Notas con la etiqueta ‘Haití’

Ensayo sobre quienes fueron los verdaderos protagonistas de nuestra independencia y como interpretamos su legado. (Parte II)

Por: Alejandro Pisnoy. Prof./Invest. CCC

 

México. 200 años de “tierra y libertad”

 

La lucha indígena campesina en México es actualmente reconocida, ya que desde 1994 el EZLN (Ejercito Zapatista de Liberación Nacional) descendió desde las montañas en el sur del país, más precisamente en el Estado de Chiapas para denunciar al “mal gobierno” y reclamar las tierras que le pertenecen a los verdaderos dueños de la tierra. Organizados a partir de siete caracoles (regiones administrativas) impulsaron en cada uno de ellos el trabajo agrícola, su propia producción de alimentos y medicinas, y la educación para cada uno de los zapatistas. Su principal arma es la palabra, muy diferente a la que la mayoría de los medios de comunicación quiere presentar, sumando a esto la permanente represión por parte del ejército, ya que cabe aclarar, que cerca de cada caracol hay establecido un regimiento.

La resistencia y lucha zapatista tiene su origen en los líderes de la Revolución llevada adelante por indígenas y campesinos en 1910, encabezada por Emiliano Zapata y Pancho Villa, en el sur y en el norte del país respectivamente, dicha revolución se basó en la libertad y  distribución de la tierra en manos a los que verdaderamente la trabajan.

 

La revolución de 1910 fue la segunda revolución importante de este país, ya que la primera fue 100 años antes, cuando México todavía era parte del virreinato de Nueva España, pero el reclamo era el mismo, devolver la tierra a sus verdaderos dueños; es por esto, sumado al  aumento de precio del maíz, que encabezados por el cura Miguel Hidalgo, mineros, campesinos pobres, peones e indígenas se transformaron en los principales impulsores de la revolución; desde el norte comenzaron a avanzar hacia el centro del país, sumando aliados a su paso, lograron derrotar al ejército realista y firmar la abolición de la esclavitud y el tributo.

A diferencia del norte, el sur de México era menos poblado, pero con las mismas convicciones y mejor armados. Encabezados, al igual que en el norte por un cura, José María Morelos, peones y rancheros indígenas, mestizos y trabajadores negros iniciaron el camino de la insurrección de los marginados en esta región. Sin dejar de lado el respeto por la religión católica, al igual que Hidalgo, Morelos junto a sus hombres se pronuncian a favor de la soberanía popular, recuperar las tierras, el libre comercio y proclamar la independencia.

Las grandes luchas sociales, tanto del norte como del sur, se vieron atrapadas por el conformismo criollo de las metrópolis que sólo apoyaba, y se conformaba, con la independencia, pero no con el programa revolucionario. Pero las luchas populares volvieron a ser importantes, sobre todo en el sur, a partir de la denominada “Junta de La Balsa”, encabezada por Vicente Guerrero y “el indio”, Pedro Asencio de Alquisiras; que ante tan fuerte resistencia, e incasables intentos, las fuerzas realistas tuvieron que pactar, es por ellos que se firma el Plan de Iguala el 24 de febrero de 1821 y que fue conocido porque garantizo la religión, la unidad y la independencia.

 

Centroamérica. De las ideas posibles a la violencia        

 

La violencia es algo cotidiano en Centroamérica por estos días, sea de carácter social o estatal, con una fuerte influencia de los EE.UU. y una mirada constante hacia el norte por parte de sus habitantes, lejos parecen estar aquellos ideales de resistencia cuando unos 100 años atrás Augusto C. Sandino, Farabundo Martí o Antonio O. Sánchez, lideraron movimientos obreros, campesinos e indígenas en protesta y resistencia a la explotación de las empresas norteamericanas.

 

En la Capitanía General de Guatemala se encontraba la mayor población de indígenas que tributaban al sistema colonial, la organización productiva era muy similar a la del sur del Virreinato de Nueva España, como así también la influencia que causó la revolución encabezada por Morelos e Hidalgo. Es por ellos que los indígenas junto a intelectuales liberales, algunos pequeños comerciantes y algunos criollos pertenecientes a las clases más populares, encabezaron las principales protestas y conspiraciones, pero éstas no lograron alcanzar el nivel de las que se produjeron más al norte, ni el resto del continente, por lo que tampoco lograron alterar el viejo y establecido orden colonial.

