Archivo de Abril de 2010

El orador criollo

LOS HOMBRES DE LA REVOLUCION DE MAYO. CASTELLI

 El orador criollo

Transitamos ya el año del Bicentenario. Nos toca a nosotros, jóvenes y viejos, ser testigos de este singularísimo momento histórico que encuentra a nuestro continente convulsionado por un renacer de sus pueblos. Como en aquellos años del nacimiento de la Patria Americana están decididos a ser protagonistas del inicio de un nuevo tiempo que retome los objetivos y sueños inconclusos de los hombres de Mayo. Aquellos fervores revolucionarios triunfaron en su afán por terminar con el colonialismo de la cruz y la espada luego de 300 años de dominación, pero el gran plan de crear una gran Patria Americana que asegurase definitivamente para sus pueblos Libertad, Igualdad, Justicia, Democracia fue disipado en el devenir de la historia. No se logró.

Aquella gran utopía americanista, propia de los grandes momentos, creadora de hombres y mujeres notables, fue precisamente abrazada por nuestro Castelli, quien moriría muy tempranamente enmudecido por un cáncer de lengua, pero con la mirada puesta hacia la liberación definitiva de su patria, consecuente con el que fuera su norte a lo largo de la vida. Similar destino había tenido su camarada Mariano Moreno, asesinado en un luctuoso viaje luego de su derrota a manos del partido conservador y contrarrevolucionario. No fueron vidas paralelas las de estos dos grandes hombres de su época. La Revolución los unió, los transformó en una amalgama indisoluble, convirtiéndose en una fuerza vigorosa y dinámica que sería determinante en la génesis de la revolución.

Enemigo del término medio

Juan José Antonio Castelli-Villarino vino al mundo el 19 de julio de 1764. Su padre veneciano, fue médico boticario; hombre laborioso y honrado que a lo largo de su vida fue armando una respetable fortuna. María Josefa Villarino, madre del prócer, era hija de un rico terrateniente venido de Vigo.

Los dos años en Chuquisaca serían determinantes en su formación intelectual. Se doctoró en derecho, lo cual posibilitó que tuviera el primer bufete de abogado en su Buenos Aires natal. En el camino de retorno pasará por el Potosí. Observará su cerro preñado del mineral plateado amasado con la sangre de decenas de generaciones de indios. Su primer paso en la vida profesional fue en el Real Tribunal del Consulado de Buenos Aires. Lo hizo de la mano de su amigo y primo Don Manuel Belgrano. El joven Castelli ya se caracterizaba por su alma apasionada, un temperamento ardiente, voluntad de acero y, al decir de Monteagudo, «enemigo de todo término medio». A los 30 años contrajo matrimonio con María Rosa Lynch-Golajn, con quien tendría seis hijos.

En su ciudad, nuestro hombre, a pesar de sus logros, sufría con indignación lo que padecían todos los hijos de españoles nacidos en las Indias. Los peninsulares gozaban de todos los privilegios en detrimento de los aquí nacidos, quedando en un lugar de subordinación y de inferioridad, inclusive si sus padres tenían títulos españoles. En 1808 desarrolla la doctrina que dará sustento jurídico al cuestionamiento contra al poder colonial. Fundamenta concluyentemente que América debe quedar de facto independiente de España, toda vez que el vínculo real que los une se ha roto, por la interdicción del Rey, que es justamente el lazo de unión. América tiene igual derecho que España a formar su gobierno, “España ha caducado”. En lo sustancial su teoría se iría desplegando como una punta de lanza en el cuestionamiento al poder colonial y en el venablo que se clavaría en el corazón del sistema español en los días de la ruptura política.

Impronta revolucionaria

Su fama como orador de la Revolución nace de uno de los momentos cruciales de su vida y la de su Patria naciente: el Cabildo abierto del 22. El debate tumultuoso reúne una enorme presión dentro y fuera del Cabildo. Interviene el obispo Lue en representación del partido realista, planteando un audaz reto a los criollos: los españoles deben reasumir el mando por su sola condición de origen y «hasta cuando ya no quedase un solo español». Nicolás de Vedia y el doctor Cosme Argerich, le piden a Castelli que «hable por nosotros». El orador criollo interviene en forma magistral. Su concepto y forma convence y entusiasma a la Asamblea. Su discurso vehemente y fundado es interrumpido por aplausos y el pueblo desde la Plaza aplaude y vitorea a Castelli.

