
Archivo de Febrero de 2010
Paradójicamente, el llamado «rock para chicos» maduró. Desde que, a fines de los 90, surgieron las primeras bandas, se fue consolidando una escena que parece confinar a la clásica canción infantil a la vitrina de los recuerdos. Papando Moscas, La Banda del Musiquero Loco, los Sin Cebolla, entre otros, encabezan una tendencia que crece con shows en vivo y suele incluir coloridas comuniones rockeras para toda la familia, entre la experiencia teatral, lo lúdico y el ritmo.

«Ver pulgas de 3 o 4 años con la remera de tu banda, está buenísimo. Hay chicos que ya son grandes y fueron a un recital de Los Piojos y dijeron: “Antes de ver a Los Piojos, vi a los Sin Cebolla”. Queremos ser la primera banda de rock de los chicos», comenta Andrés Pederiva, músico de Sin Cebolla, que no acepta el rótulo de «rock infantil». «Como hay un rock para adultos, también hay uno para chicos. Y nosotros lo hacemos en sus variantes de reggae, ska, punk, pero de la forma en que se debe hacer. Hay una idea de que la música para chicos tiene que sonar mal o de manera “chi-qui-ti-ta”, pero para nosotros no es así».
En la misma sintonía, Gustavo Libedinsky, líder de Papando Moscas, la más convocante de estas bandas, sostiene: «Eliminamos la palabra infantil porque está bastardeada, habitualmente se entiende como aniñado. Tratamos de escribir en un lenguaje claro, contamos historias basadas en la vida cotidiana de los chicos, en la relación con sus pares, con los adultos, sus juegos, la escuela. También tomamos situaciones que podrían ser de conflicto y las encaramos desde el humor. Luego de cuatro discos, hemos logrado un estilo propio».
La Banda del Musiquero Loco, por su parte, demuestra que, aunque sea para pequeños, la ejecución musical puede ser impecable. Este dúo está compuesto por la saxofonista Mariela Chintalo y el tecladista Diego Dubarry, que fueron parte de las bandas de Charly García y Fito Páez. «Nunca lo vivimos como un antagonismo, sino como un complemento», dirá Chintalo, también vocalista de una de las bandas que más adeptos tiene entre los hijos de famosos.
Parece ser que los chicos de entre 2 y 10 años quieren rock. Luego saltarán con una base rockera a los recitales de las grandes bandas, que cada vez convocan un público más púber. En vivo, la consigna es atrapar la atención de los niños. Los shows duran poco más de una hora y son un compilado de ritmo, energía e información visual y sonora; puede haber personajes que entran y salen de escena al ritmo de las canciones, máquinas de humo y láser. La idea es no quedarse quieto. ¿Qué chico lo hace? La mayoría de los integrantes son maestros de música o tuvieron alguna experiencia en la docencia preescolar. Pero se despegan del triángulo, el toc-toc y la canción del Sapo Pepe (actual hit de los jardines de infantes). «Sobre lo que hacemos hay prejuicios, principalmente de la gente que no es del palo del rock», comenta Pederiva. «Nosotros nos separamos de la música naif. Hace un tiempo vos decías “rock” y los padres te contestaban: “¡No, si en el jardín se escucha la música del patito cuac-cuac”».
«Estamos más cerca de la imagen del rockero que de la del maestro jardinero», dice por su parte Libedinsky. «Salimos a escena con todos los ingredientes que demanda el rock puestos al servicio de un espectáculo para chicos», y, entre bromas, agrega: «Si somos los Rolling Stones argentinos del rock para chicos, yo soy Mick Jagger… bah, peso el triple». El humor es fundamental en estas propuestas, que no sólo existen en formato grupal: además de los populares Luis Pescetti, Adriana o Magdalena Fleitas, entre otros, más ligados al «clásico» sonido de música infantil con algunos ritmos latinoamericanos, existen solistas para chicos con aires de rock.
Mariana Cincunegui, quien fuera integrante de Piojos y Piojitos y, junto a Los Pandiya, una de las primeras en incorporar un sonido eléctrico en las canciones para niños, editó recientemente el recomendable disco AlasMandalas. Cincunegui grabó con músicos de jazz de la talla de Ernesto Jodos, Juan Cruz de Urquiza, Daniel Maza y Ricardo Nolé. Otra solista destacable es Gertrudis y su perro vaca, con el recomendable Canciones para estar despierto, cercano al jazz y al blues. Para los que le gusta recorrer bateas, los discos para chicos de la brasileña Adriana Calcanhotto son para el deleite.