            De hecho cuando se convoco al cabildo en septiembre de 1821, éste estaba compuesto por notables y grandes propietarios apoyados por las autoridades españolas. Pero la manifestación popular reclamaba “independencia o muerte”, es por esto que la aristocracia no tuvo alternativa y convocó a un congreso en donde participaran todas la provincias de Centro América, en el mismo se declaró el libre comercio, el respeto a los bienes de la iglesia y se delegó el poder a una Junta Provisional Gubernativa que fue presidida por el Gral. Gabino Gainza, el mismo que había convocado al cabildo a notables y propietarios, con el título de “jefe político y supremo de las provincias de Centro América”.

            En desacuerdo con esta decisión, encabezados por el cura Delgado, el pueblo salvadoreño organizo una gran resistencia y proclamo su independencia en enero de 1822, tanto de España como de México y abolieron la esclavitud, base fundamental en la economía de esta región. Hecho que se repitió en Nicaragua cuando el pueblo, encabezado por Cleto Ordóñez, se reveló frente a los realistas en Granada, proclamando un gobierno basado en la igualdad y republicano el 16 de enero de 1823.

            Estos acontecimientos lograron que México decidiera que Centro América mismo defina su destino. Se convocó a un congreso que proclamó la eliminación de títulos, la igualdad entre los ciudadanos, la independencia y la creación, el 22 de noviembre de 1824, de la Federación de Centro América.  

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Ensayo sobre quienes fueron los verdaderos protagonistas de nuestra independencia y como interpretamos su legado. (Parte I)

Por: Alejandro Pisnoy. Prof./Invest. CCC

 

“En las entrañas de mi patria entraba la punta asesina hiriendo las tierras sagradas. La sangre quemante caía de silencio en silencio, abajo, hacia donde está la semilla esperando la primavera. Más hondo caía esta sangre. Hasta las raíces caía. Hacia los muertos caía. Hacia los que iban a nacer”.[1] 

 

Es innegable el papel fundamental que jugaron en la etapa de la emancipación americana hombres como Francisco de Miranda, J. De San Martín, Simón Bolivar, Manuel Belgrano, José A. Sucre y Bernardo O´Higgins por nombrar algunos de ellos resaltados por la historia clásica o académica, pero sin destacar la importancia de su gesta o idea de emancipación y unidad del continente. Otros hombres “olvidados, o menospreciados”,  que también lucharon por la libertad del continente fueron José G. Artigas, Mariano Moreno, Juan J. Castelli, y hasta el propio y el más ideólogo revolucionario de la independencia, Bernardo de Monteagudo; claro que faltan nombrar a muchos más. Hoy podemos vislumbrar que estos hombres y sus ideales fueron dejados de lado, qué lugar ocupan los pueblos originarios, los negros (inclusive en situación de esclavitud) y los criollos que pertenecían a las clases más populares, en esta parte de la historia; teniendo en cuenta, la gran influencia y el camino que marcó para ésta gran emancipación continental la independencia de Haití, la primera independencia del continente (1 de enero de 1804), es decir, la victoria de los esclavos frente al ejército napoleónico.

En el párrafo anterior sólo mencionamos a algunos de los hombres y pueblos, dejados de lado por la historia tradicional, que lucharon por la independencia, pero mucho más olvidado, menospreciado y mal interpretado es el papel que tuvieron las mujeres en la lucha por la libertad de nuestro continente. Juana Azurduy en el Alto Perú; Manuela Sáenz quien lucho junto y desde muy joven, junto a Bolívar y Sucre; Javiera Carrera en Chile; Josefa Ortiz y Leona Vicario en México entre otras. Hoy en día poco reconocidas, hecho que no fue así en aquel momento, ya que pensadores como Monteagudo entre otros, reconocieron el papel fundamental de ellas en la lucha “… Americanas: os ruego por la patria que desea ser libre, imiteís estos ejemplos de heroísmo y coadyuvéis a esta obra con vuestros hijos; mostrad el interés que tenéis en la suerte futura de vuestros hijos, que sin duda serán desgraciados si la América no es libre […] viva la exclamación que hacía en nuestra época una peruana sensible ¡¡¡libertad, libertad sagrada, yo seguiré tus pasos hasta el sepulcro mismo!!! y al lado de los héroes de la patria mostrará el bello sexo de la América del Sud el interés con que desea expirar el último tirano, o rendir el supremo aliento antes que ver frustrado el voto de las almas fuertes”[2]   

 

En casi todos los territorios que se decían pertenecer a España, el camino a la emancipación se desarrollo en dos etapas, la primera desde 1808 hasta 1816; y la segunda desde 1816 hasta 1826. La primera etapa, se caracterizó por la formación de juntas de gobierno dominadas por la elite criolla que en algunos casos pretendía separarse de España, pero sin alterar la estructura socioeconómica que se venía desarrollando[3]. Paralelamente se produjeron rebeliones armadas de las clases más populares, en algunos casos organizadas, y en otros, más espontáneas, con falta de coordinación y diferentes estrategias, éstas se desarrollaron en las principales ciudades de la colonia (México, Venezuela, Nueva Granada, Quito, Alto Perú, Río de la Plata y Chile), con mayor o menor presencia de personas en alguna de ellas durante esta primera etapa, el objetivo era liberarse de la explotación española, pero sin caer en la explotación de la elite local[4].