Cabeza de Tigre lo marcó para los tiempos por venir, que ciertamente serán intensos y muy cortos. La Junta ordena arcabucear a los conjurados contra la Revolución encabezados por Liniers, quien se convierte en traidor a la causa del pueblo que luchara heroicamente contra los ingleses. Moreno fundamenta la necesidad del escarmiento para defender a la naciente Revolución. Ocampo y Vieytes vacilan. Moreno responde: «nada hemos de conseguir con benevolencia y moderación». Castelli cumple la orden con profunda convicción política. Los facciosos son fusilados. La Revolución se salva.

En esa situación crítica, Moreno envía a su amigo al Alto Perú con plenos poderes para terminar «con los mandones». Quizás pocas situaciones políticas muestren con tanta claridad el plan de Mayo, como el accionar de Castelli en el Alto Perú.

Se trataba de imponer un nuevo sistema de gobierno auténticamente democrático ejerciendo una intensa propaganda hacia el pueblo, colocando a criollos en el mando. Reformar la enseñanza, reorganizar la Casa de la Moneda. Crear nuevas leyes para elevar en su condición a las masas indígenas. Reorganizar el ejército y la administración pública. Castelli reparte tierras, pregona el nuevo ideal de la Patria, elabora manifiestos y arenga apasionadamente al pueblo.

Por su parte, el presidente godo de Chuquisaca, Vicente Nieto, sentencia a muerte a todos los hombres llegados de Buenos Aires. “Los Americanos han nacido para ser esclavos, destinados por la naturaleza para vegetar en la oscuridad y el abatimiento”. Como vemos, la guerra es a muerte. El brillante secretario de Castelli, Monteagudo, rubrica a su vez la ejecución de los principales jefes realistas.Luego vendrá la derrota de Huaqui. El ejército se debilita por el sabotaje del saavedrismo y su estímulo a los núcleos norteños pudientes que se oponen a los «Jacobinos de Buenos Aires» y el mando del ejército auxiliador.

En el fondo, luego de la muerte de Moreno, lo que emerge era la intención de abandonar el Plan de Mayo y restaurar viejos intereses y culturas con un nuevo formato. El gobierno surgido del golpe de abril de 1811 enjuicia a Castelli y Belgrano. Vivió entonces Castelli largos meses de dolor e ingratitud. Un cáncer en la lengua avanzaba implacable. El 12 de octubre muere, pobre y perseguido, al decir de Manuel Moreno.La amargura de los últimos días de su vida contrastará con el profundo reconocimiento que le tributará su pueblo en los tiempos por venir.

Resulta imprescindible, entonces, recuperar la esencia de su pensamiento, el ejemplo de su conducta y acción y especialmente su disposición a cambiar la historia enfrentando con la máxima determinación humana y confianza en el futuro los obstáculos que lo viejo, en su vano intento por no morir, levanta con furor.

El comisionado Castelli plantó las banderas de la Patria sobre las ruinas de Tihuanaco. Aquel 25 de mayo de 1811 proclamó ante sus tropas y el pueblo altoperuano: «ordeno que siendo los indios iguales a todas las demás clases (…) declaro que son acreedores a cualquier destino y empleo de que se consideren capaces del mismo modo que todo nacional idóneo sea de la clase y condición que fuese, siempre que sus virtudes y talentos lo hagan dignos de la consideración del gobierno (…) que en el preciso término de tres meses deberán estar ya derogados todos los abusos perjudiciales a los Naturales y fundados todos los establecimientos necesarios para su educación sin que a pretexto alguno se dilate, impida o embarace el cumplimiento de estas disposiciones». Dos siglos después, un descendiente de aquellos indios liberados por la revolución juraba como Presidente de la Nación Boliviana ante aquellas históricas ruinas, sus dioses y su pueblo histórico.

