incorporarse permanentemente a los ejércitos organizados (como en los casos de M. Belgrano y J. de San Martín) para luchar por la independencia[2].     

            A fines de 1810 el Ejército del Norte, al mando de Castelli, vence en Suipacha a las fuerzas realistas, a medida que las ciudades del Alto Perú sabían de su llegada comenzaron las sublevaciones, estas se dieron a lo largo de toda la región, inclusive en la principales ciudades, tanto en la zona andina como en la oriental (La Paz, Oruro, Potosí, Chuquisaca, Cochabamba y Santa Cruz de la Sierra). El apoyo de los pueblos originarios aumento cuando Castelli pronunció en idioma quechua y aymará que se suprimía el tributo, el servicio personal indígena y se debían repartir las tierras y el ganado confiscado a los realistas. Además conmemoró el 25 de Mayo de 1811, 1º aniversario de la revolución, en las sagradas ruinas de Tiahuanaco.

            Belgrano fue el encargado de la ofensiva al Paraguay, donde las diferencias entre los grupos que conformaron las juntas criollas eran similares a las de Buenos Aires, por un lado el representante de la oligarquía, Fulgencio Yegros, y por el otro, el abogado (igual que Moreno), José G. Rodríguez de Francia. A finales de 1810 y comienzos de 1811 Belgrano dictó en guaraní el reglamento que daba la igualdad, derechos a la tierra y eliminación del tributo a los treinta pueblos originarios de Misiones.  

            Es el mismo Belgrano quién junto a San Martín se reúne en Buenos Aires, ambos convocan a  la conocida “Asamblea del Año XIII”, en la misma no sólo se resolvió desconocer a Fernando VII y establecer los símbolos nacionales, sino que también demostró la importancia que para ellos tenía la cuestión social declarando la libertad de vientres y la libertad de los esclavos para que puedan incorporarse a los ejércitos (la esclavitud recién quedó abolida en 1853), la abolición de la trata y los títulos nobiliarios, suprimió la mita, las encomiendas, los mayorazgos y los servicios personales de los pueblos originarios. Además sostenía mantener el comercio con Inglaterra, también quedaba Buenos Aires como centro hegemónico de la región, causa por la que la Banda Oriental y el Paraguay estuvieron en desacuerdo.         

 

Quizás, el caso más emblemático de la lucha popular es el que se da en la actual República Oriental del Uruguay, donde los estancieros Fructuoso Rivera y José G. Artigas (oficial criollo) encabezaron la revolución, que al igual que en México provino de las áreas rurales. En esta región al no haber una gran población y poca estratificación social, se vio beneficiada la lucha popular, contando con la participación de gauchos, peones, algunos sectores bajos de la iglesia, indígenas charrúas y esclavos negros.

Un acontecimiento que sostiene esta lucha popular y el apoyo que tuvo Artigas en la región fue ocho años después de aquel cabildo abierto de 1810, al mando de 2000 indígenas charrúas y guaraníes, el indio charrúa Andresito -Andrés Guacurari-, (además contó con los barcos corsarios del irlandés Setter Cambell que habían desertado de la expedición inglesa de 1806 y 1807) acabaron con la rebelión antifederal en Corrientes, quedando en claro el apoyo que tuvo Artigas en la región.

 

En Paraguay con un gran apoyo de los campesinos y peones sin tierra, y con el Dr. José G. Rodríguez de Francia a la cabeza, se declaro la independencia absoluta, tanto de España como de Buenos Aires y la Liga federal, porque no iban a aceptar las pretensiones de un gobierno centralista, ni la imposición de restricciones comerciales y económicas.

Luego se superar las conspiraciones por parte de la aristocracia yerbatera, campesina y comerciantes, que además contaban con el apoyo de Buenos Aires; y con el apoyo del pueblo Francia logró ser confirmado como dictador supremo, de esta menara solidificó una economía netamente campesina expropiando las tierras a los criollos que habían traicionado a la independencia, a los realistas y a la iglesia para repartirlas entre las comunidades guaraníes, chacareros y peones, esta política fue conocida como “Estancias de la Patria” porque las tierras eran administradas por el gobierno[3].