La etapa que va desde 1816 hasta el Congreso de Panamá convocado por Bolivar en 1826 se caracterizó fundamentalmente porque las colonias españolas y portuguesas logran la liberación definitiva (excepto Cuba y Puerto Rico) luego de la derrota del ejército realista a manos del ejército comandado por el Mariscal Antonio J. De Sucre en Ayacucho, derrota que impuso la firma de la capitulación definitiva por parte de España. En esta etapa además, las guerrillas populares y campesinas jugaron un papel fundamental, más aún que en la primera etapa, que fue el de apoyar y auxiliar permanentemente a los ejércitos libertadores.



[1] Pablo Neruda. “El Empalado”.

[2] Monteagudo, B. Horizontes políticos. Ed. Aterramar. Bs. As. 2008. pg. 34   

[3] “…para este sector aristocrático, puesto a la cabeza de la lucha, la independencia era concebida como un conflicto en dos frentes: “hacia arriba”, contra la metrópoli y “hacia abajo”, para impedir las reivindicaciones populares y cualquier alteración del statu quo…”. En: Guerra Vilaboy, Sergio. El dilema de la independencia. Ed. Ciencias Sociales. La Habana. 2007. pg. 26.  

[4] “La Pobre participación popular en esta etapa de la guerra emancipadora, el exagerado papel atribuido a las ciudades en la estrategia militar, el carácter fragmentario y local de los gobiernos criollos y sus múltiples contradicciones intestinas (centralistas y federalistas, republicanos y monárquicos, radicales y moderados) fueron los elementos principales que llevaron al fracaso, de los principales focos de la insurrección, entre 1814 y 1815”.  En: Guerra Vilaboy, S. Op. Cit. pg. 28.

 

 

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Haití: invasiones y desembarcos

Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini” y Fondo Cultural del ALBA en el Bicentenario.

 Encuentro de Historiadores

Nuestra América insurgente. Quinientos años de lucha emancipadora.

Lunes 26 de Julio 18:30 horas l Sala Solidaridad [2º SS] Corrientes 1543 Cap. Fed.

Panelistas: Xavier Albó (Bolivia), Sergio Guerra Vilaboy (Cuba), Jorge Núñez (Ecuador), Carmen Bohorquez (Venezuela), Juan Carlos Junio (Argentina), Horacio A. López (Argentina).

A más de 500 años de lucha emancipadora y doscientos del comienzo de la revolución continental por la independencia, diversos historiadores de Nuestra América expondrán sobre la originalidad de nuestro proceso revolucionario, la participación popular en esas luchas y reflexionarán sobre el mandato histórico de trabajar hoy en la construcción de la unidad nuestramericana.

www.centrocultural.coop http://www.centrocultural.coop/blogs/nuestramericanos

Jorge Núñez Sánchez

 

La historia sirve, entre otras cosas, para alimentar la memoria y combatir el olvido. Frente a la horrenda tragedia de Haití, la gente se pregunta: ¿cómo fue que Haití, el segundo país libre de América y primera república negra del mundo, que ayudó a las campañas de Bolívar, que apoyó la independencia de Argelia y otros países africanos, vino a caer en el caos que antecedió al terremoto?

La respuesta conlleva una larga historia, que empezó con el bloqueo comercial impuesto por EE. UU. contra esa república de antiguos esclavos sublevados, que daban mal ejemplo a sus propios esclavos del Sur, que para comienzos del siglo XIX sumaban cuatro millones. Ese bloqueo intentaba evitar la propagación de ideas revolucionarias y también que Haití se convirtiera en un competidor en la exportación de azúcar.

Más tarde, la ubicación estratégica de Haití la convirtió en un punto clave para el tránsito naval en el Caribe. Continúa con las ambiciones de la oligarquía local y las empresas azucareras del norte, que buscaban apoderarse de las tierras del país, quitándolas a los pequeños propietarios. Y tiene su culminación en las varias invasiones militares de EE. UU., enfiladas a apoyar a los expropiadores, combatir a los resistentes campesinos cacós e instalar sucesivas dictaduras criollas, crueles y sumisas a su poder, en ese país antillano.