Aunque este fenómeno parece estar en franco crecimiento, Gustavo Libedinsky no se anima a hablar de tendencias. «María Elena Walsh se sigue versionando porque creo que es un clásico, y quién no respeta su obra. Pero podemos diferenciarnos de ese estilo, como tampoco cantamos sobre conductas a seguir: no bajamos línea. Para aprender hay otros caminos, no enseñamos a cepillarse los dientes ni cuándo hay que dejar los pañales. Tratamos de entender a los pibes como padres y docentes y, también, de ponerle humor a situaciones cotidianas, para desdramatizarlas».
El fenómeno es un choque de subculturas: la rockera de sexo, drogas y rock and roll y la del mundo infantil. «Mamadera, chupete y rock and roll», postula Libedinsky. Y completa: «La cultura del rock entrando al 2010 creo que está llena de fetiches y clichés, que muchas veces son un juego o una estética impuesta. De eso nos reímos. No me animaría a decir que somos “Peter Capusotto para chicos”, pero la actitud rock del reviente, el “no me importa nada”, ya son parte de un chiste y nosotros también nos reímos».
Mariano Ugarte
Para ver la nota:
http://www.acciondigital.com.ar/01-03-10/agenda.html
Ciclo Emergencia en C.C.Cooperación Floreal Gorini, Corrientes 1543 . C.A.B.A
Catalina Vin
Viernes 5 y 12 a las 24 Hs. $15

Con producción del ex Jaime Sin Tierra, Catalina Vin presenta “Genuine”: canciones pop bilingües, íntimas en su concepción y con cuidados arreglos que rozan la experimentación.
Catalina es hija de madre estadounidense y padre argentino. Esta dualidad idiomática-cultural se ve reflejada en su búsqueda de un equilibrio entre riqueza musical, sensibilidad y profundidad artística.
“Genuine” cuenta con la participación de los músicos Leo Fernández, Gabriel Domenicucci y Leonardo Álvarez
La banda realizó presentaciones durante 2007 y 2008 en Buenos Aires y en el interior del país. Participó en el Festival Código País en el Hipódromo de Palermo en 2008.
Catalina comenzó sus estudios musicales a los 7 años. Sus maestros fueron Marcelo y Alejandro Devries y Cristina Aguayo en Buenos Aires. En New York estudió con el legendario pianista y cantante Barry Harris (Miles Davis, Charlie Parker y Lester Young).
Loli Molina
Viernes 19 a las 24 Hs. $20
Loli Molina es parte de una nueva generación de artistas y cantautores, jóvenes y talentosos. Loli Molina nació hace 22 años. Un par de años atrás escribió su primera canción, en el momento preciso en que sintió que quería componer porque tenía algo para decir y para cantar (el título fue “Cuandarbol”). Luego de esa canción, fueron apareciendo las demás, y en el medio se produjo un mágico encuentro con Nico Cota, junto a quien empezó a trabajar en ese proyecto que más tarde se llamaría Los senderos amarillos. A mediados del 2007, cuando Loli ya tenía las ganas y mucho material listo para probar y subir a un escenario, llegó el llamado de Juana Molina (con quien no tiene relación de parentesco, a pesar de llevar el mismo apellido). Juana estaba convocando a los artistas que participarían en el Festival Buenos Aires Folk 2007 que se realizó en La Trastienda. Y ese fue el debut oficial. Todo lo que pasó antes, fueron años de jugar con el piano, con la música, las grabaciones, luego estudiar piano y también guitarra… más tarde llegarían las clases de armonía, música clásica, composición… La historia más reciente son los ciclos de recitales que viene realizando en diferentes salas y que ya le han dado un sólido prestigio en el circuito de shows íntimos de Capital Federal y alrededores. Las letras, melodías y arreglos de cada una de las canciones incluidas en Los senderos amarillos están impregnados de sensibilidad, buen gusto, sutileza. Joven, bella, dueña de una voz preciosa y delicada, LOLI luce su forma de interpretar la guitarra con virtuosismo. Este primer álbum es la oportunidad para descubrirla, disfrutar de su talento y escuchar excelente música de una artista genuina.
El Leopardo Volador
Viernes 26 a las 24 Hs. $12.

La necesidad de darle forma a un puñado de canciones llevó a Mariano Díaz a encontrarse con dos amigos músicos en este proyecto: Martín Messutti, contrabajista y bajista en suspenso, y Martín Paladino, baterista inquieto y prolífico. “Traigo las canciones, las ensayamos un toque y las grabamos así, fresquitas fresquitas”, dijo Mariano. Y eso hicieron. La frase contiene dos palabras clave. La primera es “canciones” porque El Leopardo Volador busca reivindicar su belleza, su importancia y su necesidad urgente. La segunda refiere a la “frescura”, que dominó los ensayos y la grabación en dos días de un EP complementados por Goy Ugalde -Karamelo Santo- quien no solo ofició de ingeniero sino que devino en productor espontáneo. Y como la diversidad musical los atraviesa a los cuatro, se pueden escuchar bagüalas y dubs y canciones más cercanas al pop o al rock de comienzos de los 80’s.