Profesor Juan Carlos Junio

Director Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini

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Integridad y talento natural

LOS HOMBRES DE LA REVOLUCION DE MAYO. BELGRANO

Integridad y talento natural

Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, nace en Buenos Aires el 3 de junio de 1770. Como la mayoría de los hijos de las clases pudientes, realiza sus primeros estudios en el colegio de San Carlos en su ciudad natal. Se traslada a España para estudiar la carrera de derecho en Salamanca y Valladolid, la que culminará en 1789, el año de la Revolución francesa.

Este extraordinario acontecimiento generó un efecto huracanado en todo el mundo y también en nuestro joven estudiante. Él mismo dirá que «como consecuencia de la  Revolución en Francia, se apoderaron de mí las ideas de la libertad, igualdad, fraternidad, propiedad, y sólo veía tiranos en los que se oponían a que el hombre, fuese donde fuese, no disfrutase de unos derechos que Dios y la Naturaleza le habían concedido».

La figura de Belgrano ha generado un sentimiento generalizado y coincidente de respeto y valoración por su trascendente rol en la Revolución de Mayo y en las Guerras de Independencia contra los ejércitos restauradores del colonialismo que reaccionaron con furor ante el grito de libertad e independencia de los pueblos del continente. Sin embargo resulta necesario señalar el intento permanente de que la vida y el papel de este personaje decisivo y crucial de nuestra historia, se vea reducida al rol de “hombre abnegado y desinteresado y Padre de nuestra Bandera”. Completa el esquema la descripción heroica de sus triunfos de Salta y Tucumán y las “tragedias” de Vilcapugio y Ayohuma.

Propiedad de la tierra

Ciertamente, no se debe restarle mérito al enorme simbolismo que significó la creación de una Bandera Nacional en un país que todavía no existía como tal. Por el contrario, hay que ubicarlo como un firme acto de rebeldía y una clara contribución política a forzar la marcha de la historia en aquellas circunstancias brumosas. Podemos interpretarla como una audaz intuición independentista, frente a las corrientes más inclinadas a retardar la ruptura con el viejo orden político y cultural. Los que «fernandeaban» al decir de Monteagudo. Sin embargo Belgrano fue un hombre de una personalidad desbordante, apoyado en una cultura vasta y profunda, que incluía las lecturas en Europa de los libros prohibidos, gracias a una expresa autorización papal por sus aventajados estudios. Si ahondamos en su formación, veremos la huella no sólo de los ilustrados franceses, Rousseau, Montesquieu; sino también de Jovellanos, Floridablanca y Campomanes, e inclusive de  los pensadores italianos más avanzados en los temas de formación de los estados nacionales. Fue traductor del libro de su admirado Francois Quesnay: “Máximas generales de gobierno económico de un reino agricultor”, famosísimo en su época.

Antes de ser un político sagaz y de clarísima percepción y un militar valiente y decidido, fue un intelectual capaz de sostener una mirada crítica sobre los grandes temas en debate en su época y de proponer primero e implementar después, nuevas ideas y enfoques para el análisis de la realidad de su país. Durante más de diez años luchó desde su sitial de Secretario del Consulado para romper la rutina de siglos de una cultura primitiva y oscurantista, e inculcar a sus compatriotas ideas renovadas que posibilitaron realizar progresos, en el marco del Virreinato. Fue Belgrano defensor e impulsor de una idea sustancial y revolucionaria para su tiempo. La riqueza no se debe constituir del producto de la explotación de la mano de obra indígena y de la extracción de metales preciosos, sino del trabajo productivo de la tierra. De allí su constante inquietud por transformar el régimen de propiedad de la tierra, típico del colonialismo atrasado y brutal del feudalismo español.

El vendaval

Su visión como economista, ciencia ésta que amaba, estuvo fuertemente influida por el pensamiento de los fisiócratas. Bajo su inspiración decía Belgrano con un profundo sentido crítico: «se han elevado entre los hombres dos clases muy distintas, la una que dispone de los frutos de la tierra, la otra es llamada solamente a ayudar con su trabajo (…) las unas se someten invariablemente a la mente de los otros». Se aprecia claramente que sus ideas estaban lejos del estereotipo del hombre moderado que algunos le endilgan. En esta cuestión, fue Belgrano el primero que propuso una idea de reforma agraria, basada en la expropiación de las tierras baldías para entregarlas a los desposeídos. El vendaval de la Revolución lo une al núcleo de criollos que toman la determinación de constituir un gobierno propio, independiente, rompiendo en todos los sentidos con el colonialismo. Va con Moreno, Castelli y San Martín, por el camino de la lucha. No dudará en actuar como jefe militar, diplomático, periodista, educador, jurista y cualquier otro oficio que hiciera falta.

