Archivo de Diciembre de 2009

Haití y Venezuela en la época de la Independencia.

Ponencia de Juan Francisco Martinez Peria en la I Jornada de Historia del Centro Cultural Floreal Gorini los días 20 y 21 de noviembre de 2009

“Haití ya no permanecerá aislado entre sus hermanos. Los principios de de Haití influirán en todos los principios del Nuevo Mundo” Simón Bolívar 1816[1]

Haití y Venezuela en la época de la Independencia.


[1] “Carta de Simón Bolívar a Petión  4 de Septiembre de 1816 ”Compilado por Paul Verna , “Petión y Bolivar” , Ed Imprenta Nacional ,Caracas,  pg 489

 


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EL CASO DEL CANAL INTEROCEÁNICO: De la República de Colombia a la de Panamá.

Un hecho fortuito producido en California a principios de 1848, siendo ya esta región parte integrante de los Estados Unidos, vino a crear nuevas realidades en la geopolítica norteamericana. El hecho en sí fue el descubrimiento de la existencia de oro en el valle del Sacramento. A partir de la difusión de semejante descubrimiento, un torrente de aventureros de toda laya se avalanzó sobre dicho territorio tras el sueño de convertirse en ricos de la noche a la mañana. En tan sólo un año San Francisco pasó de unos pocos centenares de pobladores a nuclear alrededor de 25.000; según el censo de 1850 California tenía ya 92.000 habitantes, y en 1858 esa cifra se elevaba a 380.000. Los buscadores de oro viajaban en caravanas a través del istmo de Panamá, o por los ríos y lagos de Nicaragua, cuando no en barcos mercantes por el Atlántico hacia el Pacífico a través del cabo de Hornos o el estrecho de Magallanes.

Esta nueva realidad puso sobre el tapete nuevamente el viejo sueño de la construcción de una vía interoceánica que permitiera evitar el largo viaje marítimo por el sur del continente. Los posibles lugares adecuados para construir vías de transportes rápidos eran: el istmo de Tehuantepec en México, el de Panamá en Colombia y el relacionado con el lago de Nicaragua.

El presidente norteamericano Pierce, mediante el Tratado de Gadsden impuesto a México en 1853, había obtenido de este país el derecho de construcción de un ferrocarril a través de su territorio, derecho del que nunca se hizo uso por considerárselo antieconómico. La segunda posibilidad, la del istmo de Panamá, no tardó en ser puesta en práctica, merced a la buena disposición de Colombia, nación que en 1846, por el Tratado de Nueva Granada no sólo concedió el derecho de paso a los ciudadanos norteamericanos, sino que acordó a los Estados Unidos la concesión para construir un ferrocarril transístmico, camino de hierro que en 1855 estaba ya concluido y era utilizado.

La tercera de las posibilidades, la vía terrestre - acuática nicaragüense, hizo necesario desbrozar previamente las malezas en que estaban envueltas las políticas y la diplomacia de los Estados Unidos y Gran Bretaña en todo el ámbito del Caribe. Cuando se llegó a una especie de acuerdo transitorio mediante el Tratado Clayton - Bulwer, en 1850, se convino la construcción de un canal por territorio de Nicaragua.[1]

Con el correr del tiempo este Tratado pasó a ser un obstáculo para Estados Unidos, que cada vez más quería efectivizar la Doctrina Monroe en lo que consideraba su área de influencia, o sea todo el continente americano. Gran Bretaña sobraba como socio. Mediante negociaciones entre ambas potencias, se llegó al Tratado Hay - Pauncefote en 1901, mediante el cual Gran Bretaña renunciaba a participar de la construcción del canal, autorizando a Estados Unidos a hacerlo y a ejercer su control sobre el mismo.

Anticipándose a estos planes, ya en 1881 los franceses habían comenzado la construcción del canal por el istmo de Panamá. Dificultades financieras y una sustitución de la compañía originaria por otra trabaron el desarrollo de las obras. En 1902 el presidente Theodore Roosevelt logró la autorización del Congreso para comprar en 40 millones de dólares la concesión francesa. El segundo paso fue lograr la autorización del gobierno de Colombia para construir el canal, lo que se consiguió a medias en 1903 con el Tratado Hay - Herrán; el problema fue que el gobierno colombiano no ratificó posteriormente este Tratado.

