El gran constructor: Floreal Gorini

01/10/2014


A una década de su muerte, su obra persiste en el movimiento cooperativo. Compromiso y entrega en la lucha por un mundo mejor.

«Nuestro movimiento está lleno de hombres de coraje, con una voluntad transformadora generada por el ideal de un mundo mejor, que luchan por su concreción. ¡En esa lucha se nos va la vida, pero es una linda forma de vivir con amor y dignidad!», afirmaba premonitoriamente Floreal Gorini en el que sería su último discurso. Fue, precisamente, la búsqueda constante de los caminos para alcanzar ese mundo mejor lo que caracterizó la rica trayectoria política y sindical de Floreal, cuya entrega y compromiso dejaron una marca indeleble en el movimiento cooperativo de crédito nucleado en el Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos.

Nacido en el barrio porteño de Villa Crespo el 15 de octubre de 1922, en un hogar de militantes comunistas, Gorini se nutrió de aquellos valores desde niño. Su educación formal, mientras tanto, se desarrolló en la escuela industrial, de la que egresó como técnico químico. A los 21 años comenzó a trabajar en una fábrica de sombreros, en la que llegó a ser segundo jefe del sector de la tintorería, aunque dos años después sería despedido por su participación en una huelga. Su segunda experiencia laboral fue en el Banco Industrial, al que ingresó en 1945. Allí desplegó una actividad sindical que lo llevó a ser, luego de 1955, secretario general adjunto de la Asociación Bancaria y, por lo tanto, uno de los líderes de las huelgas bancarias de 1958 y 1959. La lucha terminó con el despido de miles de dirigentes sindicales, entre los que estuvo Floreal.

En setiembre de 1960, el Instituto Movilizador, que había comenzado su actividad en la ciudad de Rosario dos años antes, decidió instalar una sede en la ciudad de Buenos Aires, y los dirigentes porteños lo convocaron como gerente, por sus conocimientos bancarios y su trayectoria social. En 1973 Gorini asumió la gerencia general del IMFC, y, al jubilarse, en 1992, fue designado para integrar el Consejo de Administración como secretario, dada su rica experiencia y su capacidad de conducción. Finalmente, en 1998 fue electo presidente del Instituto.

Rol estratégico

Más allá de la responsabilidad específica que fue asumiendo en cada momento, Gorini encarnó una figura fundamental en la vida del cooperativismo de crédito. Así, en 1966, luego del golpe de Estado que se ensañó brutalmente con él, tuvo un rol decisivo en el diseño de la estrategia para la defensa de las cajas de crédito. Rogelio Canosa, funcionario del IMFC y compañero en sus luchas en el gremio bancario, recuerda que, en una larga asamblea en que se decidía el destino del movimiento, llegó un momento del debate en que «Gorini hizo un repaso de la situación y una síntesis del debate, y a continuación refirió que históricamente en las luchas por la independencia hubo momentos muy dramáticos, de gran incertidumbre, donde sólo la claridad de la gente y su deseo de luchar por una causa justa determinaba el triunfo. Eso provocó una ovación extraordinaria, porque eso era lo que había que decir. Y entonces no hubo más debate, no se habló más y nos fuimos todos, pero sabiendo lo que debíamos hacer. Porque ese es el papel de los dirigentes en los trances decisivos de una batalla: lograr sintetizar la naturaleza de la situación, medir el estado de ánimo de la gente y marcar el sentido de la lucha». De igual modo, con la muñeca propia de los estadistas, Gorini marcó el rumbo del Instituto en el peor momento de la historia de nuestro país, cuando se impuso la dictadura cívico-militar de 1976 y las cajas debieron transformarse en bancos cooperativos.

Lo guió siempre su visión del cooperativismo transformador, en la cual se basaba para afirmar que había dos tipos de cooperativistas: los que ven a las cooperativas como una forma eficaz de resolver sus necesidades organizando empresas dentro del sistema capitalista, cumpliendo más formal que realmente con los principios de la cooperación; y los que entienden a las cooperativas como instrumentos de transformación, confrontando ética y económicamente con el sistema capitalista. «A este grupo de cooperativas adhirió desde su fundación el IMFC», afirmaba al conmemorar los 40 años de existencia de la institución.

Cuando mediaban los años 90 y el neoliberalismo amenazaba con el triunfo del pensamiento único y el fin de la historia, nuevamente Floreal marcó el rumbo: «El avance hacia la concreción de la utopía requiere muchas batallas, pero sin duda, la primera es la batalla cultural», afirmaba mientras ponía manos a la obra para concretar el Centro Cultural de la Cooperación que hoy lleva su nombre. Estaba convencido de que el pueblo debe buscar la solución a sus problemas a través de la participación. «Que no puede ser espectador de la vida. No puede ir del trabajo a casa y con eso estar cumplido, no puede ver pasar la vida a través de la pantalla del televisor. Tiene que ir a la plaza, al comité político, a la cooperativa. Tiene que ocupar un lugar activo en la sociedad: eso es el proyecto cultural del Instituto».

Miembro del Comité Central del Partido Comunista desde 1983, fue diputado nacional en el período 1995-1997. La actividad que desarrolló en el Congreso fue febril, sobre todo teniendo en cuenta que actuó como bloque unipersonal. En dos años, Gorini presentó 35 proyectos de ley, 81 de resolución y 97 de declaración. Entre los proyectos de ley merecen destacarse los referidos a la reducción de la jornada de trabajo sin quita salarial, la participación y control de la sociedad en las políticas sociales, la derogación de la leyes de Punto Final y Obediencia Debida, la regulación de los servicios de radiodifusión, la autorización para que cooperativas de todas las ramas puedan brindar prestaciones vinculadas con la comunicación y la derogación de la Ley Federal de Educación. Austero y coherente, Gorini fue de los que viven como piensan.

Trabajador infatigable, conjugó la aptitud para interpretar con extraordinaria capacidad crítica las circunstancias que lo rodeaban, elaborar los fundamentos para tomar la decisión más acertada y, al mismo tiempo, estar abierto al conocimiento de todo lo nuevo y cambiante. Lo invariable, en ese contexto,  fue el compromiso con la misión que le había dado a su existencia: hacer realidad los ideales humanistas de una sociedad justa y solidaria. Murió el 3 de octubre de 2004, pero su vida se proyecta en la infinidad de realizaciones que pensó y puso en marcha. Quienes creemos, como él, en el hombre nuevo, en la sociedad justa y libre, en la dignidad del hombre, debemos continuar su lucha, porque la lucha es el precio de la dignidad.

Daniel Plotinsky

www.accion.coop

Compartir en

Añadir nuevo comentario

Image CAPTCHA