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Segundas Jornadas del Departamento de Historia C.C.C. y ADHILAC

NUESTRA AMERICA DEBATE SOBRE SU HISTORIA

Conmemorando el bicentenario de la independencia de Venezuela, se realizó las Segundas Jornadas organizadas por el Departamento de Historia del Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini” en conjunto con la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC) entre los días 27 y 28 de septiembre pasados.

El encuentro entre historiadores, investigadores, estudiantes y público afín sirvió para debatir sobre la guerra de emancipación en Nuestra América durante los 200 años de luchas, utopías y contramarchas. Desde la revolución haitiana que marcó el inicio del proceso liberador hasta la actualidad de América del Sur fueron los ejes que se profundizaron en diversas mesas con la participación de más de 30 expositores. Entre ellos hubo participantes extranjeros como los historiadores ecuatorianos Jorge Núñez Sánchez (miembro de la Academia Nacional de la Historia y premio nacional Eugenio Espejo) y Juan Paz y Miño (Cronista de la Ciudad de Quito, vicepresidente de la ADHILAC internacional) como también la historiadora venezolana Carmen Bohórquez Morán (integrante de la Comisión presidencial para la conmemoración del bicentenario del inicio del proceso de independencia).

Cabe destacar las mesas redondas que se realizaron en la Sala Solidaridad del Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini” que contó con la exposición de los invitados extranjeros junto a los integrantes del Departamento de Historia anfitrión Alejandro Pisnoy y Julio Fornelli y la representante de ADHILAC argentina Carolina Crisorio.

Roberto Deibe

Departamento de Historia - CCC

Segundas Jornadas del Departamento de Historia C.C.C. y ADHILAC. Imágenes. 27 y 28 de Septiembre.

Mesa RedondaDos siglos de utopías, avances y contramarchas. De Simón Bolívar a UNASUR

- Carmen Bohorquez Morán Comisión Presidencial para la Conmemoración del Bicentenario del inicio del proceso de Independencia (Venezuela).

- Jorge Núñez Sánchez, Academia Nacional de la Historia, Premio Nacional Eugenio Espejo (Ecuador).

- Juan Paz y Miño PUCE. Cronista de la Ciudad de Quito. Vicepresidente  ADHILAC Internacional (Ecuador).

- Julio Fornelli. Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini”.

Coordinación Valeria Mutuberria Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini”.

Mesa Redonda. Dos siglos de utopías, avances y contramarchas. Independencia y dependencia

-          Sr Embajador de Venezuela Gral. Carlos Eduardo Martínez Mendoza.

- Carmen Bohorquez Morán Comisión Presidencial para la Conmemoración del Bicentenario del inicio del proceso de Independencia (Venezuela).

- Jorge Núñez Sánchez, Academia Nacional de la Historia, Premio Nacional Eugenio Espejo (Ecuador).

- Juan Paz y Miño PUCE. Cronista de la Ciudad de Quito. Vicepresidente  ADHILAC Internacional (Ecuador).

- Alejandro Pisnoy, Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini”.

Presentación y Coordinación Carolina Crisorio. FCE. UBA. ADHILAC Internacional/Argentina

Notas realizadas a los Historiadores Jenny Londoño, Jorge Núñez Sánchez y Juan Paz y Miño sobre el 30-S.

30-S Pagina-12

30-S Tiempo Argentino

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AFRODESCENDIENTES (II Parte)

Por: JORGE NÚÑEZ SÁNCHEZ en: El Telégrafo. Primer Diario Público. Guayaquil, Ecuador.

IV

La independencia marcó la primera ruptura en el sistema de esclavitud. Los líderes criollos entendieron que sin el concurso de los negros no podrían enfrentar con éxito al poder colonial. Así, enrolaron en sus ejércitos a muchos esclavos, ofreciéndoles a cambio la libertad personal.

Esos soldados negros se destacaron por su valor, lo que los hizo merecedores de ascensos y premios. El Libertador dictó la “Ley de Haberes Militares”, por la que les entregó tierras, para que las cultivaran luego de la guerra. Además, Bolívar buscó liberar de la esclavitud a todos los esclavos del país. En su Discurso al Congreso de Angostura, el 15 de febrero de 1819, expresó: “Es imposible ser libre y esclavo a la vez… Yo abandono a vuestra soberana decisión la reforma o la revocación de todos mis estatutos y decretos; pero yo imploro la confirmación de la libertad absoluta de los esclavos, como imploraría mi vida, y la vida de la República”.

En 1821, el Congreso colombiano, dominado por los propietarios terratenientes, limitó este beneficio a una simple “libertad de vientres”, por la cual se otorgaba libertad únicamente a los futuros hijos de los esclavos.

Las páginas de nuestra historia americana están llenas de historias de heroicidad de los combatientes negros. En Venezuela es famoso el nombre del teniente de caballería Pedro Camejo, apodado “Negro Primero”, un legendario ayudante del general Páez en la guerra de independencia. Y también son famosos los batallones de “llaneros”, muchos de los cuales eran negros o mulatos.