Catalina Vin presenta su disco Genuine en el Ciclo Emergencia los viernes 5 y 12 de marzo a las 24 hs. en el CCC, Corrientes 1543

Integrante de The Beladies, la banda femenina de tributo a The Beatles, la cantante, guitarrista y pianista Catalina Vin presenta su primer disco solista, Genuine, que reúne canciones pop de delicada sensibilidad y arreglos cuidados. Hija de madre estadounidense y padre argentino, las letras navegan entre el inglés y el castellano y se alimentan de preguntas más que de certezas. En el registro -producido por Juan Stewart- participan Leo Fernández en guitarras, Gabriel Domenicucci en bajo, Leonardo Álvarez en batería y Astrid Motura en violoncelo.
Aquí les dejo una entrevista que le realizaron a Catalina en Página 12
MUSICA
El quid de la cuestión
Entre las letras bilingües y el pop sensible se pasea Genuine, el disco intimista de Catalina Vin, una cara nueva de la canción con proyectos varios y cuidada instrumentación.

Cuando llega enero y Buenos Aires se vacía, el ejército de personas -que supera el asfalto humeante- se alegra: la ciudad es suya. Catalina Vin es de esa troup. Armada con una victoriosa bicicleta amarilla, recorre las calles y piensa en sus canciones. “Voy por dónde quiero”, asegura la cantante y compositora ¿Musicalmente? También. “Si todo cambia, cambia / De dirección cambia”, canturrea en el último track de su reciénsalidodelhorno disco, Genuine. Y, más allá de la redundancia, el volante parece darle la razón. Un pequeño giro para la escena canción.
Es que, haciendo base en las canciones mínimas, la mujercita de pelo corto y buen talante le pone el pecho al preconcepto y compone letras en… inglés. “Comparto el prejuicio. Muchos lo hacen porque es más sencillo o suena más rockero, más canchero. En mi caso, no es así: el inglés es mi lengua materna. Tiene que ver con lo que quiero decir o cómo quiero decirlo. Hacer temas es un momento muy personal y, aunque suene a cliché, la música tiene que trascender el idioma”, explica ella.
Es que, como Catalina deja entrever, la historia personal la asocia al mundo anglosajón. Su mamá -guitarrista clásica de concierto- es de Iowa y, estudiando en Boston en los ‘70, conoció a un físico argentino. “Estaban en la cuna del movimiento estudiantil y eran hippies al mango, del estereotipo instruido, de sentarse a hablar de la guerra de Vietnam. No era la figura vacía de la trenza sin cabeza”, cuenta Vin.
Así, sus papás se enamoraron, vivieron en una granja hippie cosechando frutillas y, al tiempo, viajaron juntos a Argentina para instalarse, trabajar y armar una familia de tres hijas: la menor, científica, vive en Suiza; la mayor es bailarina del Colón; la del medio, música… “¡Es una familia interesante! Se hablan como cinco idiomas, todo mezclado, caótico ¡Un lío!”, dice, entre risas.
Ojo, ella también probó suerte en la danza clásica y, desde los tres hasta los 15 años, le puso empeño. Incluso intentó ingresar al Colón, sin suerte. “Es un arte que se hace sacrificando todo o no se hace. Se ve que ese componente no es parte de mi personalidad. Me rebelé y dejé todo, pero el costado artístico seguía en la semilla”, recuerda la biciaficionada. ¿Qué había en la batidora? La misma cantante lo explica: “Mi mamá es el costado sensible; mi papá, el académico. Del revoltijo, salí yo. Soy bilingüe, multicultural, mezcla.”
De ahí que la adolescencia la encontrase con la guitarra colgada. Había aprendido las primeras notas a los 7, pero recién ahora el asunto comenzaba a ponerse serio: “Entré a la escuela de música Musineira, de Marcelo y Alejandro Devries, mis grandes maestros. Fue una revelación personal porque, además de aprender estilos, empecé a respetar la música desde otro lugar. Fue una formación bien completa”, explica Vin.
De la mano de sus profesores y -casi- por casualidad entendió que podía cantar y, sin más, llegó el próximo salto: la (primera) banda, con composiciones propias. “Se llamaba Batik y era un power trío pop, con guitarra, bajo y batería”, nombra ella y reconoce que escuchar la única grabación que hicieron le genera ternura, por la ingenuidad de los comienzos.
