Por Mariano Ugarte
Periodista – Coordinador del Área de Música del C. C. Cooperación.
La inconsistente política en materia de salud es endémica. Pero la gestión Macri, que se aleja exponencialmente a cada paso de las necesidades más básicas, hace un culto a la inacción en la materia.
Tratando de hacer funcionar más rápido un endeble y viejo ventilador de techo. Moviendo inútilmente la perilla que giraba en falso, mientras la sensación térmica en la Ciudad de Buenos Aires, del otro lado de la ventana entreabierta, se arrimaba a los 40 grados centígrados. Así me encontraba el pasado martes en el box Nº3 de la Guardia del Hospital Álvarez, acompañando a Tina, de 86 años, la abuela de mi mujer, quien padece una anemia galopante, cuando como un campanazo seco y agudo se escuchó: “Se está incendiando el hospital. ¡Hay que salir ya!”
Lo que sigue parece ciencia ficción o cine catástrofe. Gente corriendo, pidiendo ayuda con un porcentaje parejo entre el verdadero peligro y el inconsciente temor; médicos y enfermeros acarreando a algunos desgraciados sobre camillas derruidas; suero, respiradores, algodones, algo de sangre. Atravesar de raje un claro donde se desprendía el cielo raso para buscar la silla de ruedas y volver para partir a toda velocidad, mientras el humo como una invasión de infinitas hormigas negras se arrastraba por el techo. Todo duró a lo sumo un minuto, pero de segundos largos, fotográficos.
Desde la vereda se veían las llamas que abrazaban el techo del edificio de estilo inglés en pleno barrio de Flores. Los evacuados, 60 en total, entre maltrechos, enfermos de ocasión, parturientas y recién nacidos fueron trasladados en minutos a una Iglesia, a la vuelta, sobre la Avenida Avellaneda. Dios se apiadó, por ahí fue un cura. La imagen era propia de una guerra o de un terremoto: santos, cristos, vírgenes, paramédicos y enfermeras. La mayoría fue derivada a otros hospitales en el marco de un “Código Rojo”. Parece que ese color toma la cosa cuando está complicada. Los bomberos llegaron en breve, pero faltaba presión de agua, hubo que extender las mangueras unos 300 metros, mientras los vidrios del segundo piso estallaban. Adentro el archivo con las historias clínicas y demás ardía. La crónica resalta que en esas horas una mujer daba a luz ahí a unos metros. El culpable: una sobrecarga de tensión.
¿Por qué no fue una tragedia? ¿Por qué no lamentamos muertos? ¿Por qué no hubo que acomodar cuerpos prolijamente sobre la calle? De pura suerte. Pero sin embargo dos factores ayudaron y son concretos: por un lado la arquitectura del edificio, que permitió una rápida evacuación; y por otro, el profesionalismo de médicos y enfermeros. Es repetido hasta el hartazgo que las guardias de los hospitales públicos en la Ciudad de Buenos Aires están colapsadas, que la inversión en salud pública es insatisfactoria, que los sueldos de los trabajadores de la salud son paupérrimos. Y habrá que decirlo otra vez, tal vez más fuerte. La inconsistente política en materia de salud en la Ciudad se plantea como endémica y atraviesa gestión tras gestión su irresolución. Pero la gestión Macri, que se aleja exponencialmente a cada paso de las necesidades y derechos más básicos de nuestra ciudad y sus habitantes, hace un culto a la inacción en la materia. ¿Qué le importa a Mauricio qué pasa en una guardia superpoblada de un barrio como Flores lleno de bolivianos y coreanos?
Uno podría hacer un listado de catástrofes, fruto de la inoperancia de la gestión PRO en materia de controles y políticas públicas: un derrumbe de un gimnasio en Villa Urquiza; el boliche Beara; la caída de un edifico en pleno centro, y otras que se escurren en mi memoria. El costo: unas tantas vidas. En cada caso, luego de estos accidentes evitables, el remedio fue peor que la enfermedad, digamos una continuación de la inoperancia.
El mismo día del incendio en el Hospital Álvarez, el jefe de gobierno porteño vetaba la ley que prevé la creación del Régimen de Reconocimiento a la Actividad Musical, que fue aprobada en noviembre, incluido el voto de 17 legisladores de su propio partido. La Ley contemplaba el otorgamiento de un justo subsidio de carácter mensual y vitalicio a músicos mayores de 65 años. Está claro que la cultura y la gestión PRO no se llevan: viven un divorcio complicado. Entre la gestión y los derechos laborales de los trabajadores de la cultura también hay un abismo. Pero en materia de medidas antipopulares siempre el macrismo da un paso más y se suma el veto a la Ley Nº 4020 que permitía el desarrollo de un sistema para adaptar los semáforos existentes para ciegos y otro veto a la ley que declaraba de interés público para la expropiación el edificio donde funcionó el cine teatro Aconcagua, en el barrio de Villa Devoto, para su recuperación como centro cultural. El decreto del veto argumenta que el espacio cultural no es “necesario en la zona”. Está claro: ni cultura ni salud en la Ciudad.
El Hospital Álvarez ardía mientras una piba con una panza de 40 semanas tomaba un helado de agua y se iba a “dar una vuelta y volvía”. El humo quedó atrás. Me cuentan que Tina, la abuela querida que saqué del incipiente incendio, acostumbrada a lavar ropa a mano, cuando tuvo su primer lavarropas se pasaba la tarde sentadita viendo maravillada girar las pilchas, entre lavado y lavado. Si se permite la comparación, así está parte de nuestra ciudad, observando entre veto y veto, ante cada inimaginable política de gobierno o decisión gubernamental; demasiados sentaditos, no sé si maravillados, pero esperando que termine. <
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