Los soldados negros también jugaron papel clave en la “Campaña de los Andes” de San Martín. En las batallas de Chacabuco, Maipú, Cancha Rayada y otras, se destacaron los batallones argentinos séptimo y octavo de infantería, formados por  unos 1.500 soldados negros, cuya heroicidad fue alabada por el Libertador del Sur.

Cuando San Martín llegó a la costa peruana, en septiembre de 1820, en menos de 15 días se le presentaron unos 3.000 negros esclavos, que huían de las haciendas vecinas y deseaban enrolarse en el ejército de independencia.

En la independencia del actual Ecuador también participaron soldados y oficiales negros, tanto locales como procedentes de Colombia y Perú. Se destacaron entre ellos Fernando Ayarza y Juan Otamendi, que lucharon heroicamente en Pichincha y Ayacucho y que luego llegaron a ser generales del Estado ecuatoriano.

Pero si la guerra abrió un sistema de ascenso social para los negros, la república oligárquica buscó clausurarlo, para volver al antiguo sistema de dominación.

Al bravo Ayarza, general glorioso de la independencia, se le hizo azotar en público por el dictador Gabriel García Moreno, quien lo acusó de conspirador y afirmó que “Ese negro no merece otro castigo que el acostumbrado en las haciendas de trapiche”.

Y Otamendi, héroe condecorado de las luchas libertarias, fue despreciado junto con su esposa en una fiesta de la alta sociedad riobambeña, lo cual provocó su ira y generó un incidente armado que causó varios muertos. Años más tarde fue asesinado oscuramente, según parece por orden del mismo general Flores, al que servía con fidelidad.

V

Los trabajadores jamaiquinos son parte de nuestra historia y nuestra leyenda. Los primeros llegaron durante el gobierno de Gabriel García Moreno, contratados por la empresa de construcción del Ferrocarril del Sur. Vinieron desde el istmo de Panamá, a donde diez mil obreros jamaiquinos habían sido llevados por la Panamá Railroad Co. para construir el ferrocarril interoceánico (1850–1855). Su fama de buenos trabajadores, que además resistían bastante bien las enfermedades tropicales, determinó que fueran contratados para el Ecuador, cuando esa masa de obreros se dispersó al terminar la obra.

Los jamaiquinos cumplieron una gran labor en los trabajos del ferrocarril garciano. Y dejaron tan buena fama que, al emprenderse los trabajos del ferrocarril Guayaquil–Quito, en tiempos de la Revolución Liberal, fue traído al país un nuevo contingente de cuatro mil trabajadores jamaiquinos.

No está por demás aclarar que el nuevo ferrocarril planeado por Alfaro implicó una revisión a fondo de la obra inicial de García Moreno, de acuerdo con los avances tecnológicos habidos en las casi tres décadas intermedias. Según las técnicas usadas por entonces en los Estados Unidos, el sistema de “vía ancha” sustituyó al antiguo de “vía angosta”, se corrigió el trazado de la ruta y se utilizaron nuevas y más poderosas locomotoras, todo lo cual garantizaba un tren de mayor capacidad de carga y potencia de arrastre.

La labor de esos obreros migrantes del Caribe fue fundamental. Al ser angloparlantes, conocedores del empleo de explosivos y los usos del trabajo en cuadrillas, se adaptaron rápidamente a los sistemas de trabajo impuestos por Archer Harman y los jefes norteamericanos. Empero, ni unos ni otros contaban con la dureza del clima andino, que atravesaba por un período de gran pluviosidad. El río Chimbo y otros de la ruta se desbordaron y causaron destrozos en las obras del tren. Y muchos trabajadores murieron en esa circunstancia o durante los trabajos con explosivos. Eso produjo protestas y huelgas de los jamaiquinos, que exigían mejores condiciones de trabajo, las que fueron duramente reprimidas.

Lo que ocurrió entonces es parte de la leyenda, más que de la memoria histórica. Se dice que los guardias armados de la empresa aplastaron sangrientamente esas protestas y que hubo muchas víctimas, que luego fueron cargadas en un tren, al que se hizo descarrilar en la laguna de Yambo para ocultar la matanza.

Esta leyenda, difundida por los enemigos del gobierno alfarista, es contradictoria y no resiste un análisis serio. La huelga se habría producido  en la zona de la Nariz del Diablo, cuando la obra iba por la mitad, pero los muertos se habrían tirado en Yambo, es decir, en un tramo posterior, construido mucho más tarde.

Cierta o falsa, esa leyenda es parte del imaginario de aquel tiempo de intermitente guerra civil. Lo que es indudable es que muchos de esos trabajadores negros pasaron luego a trabajar para la Anglo, en la zona petrolera de Santa Elena, y que algunos de sus descendientes se convirtieron en glorias del deporte ecuatoriano: los Sandiford, Spencer y Klinger, entre otros.

VI

En Ecuador hubo al menos dos Presidentes de la República que fueron afrodescendientes. El primero de ellos fue Vicente Ramón Roca, que gobernó entre el 8 de diciembre de 1845 y el 15 de octubre de 1849.