Es interesante apreciar un rasgo de gran determinación en sus actos. En carta a Moreno del 20 de octubre de 1810, le dice: «Deje a mi cuidado el dejar libre de godos al país (…) ellos han de ayudar a nuestros gastos, por lo pronto he mandado a rematar la estancia de uno que se ha profugado a Montevideo».En la misma misiva, le cuenta a Moreno que el realista Vigodet es una «solemne bestia». Se despide del Secretario de la Junta diciéndole «basta mi amado Moreno, desde las cuatro de la mañana estoy trabajando y ya no puedo conmigo».

Fue Belgrano un creyente sincero y consecuente con su fe cristiana: «Dios nos da la unión y con ella todo lo resistiremos».. Esa era su convicción. Sin embargo, lo definitivo de su conducta fue la lucha política. No dudó entonces en ordenar la detención y remisión a Buenos Aires del obispo de Salta que conspiraba con los realistas.

Una de las facetas más valiosas de este gran constructor fue su convicción acerca de la necesidad imperiosa  de transformar radicalmente el sistema educativo colonial y de instruir al pueblo. Es este sentido fue Belgrano un verdadero fundador de una nueva educación para una nueva Patria: «Sin educación en balde es cansarse, nunca seremos más de lo que desgraciadamente somos».

Trabajó sobre los ámbitos más urgentes de la enseñanza primaria y secundaria, esforzándose por generalizar los estudios de las primeras letras, creando escuelas, principalmente para los núcleos más abandonados del sistema vigente: los indios, los hombres de campo y las mujeres”. En la cuestión de la mujer, denunciaba que “las tenemos condenadas a las bagatelas, y a la ignorancia, a pesar del talento privilegiado que distingue a la mujer”.

Función del Estado

Para el prócer, la educación primaria debía ser una función del Estado. En este sentido, fue el primer estadista que enarboló el principio de educación obligatoria y gratuita. Sostenía que la gratuidad debía ser sostenida por fondos recaudados con el producto de multas y confiscaciones o previendo la contribución de los pudientes para pagar a los maestros, a quienes siempre enaltece e idealiza, resaltando con gran sinceridad y convicción la función civilizadora y moral del docente.

Muchas liviandades e irrelevancia se han escrito sobre su vida privada. Basta decir que tuvo un hijo de su relación con María Ezcurra, que será adoptado por la familia Rosas, y crecerá con el nombre de Pedro Pablo Rosas y Belgrano. Más tarde en Mayo de 1819, de su amor con la joven tucumana María Dolores Helguera nació su hija Manuela Mónica Belgrano.

Difícilmente nos podamos sustraer  de la mejor opinión para finalizar esta breve reseña. Decía el General San Martín de nuestro ilustre patriota: «Belgrano es el más metódico de los que conozco en nuestra América, lleno de integridad y talento natural. No tendrá los conocimientos de un Moreau o un Bonaparte en punto a milicia, pero créame usted que es lo mejor que tenemos en América del Sud”. Moría, aquel 20 de junio de 1820, pobre y abandonado en su casa de la calle San Domingo (hoy Belgrano).

Creó la Bandera, y también fundó escuelas, repartió tierras, blandió la espada, impartió justicia, fue amigo leal y sincero, amó y fue amado. El Bicentenario de la patria lo encuentra incrustado en la memoria de su pueblo.

Prof. Juan Carlos Junio. Director del Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini”.

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Bartolina Sisa, mujer indígena y heroína (segunda parte)

         En el trajín de esos complejos acontecimientos, en medio de esas sociedades permeadas por el juego entre la permanencia y la renovación de las tradiciones, Bartolina no sólo aparece como la “mujer/esposa” –en el sentido occidental- de uno de los más importantes líderes de las revueltas, Tupac Catari, sino que por el contrario, va adquiriendo relieve por su propia contribución política y militar. Su conocida participación al mando de tropas sólo puede asombrar menos que el sitio a la ciudad de La Paz, llevado a cabo durante el año de 1781, que dirigió en conjunto con Catari en un principio, y sola posteriormente. El sitio duraría al menos ocho meses, con dos líneas de combatientes, y sólo sería quebrado luego de un amplio refuerzo de las fuerzas españolas atrincheradas en la ciudad.