Se dieron entonces las condiciones para que Estados Unidos terminara impulsando la secesión de Panamá de Colombia, sabiendo que una nueva pero pequeña nación, con un gobierno recién instalado, sería presa fácil de sus presiones.

Como bien señala Olmedo Beluche

A inicios del siglo XXI podemos decir con seguridad que Panamá es un hecho, existe como país, y como tal no necesita ser permanentemente justificado. Ahora poseemos la madurez necesaria para examinar cuidadosamente nuestra historia, contarla como verdaderamente ha sido. Se requiere el estudio de nuestro pasado, no ideológico, sino científico y, por tanto, crítico.[2]

Adherimos a la afirmación de Beluche por cuanto queremos dejar claro que nuestro análisis no tiene que ver con tomar posición en cuanto a la justeza o no de la independencia de Panamá, sino mostrar las maniobras externas a Panamá que se montaron en esas reivindicaciones.

Aclarado esto, nos apoyamos en las definiciones que el citado Beluche plantea sobre el caso Panamá:

La idea que prevalece respecto a la formación de la nación panameña señala que la misma tiene como su actor y ejecutor central a la burguesía comercial citadina, cuya tarea histórica habría consistido en crear una nación (en ciernes desde el siglo XVIII, y construyéndose a lo largo de todo el siglo XIX, y emergiendo en 1903) con una misión histórica: el ‘transitismo’.

Para esta versión -sigue Beluche-, la esencia del ’ser nacional’ panameño consiste en servir de zona de tránsito al comercio internacional. Ese objetivo socioeconómico, que coincide plenamente con la privilegiada posición geográfica del país, justificaría (como necesarias y progresivas) todas las acciones emanadas de la clase comercial istmeña por concretar su sueño transitista, desde los tempranos intentos secesionistas del siglo pasado, hasta la ‘independencia’ de 1903.[3]

Cierto es, como lo indica Luis Vitale, que los sectores de la burguesía panameña tenían desde tiempo atrás aspiraciones de alcanzar la independencia. De hecho, durante 1840-1841 Panamá se había independizado por un año y a partir de allí hubo varios intentos para independizarse de manera definitiva.[4] Pero ante la nueva realidad, a principios del siglo XX, las perspectivas de grandes negocios irrumpieron de golpe ante los ojos de los grandes comerciantes panameños, dándole nuevos y mejores bríos a esa vieja aspiración hasta entonces latente:

La perspectiva de la construcción de un canal -relata Sergio Guerra Vilaboy- aun en las condiciones fijadas por el Hay - Herrán, significaba un alivio para el agobiado pueblo panameño y prometía grandes negocios a la oligarquía conservadora de Panamá. Por eso el rechazo del tratado por el gobierno colombiano fue interpretado en Panamá como una amenaza potencial para su muy deteriorada economía, lo que se sumaba a la posibilidad de que la vía se construyera entonces por otro lugar (Nicaragua), echando por la borda todas las expectativas de mejoramiento del país.

Eso explica que los norteamericanos pudieran aprovechar fácilmente, para sus objetivos, las legítimas aspiraciones panameñas de crear una nación independiente.[5]

La conspiración fue ganando terreno, alentada por los Estados Unidos, y ya era un secreto a voces, al punto que diez días antes de la “declaración de la independencia” formal, ya los navíos de guerra norteamericanos partían del puerto de San Francisco y de distintos puntos del mar Caribe. Algunas de estas naves estaban en Colón el día 2 de noviembre.

Escribe Medina Castro: ´

En la mañana del 3 llegó a Colón la cañonera colombiana ‘Cartagena’. Traía 500 hombres del batallón ‘Tiradores’, con destino a Panamá, al mando del general Tobar.

La compañía del ferrocarril, norteamericana, se apresuró a trasladar a Panamá a Tobar y a su ayudante. Pero no pudo llevar la tropa, por ‘inconvenientes técnicos’ de última hora…

Al caer la noche, los insurgentes de Panamá detuvieron a Tobar y proclamaron la ‘independencia’. El gobernador, José Domingo de Obaldía, estaba en el plan y se dejó apresar.

El comandante del ‘Nashville’, conforme a las instrucciones, impidió que las tropas gubernamentales avanzaran de Colón a Panamá.