Hemos mencionado en otra ocasión que, a inicios de la república, este comerciante liberal de Guayaquil ganó en buena lid la Presidencia de la nación a José Joaquín Olmedo, en la Asamblea Constituyente de 1845, y que esto motivó la ira de sus rivales, algunos de los cuales lo acusaron de ser “negro” o “zambo”, mientras que Rocafuerte ironizaba sobre la elección, diciendo: “La vara del mercader ha vencido a la musa de Junín”.

Aquellos calificativos raciales fueron dichos con mala intención, pues buscaban descalificar a un hombre que se había destacado por su patriotismo antes y después de la independencia. Y es que don Vicente Ramón fue perseguido por las autoridades españolas desde 1818, acusado de mantener correspondencia subversiva con un amigo de México. Luego fue miembro de la Junta del Distrito de Guayaquil en 1820, Jefe General de Policía entre 1829 y 1832, Diputado por Guayaquil en 1830, Prefecto de Guayaquil entre 1831 y 1834, Juez de incendios en 1832, Consejero de Estado en 1832, Vicepresidente del Congreso en 1833, Gobernador de la provincia del Guayas en 1835, Senador por Guayas en 1837-1839, Consejero Municipal en 1840, Miembro del Gobierno Marcista Provisorio en 1845 y finalmente Presidente de la República entre 1845 y 1849.

Por su parte, un hermano suyo, Francisco María Roca, fue miembro de la segunda Junta de Gobierno del Guayaquil independiente, en 1820, e instaló la primera imprenta del puerto y segunda del país, con la que dio a luz el afamado periódico El Patriota de Guayaquil, en mayo de 1821.

Pero volvamos al tema central de este artículo. La verdad es que don Vicente Ramón era afrodescendiente. Su padre, Bernardo Roca, era un mulato panameño que llegó en 1765, como tesorero de la expedición militar enviada por el Virrey de Nueva Granada para reprimir la Rebelión de los Estancos. Afincado en Guayaquil, este personaje, que sabía de cuentas y negocios, había destacado por su afán de trabajo e iniciativas, que lo convirtieron en un comerciante de éxito y hombre afortunado. Luego, su don de gentes le granjeó amistades poderosas, como la del gobernador Ramón García Pizarro, que lo hizo nombrar Coronel del Batallón de Milicias de Pardos. Y tuvo el buen sentido de educar muy bien a sus hijos, con preceptores privados.

Su hijo, el presidente Roca, hizo un gobierno con éxitos y errores. Pero la vieja aristocracia del país nunca le perdonó su origen racial, como lo revela un incidente ocurrido en Cuenca, años después. Según me cuenta la historiadora Raquel Rodas, Roca se hallaba en esa ciudad y fue invitado a un banquete en casa de la famosa señora Hortensia Mata, al que también concurrieron algunos personajes de la aristocracia morlaca. Molesto con la presencia de Roca, uno de ellos pidió silencio e hizo un brindis de doble sentido: “Supongamos que este vaso fuera santo y entonces brindemos por este San Vaso de Roca”. Salta a la vista que se estaba refiriendo al “Zambazo de Roca”.

VII

Otro famoso afrodescendiente de nuestra historia fue el presidente Juan de Dios Martínez Mera (1875-1955), que dirigió el país entre el 5 de diciembre de 1932 y el 19 de octubre de 1933. Era nieto de don Juan María Martínez Coello (1805-1861), que fuera un reputado artesano de color (carpintero de ribera), maestro mayor del Astillero de Guayaquil, fundador y primer presidente de la Sociedad Filantrópica del Guayas (1849), un organismo masónico de socorro mutuo y beneficencia, que se interesó por la educación del pueblo. Y era hijo de Tomás Martínez Ávalos (1838-1894), destacado intelectual y pedagogo porteño, que fundó una reputada escuela privada.

Martínez Mera fue un abogado y auditor de prestigio, cuyos vínculos con la banca y el liberalismo determinaron que fuera nombrado diputado, presidente de su Cámara y Ministro de Hacienda dos veces, antes de ser elegido Presidente de la República en 1932. Venció al conservador Manuel Sotomayor y Luna y al liberal de izquierdas Pablo Hanníbal Vela. Proclamado su triunfo, le fue colocada la banda presidencial por el presidente de la Cámara de Diputados, José María Velasco Ibarra, quien, al poco tiempo, lideró un movimiento para proclamar la nulidad de las elecciones, acusándolas de fraudulentas. Velasco Ibarra lideraba al bando derechista, que aún estaba herido por la destitución de Neptalí Bonifaz y su derrota en la guerra civil de los “Cuatro Días”.

Aprovechando en su favor los efectos de la crisis económica que golpeaba al país, el patrioterismo exacerbado por el conflicto de Leticia (que enfrentaba a Colombia y Perú, que disputaban territorios antes ecuatorianos) y aun la actitud orgullosa e inflexible con que el Presidente se había distanciado de sus amigos, Velasco logró el respaldo de muchos diputados liberales para destituir a Martínez Mera, supuestamente electo con fraude electoral. El diputado Joaquín Dávila mocionó la destitución del Presidente “por culpabilidad en los manejos de los asuntos internacionales”.

