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El 26 de julio de 1953: inicio de la Revolución Cubana (I Entrega)

El 26 de julio de 1953: inicio de la Revolución Cubana

 

Dr. Sergio Guerra Vilaboy

Universidad de La Habana

 

 

     El 26 de julio de 1953 marca el inicio de la Revolución Cubana. Los orígenes del proceso revolucionario cubano se encuentran en la frustración de la independencia de la isla a fines del siglo XIX. Como en el resto de Hispanoamérica, los primeros movimientos anticolonialistas se vertebraron entre 1808 y 1830, cuando no se alcanzó la emancipación de Cuba por una confluencia de factores adversos, entre ellos, el auge que entonces experimentaba la plantación azucarera de base esclavista y la oposición de Estados Unidos, que aspiraba a heredar a España en su dominio sobre la Mayor de las Antillas. A ello hay que añadir que la oligarquía cubana, beneficiada con oportunas concesiones económicas por parte de la monarquía borbónica, temía una repetición de los sucesos de 1791 en Haití.

Por eso la guerra de independencia de Cuba sólo estalló el 10 de octubre de 1868, encabezada por un hacendado de la región oriental, Carlos Manuel de Céspedes. Luego de diez años de tenaz contienda y del receso impuesto por el Pacto del Zanjón (1878), la lucha se reanudó el 24 de febrero de 1895 bajo la dirección de José Martí, Antonio Maceo y Máximo Gómez. Cuando la victoria de los patriotas cubanos era ya inevitable, a pesar de la caída en combate de sus principales figuras (Martí, Maceo), los Estados Unidos declararon la guerra a España e intervinieron en el conflicto, lo que le permitió ocupar militarmente la isla de 1899 a 1902.

En esas circunstancias, y bajo una constante presión popular, una convención nacional reunida en La Habana aprobó la Constitución de 1901. Pero esta carta fundamental estableció una república castrada en el disfrute pleno de su soberanía por la Enmienda Platt –en vigor hasta mayo de 1934-, impuesta por el Congreso norteamericano como condición para dar acceso a los cubanos al gobierno de su propio país. Mediante este apéndice a la Constitución de 1901, Estados Unidos se arrogó el derecho de intervenir militarmente en la isla -lo que ocurrió por segunda vez de 1906 a 1909- y retener una estratégica porción del territorio nacional para establecer una base militar (Guantánamo) que aún ocupa, abriendo el proceso de subordinación de la isla a los intereses norteamericanos.

     Desde principios del siglo XX el capital norteamericano, aprovechando las facilidades dadas primero por los gobiernos interventores de Estados Unidos y, después, por los sucesivos presidentes republicanos, invadió los principales sectores de la economía cubana. Así las inversiones norteamericanas en Cuba, que en 1896 apenas ascendían a 50 millones de dólares, se elevaron a 160 millones en 1906, a 205 millones en 1911 y a 1200 millones en 1923, año en que ya controlaban más del 70% de la producción azucarera, principal renglón de la economía nacional.[1]

La penetración económica de Estados Unidos fue favorecida –tras la crisis de 1920-1921, que arruinó a una parte importante de la burguesía cubana- por los regímenes corruptos instalados en el país hasta 1959, los cuales facilitaron que las mejores tierras, fábricas, bancos, minas, medios de transporte y de comunicaciones, así como otras instalaciones de infraestructura, quedaran en manos norteamericanas. De este modo, entre 1902 y 1958, la economía de la isla se caracterizó por un crecimiento significativo pero deforme, así como por su absoluta dependencia de los intereses de Estados Unidos, con el cual se realizaba la mayor parte del comercio.

 

El dominio norteamericano

 

     El capital estadounidense, que en los cincuenta se incrementó en 250 millones de dólares más, para llegar a una cifra superior a mil millones de dólares en 1958, dominaba en ese año el 90% de los servicios de teléfonos y energía eléctrica, el 50% de los ferrocarriles, el 23% de las industrias y el 40% de la producción de azúcar, mientras las sucursales cubanas de bancos de Estados Unidos controlaban un 25% de todos los depósitos bancarios.[2] Ese significativo aumento del capital norteamericano estuvo dirigido, en lo fundamental, a los servicios públicos, al combustible y las manufacturas, retrocediendo en el deprimido sector del azúcar, pues 26 fábricas de ese producto fueron vendidas a capitalistas cubanos entre 1936 y 1958.

Sin embargo, los estadounidenses mantuvieron bajo su control el 38,4% de la capacidad de molida diaria de esa industria, siguieron empleando el 39,6% de la fuerza de trabajo y continuaron disponiendo del 51,6% de todas las tierras dedicadas al cultivo de la caña de azúcar.[3] Esto quiere decir que si bien se hizo palpable el progreso material del país, el desarrollo económico fue unilateral, pues el sector azucarero se hipertrofió -y se estancó desde fines de los años veinte-, sin poder resolver las necesidades vitales del grueso de la población. En 1958 la renta per cápita cubana –que en casi un 40% provenía del azúcar-, y que constituía la segunda de América Latina –solo detrás de Venezuela-, estaba prácticamente estancada desde 1947, a diferencia de los demás países de la región.

