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Pensar el tango más allá del turismo
Por Cristian Vitale
“¿El tango es un negocio?”, se pregunta Jorge Marchini, economista y tanguero. A su lado, en una mesa-debate armada en el tercer piso del Centro Cultural de la Cooperación, José Luis Castiñeira de Dios esboza una leve sonrisa y sube la mirada. Están, ambos, participando de una sustanciosa charla sobre el género en la economía y en las políticas públicas y cada quien representa una parte. Marchini, en tanto experto en números, miembro del EDI (Economistas de Izquierda) y docente de la UBA. Y Castiñeira, como director nacional de Artes de la Secretaría de Cultura de la Nación, y –sobre todo– músico. “Realmente mucha gente piensa al tango como un negocio. Acá ha habido inversiones y negocios con la cantidad de turistas a quienes les gusta el tango y pueden pagar una cena de más 150 dólares para ver un espectáculo. En rigor, máxime en la época de los cruceros, el tango es un negocio. ¿Pero es solamente eso?”, es la segunda pregunta de Marchini, cual Platón del tango en trance socrático.

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