 

La región del Alto Perú fue la región en la que se registraron una gran cantidad de levantamientos independentistas a partir de 1809, influenciados por el recuerdo, siempre vivo de los levantamientos llevados adelante por Tupac Amaru en el Cusco, y Tomas Katari en Chayanta (norte de Potosí), veinte años atrás; estos se intensificaron a partir de 1810 con la llegada de Castelli primero y Belgrano unos años más tarde; justamente fue al mando de este último, que se dio el acontecimiento más importante y poco recordado en esta etapa por lo que representó y sigue representando, “el 23 de agosto el ejército patriota a las órdenes del general Manuel Belgrano comienza el heroico éxodo del pueblo jujeño en dirección a Tucumán en lo conoce como el “éxodo jujeño”. Ante la inminencia del avance de un poderoso ejército español desde el norte al mando de Pío Tristán, el 29 de julio de 1812, Belgrano emite un bando disponiendo la retirada general. La orden de Belgrano era contundente: había que dejarles a los godos (en referencia a los ejércitos realistas) la tierra arrasada: ni casas, ni alimentos, ni animales de transporte, ni objetos de hierro, ni efectos mercantiles”[4].

            El “éxodo jujeño” fue un hecho muy significativo, también hay que remarcar los levantamientos guerrilleros populares favorecidos por la diversidad del territorio que intercala valles, selvas y zonas de montaña, levantamientos que se dieron a lo largo y ancho del Alto Perú. Estos movimientos que se declaraban independientes a medida que iban derrotando a los ejércitos realistas tuvieron como resultado varias regiones fundamentales, cada una de éstas, lideradas por un jefe o caudillo, los españoles las denominaran, de forma despectiva, como “republiquetas”. En el norte, en las provincias del lago Titicaca, el sacerdote Idelfonso de la Muñecas operaba en Ayata, de esta manera controlaba el camino Bajo Perú. En la zona central, había dos grandes levantamientos, uno fue el de Juan A. Álvarez en Mizque y Vallegrande,  encargado de obstaculizar las comunicaciones entre Cochabamba, Chuquisaca y Santa Cruz. El segundo, fue el que comandaba  Miguel Lanza en Ayopaya dentro de las montañas y la selva, entre La Paz y Cochabamba. En Cinti, al sur, y cubriendo el camino por el que pasaban los ejércitos libertadores se encontraban los liderados por José Camargo. Chuquisaca fue defendida por Manuel Padilla y su compañera, Juana Azurduy. Y en Santa Cruz de la Sierra, último refugio de las guerrillas, estaban los grupos liderados por Ignacio Warnes[5].

            La contraofensiva de los realistas, la falta de apoyo por parte de los nuevos gobiernos centrales y la falta de organización hizo que en 1816 la lucha de las guerrillas fuera decayendo, tanto que muchos de los que lucharon frente a los españoles, entre ellos Juana Azurduy después del asesinato de su compañero, debieron replegarse hasta territorio salteño, donde al mando de Martín Miguel de Guemes, “padre de pobres”, el pueblo siguió desgastando y resistiendo los ataques realistas, defendiendo de esta manera la frontera norte.

            Hasta aquí la situación en el Alto Perú, estas acciones  complicarían aun más el panorama para los ejércitos realistas cuando en agosto de 1814, otra vez en la zona del Cusco, y reivindicando el levantamiento llevado a cabo por Tupac Amaru en 1790; comenzó una protesta de criollos y mestizos liderados por José Angulo, ésta se intensificó cuando se sumo el anciano, líder indígena de Chincheros Mateo Pumacahua, quién ya había participado en el levantamiento de Tupac Amaru. Esta rebelión contó con el apoyo de las clases más bajas, y logró conformar una nueva Junta de Gobierno en el Cusco, integrada por Cnel. Moscoso, Angulo y Pumacahua; la misma presento un documento que pronunciaba “…trescientos mil Incas, señores de este suelo, coronaran los cerros, sus cimas serán la atalaya de las operaciones de nuestras tropas; su encadenada secuela, los muros impenetrables de nuestra defensa y sus entrañas, las metrallas del exterminio de vuestras tropas, si osáis oponeros a nuestros sagrados deberes. Nosotros no vivimos si no establecemos nuestra sagrada liberación; ya se acabo la infamia de nuestra esclavitud”.[6]  

            La contraofensiva española a este levantamiento que alcanzó toda la región del sur del Perú, tuvo como consecuencia que sus líderes, Vicente y José Angulo, el cura Bejar, Pumacahua y el poeta Mariano Melgar entre otros, fueron ejecutados. Algunos, como el cura Muñecas lograron escapar, para seguir la lucha junto a las guerrillas del Alto Perú.

