El 26 de julio de 1953: inicio de la Revolución Cubana (II Entrega)

Dr. Sergio Guerra Vilaboy

Universidad de La Habana

 

Polarización social y corrupción

 

     Estas difíciles condiciones de vida contrastaban con las grandes construcciones suntuarias de La Habana –ciudad que concentraba aproximadamente el 25% de la población cubana-, plagada de mansiones, clubes aristocráticos, colegios selectos y clínicas privadas, para beneficio de los sectores privilegiados de la sociedad. La tendencia a la polarización social se acentuó en la década del cincuenta, como demuestra el hecho de que el 80% de todas las construcciones efectuadas en 1957 fueran viviendas de lujo, grandes hoteles y elegantes casinos.[1] 

Para completar el dramático panorama de la sociedad anterior a la Revolución hay que añadir que la corrupción administrativa se había convertido en práctica normal de los funcionarios públicos. El presupuesto estatal estaba al servicio de los gobiernos de turno para el enriquecimiento personal y el sostenimiento de bandas gángsteriles adictas y de la maquinaria política de los partidos en el poder, mientras la miseria, la incultura y la insalubridad se enseñoreaban de toda la isla.

A ello habría que sumar el crecimiento de la prostitución y el juego –por ejemplo, sólo en La Habana diariamente las apuestas ilegales llegaban a 266 mil dólares y 32 mil de estos iban a las autoridades sobornadas-,[2] con marcada participación de la mafia norteamericana, así como la asfixiante penetración cultural de Estados Unidos a través de los principales medios de difusión masiva, subordinando y mistificando los valores autóctonos. En estas condiciones, cualquier protesta obrera, campesina o estudiantil sufría la más brutal represión gubernamental.

 

La dictadura

   

    Para agravar estos problemas, el 10 de marzo de 1952 el general Fulgencio Batista, quien había sido una especie de “hombre fuerte” en la isla entre 1933 y 1944 y que gozaba de gran influencia en el ejército, dio un golpe de estado incruento. La asonada castrense interrumpió el proceso electoral cuando apenas faltaban tres meses para los comicios presidenciales que se venían celebrando en forma regular desde la puesta en vigor de la Constitución de 1940.[3]

Esta carta magna, bastante avanzada para su época –uno de sus acápites proscribía el latifundio y otro establecía la prioritaria función social de la propiedad, incluyendo en su texto derechos sociales y laborales-, fue sustituida por el dictador por unos espurios estatutos constitucionales. Batista, además, disolvió el parlamento, destituyó las autoridades electivas provinciales y municipales que no se sometieron al mando castrense, pospuso las elecciones señaladas para el 1 de junio de 1952 y aumentó en más de una cuarta parte el sueldo de todos los militares, incluidos los soldados.

La llegada al poder de Batista significó un control estatal aún más férreo y antipopular, abriendo una etapa de terror, autoritarismo y entrega sin precedentes a los intereses norteamericanos. El establecimiento de un régimen de esta naturaleza en Cuba estaba no sólo relacionado con las ambiciones de una inescrupulosa camarilla militar vinculada a Estados Unidos, sino también al clima macartista y de “guerra fría” que entonces imperaba a escala internacional.

 Ante el deterioro de la situación económica, pues el país entraba nuevamente en una fase crítica después de la efímera bonanza azucarera provocada por la guerra de Corea, el gobierno de Batista se vio obligado, tras su llegada al poder, a no vender 1,5 millones de toneladas de azúcar, con vistas a facilitar la estabilización del mercado mundial. La caída de los precios de este producto entre 1952 y 1954 –que pasó de 7,41 centavos de dólar a 3,83- precipitó la recesión que padeció la economía de la isla desde el inicio de la dictadura. Esta situación condujo a un virtual agotamiento de los activos monetarios en divisas, que se redujeron de 532 millones de dólares en 1951 a sólo 77,4 millones de dólares en 1958, mientras el crecimiento de la economía en el mismo lapso era de sólo el 1,4% anual.[4] Esto, unido al notable déficit en la balanza de pagos –179 millones de dólares sólo entre 1954 y 1956- obligó al gobierno a solicitar continuos retiros de parte de sus depósitos en el Fondo Monetario Internacional (FMI).[5]

     A contrapelo de su enorme impopularidad, Batista logró consolidarse en el poder gracias a la complicidad de la burguesía, los terratenientes y otros sectores –entre ellos, la corrompida dirigencia de la Confederación de Trabajadores de Cuba (CTC)- y al abierto apoyo norteamericano, así como por la incapacidad de los partidos y líderes tradicionales de la oposición para vertebrar una resistencia seria.


[1] López Segrera, op. cit., p. 388. En los cincuenta Cuba tenía en América Latina el primer lugar, en relación a su población, en número de televisores, teléfonos, periódicos y automóviles per capita y también estaba entre los tres primeros países en otros índices (receptores de radio, promedio de consumo alimentario, líneas de ferrocarril, etc.) Véase Carlos del Toro: La alta burguesía cubana, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2003, p. 217.

[2] Más detalles en Sergio Guerra Vilaboy y Alejo Maldonado Gallardo: Historia de la Revolución Cubana, Navarra (España), Ediciones Txalaparta, 2009.

[3] Las encuestas daban amplia mayoría al candidato presidencial del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) Roberto Agramonte, seguido de Carlos Hevia del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico) y, por último, Batista, postulado por el Partido Acción Unitaria (PAU). Véase Mario Mencia: El Grito del Moncada, La Habana, Editora Política, 1986, t. I, p. 11.

[4] José Luis Rodríguez: Estrategia del desarrollo económico en Cuba, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1990, p. 16.

[5] Véase Enrique Collazo Pérez: Cuba, banca y crédito, 1950-1958, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1989, p. 39 y ss.

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