Ante esa injusta destitución, el Presidente se negó a renunciar y nombró un nuevo gabinete, que fue descalificado por el Congreso, en uso de sus atribuciones. Martínez Mera nombró un nuevo gabinete, que siguió igual suerte. Tras la destitución de siete gabinetes ministeriales, Martínez Mera se negó a la tentación dictatorial y simplemente abandonó el mando y viajó a Guayaquil, no sin antes dirigir un mensaje a la nación, que expresaba: “Al alejarme de la capital de la República no penséis  que llevo en mi pecho la más ligera huella de rencor. Nunca soñé ni con el poder ni con la venganza, sueño con la justicia. Me queda la satisfacción de que ni una lágrima se ha vertido por mi culpa, ni una gota de sangre ha salpicado mi ejercicio presidencial…”.

Lo sucedió en el mando, como encargado del poder, el último ministro de Gobierno,  doctor Abelardo Montalvo, quien convocó a nuevas elecciones, en las que triunfó José María Velasco Ibarra.

Años más tarde, pasadas las pasiones del momento, el Congreso de 1948 reconoció que, “cuando fue presidente de la República, Martínez Mera se desempeñó con dignidad, honradez y patriotismo”.

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AFRODESCENDIENTES (I Parte)

Por: JORGE NÚÑEZ SÁNCHEZ en: El Telégrafo. Primer Diario Público. Guayaquil, Ecuador.

I

Las Naciones Unidas han declarado al 2011 como Año Internacional de los Afrodescendientes. Y un mínimo de consecuencia con nuestra propia historia exige hablar de nuestras lejanas raíces africanas, porque es bien sabido que toda la especie humana procede de África, continente en donde surgieron los primeros homínidos, que luego se regaron por el mundo. Para ponerlo en lenguaje bíblico, Adán y Eva eran africanos. En cuanto se refiere al continente americano, hay elementos que permiten afirmar que los primeros africanos llegaron a él mucho antes de la conquista europea. Los grandes monolitos de la cultura Olmeca, que inequívocamente representan cabezas de negros, son una de las principales pruebas de ello.

Los africanos llegaron al actual Ecuador con la conquista española. Una historia equívocamente escrita nos ha hecho creer que todos los conquistadores eran blancos y barbados, cuando, en realidad, eran gentes procedentes de muchos de los pueblos que formaban el imperio español: castellanos, moros, judíos, flamencos, germanos e italianos, entre otros. Basta leer la lista de los fundadores de Quito, grabada en piedra en el atrio de su catedral, para comprobarlo. En ella figuran los nombres de Pedro Salinas y de un tal Antón, sin apellido, a los cuales se los identifica como de color negro.

En todo caso, estos dos conquistadores negros no eran esclavos, puesto que la esclavitud se implantó en América algún tiempo después. Pudieron ser moros subsaharianos, es decir, habitantes de la España islámica, derrotada poco antes por los reyes católicos. O también africanos tomados como rehenes por los cristianos españoles, en medio de esa intermitente guerra irregular que mantenían los pueblos del uno y otro lado del Mediterráneo. Me consta que en el golfo de Huelva (donde se halla el puerto de Palos, del que salió Colón) se habla hoy mismo de familias locales de origen africano.

Pero todo indica que hubo más africanos, o descendientes de africanos, entre los conquistadores de Quito. Basta analizar los apellidos de los jefes de la hueste conquistadora, Diego de Almagro y Sebastián de Benalcázar, que originalmente debieron apellidarse Al Maghr y Ben Alcazar. Es decir, el uno procedía de una familia del Magreb, el norte de África, que hoy ocupan Marruecos, Túnez y Argelia, y el otro se llamaba Del Alcázar, aunque, de ser castellano, se hubiera apellidado Del Castillo.

Así, hilando fino y leyendo entre líneas, quizá podríamos encontrarnos con otros conquistadores españoles de origen africano. Y también, claro está, con judíos, flamencos y castellanos propiamente dichos. Entre los judíos estuvieron los Núñez, Sánchez y Carvajal, uno de los cuales, Rodrigo Núñez de Bonilla, fue uno de los grandes capitanes de conquista y futuro encomendero de Quito, ciudad de la cual fue también primer alcalde, en 1535. Y entre los nativos de Flandes (actuales Holanda y Bélgica), figuraron los frailes Jodocko Rikjie y Pedro Gosseal, y el militar Francisco de Londoño, futuro mariscal y fundador de un dilatado clan familiar que se extiende por los actuales Ecuador y Colombia.

II

La esclavitud fue la otra cara del colonialismo europeo. Casi extinguidos los indios del Caribe por los malos tratos de los conquistadores, estos buscaron mano de obra esclava en África para sus plantaciones tropicales americanas. Desde entonces, decenas de millones de africanos fueron secuestrados y esclavizados por los traficantes europeos, para alimentar ese vil negocio de carne humana.

Esos seres humanos eran raptados en sus pueblos de origen por bandas criminales venidas de Europa u organizadas en la misma África, y luego trasladados en los inmundos barcos negreros, sin consideración a su origen, nivel cultural o identidad personal. Para que entraran en mayor número en las bodegas, se los acostaba encadenados en el piso y uno junto a otro, como cucharas. Como se resistían a probar comida, se los alimentaba por la fuerza, usando embudos.