¡Así triunfó la revolución! [6]

Tres días después de declarada la “independencia”, el gobierno de los Estados Unidos reconoce a la nueva república. A título comparativo consignemos que las repúblicas de Sud América tardaron doce años en ser reconocidas, luego de haberse independizado auténticamente.

Estados Unidos no se apoderó sólo del proyecto del canal sino, luego de construido, de su control y soberanía.

Es ineludible destacar la lucha del pueblo panameño por recuperar el canal para sí durante todo el siglo XX, lo que llevó a innumerables manifestaciones y enfrentamientos con las tropas norteamericanas instaladas en el estratégico paso. Recordemos los 20 muertos y centenares de heridos entre estudiantes panameños en 1964.

El último día de 1999 los EE.UU. debieron entregar el canal al gobierno panameño, de acuerdo con el Tratado Torrijos - Carter de 1977. Torrijos había muerto en un misterioso accidente de aviación nunca aclarado. Las fuerzas aéreas y de marinería yanquis se instalaron en las bases de Aruba y Curaçao, desde donde en menos de una hora pueden estar de nuevo en la zona del canal si algún conflicto que amenace su control geoestratégico así lo amerita.

Finalmente, el 22 de octubre de 2006 se realizó en Panamá un referéndum para decidir si el pueblo acepta la ampliación del canal, obra que permitiría el paso de barcos con 12 mil contenedores en lugar de los actuales que cargan 4 mil. Si bien el “Sí” por la ampliación se impuso por casi el 80% de los votos al “No” (20%), lo llamativo de esta elección fue el alto índice de abstencionismo: 60%, lo que indica -según varios analistas- que el pueblo consideró que la propuesta de ampliación es apresurada y el tiempo para discutirla demasiado corto. Además de temores sobre el enorme endeudamiento al que se precipitaría el país, hay quienes temen que detrás de esta ampliación pueda reanudarse una embestida de EE.UU. para que este país firme un Tratado de Libre Comercio (TLC) y lograr por esa vía un mayor control, además de temores a que el proyecto sea fuente de corrupción o que abra las puertas a potencias extranjeras.

La rapidez con que se sustanció la consulta evidencia una carrera por tener lista la magna obra (se habla de que las nuevas esclusas estarían funcionando entre 2014 y 2015) y ganarle así a eventuales proyectos de nuevos canales: vuelve el fantasma de un nuevo canal por Nicaragua, de unos 286 kilómetros de largo, que podría estar funcionando para el 2017. También se vuelve a hablar de México. En el actual contexto político, Estados Unidos ve más confiable y predecible a Panamá que a los dos países mencionados.

Horacio A. López


[1] Historia de América II. Op. Cit., p. 73.

[2] Olmedo Beluche. “El problema nacional: Hispanoamérica, Colombia y Panamá”, en Jorge Enrique González, Nación y nacionalismo en América Latina, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Universidad nacional de Colombia. Facultad de Ciencias Humanas, Buenos Aires, 2007, p. 88.

[3] Ibíd., p. 83.

[4] Luis Vitale, De Bolívar al Che. La larga marcha por la unidad y la identidad latinoamericana, Cucaña Ediciones, Buenos Aires, 2002, p. 104.

[5] Sergio Guerra Vilaboy. Historia mínima de América. Editorial Pueblo y Educación. La Habana. 2003, p. 224.

[6] Medina Castro, Op. Cit., p. 622.

 

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Colombia, un siglo antes un siglo después.

 

             A fines del siglo XIX, Colombia sufrió un duro enfrentamiento entre liberales y conservadores, cuyo hecho más saliente y sangriento, fue la llamada Guerra de los mil días entre 1899 y 1902, la cual se cobro unos 100.000 muertos, además de consolidar a los conservadores en el poder. Pero en 1903, conservadores y liberales tuvieron que llegar a una coalición para hacer frente a las presiones de EE.UU. que apoyaba la independencia panameña dado los intereses que tenían para la construcción de un canal interoceánico.

            La economía colombiana basada en la exportación del café sufrió un duro golpe durante los años 1917 y 1918 dada la depresión económica que sufrió el mundo por el desarrollo de la Primera Guerra Mundial, pero este fue sólo el principio de lo que durante la década del 20 termino siendo el comienzo de la dependencia económica que le impuso EE.UU., quién en 1922 aprovechándose de esa crisis obligó al gobierno colombiano a firmar la independencia de Panamá bajo el tratado Thompson Urrutia, donde a Colombia se le entrego un “dinero de conciencia” por el territorio robado y cuya suma fue de 25 millones de dólares.

