
por Germán Marcos
Había una vez una sociedad, con sus costumbres, con sus códigos, una sociedad con algunos paradigmas que no conocemos a fondo, una sociedad en la que no nos tocó vivir. Viajemos en el tiempo, situémonos entre los años posteriores a la depresión económica de 1930 y anteriores a la primera presidencia de Perón.
Después de la inmigración masiva de europeos que escapaban de la Primera Guerra Mundial, la ciudad de Buenos Aires incorporó habitantes que, naturalmente, la modificaron. Venían por un tiempo y terminaron formando una familia. Eran aves de paso pero terminaron anidando para siempre.
En aquella época, donde la vida sin elección tenía como escenario el conventillo, el acceso a la vestimenta era una señal de estatus. La ropa habla, siempre comunica. Un ejemplo claro sobre la información de la moda es aquella anécdota que da cuenta de lo joven que era Aníbal Troilo cuando integró su primer grupo de tango. No solo su cara lo vende en las fotos sino también el uso de los pantalones cortos, símbolo de niñez previo a convertirse en “muchachito”. En aquella sociedad, tan o más violenta que esta, la gente iba en traje a la cancha y el qué nunca se había podido comprar un saco, se empilchaba ni bien tenía un peso para gastar.
“Nosotros tocamos con traje y corbata porque eso es un premio para nuestros padres, que trabajaban horas extras para que nosotros podamos comer y estudiar. El traje para tocar tango, el traje en sí, para quien se crió en un conventillo, representaba el ascenso social. Por eso es un orgullo para nosotros. Por eso cada vez que toco tango visto de traje”. Esa es la explicación sobre la tradición de tocar vestido de gala que dio el bandoneonísta Rodolfo Daluisio en el número 2 de la Revista Orquestódromo.
Viajemos un poco más. El tiempo pasó y nosotros, que vinimos al mundo unos 50 años después, estamos en nuestra cocina, con nuestros viejos, mirando lo que ellos miran, en uno de esos 5 canales que tenemos para hacer zapping. Eran tiempos donde había que pararse para cambiar el televisor. Esta generación ya se está poniendo vieja.
En la tele, unos tipos tocan tangos. Muchos de ellos lucen peluquín. Podía ser ridículo, pero para esa sociedad de hace 25 años, no lo era. Todos los protagonistas, en ese televisor, están vestidos de estricto traje. Un corte, una quebrada.
Viajamos otra vez en el tiempo. Nos venimos unos años más acá. Aprendemos a escuchar tango, hurgamos en los huecos alternos, los que el sistema y los medios todavía no pueden penetrar y encontramos aquello que hace tiempo ya no está en boca de todos. Ahorramos un montón de plata y nos compramos el primer bandoneón. Se lo regateamos a un tipo que estuvo a segundos de rifarlo a los euros de un gallego. Todavía existe la compasión en algunos comerciantes, pero sin dudas, todavía existe el tango.
Armamos una orquesta, casi 90 años después de aquella inmigración. Nos separa más que una vida. Hacemos y bailamos la música de Buenos Aires, nos vestimos como andamos, como solemos vestirnos en nuestra vida cotidiana.
¿Qué es lo formal y lo informal en el tango? Todavía hay posiciones que blasfeman porque los pibes están “informales”, tienen el pelo largo, descuidado, es un signo de estos tiempos. No obstante, el propio Dema, de la Orquesta Petitera ya se mofa en su tango “Juguete Rabioso” cuando dice “peinado a lo despeinado, tu rebeldía es bastante popular”. Jeans rotos, aritos, barba, rastas, ropa que nos es común. El pibe se gana minitas, la minita conquista chicos. Tocan un instrumento exótico como el bandoneón, se visten como pueden y como quieren. No es bueno que el hombre esté solo. Sobre todo si quiere volver a sembrar el tango.
Pero más allá del tango, la informalidad se volvió bandera. El traje y la corbata se transformaron, para muchos, en sinónimo de garcas. Para otros, el tipo de traje que se peina con fijador y forma surcos en su cabellera no es lo que era. Para otros, la que se tira un oso de bufanda, se tiñe de rubio y se maquilla como si se revocara, esa forma de vestir es sinónimo de “grasas”. La formalidad, en este otro contexto, en un paradigma posterior, que proviene de un pasado demasiado planchado, se vuelve “pianta-votos”.
Vulnerables son las generaciones que poblaron al tango. Benditos aquellos que comprenden el paso del tiempo. Vulnerables son las nuevas generaciones, las que están repoblando al tango olvidado. Como si fuéramos criados en cautiverio, lo más importante, ante tanta artificialidad, es que hagamos nuestro juego, que seamos como somos. Si no solemos andar por la vida vestidos de traje, no vamos a hacerlo para quedar bien. ¿Quedar bien? ¿Ante quien? Perdón ¿hablamos de música o de moda?
La vida se nos va y el pescado todavía está sin vender. El tango no será televisado, aunque ayer, Crónica TV haya transmitido desde la Plaza de Mayo uno de esos conciertos de tango que representan a alguna de esas tantas Buenos Aires que habitan Buenos Aires.