Muchos morían en el viaje y otros preferían lanzarse al agua antes que vivir en esclavitud. Ya en el puerto de destino, eran tasados y vendidos como animales domésticos, esto es, por su juventud, fortaleza o vivacidad, aunque entre ellos había sabios y hombres de cultura.

Para el colonialista, el negro era simplemente un esclavo, una especie de bestia con forma humana “creada por Dios para servir a sus amos blancos”, según decían los esclavistas. Pero para sí mismo era un ser humano victimizado por la violencia de sus opresores, un ser con sentimientos, lengua, dioses y sueños propios, que ansiaba constantemente la libertad. No es de extrañar, pues, que en la historia del colonialismo europeo en América se hallen como elementos estructurales de las diversas sociedades tanto la esclavitud cuanto la resistencia esclava, expresada en protestas, robos y delitos de sangre contra los amos y capataces, así como en fugas, levantamientos o formación de palenques y quilombos de negros prófugos.

“Para el colonialista, el negro era solo un esclavo, una especie de bestia con forma humana…”

También son testimonios de esa resistencia las formas de represión institucionalizadas por el sistema colonial contra la resistencia esclava, expresadas en leyes y mandatos legales, que detallaban y categorizaban tanto los posibles delitos de los esclavos cuanto las penas y castigos que debían merecer por ellos. En la culminación de ese proceso de institucionalización de la represión, se dictaron los famosos “Códigos Negros”, que buscaban normar todos los aspectos de la esclavitud en América Latina.

De ellos, el más opresivo fue quizá el Code Noir,  promulgado en 1685 para las colonias francesas del Caribe, que daba al esclavo la categoría de un bien mueble sin ningún derecho personal, establecía durísimas penas para los esclavos fugitivos y daba al amo un ilimitado derecho de castigo; inclusive negaba a los esclavos el derecho al culto religioso, aunque obligaba a los amos a bautizarlos. En cuanto al ámbito español, el Código Negro carolino  de 1784 era también bastante riguroso: disponía duros castigos contra los negros rebeldes o cimarrones, prohibía a los esclavos tener un peculio superior a la cuarta parte de su propio valor, así como efectuar legados a sus familiares; también impedía que los esclavos comprasen su libertad, sosteniendo que el dinero reunido por estos era generalmente fruto de robos o de prostitución.

III

La esclavitud de los negros fue un elemento central del sistema colonialista. Sin ella, no hubiera existido la economía de plantaciones y ninguna de las potencias coloniales se hubiera enriquecido con la agricultura tropical. Es más, fue gracias a la esclavitud que Inglaterra, Francia, Holanda, Portugal y hasta Suecia lograron su primera acumulación de capital, que luego permitió a la mayoría de esos países dar el salto a la industrialización. La mayor expresión de ello fue el “comercio triangular”: los comerciantes europeos iban al África a cazar esclavos o los compraban a los reyezuelos africanos, pagándolos con herramientas, armas y chucherías; luego trasladaban esos esclavos hacia América y los vendían a los plantadores; con esa mano de obra esclava se producían azúcar, café, cacao, tabaco o especias en América, que luego eran llevados a Europa para ser distribuidos por el Viejo Mundo.

Empero, más allá de esa brutal realidad socioeconómica consagrada por el sistema colonial, supervivía otra realidad, no menos significativa: era el espacio de la conciencia social de los esclavos, que se percibían a sí mismos como unos seres humanos oprimidos por la violencia, degradados por la injusticia del mundo y la sevicia de sus amos, y merecedores de mejor trato, en tanto que “seres racionales e hijos de Dios”.

Así, un esclavo quiteño de fines del siglo XVIII, Mariano Chiriboga, pidió a las autoridades que le cambiaran de amo, pues bajo el poder del cura Maximiliano Coronel había “padecido los mayores maltratos y tormentos que pudiera una criatura humana que, si no hubiera sido por haber concertado la gran misericordia de Dios, ya hubiera pasado de esta presente vida a otra”.

Según refiere el historiador francés Bernard Lavallé, otros dos esclavos, Claudio Delgado y Bonifacio Isidro Carvajal, denunciaron por la misma época la brutalidad con que eran tratados los negros en las minas de oro de Barbacoas (actual Colombia), en especial “… la impía crueldad del capitán y apoderado Honorio Estupiñán … y con este motivo no cabe explicación de la sevicia que hemos tolerado aun cuando por tinta corriera la sangre de nuestras venas”.

Delgado denunciaba, por su parte, la terrible situación de su esposa, que se hallaba “convaleciente de un novenario de azotes a ciento, hasta dejarla inhábil, tanto que al curarle iba echando trozos de carne por las partes verendas”.

Además de esas voces testimoniales del dolor humano, en los archivos existen también valiosas pruebas de esa conciencia de humanidad que poseían los esclavos y que les impelía a luchar por todos los medios para liberarse de la esclavitud o, al menos, evitar los maltratos y alcanzar algún resquicio de libertad personal.