Claro que EE.UU., no sólo se conformo con lograr la fragmentación de Panamá y Colombia, sino que además, unos meses después, enviaron una misión económica encabezada por Princeton Kemmerer, que impuso al gobierno colombiano un programa económico conservador basado en préstamos bancarios, además de tener que equilibrar el presupuesto de gobierno despidiendo a cientos de trabajadores y bajar los sueldos de los que siguieron trabajando.

No fueron sólo las políticas económicas las que EE.UU. impuso en Colombia, sino que también las empresas norteamericanas comenzaron a instalarse en el país cafetero haciéndose presentes en la producción y exportación petrolera a manos principalmente de la Stándar Oil, y de plátanos, a manos United Fruit Company (UFCO) que se estableció en Barranquilla, la costa caribeña de Colombia a comienzos del siglo XX.

En la década del 20 la UFCO llego a emplear unos 30.000 trabajadores, los cuales en 1924 se declararon en dadas las malas condiciones de pago y trabajo. La respuesta no se hizo esperar y la empresa norteamericana dijo que los trabajadores no eran responsabilidad de ellos ya que dependían de pequeños contratistas. Cuatro años más tarde, mejor organizados los trabadores volvieron a declarar la huelga, la respuesta de la UFCO, apoyada por el tribunal de justicia, fue la misma, los trabajadores eran responsabilidad de los pequeños contratistas, pero el gobierno si tomo una respuesta diferente, y el 6 de diciembre de 1928, en Ciénaga, los soldados del ejército dispararon contra los trabajadores y demás personas que se encontraban reunidas en la plaza del pueblo. El hecho dejo alrededor de 3.000 personas asesinadas, además los principales dirigentes comunistas y socialistas fueron encarcelados.  Acontecimientos semejantes, pero con menos muertos tuvieron las huelgas de los trabajadores del transportes y de una de las petrolera norteamericanas que operaba e Colombia, la Tropical Oil Company, en Barrancabermeja, a orillas del río Magdalena.

 

No sólo los trabajadores se revelaron contra el gobierno conservador, las malas condiciones de vida y trabajo durante las décadas de 1920 y 1930, también los pueblos originarios llevaron adelante sus reclamos en busca de mejores condiciones de vida y de las tierras que les fueron robadas a manos de terratenientes locales y empresas extranjeras; uno de sus líderes y pensadores más representativos fue Manuel Quintin Lame en los Valles del Cauca, el suroccidente de Colombia, quién llevo adelante una serie de importantes levantamientos.

En agosto de 1914, Quintin Lame, se dirigió a Bogotá, capital del país, para reclamar por las tierras que les habían arrebatado, y que nunca les habían devuelto. Luego de entrevistarse con los ministros de Relaciones Exteriores y de Guerra, de los cuales no obtuvo ninguna respuesta favorable. De regresó al Cauca comenzó a organizar un levantamiento general junto a las comunidades de Tolima, Huila, Tierradentro, Cauca y Valle para febrero de 1915, en busca de conformar lo que se denominaría, la “República Chiquita de indios”, expulsando a los terratenientes dueños de las fincas, las cuales volverían a ser propiedad de los habitantes originarios para distribuirlas de forma equitativa. Al enterarse del plan las autoridades locales, fieles representantes de los terratenientes, apresaron a Quintin Lame un mes antes del levantamiento en el pueblo de Coetano, fue trasladado y condenado a nueve meses de prisión en la ciudad de Popayán.

Cuando Quintin Lame obtuvo la libertar, a pesar de seguir siendo perseguido, simuló trabajar en las faenas agrícolas para poder continuar con su actividad política. Claro que los terratenientes continuaron con las denuncias,  además  de pedir que fuera encarcelado nuevamente. A fines de 1916 Quintin Lame encabezo el levantamiento de Inzá, donde los indígenas fueron reprimidos por las autoridades y por Pio Collo, un líder indígena en desacuerdo con la idea de Quintin Lame y aliado de los terratenientes. Durante la represión fueron detenidos, heridos y asesinados una gran cantidad de indígenas lamistas.