El primer desembarco en regla se produjo en 1915, tres años después de que una misteriosa explosión hiciera volar el palacio presidencial de Haití, matando al presidente Leconte y a 300 soldados. Cinco gobiernos débiles se sucedieron en tres años y en julio de 1915 estalló la guerra civil. El pueblo atacó el palacio nacional y el gobierno, en represalia, ordenó el asesinato de cientos de presos políticos. Eso desató la furia popular, que arrastró al presidente Sam y al general Etienne. Al día siguiente atracó en Puerto Príncipe el acorazado “Washington”, que desembarcó un cuerpo de infantes de marina.

Luego, el contralmirante Caperton, jefe de las fuerzas de ocupación, convocó a una Asamblea Nacional para elegir a un nuevo Presidente, cuidando de que no fueran electos los líderes cacós. La fraudulenta elección de Sudre Dartiguenave agravó la crisis. Los cacóspacificador de Nicaragua, y empezaron la pacificación de Haití. volvieron a la lucha y sitiaron Puerto Príncipe. Pero entonces llegaron nuevas tropas de EE. UU., al mando del mayor Smedley Butler, el tristemente famoso

Usaron los más implacables y brutales métodos. Arrasaron pueblos enteros. Sobornaron y mataron a varios jefes cacós, pero surgieron otros que lideraron una heroica resistencia contra los invasores, usando escopetas, machetes, palos y piedras. Al fin, las tropas de Butler tomaron la antigua fortaleza de Fort Riviére y usaron una tonelada de dinamita para volarla.

Esa campaña de ocupación fue tan brutal que el mismo Secretario de Marina le comentó a Caperton que estaba fuertemente impresionado por el número de haitianos muertos y le indicó que las operaciones debían suspenderse para evitar pérdidas aún más grandes de vidas humanas. Caperton insistió en que “el aniquilamiento de los bandidos (era) necesario para mantener el orden”.

A renglón seguido, los EE. EE. invadieron militarmente el otro país de la isla Española, la República Dominicana, donde el Presidente Jiménez se había resistido a entregar el control financiero y militar del país a los norteamericanos. Pero en ese país, antes llamado “Haití español”, las fuerzas patrióticas resistieron igualmente la invasión norteamericana de 1916, que buscaba el control total de la isla Española.

Tras desembarcar en Santo Domingo, el contralmirante  Caperton había anunciado: “Las fuerzas de los Estados Unidos de América han asumido el control de la ciudad.” Cercado por los invasores y atacado por conspiradores internos, el presidente Jiménez renunció ante la nación. Pero el pueblo dominicano resistió por las armas y atacó a las columnas de “marines” que irrumpían en varios puntos del país. Entonces, en un arranque de dignidad nacional, el Congreso dominicano eligió como nuevo presidente del país al doctor Francisco Henríquez, mas el Receptor general de Aduanas, que era un norteamericano, anunció que no entregaría más fondos al gobierno del país.

El gobierno local siguió funcionando, aunque disolvió el ejército por falta de fondos. A su vez, el pueblo siguió resistiendo a tiros los abusos de los invasores, hasta que finalmente el capitán de navío Knapp proclamó el 29 de noviembre, desde el acorazado Olimpia, “que la República Dominicana queda por la presente puesta en un estado de ocupación militar por las fuerzas bajo mi mando, y queda sometida al gobierno militar y al ejercicio de la ley militar propios de tal ocupación”.

Por la misma época, en marzo de 1917, los EE. UU. compraron a Dinamarca sus colonias caribeñas de Saint Thomas, Saint John, Santa Cruz y varios islotes, por 25 millones de dólares. Con ello buscaban cerrar su dominio marítimo sobre el Caribe.

Entre tanto, al otro lado de la isla Española, los invasores se llevaron a Nueva York las cajas fuertes con la reserva monetaria de Haití y luego cambiaron la constitución haitiana para eliminar la prohibición de que los extranjeros pudiesen poseer tierras en el país. Así, permitieron que los empresarios azucareros norteamericanos pudieran comprar tierras en Haití. Una vez logrado esto, esos empresarios despojaron de sus tierras a los pequeños campesinos haitianos, por la fuerza o con trampas legales. Y luego se lanzaron a talar y quemar los bosques nativos para sembrar caña y banano, en una terrible campaña de deforestación masiva, que sentó las bases para la actual tragedia ecológica de Haití. De este modo, la “Haitian American Sugar Company” se convirtió en la principal empresa agroindustrial del país, a la vez que el Citibank convertía al haitiano Banco de la Nación en una sucursal suya.