Juliana Villacís, una negra quiteña, escribía en 1801: “Los esclavos somos las personas más miserables y penosas, pero racionales y de la especie humana, cuya servidumbre es contra naturaleza…”.

Y el esclavo Francisco Carrillo argumentaba, por la misma época: “No nos falta otra cosa sino es quitarnos esta color morena oscura e infeliz, pero en la que sea alma racional y sensitiva, tiene igual el amo como el siervo”.

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ANDRÉS BELLO Y LA DEFENSA DEL CASTELLANO DE AMÉRICA

por Jorge Núñez Sánchez

Universidad Central del Ecuador y recientemente condecorado con el máximo galardon cultural de su país, el prem Premio Nacional “Eugenio Espejo” Entrega del premio "Eugenio Espejo"

 

 

Hace más de quinientos años que la lengua de Castilla comenzó a escucharse por América, venida en boca de unos navegantes y aventureros que empezaron a regarse por el continente y terminaron por conquistarlo, colonizarlo y someterlo a su dominación cultural. Pero hay un aspecto poco estudiado de esa parte de nuestra historia y es la forma como los conquistadores europeos fueron, a su vez, conquistados por América, los americanos y especialmente las americanas. Con lo cual se inició un proceso de miscigenación que ha terminado por crear en América un nuevo mundo idiomático, formalmente similar al de España, pero con sustancia propia y diversa, como pretendo demostrar en esta charla …

Así, pues, se había producido el fenómeno lingüístico, mas aún no había sido reconocido como tal ni definido en sus alcances. Y ese fue, precisamente, el aporte que Andrés Bello le hizo a la cultura hispanoamericana, al proclamar y definir la existencia de un Castellano de América, que tenía fisonomía e historia propias y que, en última instancia, era el resultado natural de una vida colectiva diferente a la peninsular. Sobre esas causas de la originalidad lingüística americana, Bello apuntó: “Cada pueblo tiene su fisonomía, su lengua, sus aptitudes, su modo de andar, cada pueblo está destinado a pasar con más o menos celeridad por ciertas fases sociales; y por grande y benéfica que sea la influencia de unos pueblos sobre otros, jamás será posible que ninguno de ellos borre su tipo peculiar, o adopte un tipo de lengua impropia; y decimos más, no sería conveniente, aunque fuese posible.” …

Andres Bello y la defensa del castellano en América

 

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Haití: invasiones y desembarcos

Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini” y Fondo Cultural del ALBA en el Bicentenario.

 Encuentro de Historiadores

Nuestra América insurgente. Quinientos años de lucha emancipadora.

Lunes 26 de Julio 18:30 horas l Sala Solidaridad [2º SS] Corrientes 1543 Cap. Fed.

Panelistas: Xavier Albó (Bolivia), Sergio Guerra Vilaboy (Cuba), Jorge Núñez (Ecuador), Carmen Bohorquez (Venezuela), Juan Carlos Junio (Argentina), Horacio A. López (Argentina).

A más de 500 años de lucha emancipadora y doscientos del comienzo de la revolución continental por la independencia, diversos historiadores de Nuestra América expondrán sobre la originalidad de nuestro proceso revolucionario, la participación popular en esas luchas y reflexionarán sobre el mandato histórico de trabajar hoy en la construcción de la unidad nuestramericana.

www.centrocultural.coop http://www.centrocultural.coop/blogs/nuestramericanos

Jorge Núñez Sánchez

 

La historia sirve, entre otras cosas, para alimentar la memoria y combatir el olvido. Frente a la horrenda tragedia de Haití, la gente se pregunta: ¿cómo fue que Haití, el segundo país libre de América y primera república negra del mundo, que ayudó a las campañas de Bolívar, que apoyó la independencia de Argelia y otros países africanos, vino a caer en el caos que antecedió al terremoto?

La respuesta conlleva una larga historia, que empezó con el bloqueo comercial impuesto por EE. UU. contra esa república de antiguos esclavos sublevados, que daban mal ejemplo a sus propios esclavos del Sur, que para comienzos del siglo XIX sumaban cuatro millones. Ese bloqueo intentaba evitar la propagación de ideas revolucionarias y también que Haití se convirtiera en un competidor en la exportación de azúcar.

Más tarde, la ubicación estratégica de Haití la convirtió en un punto clave para el tránsito naval en el Caribe. Continúa con las ambiciones de la oligarquía local y las empresas azucareras del norte, que buscaban apoderarse de las tierras del país, quitándolas a los pequeños propietarios. Y tiene su culminación en las varias invasiones militares de EE. UU., enfiladas a apoyar a los expropiadores, combatir a los resistentes campesinos cacós e instalar sucesivas dictaduras criollas, crueles y sumisas a su poder, en ese país antillano.