Quintin Lame fue perseguido constantemente, a pesar de ello en abril de 1917 llevo adelante un levantamiento en la hacienda de San Isidro, nuevamente fue traicionado por un líder indígena que formaba parte de la comisión que llevo adelante la organización del levantamiento, fue detenido golpeado y trasladado nuevamente a Popoyán.

Cuatro años pasaron hasta que en abril de 1921 Quintin Lame fue juzgado, asumiendo él mismo su defensa, en la que hablo por quince días, pero finalmente el juzgado lo declaro culpable por delitos de hurto, asonada fuerza y violencia condenándolo a cuatro años de prisión. Como ya había estado encarcelado durante esa cantidad de tiempo, en agosto de ese mismo año logro la libertad.

Los casi cuarenta años que pasaron hasta su muerte a los 80 años no cambiaron su objetivo de lucha y escribiendo obras como “En defensa de mi raza” y “Los pensamientos del indio que se educó en las selvas colombiana” donde seguía manifestándose por la relación entre el hombre y la naturaleza, la identidad, las tierras y los derechos que correspondían, y corresponden, a los pueblos originarios.

    

 Parece que nada es casualidad por nuestras tierras, que el tiempo no pasa, por un lado los pueblos originarios siguen luchando por recuperar su identidad y sus tierras arrebatadas desde hace más de cinco siglo; por el otro, hace casi un siglo EE.UU. apoyó la supuesta independencia de Panamá de Colombia que tuvo como fin la construcción de un canal interoceánico a cambio de unos dólares, además de imponer una política económica deficitaria para ambos países (Colombia y Panamá). Hoy casi un siglo después, Colombia parece no haber aprendido o entendido la lección, pues permite la instalación de bases militares estadounidenses en su territorio poniendo en peligro el difícil proceso de integración y unidad que se esta dando en nuestro continente, y que además nos puede costar y llevar a un enfrentamiento entre hermanos nuestramericanos.

 

Alejandro Pisnoy

Prof. Invest. CCC

 

Referencias Bibliográficas

 

Bethell, L. Ed. Historia de América Latina. Economía y sociedad 1870 1930. Vol VII. Ed. Crítica. Barcelona. 2000.

Cockcroft, J. América Latina y Estados Unidos. Historia y política país por país. Ed. Siglo XXI. México DF. 2001.

 

http://alirio-acevedo.blogdiario.com/i2007-11/

http://www.lablaa.org/blaavirtual/biografias/lamemanu.htm

http://www.luguiva.net/articulos/detalle.aspx?id=70

 

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Soberanía Latinoamericana: Secesionismo e intervencionismo imperialita

Presentación de la charla debate “Soberanía  Latinoamericana: Secesionismo e intervencionismo imperialista” en el marco de la II Semana del Libro Venezolano que se presento en el Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini” del 23 al 29 de noviembre.

En los videos que se pueden ver a continuación hablan en primer lugar Horacio López director del CCC, y en segundo lugar, el venezolano Sergio Rodriguez Director del RR II MPPC.

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LOS LLANEROS VENEZOLANOS

POR RICHARD VOWELL En la revista Memorias de Venezuela (junio 2009)

memoriasnuevejunio09

www.cenhisto.gob.ve

Los Llaneros, –hombres de las sabanas– raza sencilla y pacífica, vivían en familias separadas, cada una bajo un jefe común, a usanza de los antiguos patriarcas. Habitaban hatos remotos, o granjas, de ordinario situados a muchas leguas unos de otros con el objeto de que sus respectivos rebaños tuviesen mayor extensión de pastos y al propio tiempo para evitar la intromisión dentro de los linderos del vecino, cosa que no podría impedirse de otro modo en

un país donde las cercas y aun las marcas de límites son del todo desconocidas. Las ocasiones de choque entre los peones de las diversas familias eran, por consiguiente, raras en extremo, mientras la inagotable abundancia de ganado salvaje y la facilidad con que en todo tiempo podían obtenerse caballos y vacas para el uso y subsistencia de los habitantes, no daban lugar a piques ni móvil para actos de agresión o violencia. Por lo demás resultaba evidente para un observador atento que la templanza de costumbres, características de los llaneros de Barinas, no obedecía a apocamiento de espíritu, sino que era consecuencia natural del constante trato en que los jóvenes vivían con los mayores de su familia, a quienes estaban acostumbrados a rendir obediencia implícita y en cuya presencia adoptaban habitualmente una actitud respetuosa y tranquila.