En ese marco histórico, los haitianos iniciaron en 1918 su segunda guerra de independencia, esta vez contra los Estados Unidos, bajo el mando de Charlemagne Peralte, quien firmaba como “jefe del ejército revolucionario luchando contra los norteamericanos sobre la tierra de Haití”. Con un ejército de 5 mil soldados y 15 mil guerrilleros, Peralte desató una audaz y eficaz guerra de guerrillas que enloqueció a los norteamericanos, llegando inclusive a atacar Puerto Príncipe. Sin saber cómo enfrentar esa guerra popular, los invasores buscaron como último recurso el asesinato de Peralte, cosa que lograron a fines de 1819 por medio de una gavilla de asesinos dirigida por los oficiales gringos capitán Hanneken y teniente Button.

Pero los “cacós” siguieron peleando, ahora bajo el mando de Benoit Batraville. Atacaron Hinche, La Chapelle y otras ciudades ocupadas por los marines norteamericanos y en enero de 1920 volvieron a luchar en las calles de Puerto Príncipe. Una vez más, los invasores recurrieron al soborno y al asesinato para eliminar a los jefes “cacós”, logrando asesinar también a Batraville. Iniciaron luego una brutal “pacificación” del campo haitiano, matando a todo sospechoso de ser “cacó”, quemando cosechas y casas, y encerrando a la gente por la noche en “poblados estratégicos”. Cuando la pacificación acabó, más de 3 mil haitianos habían muerto y sus tierras habían pasado a manos de los azucareros estadounidenses.

Al igual que en otros países ocupados del área del Caribe, una nueva Guardia Nacional fue creada por los invasores, en sustitución del antiguo ejército nacional haitiano. Estaba dirigida y entrenada por oficiales norteamericanos y tenía como misión la de controlar el país en beneficio de los Estados Unidos.

Por la misma época, en la vecina República Dominicana, los ocupantes norteamericanos cometían parecidas atrocidades. Dictaron una ley agraria que facilitaba el despojo de los propietarios campesinos en beneficio de los ingenios azucareros, reformaron las leyes aduaneras en provecho  de los comerciantes norteamericanos e impusieron al país una millonaria carga de empréstitos de la banca Morgan. Naturalmente, también crearon una Guardia Nacional con jefes y oficiales yanquis, y reclutaron para ella a algunos jóvenes locales que se les mostraban adictos, entre ellos a uno llamado Rafael Leónidas Trujillo, que después usaría esa guardia como pedestal para ascender al poder y montar una tiranía de largo plazo.

Pese a la dureza de la ocupación, en República Dominicana hubo una formidable resistencia nacional, de signo más político que militar. La intelectualidad dominicana salió en defensa de su país y comisiones nacionales se regaron por el mundo, incluidos los Estados Unidos, denunciando la ocupación extranjera y recaudando fondos para una campaña de liberación. Esa dura resistencia política y la consecuente presión internacional determinaron que en 1922 se estableciera en Santo Domingo un gobierno provisional y que el 12 de julio de 1924 los marinos yanquis salieran finalmente del país. No sucedió lo mismo en Haití, donde los ocupantes se quedaron una década más, hasta el 21 de agosto de 1934, fecha en que abandonaron ese país, donde gobernaba desde 1930 Sténio Vincent, un destacado líder nacionalista, escogido por la    Asamblea Nacional electa popularmente en ese año.

Un año después de la desocupación militar de Haití, se reunió en Washington un comité del senado norteamericano encargado de receptar las declaraciones del general Smedley Butler, el antiguo “pacificador” de Nicaragua, Haití y Santo Domingo. Butler confesó entonces:

“He servido durante treinta años y cuatro meses en las unidades más combativas de las fuerzas armadas norteamericanas, la Infantería de Marina. Pienso que durante ese tiempo actué como un bandido altamente calificado al servicio de los grandes negocios de Wall Street y de sus banqueros.

“En 1914 contribuí a darles seguridad a los intereses petroleros en México, particularmente en Tampico. Ayudé a hacer de Cuba un país donde los señores del Nacional City Bank podían acumular sus beneficios en paz. Entre 1909 y 1912 participé en la limpieza de Nicaragua, para ayudar a la firma bancaria internacional de Brown Brothers. En 1916 llevé la civilización a la República Dominicana por cuenta de los grandes azucareros norteamericanos. Fue a mí a quien correspondió ayudar a arreglar en 1923 los problemas de Honduras, para darles seguridad a los intereses de las compañías fruteras norteamericanas”.

A confesión de parte, relevo de prueba.