            Mientras las guerrillas del Alto Perú por un lado, y la resistencia al sur del Perú por el otro, provocaban el desgaste de los ejércitos realistas; San Martín en las zona de Cuyo comenzó la ofensiva hacia  Santiago de Chile y luego a Lima, centro del poder español en América, organizando un ejercito compuesto por campesinos pobres y esclavos ya liberados, al cual se sumo O´Higgins quién lideraba a los exiliados chilenos. Además contaban con el apoyo popular al otro lado de la cordillera. Obtenido el triunfo luego de una gran operación militar que incluyó el cruce de la cordillera (enero de 1817), O´Higgins ocupa el cargo de director supremo en Chile y dicta la confiscación de los bienes realistas y la igualdad de derecho a favor de los pueblos originarios. Al tiempo comenzó a peder poder por la acusación y el malestar de las provincias de ejercer una política centralista que sólo beneficiaba a Santiago.

            A comienzos de septiembre de 1820 San Martín llega a la península de Paracas, Perú, junto a un ejército conformado por argentinos y chilenos. La primera medida que toma es concederle la libertad a 600 esclavos, pero con la condición de sumarse a sus fuerzas, esto no le alcanzaba para poder enfrentar al ejército realista, para luego ocupar Lima; y es por ello que requiere y consigue el apoyo de los pueblos originarios que habitaban los valles ubicados al pie de la cordillera, estos hombres, además incentivaron levantamientos, tras abolir el tributo en Tarma y Huamanga. Estos hechos impulsaron para que las demás regiones se fueran sumando. Todavía permanecía en la memoria las leyes que había declarado Castelli en beneficio hacia los pueblos originarios del Perú y el Alto Perú; y en agosto de 1821 se declara la supresión de la mita, el tributo y cualquier tipo de trabajo forzado indígena, incluyendo le da la libertad a los más de 40000 hijos de esclavos que eran explotados en las plantaciones costeras[7].

           

          Hasta aquí queda bien en claro el papel fundamental que jugaron las clases populares en todas las circunstancias, desde esclavos e indígenas a criollos y pequeños comerciantes pasando por campesinos, líderes campesinos y guerrilleros, etc. Puede que en muchos casos hayan participado en menor medida, pero no hay duda que participaron y conformaron los ejércitos libertadores, como así también recuperaron derechos que les pertenecían y correspondían. Además hubo circunstancias en las que custodiaron el paso de los ejércitos, produjeron el desgaste o reubicación de los ejércitos realistas; cabe destacar respecto a la participación y el compromiso de las clases populares en este proceso de emancipación cuando al mando del mariscal Sucre los ejércitos que lucharon por la independencia, y en menor número, derrotaron a los  realistas en la batalla de Ayacucho, batalla que significó la derrota y fin, del colonialismo español en Nuestra América.  

 

Referencias Bibliográfica

 

Bethell, Leslie (Ed). Historia de América Latina. La Independencia. Ed. Crítica. Barcelona. 2000.

Carrillo, Joaquín. Jujuy. Apuntes de su historia civil. Ed. Univ. de Jujuy. Jujuy. 1989. En:http://www.elhistoriador.com.ar/documentos/independencia/el_exodo_jujeno.php

Chumbita, Hugo. América en Revolución. Breve historia de la emancipación de los países Americanos (1776-1830). Ed. Fundación Ross. Bs. As. 2010.

Guerra Vilaboy, Sergio. El Dilema de la Independencia. Ed. Ciencias Sociales. La Habana. 2007.

Lynch, John. Las Revoluciones Hispanoamericanas. 1808-1826. Ed. Ariel. Barcelona. 1983.

Mieres, Fernando. La Rebelión Permanente. Las revoluciones sociales en América Latina. Ed. Siglo XXI. México DF. 2001.

Monteagudo, Bernardo. Horizontes políticos. Ed. Aterramar. Bs. As. 2008.

Peña, Milcíades. Antes de Mayo. Formas sociales del trasplante español en el Nuevo Mundo. Ed. Fichas. Bs. As. 1973.  

Pomer, León. La Guerra del Paraguay. Estado, política y negocios. Ed. Colihue. Bs. As. 2008.