Aunque usualmente se les llama pastores y se les considera como tales, sus hábitos y sistema de vida eran en realidad los del cazador, porque siendo del todo salvaje el ganado que constituye su única riqueza, el trabajo requerido para recogerlo y arrebañarlo en la vecindad del hato era necesariamente violento e incesante. Constante ejercicio a caballo; noches pasadas en vela para guardar el ganado, proteger los becerros y potros contra los rigores del tiempo, todo ello había contribuido ya a prepararlos para la igualmente ruda profesión de las armas. Por de contado, al interrumpir la guerra la comunicación entre los Llanos y la costa marítima de Caracas, quedando paralizado su tráfico habitual de mulas, cueros y sebo, sintiéronse inquietos e impacientes por su desacostumbrada inactividad. Todos cuantos eran capaces de llevar una lanza acudieron en masa a enrolarse bajo la bandera de su paisano José Antonio Páez, quien ya se había distinguido por su valentía y éxito, como jefe de guerrilla, y quien tuvo poca dificultad en disciplinar tan valiosa recluta y en hacer de ellos buenos soldados en el campo de batalla.

Las familias de los llaneros, que aún permanecían en casa, aunque abandonadas por los más jóvenes, no corrían el peligro de padecer necesidad, porque los viejos y los muchachos, que muy a pesar suyo se quedaban rezagados eran capaces de abastecerlas con largueza escogiendo de vez en cuando alguna ternera cerril en el rebaño próximo, la cual, atada con el lazo certero, traían a la cola de sus caballos como provisión para el hato. Sin embargo, los amigos de aquellos que habían tomado las armas sentían la separación mucho más de los que hubiera ocurrido probablemente si el país que los rodeaba hubiese sido más populoso, porque en su vida de apartamiento la ausencia de un solo individuo dejaba un vacío sensible en el círculo familiar, y a causa de su casi aislada situación era probable que tuviesen poca o ninguna noticia relativa a los sucesos de una guerra en que por vez primera comenzaban a tomarse un profundo y doloroso interés.

La alarmante nueva de la próxima invasión española extendióse con velocidad por las pequeñas aldeas y haciendas de las orillas de los ríos que separan las llanuras de los distritos montañosos. Los habitantes de éstos, muchos de los cuales estaban en algún modo ligados a los patriotas por lo cual tenían buenas razones para temer la llegada de Morillo y de su inmisericorde tropa de invasores, huyeron con precipitación a refugiarse en los hatos, en el fondo de las sabanas; su arribo fue saludado como un evento feliz por los sencillos y hospitalarios llaneros, quienes encantados con tan insólita e inesperadavisita no experimentaron el más leve temor de que ellos también se verían pronto compelidos a huir ante el azote de la guerra.

En la estación lluviosa, cuando los Llanos permanecen por lo regular anegados durante tres meses, todas las casas, construidas sobre pequeñas eminencias, se ven aisladas por completo mientras dura la inundación, aunque el invierno esté lejos de mostrarse en todo su rigor. Entonces, las crecientes expulsan poco a poco de los bajíos los rebaños de reses bravías, los cuales tienen que acogerse a los únicos parajes secos que pueden hallarse, y en consecuencia no nos veíamos en el caso de ir tan lejos a caballo y todos los días para traer un novillo destinado al consumo de la familia. Además nunca nos faltaba que hacer, fabricando o reparando nuestras sillas, tejiendo cabestros de cerda tan solicitadas en las comarcas montañosas. Nuestras noches transcurrían alegremente en la extensa sala del hato con los bailes del jaís, tales como el Bambuci y la Zambullidora, muy superiores a las rígidas contradanzas y afectados boteros de Europa; las llaneras con célebres por su destreza en tocar la guitarra y el arpa y por su canto de los aires nacionales.