¿Cómo pensar, pues, la designación de Bartolina como Comandante por parte de los indígenas insurrectos? Marina Ari Murillo, intelectual afro-indígena, explica:

 

Bartolina provenía de la línea de las Mama T’allas, mujeres autoridades a la par de los hombres que tenían incluso divinidades femeninas propias. Mujeres inteligentes, laboriosas, guerreras que eran contempladas con respeto dentro de la filosofía Aymara de los opuestos complementarios. Lo femenino y masculino como complementariedad necesaria para el equilibrio. La solidaridad como principio extendido a las relaciones ser humano y naturaleza, hombre y mujer, cosmos y tierra. La solidaridad del Ayllu.[1]

 

Cabría, entonces, interpretar la designación de Bartolina como la contraparte de aquella de su esposo, dirigente él mismo. Pero también, y en el mismo sentido, como parte de un equilibrio que estaba mediado ya no por su rol de “esposa” sino más bien por un intercambio simbólico entre ella, su función ejecutiva de líder, y la comunidad: una forma concreta de expresión del tradicional concepto andino de “reciprocidad”. Se trata de una noción que no sólo funcionaba al interior del Ayllu, sino que se había desarrollado de manera ampliada, pan-andina, para regular las relaciones de las comunidades con los estados tradicionales –Chimú, Tiawanaku, Inca, etc-. Así lo muestra el interesante estudio de Gose acerca de la concepción del estado inca como una “aqlla”, una “mujer escogida”, responsable de servir alimentación y protección a los ayllus que le aportaran mano de obra[2].

Siguiendo este eje problemático del género y su relación con la “función pública”, Henrietta Moore sostiene en su obra “Antropología y Feminismo”:

 

Los académicos que sostienen que la subordinación de la mujer no es universal tienden a centrar el problema de las relaciones de género en lo que hacen la mujer y el hombre y no en un análisis de la valoración simbólica atribuida a hombres y mujeres en una sociedad dada.[3]

 

Justamente desde este punto de vista de “la valoración simbólica” es que cobra suma importancia la afirmación de Marina Ari Murillo acerca de la “complementariedad de lo masculino y lo femenino”, como aspecto necesario, fundante, para el equilibrio de la comunidad aymara. Sin embargo, es necesario destacar al mismo tiempo la absoluta novedad que representa para esa cultura el caso de una mujer que ejerce una actividad generalmente reservada a los hombres: la guerra. En este preciso sentido se observa que Bartolina podía, a una vez, cumplir con las pautas tradicionales relacionadas con la idea de “reciprocidad” entre el estado y las comunidades, y con el desempeño novedoso de funciones que generalmente eran atribuidas a los varones, tales como los cargos de autoridad y de guerra. Hablamos, entonces, de tradiciones pan-andinas milenarias pero también de transformación simultánea sobre esa misma base.

De este modo, la complejidad inherente al análisis de la situación de género deviene de los distintos abordajes, ya sea en clave “sociológica” o “simbólico-cultural”, que se adopten para estudiar el caso. Para entender mejor la problemática del caso de Bartolina Sisa, encontramos sugerente la experiencia prehispánica mesoamericana descripta en el conocido trabajo de Louise Burkhart “Las mujeres mexica en el frente hogareño”[4]. Allí la autora desarrolla, desde el análisis simbólico de las relaciones de género, por un lado la complementariedad entre las labores “masculinas” asociadas a la actividad guerrera, y las “femeninas” ligadas al ámbito de lo “doméstico”; y por otro lado, con especial énfasis, la remarcable igualdad de importancia y valoración social que conllevaban ambas actividades. Hasta tal punto, considera Burkhart, se da la complementariedad entre las diferentes actividades relacionadas al “género”, que para la cultura mexica el triunfo de los guerreros en la batalla estaba condicionado y determinado por el éxito de sus propias mujeres en la realización paralela de las tareas “domésticas”. De allí la idea de la autora acerca de un “frente hogareño” de guerra. En consonancia, para el caso de la cultura quechua en el ámbito andino, la complementariedad de tareas asociada a determinada idea de “género” puede apreciarse en el caso de las categorías de “Huari” y “Llacuaz”: comunidades dedicadas respectivamente a la agricultura y al pastoreo, pensadas en su complementariedad económica estratégica (unos explotando los recursos de los valles y los otros de los de los valles)  fueron pensadas asimismo en una relación mutua propia del “género”.