Del pop saltó al jazz, porque en 2002 decidió tomarse el buque a la Gran Manzana, su segundo hogar norteamericano. La intentona de establecerse duró un año e incluyó, ni más ni menos, lecciones con el gigante Barry Doyle Harris (pianista de Miles Davis); “una institución”, en palabras de Vin. Claro que la experiencia no fue sencilla: “Llegué sola a Nueva York y enfrentarte a la ciudad es complicado. Fui para encontrarme a mí misma pero si no están bien plantada, te confundís más”, recuerda a la distancia.
De vuelta en Buenos Aires, audicionó para ser el John Lennon de las Beladies, primera banda beatle femenina del mundo. Entró y comenzó a tocar a full. Pero, ojo, que va la aclaración: “Para mí es un laburo; mi proyecto personal es casi antagónico y mi corazón está en Genuine”, aclara. Es que, a decir verdad, la cantante no es fan del concepto “banda tributo”. Con todo, rescata el hecho de tocar y que la gente se divierta. “Que seamos mujeres le da un toque distinto y el público se relaja y engancha más; hay un millón de grupos de pibitos que suenan a imitación berreta”, define categórica.
Desde el vamos, la distancia está bien marcada. No por nada, Catalina usa nombres diferentes para cada proyecto. En las Beladies, se apellida Saraceno (nombre del padre); en plan solista, es Vin (de la madre). Como una heroína que resguarda su verdadera identidad, la muchacha se pasea por la canción con doble primera persona. “El cover tiene un techo; en Genuine está el alma”, define.
Pero antes del que ella llama su “disco debut”, hubo otro, producido por Ezequiel Spinelli: el homónimo “Catalina Vin”. “Eran seis temas, tipo EP, muy electrónicos. Lo hicimos a modo de dúo, con mucha exploración. Pero siento que mi nuevo material es lo que me identifica”, asegura.
¿Y qué es Genuine, su nuevo LP? Pues, un manojo de ocho temas (sólo dos en castellano), donde el pop y la canción se cruzan suavemente, se miran con dulzura, se entregan a la instrumentación cuidada. Introspectivo y melancólico, el disco parece reflejar la percepción que Vin tiene sobre sí misma: “Soy una persona que se hace muchas preguntas todo el tiempo y si no escribiera canciones, me volvería loca. Es lo más puro que hago en la vida. Cuando me relaciono con las personas, quizá pongo filtros. En la música no”, explica Catalina. Y algunas preguntas van por la reafirmación personal, como “Wings”, donde la artista pide (en inglés): “¿Cuándo vas a dejar / de referirte a mí como si fuera vos?”. El pedido es claro: A no proyectar, por favor.
Para trabajar las canciones, la compositora armó un dream team que la acompaña en el vivo, ayuda en los arreglos, colabora en la canción. ¿Los nombres? En guitarra eléctrica, Leo Fernández (Duke Jazz Trío); en bajo y teclados, Gabriel Domenicucci (Coiffeur y Superlasciva); en batería, Leonardo Alvarez (discípulo de Daniel “Pipi” Piazzolla, timbalista de Dancing Mood y baterista de varias obras de teatro); en violoncelo, Astrid Motura. ¿En la producción? El ex Jaime Sin Tierra, Juan Stewart. “Merecen una mención especial porque les dieron vuelo a las canciones, aportaron mucho. Es que, en sí, los temas salen rápido pero -después- los macero mucho en la cabeza, mientras ando en bicicleta, en colectivo… Es todo muy mental”, cuenta Vin sobre el proceso creativo.
Si algo es notorio de la cabeza al disco, es el protagonismo del piano en las canciones. En palabras de la compositora: “Me autoenseñé a tocar para explorar el sonido e incluirlo en los temas. Para mí, diferencia. No por nada, una de mis referentes es Fiona Apple, que toca el piano como los dioses”. ¿Otras musas inspiradoras? Vin da listita propia. Nina Simone, Ella Fitzgerald, Joni Mitchell, Janis Joplin, entre otras mujeres.
¿Pero qué es del piano sin las manos? Como la palabra no dicha, la mano que no toca, muere para Vin. En “Hands”, track tres, explora -otra vez en inglés- la metáfora del miembro: “Fui al funeral de mis manos / ¿Por qué no lloraste?”. “Es la falta de tacto, el contacto con el mundo, con el instrumento. La mano es mi cable a tierra; y si se muere es porque nadie la nota”, explica la chica que estudió tres años Historia en la Universidad de Buenos Aires y sueña con una gira por Europa.
“También soy traductora e intérprete, trabajo que me financia la música. Porque la música es mi plan A. Y siempre quiero estar tocando y tocando. La gente te tiene que ver. Es la única forma de darse a conocer”, revela la chica indie entre sonrisas amplias. Y después toma la bicicleta amarilla y ¡adiós!


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