Era a mediados de la época de caza entre las selvas que orillan el Orinoco y también la estación en que sazonaban los maíces, de modo que cuando llegó la partida a las inmediaciones del campamento tamanaco, todos los indios guerreros se hallaban ausentes en las selvas, demasiado distantes de sus viviendas para tener noticia del ardid que se tramaba contra la felicidad doméstica de su cacique. Cuanto a las mujeres, hallábanse dispersas entre los pequeños conucos, recogiendo con afán las mazorcas de maíz con el propósito de preparar depósitos de chicha, como de costumbre, para el regreso de sus maridos y hermanos. Las madres únicamente podrían juzgar de la angustia de Ancáfila cuando al volver en busca de otro canasto de maíz, quiso darle una mirada al dormido chiquitín; su pena contenida fue acaso más intensa por no haber estallado, pues aún entre las tribus salvajes, las mujeres olvidan raras veces lo que deben al honor de sus maridos y de su tribu, por lo cual las esposas y madres luchan en silencio contra las calamidades más terríficas, antes que humillarse con lamentos y lágrimas.

Los llaneros, que para aquel temprano período de la guerra no estaban en modo alguno acostumbrados a la artillería, sobresaltáronse y se prepararon a ponerse fuera del alcance de las piezas de campaña; pero antes de que pudiesen montar, otro disparo mató un caballo, casi llevándole el brazo a un lancero, mientras le ponía el freno al animal. Páez cogió rápidamente al herido, a quien colocó en su propia silla, montando luego en las ancas para regir el caballo y sostener al maltrecho camarada. Mientras se alejaban al galope, en su forma usual de retirarse a la desbandada, un tercer proyectil disparado tras ellos por elevación, apenas levantó el polvo entre los pies de los caballos, sin causar daño alguno. Las tropas españolas, que hasta entonces habían guardado profundo silencio, celebraron la precipitada fuga de Páez y su Guardia, con gritos de ¡Mueran los insurgentes! ¡Abajo los chucutos! Suponiendo que habían abandonado el terreno por pánico y que al menos por aquel día no volvieron a molestarlos.

Algunas se ocupaban en ordeñar; mientras otras que tuvieron el cuidado de traer los útiles necesarios, pilaban maíz en grandes morteros de madera y con pesados majaderos; o bien cocían arepas en anchos platos de tierra. Buen número de las muchachas reuníanse a orillas de la laguna, para lavar la ropa de sus respectivas familias, y su incesant vocerío, junto con las risotadas que resonaban en el bosque, hacían ver que la emigración no embargaba sus ánimos tan hondamente como podía esperarse. La mujer de Páez, doña Rosaura residía en uno de los ranchos más grandes, preparado para recibirla con más holgura que de costumbre, por una partida de la Guardia de Honor, que se prestó espontáneamente para este servicio, pues, en realidad, los llaneros demostraban siempre extremada consideración por La Señora, como la llamaban de ordinario. Ella no debía semejante deferencia al solo hecho de ser la esposa favorita de su jefe, sino a que poseyendo una educación muy superior a la de todos los que la rodeaban, mostrábanse al propio tiempo tan modesta y bondadosa con cada uno, que aquellos le profesaban indecible respeto y admiración.

La caza de tigres, como se practica en los Llanos de Barinas, constituye uno de los espectáculos más interesantes, no sólo para quienes toman participación en ella y la emprenden con el objeto de proteger sus rebaños y para seguridad de sus mujeres e hijos, expuestos al ataque de tales fieras, cuando está ordeñando, sino también para los espectadores que acuden por simple curiosidad y entretenimiento.

Los dueños de hatos acostumbraban darse con anticipación una cita, a la que concurrían como punto de honor, con cuantos parientes y peones pudiesen reunir, todos en caballos de freno y armados de lanzas (porque antes de la revolución no se permitía generalmente a los criollos el uso de armas de fuego), excepto aquellos que se distinguían por su agilidad y destreza en arrojar el lazo, el cual se utilizaba con el propósito de coger a los animales feroces cuando salían de sus cubiles y mantenerlos asidos para que los demás cazadores los mataran sin peligro. Por consiguiente, considerábase honrosa distinción el figurar entre los enlazadores, puesto reclamado habitualmente por los principales ganaderos, sus hijos mayores y sus mayordomos, los cuales procuraban ir a la cacería en caballos seguros, hechos al ruido y alboroto, lo mismo que a la vista de las fieras, porque la menor rebeldía o timidez del caballo, en el momento de arrojar el lazo, podía tener fatales consecuencias para el jinete o para el compañero a quien había convenido en prestarle ayuda.

 

RICHAR VOWELL.

SABANAS DE BARINAS.

CARACAS,

MINISTERIO DE EDUCACIÓN, 1988.

 

 

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