El primer desembarco en regla se produjo en 1915, tres años después de que una misteriosa explosión hiciera volar el palacio presidencial de Haití, matando al presidente Leconte y a 300 soldados. Cinco gobiernos débiles se sucedieron en tres años y en julio de 1915 estalló la guerra civil. El pueblo atacó el palacio nacional y el gobierno, en represalia, ordenó el asesinato de cientos de presos políticos. Eso desató la furia popular, que arrastró al presidente Sam y al general Etienne. Al día siguiente atracó en Puerto Príncipe el acorazado “Washington”, que desembarcó un cuerpo de infantes de marina.

Luego, el contralmirante Caperton, jefe de las fuerzas de ocupación, convocó a una Asamblea Nacional para elegir a un nuevo Presidente, cuidando de que no fueran electos los líderes cacós. La fraudulenta elección de Sudre Dartiguenave agravó la crisis. Los cacóspacificador de Nicaragua, y empezaron la pacificación de Haití. volvieron a la lucha y sitiaron Puerto Príncipe. Pero entonces llegaron nuevas tropas de EE. UU., al mando del mayor Smedley Butler, el tristemente famoso

Usaron los más implacables y brutales métodos. Arrasaron pueblos enteros. Sobornaron y mataron a varios jefes cacós, pero surgieron otros que lideraron una heroica resistencia contra los invasores, usando escopetas, machetes, palos y piedras. Al fin, las tropas de Butler tomaron la antigua fortaleza de Fort Riviére y usaron una tonelada de dinamita para volarla.

Esa campaña de ocupación fue tan brutal que el mismo Secretario de Marina le comentó a Caperton que estaba fuertemente impresionado por el número de haitianos muertos y le indicó que las operaciones debían suspenderse para evitar pérdidas aún más grandes de vidas humanas. Caperton insistió en que “el aniquilamiento de los bandidos (era) necesario para mantener el orden”.

A renglón seguido, los EE. EE. invadieron militarmente el otro país de la isla Española, la República Dominicana, donde el Presidente Jiménez se había resistido a entregar el control financiero y militar del país a los norteamericanos. Pero en ese país, antes llamado “Haití español”, las fuerzas patrióticas resistieron igualmente la invasión norteamericana de 1916, que buscaba el control total de la isla Española.

Tras desembarcar en Santo Domingo, el contralmirante  Caperton había anunciado: “Las fuerzas de los Estados Unidos de América han asumido el control de la ciudad.” Cercado por los invasores y atacado por conspiradores internos, el presidente Jiménez renunció ante la nación. Pero el pueblo dominicano resistió por las armas y atacó a las columnas de “marines” que irrumpían en varios puntos del país. Entonces, en un arranque de dignidad nacional, el Congreso dominicano eligió como nuevo presidente del país al doctor Francisco Henríquez, mas el Receptor general de Aduanas, que era un norteamericano, anunció que no entregaría más fondos al gobierno del país.

El gobierno local siguió funcionando, aunque disolvió el ejército por falta de fondos. A su vez, el pueblo siguió resistiendo a tiros los abusos de los invasores, hasta que finalmente el capitán de navío Knapp proclamó el 29 de noviembre, desde el acorazado Olimpia, “que la República Dominicana queda por la presente puesta en un estado de ocupación militar por las fuerzas bajo mi mando, y queda sometida al gobierno militar y al ejercicio de la ley militar propios de tal ocupación”.

Por la misma época, en marzo de 1917, los EE. UU. compraron a Dinamarca sus colonias caribeñas de Saint Thomas, Saint John, Santa Cruz y varios islotes, por 25 millones de dólares. Con ello buscaban cerrar su dominio marítimo sobre el Caribe.

Entre tanto, al otro lado de la isla Española, los invasores se llevaron a Nueva York las cajas fuertes con la reserva monetaria de Haití y luego cambiaron la constitución haitiana para eliminar la prohibición de que los extranjeros pudiesen poseer tierras en el país. Así, permitieron que los empresarios azucareros norteamericanos pudieran comprar tierras en Haití. Una vez logrado esto, esos empresarios despojaron de sus tierras a los pequeños campesinos haitianos, por la fuerza o con trampas legales. Y luego se lanzaron a talar y quemar los bosques nativos para sembrar caña y banano, en una terrible campaña de deforestación masiva, que sentó las bases para la actual tragedia ecológica de Haití. De este modo, la “Haitian American Sugar Company” se convirtió en la principal empresa agroindustrial del país, a la vez que el Citibank convertía al haitiano Banco de la Nación en una sucursal suya.

En ese marco histórico, los haitianos iniciaron en 1918 su segunda guerra de independencia, esta vez contra los Estados Unidos, bajo el mando de Charlemagne Peralte, quien firmaba como “jefe del ejército revolucionario luchando contra los norteamericanos sobre la tierra de Haití”. Con un ejército de 5 mil soldados y 15 mil guerrilleros, Peralte desató una audaz y eficaz guerra de guerrillas que enloqueció a los norteamericanos, llegando inclusive a atacar Puerto Príncipe. Sin saber cómo enfrentar esa guerra popular, los invasores buscaron como último recurso el asesinato de Peralte, cosa que lograron a fines de 1819 por medio de una gavilla de asesinos dirigida por los oficiales gringos capitán Hanneken y teniente Button.