Sin embargo, como se ha visto, la idea de “complementariedad” no implicaba el indistinto ejercicio de funciones sino que, por el contrario, ésta era sólo posible desde una división sexual del trabajo. Es acaso desde esa perspectiva que nuevamente resulta llamativo el rol de Bartolina Sisa. Otra vez, ¿cómo comprender su novedosa actuación como comandante desde los valores tradicionales aymara?

En este sentido, ya desde el clásico trabajo de Engels acerca de la familia y la propiedad privadas se corrobora el razonamiento de que para la civilización occidental la subordinación de la mujer con respecto al hombre, el desarrollo de la familia en tanto que unidad económica autónoma y el matrimonio monógamo están ligados al desarrollo de la propiedad privada de los medios de producción[5]. Sólo contemplando la manera en que esas sociedades occidentales, capitalistas y patriarcales, se extendieron sobre vastas zonas del mundo, colonizando y estableciendo un sistema marcadamente etnocéntrico, se pueden llegar a comprender las transformaciones que las sociedades americanas presentaron a lo largo de todo el tiempo en que estuvieron sometidas al poder colonial. Y sólo desde los ideales culturales que Occidente impuso sobre estas culturas resulta imposible imaginar que una mujer como Bartolina Sisa cumpliera un rol que no se correspondía con la representación occidental de lo femenino. Es quizás esta afirmación la que María Lugones intenta expresar, pensando en la manera en que la imposición eurocéntrica y colonial de una determinada noción de “mujer” fue implantada:

 

Históricamente, no se trata simplemente de una traición de los hombres colonizados, sino de una respuesta a una situación de coerción que abarcó todas las dimensiones de la organización social. La investigación histórica del por qué y del cómo de la alteración de las relaciones comunales con la introducción de la subordinación de la mujer colonizada en relación al hombre colonizado y el por qué y cómo de la respuesta del hombre a esa introducción forman una parte imprescindibles de la base del feminismo descolonial. La cuestión es por qué esa complicidad forzada continúa aún en el análisis contemporáneo del poder[6]. (La negrita es nuestra)

 

Como decíamos al principio, la colonialidad -ese concepto acuñado por Aníbal Quijano para dar cuenta de la prolongación en el tiempo de las estructuras coloniales luego de que el colonialismo ha terminado- alcanza y atraviesa todos los aspectos de la existencia social. Lugones agrega: “colonialidad no se refiere solamente a la clasificación racial. Se trata de un fenómeno abarcador, ya que se trata de uno de los ejes del sistema de poder, y como tal, permea todo control del acceso sexual, la autoridad colectiva, el trabajo, la subjetividad/intersubjetividad y la producción de conocimiento desde el interior mismo de estas relaciones intersubjetivas[7]. De esta manera, son todos los ámbitos de existencia social los que, simultáneamente, se ven estructurados en torno a la idea de “raza” y “género”, es decir, racializados y “engenerizados” al mismo tiempo. Por ello, sólo desde el imaginario occidental moderno y colonial puede comprenderse que el ejercicio de la “autoridad colectiva”, reflejadas por caso en las actividades guerreras, pueda ser impensable para el caso de un individuo doblemente inferiorizado desde su simultánea condición de “indígena” y “mujer”, y que justamente esa manipulación y transformación novedosa de categorías pre-hispánicas haya sido utilizada como forma de resistencia frente a los embates y las imposiciones del imaginario occidental.