 

Situación del campesinado y la clase obrera

    

    El censo agrícola de 1946 mostraba, por otro lado, el grado de concentración de la propiedad rural a que se había llegado en la isla: 114 entidades o personas, o sea menos del 0,1% del número total, eran dueños del 20,1% de la tierra, lo que aumentó hacia 1958 (27%). El 8% del total de las fincas comprendía el 71,1% del suelo, buena parte en manos de compañías norteamericanas como la United Fruit Company y el King´s Ranch.[4] Según el mismo censo, cerca del 70% de la población campesina no poseía la tierra que trabajaba. Datos procedentes de otras fuentes señalan que sólo el 2% de los ganaderos controlaba 1,7 millones de reses, lo que representaba el 42,4% del total de la masa ganadera del país.[5]

No obstante, Cuba era entonces, en el contexto latinoamericano, el país donde probablemente las relaciones capitalistas estaban más extendidas y los elementos feudales menos arraigados, y no existía tampoco una rancia aristocracia. El notable avance de las relaciones capitalistas, junto a las características uniformes del relieve de la isla, sin grandes accidentes geográficos, facilitó la conformación de una población homogénea, sin minorías étnicas –lo que no excluye la existencia de una palpable discriminación racial-, lingüísticas o culturales. Incluso a cualquier rincón del territorio llegaban las emisoras de radio, pues en la práctica no había un solo sitio intrincado o inaccesible. Todo ello contribuyó a que la sociedad cubana fuera más “moderna” e integrada que las restantes de América Latina.

En contraste con este significativo avance de las relaciones capitalistas, que caracterizó a Cuba en los años cincuenta, la clase obrera no era numerosa y estaba poco concentrada en industrias. Si se incluye a los trabajadores fabriles del azúcar, el proletariado cubano no llegaba al 25% de la fuerza de trabajo. Además, el 75% de las industrias existentes en 1954 empleaban menos de 10 obreros y sólo en 14 fábricas laboraban más de 500 trabajadores.[6]

En la misma década, las estadísticas sobre desempleo indican que en varios meses del año, cuando recesaba la cosecha azucarera (de mayo a octubre), el número de desocupados alcanzaba a más de 650 mil personas, esto es, la tercera parte de la población cubana económicamente activa, de los cuales 450 mil eran desempleados permanentes.[7] La vida miserable de gran parte de los cubanos lo ilustran con fría crudeza los siguientes datos estadísticos. Según el censo de 1953, cuando la población total de la isla se estimaba en 5,8 millones de habitantes, el 33,3 % de ella –y el 68,5% de la rural- vivía en bohíos hechos con techos de hojas secas de palma, paredes de tabla o cartón y piso de tierra, sólo un 35,2% de las viviendas tenía agua corriente, un 55,6% electricidad y un 28% servicio sanitario interior, situación que era mucho más acentuada fuera de las ciudades y pueblos.[8]

Una encuesta realizada en 1957 por la Agrupación Católica Universitaria revelaba, por otro lado, que el 60% de los habitantes de las zonas rurales –que constituían aproximadamente la mitad de la población de la isla- vivía en rústicos bohíos de una o dos habitaciones, sin servicios sanitarios ni agua corriente. El 90% del campesinado sólo se alumbraba con keroseno cuando podía adquirirlo, pues el 30% carecía de cualquier tipo de iluminación nocturna. Sólo el 11% de ellos consumía leche, el 4% carne, el 2% huevo, el 1% pescado, siendo su alimentación casi exclusivamente de arroz, frijoles, frutos y raíces comestibles. Un 35% declaraba tener parásitos intestinales y solo el 8% recibía atención médica.[9] El 43% de los campesinos eran analfabetos –el censo de 1953 daba para toda la isla un 22,3%- y el 44% nunca había asistido a la escuela.[10] A nivel latinoamericano Cuba estaba en el duodécimo lugar en escolaridad de su población entre 5 y 24 años. Sólo un 3% de los graduados universitarios eran negros.[11]


[1] Cfr. Julio Le Riverend: La República. Dependencia y Revolución, La Habana, Editora Universitaria, 1966, pp. 63-74, 149-164 y 339-354.

[2] Véase el valor de las inversiones norteamericanas en Cuba, entre 1936 y 1958, en  Germán Sánchez Otero: “La crisis del sistema neocolonial en Cuba: 1934-1952”, Los partidos políticos burgueses en Cuba neocolonial 1899-1952, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1985, p. 173.

[3] Ramiro J. Abreu: En el último año de aquella república, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1984, p. 22.

[4] Los datos en Leo Huberman y Paul M. Sweezy: Cuba, anatomía de una revolución, La Habana, Editorial “Vanguardia Obrera”, 1961, p. 37.

[5] Francisco López Segrera: Raíces históricas de la Revolución Cubana (1868-1959), La Habana, Ediciones Unión, 1980, pp. 425 y 427.

[6] Abreu, op. cit., p. 16. Se ha calculado para los años cincuenta unos 100 mil obreros vinculados a la industria azucarera y unos 400 mil trabajadores industriales.

[7] Oscar Pino-Santos: El imperialismo norteamericano en la economía cubana, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1973, p. 124.

[8] Censos de población, viviendas y electoral, La Habana, (s.e.), 1953, pp. 206-213.

[9] La expectativa de vida era de 58,8 años, la tasa de mortalidad infantil de 37,6 por mil y la de mortalidad de 6,4 por mil.

[10] Agrupación Católica Universitaria: “Encuesta de trabajadores rurales, 1956-1957”, Revista Economía y Desarrollo, No. 12, La Habana, Universidad de La Habana, 1972, pp. 188-212.

[11] Abreu, op. cit., pp. 46-47.

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