Volvamos ahora al presente de Haití, que enfrenta en estos días la terrible tragedia del terremoto del 12 de enero de 2010, casi sin recursos propios para levantarse. Como hemos visto, se trata de un país previamente destruido en su naturaleza por el colonialismo francés y el neocolonialismo norteamericano, que arrasaron con gran parte de sus bosques en el ánimo desenfrenado de desmontar tierras para la producción azucarera. A ello se han agregado, durante el siglo XX, los efectos de las brutales tiranías impuestas a ese país por los intereses extranjeros, que saquearon los recursos naturales y empobrecieron al pueblo haitiano hasta la indigencia. Y finalmente, a todo esto se ha sumado la política neoliberal impuesta a los últimos gobiernos haitianos por los grandes poderes del capitalismo internacional, que han privado al país de su soberanía alimentaria y su capacidad de producir alimentos, para volverlo dependiente de las importaciones extranjeras, provenientes principalmente de los EE. UU.

Haití ha sido, a lo largo de su historia, un campo de experimentación de las más brutales formas extractivas y productivas del capitalismo mundial. Por lo mismo, resulta indispensable recordar ese marco de dominación, explotación y saqueo extranjero para entender la verdadera dimensión humana de esta tragedia, así como la dimensión política de la actual invasión militar norteamericana en Haití, disfrazada de ayuda humanitaria, que ha sido denunciada por países europeos y latinoamericanos.

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Reflexiones sobre emancipación (II parte)

¿De que hablamos cuando hablamos de emancipación?

 

“El problema de la independencia no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu”[1]

 

            Claro que estas distancias no fueron impedimento para que la revolución se lleve a cabo y se lograra expulsar a los españoles del continente, pero ¿cual fue el camino de la emancipación que llevo a la revolución?, ¿se lograron cumplir eso objetivos que se habían trazado en un comienzo o sólo se lograron en parte, para luego terminar siendo traicionados? John Lynch (2009), historiador ingles, apunta lo siguiente sobre la revolución de mayo en Buenos Aires, partiendo que esta ciudad fue el hogar de dos bandos, uno español, compuesto por funcionarios peninsulares y comerciantes monopolistas, además de algunos comerciantes criollos que se beneficiaban de sus vínculos comerciales con España. El otro bando fue el de los revolucionarios, integrado por los burócratas y militares criollos que eran críticos con el gobierno español, los comerciantes, también criollos, especializados en el comercio neutral y no monopolista, además de los pequeños negociantes que se dedicaban al comercio minorista. Este análisis de la división y enfrentamiento entre criollos y españoles finaliza con la idea de que “las raíces de la independencia, se ha sostenido en ocasiones, se encuentran en los intereses económicos y las percepciones sociales, o en una división ideológica entre conformistas y disidentes, más que en una dicotomía simple de españoles, por un lado, y criollos por otro. No obstante los americanos estaban adquiriendo conciencia de su identidad y sus intereses, y no dejaban de advertir que éstos eran diferentes de los de los españoles…las revoluciones hispanoamericanas fueron en primera instancia una respuesta a determinados intereses, y los intereses apelaron a las ideas”[2].

             Varios historiadores, entre ellos el norteamericano Griffin, han negado a la emancipación su carácter revolucionario, considerándola sólo como un movimiento de liberación anticolonial. Otros autores hablan de que se trata de una guerra civil y algunos la han catalogado como un “conflicto de castas”, confundidos por la congruencia entre clases y castas en la sociedad colonial. Incluso, hay quien ha interpretado la independencia como una relación criolla frente a las reformas liberales metropolitana.

             Tampoco la historiografía marxista esta de acuerdo en la evaluación de la emancipación porque la independencia no generó transformaciones radicales, ni tampoco condujo al derrocamiento de la formación económico y social, ni apuntó a modificaciones profundas en el régimen de propiedad o las relaciones de producción. Por ello se limitan a denominarla “revolución de independencia” o “revolución anticolonial”, separando sus alcances políticos de los sociales[3].

             El camino de la independencia en nuestro continente estaba en marcha, pero iba a poder llevarse a cabo después de la expulsión de los españoles sin que ello produzca diferencias entre las distintas clases, ya sea por políticas económicas y sociales, y sin traicionar los ideales emancipatorios que llevaron a la revolución, o bien puede plantease de la manera en que lo hace el historiador cubano Sergio Guerra Vilaboy (2007), preguntándose si se puede clasificar a la independencia de nuestro continente como una revolución, ya que la emancipación desató incontenibles ansias de justicia social, pero se debe reconocer que no condujo a un cambio revolucionario de las viejas estructuras económicas y sociales, ya que después de 1826 los principales logros de la independencia que llevaron adelante Bolívar, Hidalgo, Morelos, Artigas, Moreno y demás representantes de la corriente democrático republicana, comenzaron a revertirse.