Durante las últimas instancias del sitio a la ciudad de La Paz,  en el año de 1781, la captura de Bartolina Sisa constituyó un momento crucial para la suerte que correría la operación militar de los indígenas, finalmente fracasada. El episodio, por la forma en que se desarrolló, permite una lectura de la manera en que se expresarían en el seno de las relaciones de explotación y dominación las cuestiones de raza y género más arriba desarrolladas. Como comentan algunos de los cronistas, en consonancia con los expedientes elaborados por las autoridades coloniales, los españoles habiendo apresado a Bartolina la mantuvieron con vida con el objetivo de obtener un rescate e intercambiarla a su esposo, Tupac Catari[8]. Las crónicas cometan que Bartolina, luego de torturada, fue vestida y paseada por la ciudad cerca de la línea de asedio de los indígenas para mostrar que se encontraba con vida. La idea del rescate y el intercambio, lejos de la anécdota, revela que para los europeos el valor estratégico que tenía Bartolina estaba dado por su carácter de “esposa” del líder indígena Catari. De este modo, sólo podemos comprender la intención de los españoles observando que, en su interpretación, articulada desde el punto de vista de una sociedad occidental y patriarcal, el único vínculo que Bartolina podía tener con el movimiento rebelde estaba mediado por la persona de Tupac Catari, es decir, que era entendida desde la categoría occidental de “género”. No cabía una representación de Bartolina como Virreina por mérito propio. No había siquiera posibilidad de una comprensión por parte de los europeos de las pautas andinas de “complementariedad” de los sexos -de la manera en que la expresa Ari Murillo-, lo cual implicaba poner en pie de igualdad la importancia Bartolina como líder indígena, más allá de su condición de indígena y mujer. Sin embargo, no existió la misma lectura del otro lado. Tupac Catari no aceptó los términos en que la situación estaba planteada. Siguiendo las pautas andinas de la reciprocidad, envió algunos bienes para que sean dados, ya no a los españoles, sino a Bartolina misma.

Bartolina Sisa morirá ejecutada por las autoridades coloniales el 5 de Septiembre de 1782. A pesar de la invisibilidad que se dio a su existencia, su ejemplo sigue en vigor a la hora de reivindicar las luchas presentes de los más ignorados y vulnerados, ya que las representaciones impuestas por el patrón de poder capitalista moderno/colonial siguen operando con total vigencia.

 

Santiago Sanchez


[1] Ari Murillo, Marina; Bartolina Sisa: la generala aymara y la equidad de género, Ed. Amuyañataki, La Paz, 2003.

[2] Gose, Peter; El Estado Incaico como una “mujer escogida” (Aqlla). Consumo, tributo en trabajo y la regulación del matrimonio en el incaico; en: Arnold, Denise. Comp. Más allá del silencio: las fronteras de género de los Andes. LA PAZ: ILCA, 1997, pp.457-474. En esta obra se analiza el estado inca a través de la masiva intervención en las prácticas matrimoniales de la nobleza provincial, y la creación de varias categorías de “mujeres escogidas”, operación a través de la cual se revistió de cualidades tradicionalmente atribuidas a lo “femenino”  para regular el tributo.

[3] Moore, Henrietta; Antropología y Feminismo; Madrid, Ed. Cátedra; 1999; p. 46.

[4] Burkhart, Louise; Mexica Women on the Home Front: Housework and Religion in Aztec Mexico. En: Indian Women of Early Mexico. Susan Schroeder, Stephanie Wood and Robert Haskett eds., 1997; pp. 25-54.

[5] Engels, Friedrich; El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado; Madrid, Alianza Ed. 2008 (1884).

[6]Lugones, María; Colonialidad y Género: Hacia un feminismo descolonial; en: Género y Descolonialidad; Walter Mignolo comp.; Ed. Del Signo, 2008, p. 15.

[7] Ibidem, p. 20.

[8] Del Valle de Siles, María Eugenia; Bartolina Sisa y Gregoria Apaza : dos heroínas indígenas; La Paz; Biblioteca Popular Boliviana  “Ultima Hora”, 1981.

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Bartolina Sisa, mujer indígena y heroína (primera parte)

Las revueltas andinas pueden ser consideradas como uno de los más importantes antecedentes de la revolución continental en Hispanoamérica, tal como ya lo sugiriera el clásico trabajo de Boleslao Lewin sobre el levantamiento de Tupac Amaru. Juntamente con la revolución haitiana, primera revolución anti-esclavista triunfante en la historia de la humanidad, este acontecimiento debe ser reconocido por la importancia que alberga como experiencia a nivel histórico de mediano y largo plazo, esto es, debido a sus enormes alcances temporales y a la manera en que éstos pudieron haber posibilitado la expansión de las ideas revolucionarias anti-coloniales a lo largo y ancho del sub-continente, y así, a los procesos independentistas[1].