Vallejo, M. y López, H.. El ataque de Colombia en territorio ecuatoriano. Detrás de las palabra y los hechos. Ed. CCC. Buenos Aires 2009.


[1] Guerra Vilaboy, S. Op. Cit. pg. 74.

 

[2] Si bien la Historia Académica se encargo de ocultar o dejar de lado el papel relevante que tuvieron las clases populares, hubo casos, como el de Milciades Peña,  en los que explican que las masas no tuvieron participación en este proceso. “La teoría de que el movimiento de la independencia fue una revolución democrático burguesa necesita atribuirle a las acciones políticas que produjeron la independencia un contenido democrático y popular, ya que es imposible una revolución democrático burguesa hecha en contra o a espaldas de las grandes masas […] Las únicas masas existentes en la campaña eran los gauchos, ya que los agricultores no pasaban de una exigua minoría. Pero afirmar que los gauchos exigían el reparto de la tierra es algo tan descabellado que hay que leerlo varias veces para convencerse de que efectivamente eso y no otra cosa es lo que está sobre el papel. Porque si había algo que a las masas de la campaña –es decir, al gaucho- no le interesaba para nada era la tierra”. En: Peña, Milciades. Antes de Mayo. Formas sociales del transplante español al Nuevo Mundo. Ed. Ediciones Fichas. Buenos Aires. 1973. pg. 90.  

[3] Esta política le costó al pueblo paraguayo el aislamiento y hostigamiento permanente del exterior. Política que se incrementó cuando Argentina, Brasil y Uruguay, más el apoyo y financiamiento exterior de Inglaterra, libraron la llamada guerra de la Triple Alianza (o Infamia) creando la imagen de un gobierno tiránico por parte de Francisco Solano López. Uno de los historiadores que delata esta idea y critica las políticas tomadas contra Paraguay es León Pomer diciendo que: “En una América del sur y central en el que el fenómeno argentino se repite; en un mundo cada vez más controlado por el capitalismo de las grandes potencias el Paraguay debía despertar graves aprensiones. Tierra riquísima en maderas, algodón, tabaco y otros productos requeridos por las potencias centrales, parecía impensable que pudiera guiar su derrotero histórico con arreglo a sus intereses nacionales, a su propia voluntad. Era también un mal ejemplo, inquietante y subversivo. Podía sucitar imitadores. Debía ser destruido […] había que civilizarlo, si por ello entendemos el acceso a los grados superiores de desarrollo económico, social y cultural, partiendo de lo existente, de la verdad real […] en el país las cosas eran distintas: ni hambre ni caos y atisbos de un desarrollo moderno con circunstancias cada vez más favorables para que ello ocurriera. Circunstancias internas, por supuesto. Con ferrocarriles, telégrafos y fundición de hierro, con una vasta industria artesanal y la casi total ausencia de latifundistas, sin una clase mercantil orgánicamente vinculada a las potencias centrales y un dilatado campesinado usufructuando tierras propias o del Estado y explotaciones agrarias estatales, en el Paraguay se habían creado condiciones para un acceso a nuevos y superiores grados de desarrollo económico, social y cultural por un vía inédita y si se quiere insólita. Ejemplo penoso y peligroso para los gobernantes del Brasil y del Plata; pero además una realidad cerrada de pillaje de los que estaban pillando nuestro país, el Uruguay, el Brasil y otros países de América del Sud. Y esto fue llamado “barbarie”. En: Pomer, León. La Guerra del Paraguay. Estado, política y negocios. Ed. Colihue. Buenos Aires. 2008.    

[4] Carrillo, Joaquín. Jujuy. Apuntes de su historia civil. Ed. Univ. de Jujuy. Jujuy. 1989.pg.En:http://www.elhistoriador.com.ar/documentos/independencia/el_exodo_jujeno.php

[5] En: Lynch, John. Las Revoluciones Hispanoamericanas 1808-1826. Ed. Ariel. Barcelona. 1983. pg. 136.

[6] En: Guerra Vilaboy, S. Op. Cit. pg. 91

[7] Esta política a favor de las clases populares, además de los levantamientos que se fueron produciendo, hizo que parte de los terratenientes y propietarios peruanos, siempre aliados de la corona, empiecen a declararse a favor de la independencia, pero con el beneficio de poder mantener sus tierras. Lo cierto era que se empezaba a quebrantar la relación entre algunos sectores de las clases altas y los realistas.

 

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