 

¿Qué lugar ocupa hoy en día la emancipación, dónde podemos ubicarla en el curso de los gobiernos democráticos y progresistas de nuestro continente?; tomando los casos de Lula en Brasil, Hugo Chávez en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia. Podemos ubicarla de tres formas, la primera, antes de la llegada de estos gobiernos por medio del voto popular cuando la sociedad empieza a reclamar y tomar conciencia de que el cambio ya no iba a estar en los gobiernos neo liberales que gobernaron en la mayor parte del continente durante los 90, ni en los gobiernos de facto de fines de los 70 y comienzos de los 80 que operó bajo el plan cóndor, en ambos casos bajo la aceptación y control de los Estados Unidos; la segunda forma, la podemos ubicar cuando se toman las primeras medidas de gobierno y se platean políticas de igualdad social, poniendo, por sobre todas las cosas, en primer lugar, el acceso gratuito a la educación y la salud.  

Y la tercera es la combinación de la primera y segunda forma como parte de una nueva emancipación que se encamine hacia una nueva independencia y en una nueva búsqueda de unidad del continente, pero esta vez como lo pensaron los hombres y revolucionarios que marcaron el camino de la emancipación que dio lugar a la independencia del continente para luego ser traicionados por las clases altas que sólo buscaron su propio beneficio, y que finalizo con la división de un continente en pequeñas estancias a manos de uno pocos dueños locales o empresas extranjeras que se ocuparon, y aún lo hacen, de llevarse toda la producción y ganancia para sus países, quitándoles las tierras a los habitantes originarios y explotando en condiciones inhumanas a los trabajadores de Nuestra América.   

 

Alejandro Pisnoy

Prof. / Invest. CCC

Reflexiones sobre emancipación


[1] José Martí. Nuestra América. Ed. Nuestra América. Bs. As. 2005 pg. 19.

[2] Lynch, John. San Martín. Soldado argentino, héroe americano. Ed. Crítica. Barcelona. 2009 pg. 63.

[3] Guerra Vilaboy, Sergio. Op. Cit. Pg. 228 229.

 

 

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Reflexiones sobre emancipación (I parte)

 

 

¿De que hablamos cuando hablamos de emancipación?

 

“El problema de la independencia no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu”[1]

 

Para hablar de emancipación voy a tomar con centro las independencias de Nuestra América; esta fue el camino inconcluso, o no, que llevo a la independencia de nuestro continente, pero ¿fue una independencia en todo sentido?, un independencia que apuntaba a nuevos pensamientos políticos, a profundos cambios económicos y sociales, o sólo fue el reemplazo o la expulsión de los virreyes, las instituciones coloniales y funcionarios impuestos por la corona española.

            Varias son las visiones y pensamientos que analizan este período emancipador, por ejemplo parte de la historiografía peruana considera que el camino hacia la emancipación e independencia de América comienza a finales del siglo XVIII, más precisamente entre 1780 y 1781, cuando en la zona del Cuzco, Tupac Amaru encabezó un levantamiento indígena, precisamente este no fue uno más en la historia del continente ya que el mismo pronuncio reformas más profundas que otros levantamientos que tuvieron características e ideologías diferentes que se oponían sólo a la nueva religión, la imposición de impuestos, o buscaban la vuelta anterior a la llegada de los españoles. El levantamiento del Cuzco reivindico más profundamente las cuestiones de la tierra, las libertades políticas y el camino de la independencia. Lamentablemente este levantamiento fue derrotado en el campo de batalla, pero no en la memoria de los pueblos sudamericanos, es por eso que a pesar de que los españoles intentaron silenciar y ocultar la historia de Tupac Amaru, este fue, para las próximas generaciones una piedra fundacional en el camino de la emancipación.

            El segundo caso que sirve de ejemplo para hablar de la emancipación en el continente no los da el país más pobre y destruido, por el reciente terremoto de América, Haití, ya que fue, gracias al primer el levantamiento de esclavos encabezado por Louverture en 1802 y luego, en julio 1803, por Petion y Dessalines, en vencer al ejército napoleónico y proclamar la independencia de la isla. El 1 de enero de 1804 Dessalines fue ratificado como jefe máximo de los patriotas durante el II Congreso en donde también se proclamó la Constitución de la república de Haití. En octubre de ese mismo año el jefe máximo de la joven república llevó adelante una serie de transformaciones revolucionarias para la época y para el continente, asegurando la abolición de la esclavitud, el reparto de tierras entre campesinos y la prohibición de poseer tierras a los extranjeros blancos.

            Esta primera independencia de un país de nuestra América fue una más de las influencias trascendentes que llevaron a la emancipación y posterior independencia del continente, pero el final de esta primera independencia quizás también anunció lo que podía llegar a suceder, ya que los enfrenamientos entre la oligarquía mulata de sur y oeste de la isla, y la nueva capa de terratenientes buscaron apropiarse de las plantaciones abandonadas por los colonos blancos que habían emigrado. Esto hizo que Dessalines implementara “una especie de dictadura militar”, que sólo en forma nominal tuvo carácter monárquico. Este régimen no llego a estabilizarse ni a evitar la guerra civil, sino que lo convirtió en rasgos endémicos de la primera nación latinoamericana”[2]. 