En esta oportunidad, consideraremos un caso particular de las revueltas andinas: intentaremos recuperar la imagen de una protagonista invisibilizada por el triunfo final de un enorme bagaje conceptual eurocéntrico que silenció en la historiografía una experiencia novedosa desde el punto de vista de las culturas andinas, la de Bartolina Sisa. En este sentido, teóricamente, podemos justificar la elección de este personaje desde una doble perspectiva de lucha descolonial: por un lado, contra la imposición de una determinada idea de “raza”, debido al carácter de “indígena” de Bartolina; por otro lado, siendo mujer, de la idea de “género”, establecida a un tiempo con la anterior. Nos referimos con esto a un proceso de desarrollo de –tal como sostiene Aníbal Quijano- un patrón de poder capitalista moderno/colonial, que inscribe la dominación y la explotación sobre cuatro ámbitos básicos de la existencia: el trabajo y sus productos, la autoridad colectiva, el género y la sexualidad, y la intersubjetividad. Aboquémonos, pues, al caso en cuestión.

Bartolina Sisa nació aproximadamente en 1750. Aún no se ha esclarecido si era originaria de Sullkawi o Q’ara Qhatu, aunque ambas comunidades pertenecían al departamento de La Paz. Hija de comerciantes de coca y ganado, se desplazaría por numerosos lugares, y luego se casaría con Julián Apaza, más tarde conocido como Tupac Catari. Numerosos autores coinciden en señalar que la actividad desarrollada por Bartolina y su familia sería de vital importancia para el conocimiento de numerosos lugares y el contacto con las más diversas situaciones de explotación colonial. Thierry Saignes en su estudio “Ayllus, mercados y coacción colonial: el reto de las migraciones internas en Charcas (siglo XVII)”, analiza inteligentemente la manera en que, posteriormente a las reformas del Virrey Toledo, los lazos tradicionales de las comunidades comienzan a modificarse para lograr una adaptación a las reglas de imposición del poder metropolitano. En este sentido, las migraciones, y junto con ellas las actividades económicas que implicaban cierta trashumancia, tomaban cuerpo como medidas de resistencia frente a la voluntad del poder colonial de mantener la ficción de los “pueblos de indios”, fundados por los españoles a manera de control del espacio, el asentamiento y el tributo indígenas, entre otras cosas[2]. El mismo Tupac Amaru se dedicaría a los rebaños, y lograría entrar en contacto con numerosas comunidades gracias a la movilidad de su actividad y a su relativamente holgada situación económica.

         En este contexto de modificación de las pautas culturales tradicionales se inscribe también la aparición cada vez más común de los llamados “forasteros” –personas pertenecientes a comunidades en las cuales ya no residían- y los “yanaconas”, quienes ya no detentaban ni reivindicaban tipo alguno de adscripción étnica. Transformaciones todas que implicarían, como sostiene Zulawski en consonancia con Saignes, nuevas formas de reproducción social, en el seno de las diferentes comunidades. Pero que también habilitarían, al mismo tiempo, una relectura de la situación política y de las estrategias de resistencia por parte de aquellos grupos y personas ubicados en situaciones novedosas respecto del pasado. Bartolina Sisa se convierte para nosotros, de este modo, en un reflejo fiel de aquella sociedad en que vivió, en transformación, durante un tiempo crítico para las comunidades andinas que el historiador Steve Stern designaría como “era de las insurrecciones”.

 

Santiago Sanchez


[1] Lewin, Boleslao; La rebelión de Tupac Amaru y los orígenes de la Independencia de Hispanomérica, Buenos Aires, Ed. Sela; 2004.

[2] Saignes, Thierry, “Ayllus, mercado y coacción colonial: el reto de las migraciones internas en Charcas (siglo XVII)”, en O. Harris, B. Larson y E. Tandeter (comps.), La participación indígena en los mercados surandinos. Estrategias y reproducción social,siglos XVI-XX (La Paz, CERES, 1987), pp. 111-158

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