Pero los “cacós” siguieron peleando, ahora bajo el mando de Benoit Batraville. Atacaron Hinche, La Chapelle y otras ciudades ocupadas por los marines norteamericanos y en enero de 1920 volvieron a luchar en las calles de Puerto Príncipe. Una vez más, los invasores recurrieron al soborno y al asesinato para eliminar a los jefes “cacós”, logrando asesinar también a Batraville. Iniciaron luego una brutal “pacificación” del campo haitiano, matando a todo sospechoso de ser “cacó”, quemando cosechas y casas, y encerrando a la gente por la noche en “poblados estratégicos”. Cuando la pacificación acabó, más de 3 mil haitianos habían muerto y sus tierras habían pasado a manos de los azucareros estadounidenses.

Al igual que en otros países ocupados del área del Caribe, una nueva Guardia Nacional fue creada por los invasores, en sustitución del antiguo ejército nacional haitiano. Estaba dirigida y entrenada por oficiales norteamericanos y tenía como misión la de controlar el país en beneficio de los Estados Unidos.

Por la misma época, en la vecina República Dominicana, los ocupantes norteamericanos cometían parecidas atrocidades. Dictaron una ley agraria que facilitaba el despojo de los propietarios campesinos en beneficio de los ingenios azucareros, reformaron las leyes aduaneras en provecho  de los comerciantes norteamericanos e impusieron al país una millonaria carga de empréstitos de la banca Morgan. Naturalmente, también crearon una Guardia Nacional con jefes y oficiales yanquis, y reclutaron para ella a algunos jóvenes locales que se les mostraban adictos, entre ellos a uno llamado Rafael Leónidas Trujillo, que después usaría esa guardia como pedestal para ascender al poder y montar una tiranía de largo plazo.

Pese a la dureza de la ocupación, en República Dominicana hubo una formidable resistencia nacional, de signo más político que militar. La intelectualidad dominicana salió en defensa de su país y comisiones nacionales se regaron por el mundo, incluidos los Estados Unidos, denunciando la ocupación extranjera y recaudando fondos para una campaña de liberación. Esa dura resistencia política y la consecuente presión internacional determinaron que en 1922 se estableciera en Santo Domingo un gobierno provisional y que el 12 de julio de 1924 los marinos yanquis salieran finalmente del país. No sucedió lo mismo en Haití, donde los ocupantes se quedaron una década más, hasta el 21 de agosto de 1934, fecha en que abandonaron ese país, donde gobernaba desde 1930 Sténio Vincent, un destacado líder nacionalista, escogido por la    Asamblea Nacional electa popularmente en ese año.

Un año después de la desocupación militar de Haití, se reunió en Washington un comité del senado norteamericano encargado de receptar las declaraciones del general Smedley Butler, el antiguo “pacificador” de Nicaragua, Haití y Santo Domingo. Butler confesó entonces:

“He servido durante treinta años y cuatro meses en las unidades más combativas de las fuerzas armadas norteamericanas, la Infantería de Marina. Pienso que durante ese tiempo actué como un bandido altamente calificado al servicio de los grandes negocios de Wall Street y de sus banqueros.

“En 1914 contribuí a darles seguridad a los intereses petroleros en México, particularmente en Tampico. Ayudé a hacer de Cuba un país donde los señores del Nacional City Bank podían acumular sus beneficios en paz. Entre 1909 y 1912 participé en la limpieza de Nicaragua, para ayudar a la firma bancaria internacional de Brown Brothers. En 1916 llevé la civilización a la República Dominicana por cuenta de los grandes azucareros norteamericanos. Fue a mí a quien correspondió ayudar a arreglar en 1923 los problemas de Honduras, para darles seguridad a los intereses de las compañías fruteras norteamericanas”.

A confesión de parte, relevo de prueba.

Volvamos ahora al presente de Haití, que enfrenta en estos días la terrible tragedia del terremoto del 12 de enero de 2010, casi sin recursos propios para levantarse. Como hemos visto, se trata de un país previamente destruido en su naturaleza por el colonialismo francés y el neocolonialismo norteamericano, que arrasaron con gran parte de sus bosques en el ánimo desenfrenado de desmontar tierras para la producción azucarera. A ello se han agregado, durante el siglo XX, los efectos de las brutales tiranías impuestas a ese país por los intereses extranjeros, que saquearon los recursos naturales y empobrecieron al pueblo haitiano hasta la indigencia. Y finalmente, a todo esto se ha sumado la política neoliberal impuesta a los últimos gobiernos haitianos por los grandes poderes del capitalismo internacional, que han privado al país de su soberanía alimentaria y su capacidad de producir alimentos, para volverlo dependiente de las importaciones extranjeras, provenientes principalmente de los EE. UU.

Haití ha sido, a lo largo de su historia, un campo de experimentación de las más brutales formas extractivas y productivas del capitalismo mundial. Por lo mismo, resulta indispensable recordar ese marco de dominación, explotación y saqueo extranjero para entender la verdadera dimensión humana de esta tragedia, así como la dimensión política de la actual invasión militar norteamericana en Haití, disfrazada de ayuda humanitaria, que ha sido denunciada por países europeos y latinoamericanos.

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