            Ambos casos, el levantamiento en los Andes encabezado por Tupac Amaru y la independencia de Haití  podemos mencionarlos como el comienzo o el camino de la emancipación y posterior independencia de América del Sur y Central, el camino hacia la posible conformación de dos grandes naciones como lo pudieron haber sido la patria grande de América del sur y las naciones centroamericanas, como lo pensaron y soñaron entre otros, Simon Bolivar y Cecilio del Valle.

 

            En los comienzos del siglo XIX la idea de unidad no era descabellada, uno de los primeros pensadores en escribir sobre la emancipación de América fue Francisco de Miranda, quién a fines del siglo XVIII comenzó a difundir sus ideas emancipadoras a nivel continental y no provincial como sucedía en algunas regiones[3] queriendo acabar definitivamente con el sistema de opresión instaurado por España. Para ello, según Miranda, América se encontraba en una posición ventajosa en cuanto que contaba con una población superior y con riquezas muchos más importantes que España, pero en desventaja por las distancias que había entre las principales ciudades y los escasos medios de comunicación, que dificultaban la coordinación de las acciones, ésta fue una cuestión central en el pensamiento emancipador de Miranda como así también de otros pensadores y políticos de la época como Simon Bolívar, Manuel Belgrano y Bernardo de Monteagudo[4], sobre todo una vez que el camino de la independencia y la idea de una única nación se empezó a gestar más firmemente.

Estas grandes distancias obligaban a manejarse por vías marítimas que ofrecían mayor rapidez y seguridad, pero para asegurar esto, según la idea de Miranda, había que contar con el apoyo de Inglaterra, la principal potencia marítima,  que además estaba interesada en expulsar a los españoles de América para poder establecer un intercambio comercial[5].

 

Alejandro Pisnoy

Prof. / Invest. CCC



[1] José Martí. Nuestra América. Ed. Nuestra América. Bs. As. 2005 pg. 19.

[2] Guerra Vilaboy, Sergio. El dilema de la independencia. Ed. Cs. Sociales. La Habana (2007). Pg. 22

[3] “…los pueblos de varias provincias de América en la desesperación con el exceso de tributo, injusticias y toda su suerte de abusos, se han sublevado en diversos períodos, más sin conseguir el alivio que buscaban, porque viniendo a someterse al fin, han aumentado más bien sus calamidades … Caracas se levantó por los años 1750, Quito en 1764, México trataba de su independencia con Inglaterra en 1773. El Perú estuvo sublevado en marzo de 1781, y en el mes de junio de ese propio año, el reino de Santa Fe en rebelión, expulsó al virrey y tropas europeas, quedándose el pueblo dueño del país …”  Francisco de Miranda en: Bohóruqez Morán, Carmen. Francisco de Miranda. Precursor de las independencias de la América Latina. Ed. El perro y la rana. Caracas. 2006. pg. 160.

[4] Cabe mencionar el lugar que le da Bernardo de Monteagudo a las mujeres americanas durante el largo camino hacia la independencia del continente: “… Americanas: os ruego por la patria que desea ser libre imiteís estos ejemplos de heroísmo y coadyuvéis a esta obra con vuestros hijos; mostrad el interés que tenéis en la suerte futura de vuestros hijos, que sin duda serán desgraciados si la América no es libre … viva la exclamación que hacía en nuestra época una peruana sensible ¡¡¡libertad, libertad sagrada, yo seguiré tus pasos hasta el sepulcro mismo!!! y al lado de los héroes de la patria mostrará el bello sexo de la América del Sud el interés con que desea expirar el último tirano, o rendir el supremo aliento antes que ver frustrado el voto de las almas fuertes” (diciembre de 1811) En: Monteagudo, B. Horizontes políticos. Ed. Aterramar. Bs. As. 2008. pg. 34      

[5] “Desde el punto de vista militar, Miranda llego incluso a describir la estrategia que a su juicio se adaptaban mejor al contexto americano, estimando que con doce o quince mil hombres y quince “navíos de línea”, el objetivo podía ser alcanzado. Para despertar aún más el interés de los británicos, concluye la propuesta con una idea largamente acariciada por Inglaterra: “la posibilidad de formar sin mayor dificultad un Canal de navegación en el Istmo de Panamá, que facilite el comercio de la China y del Mar del Sur con innumerables ventajas para la Inglaterra, América…” En: Ibidem pg 162.

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