
por Maximiliano Senkiw
El comentario editorial aquí pronunciado que retomaba algunos aspectos vinculados a la cuestión de la letrística, los letristas y los poetas contemporáneos de tango como expresiones del presente, despertó con posterioridad numerosas intervenciones y posturas.
Las diferentes posiciones plantearon de manera acertada temas que iban desde la falta de difusión mediática, los gustos y costumbres del público, las propuestas renovadoras, las grandes temáticas humanas, hasta la autorreferencia personal, entre otros. En este sentido, vale aclarar dos puntos esenciales respecto al texto original. Ni el editorial buscaba cargarle todo el peso y la responsabilidad sobre la cuestión a los letristas ni tampoco pretendía abonar la falsa teoría que sostiene que “no hay tangos nuevos”.
Aclarado esto, nos proponemos continuar recorriendo este mismo sendero pero ahora con nuevas preguntas. Quizás lo que sigue sea una breve cavilación más del orden “metafísico” que del análisis estructural. No obstante, si el terreno sobre el que estamos trabajando es el artístico, no hay porque escaparle pues a ese abordaje. Posicionados entonces sobre esta matriz surgen las preguntas.
¿Qué hay del “grito del artista”? ¿Qué hay de aquel desgarro personal, sorpresivo, movilizador, de impacto y activo que el artista experimenta y que necesita ser contado? Hay una gema del sentir humano –y que Discépolo bien lo manifestó en su obra- que es anterior y ajeno a las reglas y normativas de la interpretación y que no es tampoco exclusivo de aquel narigón melancólico. Es esta instancia de expresividad movilizadora (de la que intentamos dar cuenta) la que se borra o se omite cuando dejamos de hablar de “nosotros” –ese “nosotros” bien podría ser “todo el mundo y sus cosas”-.
¿Qué mayor éxtasis – si es que “éxtasis” resume lo que se plantea- para el artista que desangrarse en su propia letra, en su propio grito, en su propio desgarro, en su propia nota, con todas las posibles consecuencias que se derivan de ello? A esto apuntan nuestras intenciones. A la explosión creativa, feliz, desprejuiciada. Al salto al vacío, a la felicidad que produce la creación. Es ahí donde la expresión encuentra sus palabras, palabras que pueden ser nuevas, viejas o inventadas pero que, como resultado de un acto artístico, son genuinas, auténticas, vivas, incandescentes.
Nada de esto es ajeno al tango y nada debería permitir que le fuera ajeno en el corto plazo. Discépolo o Manzi no son “manuales de estilo” a los que se podría recurrir como modelos técnicos. Son, ante todo, ejemplos acabados del grito del artista. Son ellos, con sus inventos y también con sus determinaciones exteriores, los que se expresan con diferentes voces, la del pueblo, la de los dioses, la del animal, la que sea. Se asumieron como artistas y en ese acto de desgarro bautismal florecieron, se contaron y contaron el ambiente que los rodeaba sin necesidad de sentirse ni “testimoniales” ni agentes políticos. No hubo allí cuestionamientos porque la motivación venia de las profundidades y, como tal, ninguna barrera del súper-yo podía filtrar las ganas de gritar, contar y albergarse en su propia producción. Era su defensa, era su grito, eran sus vidas.
Y hoy, a pesar de la desintegración humana, natural, subjetiva, el arte sigue siendo morada de la expresión auténtica y son numerosas las producciones que bajo su techo se refugian. Más allá del fenómeno industrial de la cultura que no es nuevo, el arte ataca, conmueve y resiste para gritar otra vez “Este es mi tango, este soy yo en ustedes y estos son ustedes en mí”.